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Juan
Carlos Onetti, amante lector de novelas policíacas, del güisqui,
del tabaco y de la pereza, trasladó estas actividades a sus
personajes
literarios,
protagonistas pasivos y de derrota asumida. “Yo escribo por
ataques: a veces me paso meses y meses y no se me ocurre nada, pero
siempre sé que va a volver, que siempre volverá. Y vuelve: en el
momento más inesperado, el tema llega y lo domina a uno. Cuando uno
se pone a buscar el tema, como hacen algunos que no quisiera
nombrar, pensando que está bien escribir esto y mal esto otro,
entonces uno no es un artista. Podrá ser un correcto escritor, pero
no un artista”, explicaba el escritor uruguayo en una entrevista.
Autor de novelas como “La
vida breve”, “Juntacadáveres”
y “El astillero”,
fue la trilogía en la que el mundo onettiano toma nombre
de Santamaría, ciudad, región o espacio de tiempo puro. Creador de
cuentos como “Bienvenido,
Bob” o “Tan
triste como ella”,
fue un escritor que estuvo apartado de la tendencia literaria del
realismo mágico y del denominado boom latinoamericano de los
años sesenta y setenta, décadas donde la literatura era sinónima de Cortázar, García Márquez o Vargas Llosa.
Nacido
en Montevideo en 1909 y Premio Miguel de Cervantes en 1980, falleció
en mayo de 1994 en una clínica de Madrid, ciudad en la que pasó
los últimos diecinueve años de su vida sin salir prácticamente de
su cama. Entre sus aportaciones, destaca una serie de consejos para
escritores, el llamado Decálogo más uno,
que te ofrece
Aviondepapel.com.
- No
busquen ser originales...
- No intenten deslumbrar...
- No traten de
complicar...
- No escriban jamás
pensando...
- No sacrifiquen la
sinceridad...
- No sigan modas...
- No se limiten
a leer los libros...
- No olviden la
frase...
- No desdeñen temas
con extrañeza...
- Mientan...
- No olviden
que...
No busquen ser
originales. El ser distinto es inevitable cuando uno no se preocupa
de serlo.
No intenten
deslumbrar al burgués. Ya no resulta. Éste sólo se asusta cuando
le amenazan el bolsillo.
No traten de
complicar al lector, ni buscar ni reclamar su ayuda.
No escriban jamás
pensando en la crítica, en los amigos o parientes, en la dulce
novia o esposa. Ni siquiera en el lector hipotético.
No sacrifiquen la
sinceridad literaria a nada. Ni a la política ni al triunfo.
Escriban siempre para ese otro, silencioso e implacable, que
llevamos dentro y no es posible engañar.
No sigan modas,
abjuren del maestro sagrado antes del tercer canto del gallo.
No se limiten a
leer los libros ya consagrados. Proust y Joyce fueron despreciados
cuando asomaron la nariz, hoy son genios.
No olviden la
frase, justamente famosa: dos más dos son cuatro; pero ¿y si
fueran cinco?
No desdeñen temas
con extraña narrativa, cualquiera sea su origen. Roben si es
necesario.
Mientan siempre.
No olviden que
Hemingway escribió: "Incluso di lecturas de los trozos ya
listos de mi novela, que viene a ser lo más bajo en que un escritor
puede caer".
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