Lo fantástico, una rendija abierta entre
la realidad y la literatura de Julio Cortázar


El cuento es la casa donde habita lo fantástico. La literatura fantástica contemporánea se soporta en este género literario, según afirmaba
Julio Cortázar.

Aunque nunca quiso aportar una definición académica,  Cortázar consideraba que lo fantástico no era sino un sentimiento que lo acompañó a lo largo de sus vida, incluso antes de que comenzara a escribir. El creador de El Libro de Manuel se negaba a aceptar la realidad tal como pretendían imponérsela. Siempre sentía que entre dos cosas perfectamente delimitadas y separadas, había un hueco por el cual se colaba un elemento que no podía explicarse con las leyes de la lógica.

Ese sentimiento lo calificaba de "extrañamiento", un hecho que en cualquier momento cotidiano (bajo la ducha, hablando, caminando, ...) da paso a pequeños paréntesis en esa realidad que luego dan lugar a una experiencia diferente, en definitiva, fantástica. Según Cortázar, ese extrañamiento consistía en que la lógica, la causalidad del tiempo, del espacio, todo lo que nuestra inteligencia acepta como inamovible se ve bruscamente sacudido por algo que lo desplaza y lo cambia.

La literatura cortazariana, y sobre todo sus cuentos, tiene muestras que así atestiguan este concepto casi metafísico que, posteriormente, en el mundillo editorial se etiquetó como realismo fantástico o literatura fantástica. Como botón de muestra, el relato La noche boca arriba. Un cuento que refleja esa excepción, esa inversión de valores, que desplaza lo real hacia lo fantástico.

La noche boca arriba describe como un hombre sale de su casa en París y va a su trabajo conduciendo su moto y mientras conduce observa edificios, casas, ... De repente, se equivoca en una luz de semáforo, tiene un accidente y se destroza un brazo; pierde el sentido y al salir del desmayo, se encuentra ingresado en un hospital. Lo han vendado y está en una cama.

Ese hombre tiene fiebre, está en un estado de sopor, como consecuencia del accidente y de los medicamentos; entonces, se adormece y tiene un sueño; sueña curiosamente que es un indio mexicano de la época azteca, que está perdido entre las ciénagas y se siente perseguido por una tribu enemiga, justamente los motecas, en plena guerra florida, que consistía en capturar enemigos para sacrificarlos en el altar de los dioses.

Siente la pesadilla, siente que los enemigos se acercan en la noche y angustiado se despierta y se encuentra en su cama de hospital y respira entonces aliviado, comprende que ha estado soñando, pero en el momento en que se duerme, la pesadilla continúa, aunque él huye y lucha al final es capturado por la tribu, que lo atan y lo arrastran hacia la gran pirámide, en lo alto de la cual arden hogueras de sacrificio.

El sacerdote de la tribu lo espera con el puñal de piedra para abrirle el pecho y quitarle el corazón. Mientras lo suben por la escalera, el hombre hace un esfuerzo por evitar la pesadilla, por despertarse y lo consigue; vuelve otra vez a su cama de hospital, pero la impresión de la pesadilla ha sido tan intensa, tan fuerte, que poco a poco, a pesar de que él quisiera quedarse del lado de la seguridad, se hunde nuevamente en la pesadilla y siente que nada ha cambiado. Él era un pobre indio, que soñó con una extraña, impensable ciudad de edificios, de luces, y de un extraño vehículo, misterioso, en el cual se desplazaba, por una calle.

Es el minuto final de la revelación. Eso no era un sueño, era real. El verdadero sueño era el otro. Lo fantástico, esa rendija abierta entre la literatura y la realidad, que tanto intenta explicar Julio Cortázar y que de forma tan certera muestra su cuento.

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