El lector de Cortázar,
cómplice de la experiencia literaria


Julio Cortázar apuesta por una literatura de lo inesperado, en que el lector forma parte de ella, tiene un rol especial en ella misma, participa de un juego entablado por el narrador.

"Todo novelista espera de su lector que lo comprenda, participando de su propia experiencia, o que recoja un determinado mensaje y lo encarne. El novelista romántico quiere ser comprendido por sí mismo a través de sus héroes; el novelista clásico quiere enseñar, dejar una huella en el camino de la historia", argumentaba el creador de Rayuela.

Precisamente en esta novela, en Rayuela, definida como "muchos libros, pero sobre todo, dos libros", Cortázar ofrece dos caminos de lectura. El lector puede optar por leer de forma lineal y pasiva el libro, o bien seguir las instrucciones de un Tablero de Direcciones, convertirse en cómplice, saltar a la pata coja de un capítulo a otro, rechazar el orden cerrado de la novela tradicional y disfrutar del juego.

Esta contra-novela, como así fue etiquetada por él mismo, "tenía como objetivo destruir la noción de relato hipnótico", según explicaba el autor argentino.

"Yo quería que el lector estuviera libre, lo más libre posible, el lector tiene que ser un cómplice y no un lector pasivo. La idea era hacer avanzar la acción y detenerla justamente en el momento en que el lector queda prisionero, y sacarlo de una patada fuera para que vuelva objetivamente a mirar el libro desde fuera y tomarlo desde otra dimensión. Ése era el plan".

En el prólogo de la recopilación de sus Cuentos Completos editada por Alfaguara, su coetáneo, Mario Varas Llosa, describe la importancia de la lectura activa en la obra cortazariana. "En los libros de Cortázar juega el autor, juega el narrador, juegan los personajes y juega el lector, obligado a ello por las endiabladas trampas que lo acechan a la vuelta de página", afirma Llosa.

Julio Cortázar justificaba su forma de narrar y definía al lector como parte implícita del binomio literario. Por ello, rechazaba la idea de tomar los libros "como quien admira o huele una flor sin preocuparse demasiado de la planta de la cual ha sido cortada".

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