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Blog El Hueco del Viernes

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Aviondepapel.com
ISSN 1698 - 4463
Año IX - Nº 92 Octubre 2008
Proyecto de David González T.

 

 

AVIADORES [ Entrevistas con escritores]

Ángel Olgoso: "El cuento de miedo es uno de los placeres más poderosos"

 

Angel_Olgoso_Aviondepapel.com

 

Por David González Torres

 

PREGUNTA: Comencemos por hablar de la temática de tu libro Los demonios del lugar. Busco el tema común que enhebra los 49 relatos de esta colección y, en su lectura, subrayo dos frases sitas en dos de los cuentos: Básteles por ahora con recordar que el miedo, al igual que el odio, puede pudrir una vida (El panal); o también (…) ese miedo innominado que siempre fue el obstáculo capital del progreso del género humano (Los palafitos)…

RESPUESTA: El libro no fue planificado, ni previa ni conscientemente, como un conjunto; cada relato -como suelo hacer siempre- fue trabajado a conciencia hasta conseguir una pieza única e independiente. Sólo después, a la hora de organizarlos, me di cuenta que muchos compartían, en mayor o menor medida, una atmósfera oscura y perturbadora, un sustrato terrorífico que tienen quizá su origen en diversas circunstancias personales que viví durante la escritura de estos textos. Aunque me temo que soy de los que no creen en ese dogma de los mimbres comunes, del hilo conductor, en esa absurda necesidad de encadenar a los relatos unos con otros como una cuerda de presos: que un libro de relatos tenga unidad no garantiza una mayor calidad y viceversa. Cada relato cristaliza según sus necesidades, de una manera precisa e intransferible, por eso mi medida sagrada es el relato y no el conjunto de relatos.

Pero tienes razón, en este caso el miedo parece prestarle un aire de familia a bastantes relatos del libro. La verdad es que basta con hurgar un poco para comprender que el horror es la esencia de la vida (todo nacimiento implica primero la muerte y luego el olvido) y, no obstante, el cuento de miedo es uno de los placeres más poderosos y una de las necesidades más insustituibles. De todos modos, resulta difícil establecer dónde está el límite entre el miedo, la repulsión y el terror, ya que son conceptos muy subjetivos. Como alguien dijo, un dolor de muelas puede significar el Apocalipsis para una persona. Supongo que este libro ha sido mi descenso y mi aceptación del infierno, mi acercamiento a esa oscuridad que nos rodea como un halo a los humanos o a lo que está en contacto con nosotros, a la no tan absoluta indiferencia de la naturaleza, a las congojas del paso del tiempo, a esa ciénaga sobre la que vivimos sin saberlo, a los lazos frágiles que nos unen a la cordura, al abismo de la muerte. Quizá en Los demonios del lugar intenté vacunarme contra el horror con una dosis excesiva, o tal vez se trata de visiones y revelaciones más que de relatos propiamente dichos.

PREGUNTA: Si entramos en la estructura de alguno de tus cuentos, percibo ciertas muescas inequívocas. Por ejemplo, el uso de una primerísima persona para denotar angustia en el protagonista y cierta empatía con lector. Pero también la atmósfera. El caso es que -dime si me equivoco- tus argumentos concuerdan con esta estructura: un personaje inicia un viaje, se ve sobrecogido por un paisaje o suceso; siente extrañeza que se transforma en miedo; un desenlace casi fatídico le hace entender que no puede escapar de su destino… (Hablo, por ejemplo, de relatos como Viaje, como Flores atroces, como Los palafitos…)

RESPUESTA: A mí, en cambio, me parece que una de las características de éste y de todos mis libros es la variedad compulsiva, la versatilidad absoluta siempre dentro de la brevedad y del fantástico. Creo que a esa estructura iniciática que señalas sólo habría que añadir realmente, junto a tus tres ejemplos, El coracero en el bosque y Lucernario. En el resto, hasta 49, conviven distintas perspectivas, distintos moldes o registros, distorsiones de la realidad, fantasías macabras o malsanas, humor negro, situaciones extremas, recuerdos infantiles, cuentos tradicionales japoneses, africanos e hindúes y, sobre todo, reelaboraciones de numerosos mitos, si no recuerdo mal: el enterramiento prematuro, el vampiro, el doble, la posesión, el miembro fantasma, la metamorfosis, el muerto que regresa de la tumba, la casa condenada, los sonidos inexplicables, los bucles temporales, las personificaciones de animales, la historia alternativa, etc. Por no hablar de la utilización de diferentes formatos: cartas, diarios, sueños, oraciones, noticias periodísticas y hasta impresos oficiales.

Respecto al uso de la primera persona, es cierto que guía a muchos de estos textos, pero si ha sido así imagino que es porque esos relatos en concreto requerían una prosa hipnótica, que penetrara en lo más profundo de la mente del lector para hacerlo partícipe, para hacerlo sentirse dentro de la historia en lugar de creer que simplemente se le está contando una historia. A la hora de abordar el punto de vista, no tengo ningún problema, ni hago ninguna discriminación, puesto que suelo ponerme totalmente en manos del relato y de sus necesidades expresivas. Tras tu llamada de atención, me ha picado la curiosidad y, al hojear Los demonios..., he comprobado que también hay casi una veintena de relatos narrados en tercera persona e incluso dos (El vaso y Los simunes del deseo) en segunda.

P: No te preguntaré por tus influencias -detecto a E. A. Poe, a ratos la voz de Mauppasant-, pero luego retorno a las citas de la primera página de tu libro. Ahí nos enseñas una frase de Arthur Machen, autor de referencia de H. P. Lovecraft. Machen -muchas veces citado por Jorge Luis Borges-narraba sensaciones y sentimientos producidos bajo el efecto de la contemplación de un paisaje, pero también fue el creador de ficciones que mantenían aquello de que tras la realidad que conocemos hay una frontera, un misterio, un acontecimiento fantástico, que nos envuelve hacia ese otro lado… Por ejemplo, en Idolatría: Atraído por el fresco del lugar, penetras en el interior de la iglesia. La oscuridad cae sobre ti como una bendición. Levitas, empapado en sombra

R: Se dice que el arte vive en las delgadas fronteras que separan lo real de lo irreal. Es precisamente ese mundo fronterizo, ese límite donde se borran las diferencias entre las imposibles criaturas de la mente y las criaturas de la realidad, ese sendero que conduce al vasto territorio de lo fantástico, el que llevo explorando desde hace treinta años. Mis relatos son fruto de mi peculiar percepción del mundo, de mi mirada extraña sobre él. Al estar convencido de que la razón no agota las respuestas posibles, intento buscar otras perspectivas, otras leyes, otras dimensiones insólitas, vertiginosas y perturbadoras que impidan al lector una aceptación sumisa de la realidad. Te confieso que, como a Perucho, no me interesa contar -ni tampoco sé hacerlo- lo que le pasa todos los días a todo el mundo, en mi caso prefiero beber la nutritiva leche de los sueños a comer la áspera hogaza de la vida ordinaria, no quiero reproducirla sin más sino reinterpretarla mediante ejercicios de la imaginación sin trabas, transformarla a través de miniaturas lo más puras e intensas posible. Sí, reconozco que me atrae lo poco común, que me encuentro muy cómodo con lo extraño, y que siempre me ha parecido acertada la identificación que Félix Grande hizo de los cuentos breves con un fogonazo, a cuya luz vemos de pronto y por primera vez un rincón apartado que había permanecido entre sombras.

Desgraciadamente, me da la impresión que a la literatura española le hace mucha falta el oxígeno de la corriente fantástica, me refiero por supuesto a la que usa una vía más sugerente y más cuidada desde el punto de vista estilístico. Cunqueiro -que pensaba que los sueños, los misterios, lo insólito y lo descabellado son ingredientes necesarios del Cosmos- sostenía que entre los escritores españoles prevalecía un miedo paralizante a abordar lo fantástico, y entonces el lector español se ha ido desacostumbrando a que los acontecimientos fabulosos puedan ocurrir. Olvidan que, en palabras de Martin Amis, la realidad está sobrevalorada y su negación ha sido demasiado vilipendiada.

P: Según avanzo en la lectura de Los demonios del lugar, veo que la prosa, ese vocabulario rico e isotópico (red de significación) con el que narras se va suavizando. Entramos, entonces, en relatos como Cleveland, Ignición incluso uno de los que nos has cedido, Lamedores de cielo. Aquí, el miedo ya no es decimonónico; el miedo es contemporáneo… No es un miedo causado por un suceso aterrador; es un miedo a la pérdida de un ser querido… ¿Es el miedo un sentimiento que perdura independientemente de la época? ¿Es el miedo un viaje hacia nuestras propias angustias? Lo digo porque muchos de tus cuentos se enmarcan, a veces, en situaciones contemporáneas, pero otras narran historias casi decimonónicas e incluso medievales, en algunos relatos…

R: En estos relatos he intentado atrapar muchas de mis obsesiones, penetrar en zonas tenebrosas sin olvidar mi pasión por construir artefactos narrativos redondos, sin olvidar mi trabajo en clave de orfebre, de delicadeza compositiva, de amor por la palabra, la depuración, la dimensión poética. Y es que, en realidad, como te apuntaba antes, me someto por completo a las exigencias de cada relato, aunque eso signifique ambientarlo en el siglo XV con el lenguaje propio de la época, en el Japón medieval, en la Rusia zarista, en el futuro o en la prehistoria, y aunque el resultado final ocupe 33 páginas o una línea. De hecho, cada libro mío contiene de veinte a cien piezas distintas: quizá unos consideren este hecho un despilfarro de historias, otros un suicidio comercial y los de más allá una locura que el corazón del lector común no puede resistir; yo, sin embargo, creo firmemente que la diversidad de mundos enriquece un libro. Y cualquier parámetro me parece válido en un relato si con él se consigue dar en la diana del lector, ya sea mediante una caricia o una estocada, mediante un temblor o un zarpazo. Uno de mis defectos es que disfruto haciendo desaparecer la tierra bajo los pies del lector, arrancándolo de la miserable cárcel de lo cotidiano, situándolo en esa cuerda floja tendida entre el espacio y el tiempo.

Como te comenté al principio, me di cuenta a posteriori que había catalogado inconscientemente una serie de miedos. Está claro que el miedo es un sentimiento universal y eterno, y también que existen unos miedos básicos, al dolor, a la pérdida, a la soledad, a la muerte; y otros puntuales, particulares e infinitos, al fracaso en un empeño, al desempleo, al jefe o a una inspección de Hacienda. Sin embargo, puede que el predominante en este libro sea el miedo al prójimo contemplado como torturador, sin excluir -como bien señalas- el miedo al demonio interior, a ese propio yo capaz de convertirse en un lugar extraño.

P: Algunos de tus relatos pierden el marchamo de historias de terror sicológico y empiezan a ganar hacia lo fantástico. Te hablo por ejemplo de Relámpagos. Un relato que tiene ciertas similitudes con La línea de la mano, de Julio Cortázar… O dicho de otra manera, referencias a esa gimnasia con el lenguaje que Raymond Queneau marcó dentro de la escuela del OULIPO… .

R: Como te dije antes, siempre he trabajado en torno al extrañamiento y dentro del amplio marco de lo fantástico, ya sea razonado, extremo, cotidiano o conjetural. Por tanto, veo el terror más bien como una pequeña parcela de ese dilatado territorio, parcela de la que en este libro han brotado historias no sólo de terror psicológico, también metafísico (La primera muerte de Kafka), oriental (Las manos de Akiburo), erótico (Mujeres desnudas bajo impermeables mojados), onírico (Sueño nº 333), sobrenatural (El octavo día de la semana), bélico (Introito para arpa de tendones humanos), religioso (El Vaso), cómico (Una velada), etc. Opino que lo fantástico amplía el foco sobre lo que Eça de Queirós llamaba "la impertinente tiranía de la realidad", permite acercarse a las cosas con mayor complejidad, sondearlas libremente y llegar a los rincones más increíbles. Yo, desde luego, no conozco mejor gimnasia mental y estilística que crear mundos alternativos, atmósferas enrarecidas donde lo excepcional, lo inesperado y lo inquietante tienen tanta vida propia como lo supuestamente real. Y, sin duda alguna, mi divisa podría ser el célebre lema patafísico: "Me esfuerzo de buena gana en pensar cosas en las que pienso que los demás no pensarán".

Déjame decirte, además, que durante diez años fui el único miembro del Institutum Pataphysicum Granatensis, y que, por pudor, no hice nada para consolidar la Patafísica en Granada hasta que el 25 de enero de 2007, aprovechando mi conferencia Aproximación imposible a la Patafísica, decidí desocultarlo oficial y públicamente. El I.P.G. es un organismo dependiente e independiente del Collège de Pataphysique francés (y reconocido por él), una sociedad de investigaciones sabias e inútiles que propaga la Patafísica, ciencia de las soluciones imaginarias y de las excepciones inventada por Alfred Jarry. Tras fundarlo, mi cometido en el I.P.G. es la de Rector Magnífico y Proveedor-Propagador, además de crear y otorgar los cargos, diplomas e insignias a los Sátrapas Trascendentes que se van sumando a la iniciativa -unos 25 ya-, entre los que se cuentan José María Merino y Umberto Eco. Desde aquel día el I.P.G. está viviendo un feliz periodo de crecimiento: encuentros; conferencias; una página web propia a cargo del escritor José Vicente Pascual, donde se publican las aportaciones creativas de los Regentes de las Cátedras; la supervisión y presentación del volumen El siglo Ubú; y la convocatoria anual del Premio Internacional "Antonio Fernández Molina" al Espíritu Patafísico, que en su primera edición recayó en Ramón Sabatés -creador durante treinta años de los Grandes Inventos del TBO- y en ésta en el poeta y superviviente de las vanguardias Carlos Edmundo de Ory.

P: Si Los demonios del lugar es un libro, digamos, oscuro, en tu otro libro Astrolabio cambias un poco de registro hacia el microrrelato fantástico…

R: Si Los demonios del lugar es un descenso concéntrico y alucinado a los infiernos, Astrolabio tiene una caligrafía más lúdica, casi frívola en ocasiones, aunque hay algunos textos escorados aún hacia lo terrible. Este libro es un pequeño caleidoscopio formado por un puñado de miniaturas un tanto desaforadas y fulminantes, con una libertad total de enfoques, en el que me he permitido zarandear un poco el cuento tradicional. Sigue siendo una literatura de imaginación, de torsión de lo real, pero más acicateada ahora por los retos narrativos, los trampantojos y la experimentación con géneros y subgéneros. El título, de hecho, apunta a las distintas latitudes geográficas y temporales que puede visitar el lector y a esos distintos registros: hay relecturas mitológicas, revisitaciones históricas, piezas policíacas y metaliterarias, paradojas científicas, epifanías, juegos temporales, universos autocontenidos, personificaciones de objetos, animalizaciones de personas, bibelots orientales, etc. A uno de sus primeros lectores, Astrolabio le pareció casi un menú de Ferran Adriá, muy variado, de sabores audaces y texturas sorprendentes. Y es cierto que ese ideal de depuración formal, esa mezcla de magia, emoción y laboratorio han estado siempre presentes en mi obra.

Fíjate en el hecho de que aún no he nombrado la palabra microrrelato. Yo sólo escribo relatos breves; que finalmente puedan tener más o menos páginas o líneas es irrelevante, porque cada relato exige la extensión que precisa su historia y el modo en que ha de ser narrada. Eso sí, busco siempre la expresividad máxima con el mínimo de palabras, la plenitud geométrica de la miniatura, intentando aunar la precisión del lenguaje con la singularidad de la historia. Recuerdo que, tras cinco años componiendo versos adolescentes, escribí en 1978 mi primer relato -brevísimo, de cinco líneas-, una especie de variación de Sola y su alma, de Thomas Bailey Aldrich. Tres décadas después continúo indagando todas las formas de lo breve y pulsando todas las cuerdas del fantástico. Quizá no sea más que un modesto puente, todavía en pie, entre los autores que cultivaron los textos brevísimos de forma valiente y magistral -aunque esporádica- hasta los años setenta (Ramón Gómez de la Serna, Max Aub, A. F. Molina, Pere Calders, Alfonso Sastre, Gonzalo Suárez o Ferrer Lerín) y la legión que ha venido después.

P: En estas mañanas de otoño, cuando se despierta Ángel Olgoso, ¿sobre qué está escribiendo? ¿Escribe relatos en la línea de Los demonios del lugar o en la línea de Astrolabio?

R: Me temo que en ninguna línea, ya que me debo a la disciplina salarial. Cuando puedo, con suerte, simplemente escribo un relato; es decir, siempre que no lo impidan los hijos, el trabajo, los vecinos u otros imponderables. A veces tardo años en volver a escribir. En ese sentido estoy totalmente en manos de las circunstancias. De todas maneras, los relatos no hay que elaborarlos con prisa, necesitan su tiempo y, para colmo, soy de ejecución lentísima, casi de amanuense. Pero, pese a todo, a lo largo de estos treinta años he logrado escribir unos cuatrocientos, imagino que buscando agotar las posibilidades, buscando desafiar y cuestionar los límites del relato breve y fantástico, no por desamor o por pura experimentación, sino para ayudar dentro de mis menguadas posibilidades a que no se apague su llama milagrosa y primigenia.

Tengo decenas y decenas de relatos esperándome, con sus temas, sus notas y su material de consulta, y cada uno de ellos es un mundo autosuficiente que quizá algún día podrá concretarse en un bebedizo, en una pulida piedra de playa, en una milimétrica rosa del desierto, en una hornacina o en un pequeño diorama. Relatos que, si son escritos, lo serán sin pensar que van a conformar un libro determinado. Mi única certeza es el placer que me procurarán a la hora de abolir el espacio y el tiempo, de lograr una atmósfera que haga posible lo imposible, de imaginar la sorpresa o la inquietud del lector, de buscar la misteriosa belleza del mundo en sus más ocultos pliegues.

 

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