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ISSN 1698 - 4463
Año VIII - Nº 82
Diciembre 2007
Proyecto de David González T.
Por David González T.
Si bien el género fantástico se desarrolla entre lo cotidiano y la posibilidad, el realismo juega sólo con uno de estos conceptos. La cotidianidad siempre tiene algo de argumento. He aquí, de forma breve, una escaleta para cubrir una buena trama. Son algunas respuestas a la pregunta de cómo se escribe un cuento desde lo insulso de lo cotidiano...
No hables de superhéroes, ni de príncipes azules y cenicientas. Coge, en cambio, a uno o dos personajes y muéstralos en su particular vida rutinaria y monótona; y cuanto más gris sea su hábitat mejor. Que quien escuche la historia sienta la empatía o el rechazo hacia ellos.
Pon un suceso límite en sus vidas: abandono de alguien cercano, una catástrofe, ... alguna situación que explosione su actual estado de las cosas.
Continúa por ahí. Que los personajes no puedan solucionar su conflicto personal, que no tengan respuestas. "Boquiabierto" es una palabra que me encanta. Recuérdalo.
Agranda su conflicto. ¿Y ahora qué diantres hago?, se preguntarán.
Sume al personaje en el caos, bájalo a un pequeño infierno florido.
Ahora, vas bien. Ante esta situación límite, no tendrán otra alternativa que inventarse una solución, por puro instinto de supervivencia. Ojo, cuanto más absurda, mejor; es más creíble: Ante problemas complejos, soluciones tontas.
Prosigue. Ahora que los personajes creen que han solucionado su problema, hazlos regresar a su rutina, a lo cotidiano de su lánguida vida gris anterior, y bla bla bla.
No está mal, ¿verdad? Pues bien. Procura que esta pequeña revolución, hecha por ellos, les devuelva al anterior estado de las cosas. Que todo cambie para que no cambie nada. Pero, aquí llega el truco.
Sin darse cuenta, la solución a su conflicto les ha mejorado la vida. Siguen siendo grises, pero ahora tienen en el paladar algo así como un regustito de felicidad: son más grises que nunca. Se sienten bien, cada vez mejor, y mejor y mejor. Han pasado del vacío a la saciedad.
Cambia el argumento: giro de trescientos sesenta grados. La solución que los protagonistas se han inventado la asumen como verdad; pero, un día, descubren que todo es mentira. Lo que creían que les había devuelto a la monotonía es una falsedad.
El descubrimiento y su aceptación les hace regresar al caos: pero, esta vez, bajan a un infierno moral: nada, por ejemplo, de infiernos físicos de hambre, sufrimiento, angustia, etcétera. ¡¡¡Tiene que ser moral!!!
¿Qué harán ahora? ¿Qué pueden hacer si se dan cuenta de que todo es una farsa, de que el problema que los sumió en un caos y su respuesta absurda, ha agigantado el caos? Tendrán que decidir entre lo que deberían hacer y lo que deserían hacer.
Cierra la trama con una deriva. Que lo trágico se vuelva cómico, y viceversa. Que el personaje al que le explotó su vida gris, su rutina, su monotonía..., se deje llevar (sin importarle ahora lo más mínimo dicho problema moral), hacia otra monotonía, otra rutina, otra vida gris, otra y otra vez lo mismo de lo mismo... Si en este camino de ida y vuelta, logras que la previa empatía del lector se torne rechazo, o viceversa, muchísimo mejor.
Acabas de trazar una historia desde lo cotidiano hasta lo más profundo de la existencia: la lucha feroz que libramos cualquiera de nosotros dentro de la jaula del día a día.
Fin. (Por cierto, intenta contar, entre tanta mentira, tu verdad: eso que llaman trama B).
[ Extracto del artículo ¿Cómo se escribe la trama de un cuento desde lo cotidiano? publicado en El Hueco del Viernes, blog de Aviondepapel.com ]
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