La autopista de la anécdota,
la última aventura de Cortázar


Treinta y tres días invirtieron en recorrer las autopistas de la orilla sur de Francia. Una furgoneta llena de latas de comida, papeles en blanco, dos máquinas de escribir y mucha carretera. Los dos
autonautas fueron Julio Cortázar y su tercera esposa, Carol Dunlop.

La aventura comenzó en 1982 y quedó editorialmente contada en Los Autonautas de la Cosmopista. En la primavera de ese año, Julio Cortázar envió una carta al director de la Sociedad de Autopistas del Sur de Francia.

"Señor Director, hace algún tiempo su Sociedad me pidió autorización para publicar en una de sus revistas algunos pasajes de mi cuento titulado La autopista del sur. Por supuesto otorgué con viva satisfacción dicho permiso. Me dirijo ahora a usted para solicitarle a mi vez una autorización de naturaleza muy diferente."

La petición epistolar solicitaba a esta empresa autorización para el inicio de una "expedición un tanto alocada y bastante surrealista", tal como la definió el escritor argentino.

La idea consistía en recorrer por autopista la distancia entre París y Marsella a bordo de una Volkswagen Combi, equipada con todo lo necesario. Cortázar y Dunlop emprendieron su aventura deteniéndose en los 65 apeaderos que encontraban por la carretera, dos por día.

A lo largo del trayecto, "a cuatro manos" fueron escribiendo, "de forma poética y humorística", un diario de viaje en el que narraban las etapas, acontecimientos y experiencias con la ayuda de dos máquinas de escribir.

Para que el trayecto no fuera tan sufrido, los dos autonautas se aprovisionaron de comida y bebida (güisqui, vino, chucrut, sal, pimienta, mermelada, aceite, sardinas en conserva) y, por si acaso, tuvieron el apoyo de algunos amigos encargados de reabastecerlos cada diez días en alguno de los apeaderos de la autopista.

Desde una mesa de piedra donde almorzaban, Julio Cortázar y su mujer Carol Dunlop saborearon la dulce ensalada de garbanzos y de cebollas y describían esta escena fuera del tiempo y mezclada con el paso vertiginoso de camiones y coches:

"En pocos segundos, gracias a la experiencia adquirida en el curso de la expedición, alzamos el fuelle del techo de la furgoneta, nivelamos el refrigerador, instalaron las reposeras al lado de la mesa y la mesa en cuestión queda ocupada, de manera nada ambigua por máquinas de escribir, libros, botellas, vasos, cámaras fotográficas y sifón para deslumbrar a los incrédulos".

Después del mes y tres días del trayecto, el libro de bitácora resumía el viaje por la cosmopista: "No mucho después comprendimos sin palabras que acaso habíamos cumplido ese viaje obedeciendo, sin saberlo, a una búsqueda interior que luego tomaría diferentes nombres en labios de nuestros amigos..."

"...Todo eso se había dado precisamente porque no lo habíamos pensado ni buscado, ni propuesto porque el amor y la alegría nos colmaban demasiado para dejar paso a ninguna ansiedad de búsqueda".
Estas palabras fueron escritas en mayo de 1982, seis meses más tarde, la muerte de Carol Dunlop debilitaría el alma de Julio Cortázar, dos años más tarde, la leucemia enterraba su cuerpo. Su obra continúa viajando.

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