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AvióndePapel |
Diciembre de 2000 |
Revista Cultural de Curiosidad Gratuita |
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Aviadores |
José Saramago |

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"Si vamos perdiendo las palabras, al final
llegaremos a perder los sentimientos" |
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"No hay nada más entrañable que el libro viejo", asegura José
Saramago (Azinhaga, 1922). Las páginas de los libros han pervivido más de doscientos o
cuatrocientos años y siguen ahí, con las palabras guardadas para nosotros, con ese olor
a viejo que evoca sensaciones al lector, al contrario que la pantalla del ordenador, donde
todo está limpio. Sobre la página de un libro se puede llorar" defiende el Nobel de
Literatura 1998. En cambio, sobre el disco duro de una computadora "no se puede
derramar ni una lágrima". Las personas utilizaron la palabra para comunicarse y la
escritura para que aquella perdurara; y ahí aparece la figura del escritor. |
La anécdota:
"Saramago no
era el apellido de mi padre, sino el apodo. El empleado del registro civil estaba borracho
y añadió Saramago al nombre que yo debía llevar: José de Sousa. Cuando me matricularon
en la escuela primaria tuvieron que presentar una partida de nacimiento, y el antiguo
secreto se descubrió, con gran indignación de mi padre que detestaba el mote. Pero lo
peor fue que llamándose mi padre José de Sousa, la ley quiso saber cómo tenía él un
hijo cuyo nombre completo era José de Sousa Saramago. Así, intimidado, no tuvo más
remedio que hacer un nuevo registro de su nombre, por el cual pasó a llamarse también
José de Sousa Saramago, como su hijo". |
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Saramago recuerda a Platón, quien veía la escritura como algo maligno, porque
argumentaba que con ella los hombres perderían la memoria. "Lo que queríamos
recordar lo escribimos. Cada vez usamos menos la memoria, porque la información la
tenemos atrapada en los tomos de una enciclopedia o en Internet", alecciona el
creador de Memorial del Convento.
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La extinción del libro como soporte no representa el principal problema para nuestra
cultura. Saramago apuntala este debate del soporte papel sobre el pilar de la lengua como
esencia cultural de los pueblos. El problema del castellano o del portugués no es la
supremacía del inglés.
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El problema es el estado en el que se encuentran en nuestros días ambos idiomas
ibéricos, según argumenta el escritor luso, quien observa la dificultad que tienen los
jóvenes en comunicar con un vocabulario pobre, que se acerca peligrosamente a la
onomatopeya. "Cada vez se habla peor y cada vez es más difícil resulta convertir en
texto algo complicado. Yo soy ibérico y por tanto tengo dos patrias: España y Portugal.
Mi familia fue analfabeta", atestigua el autor de La muerte de Ricardo Reis.
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"El problema de nuestra sociedad no es el analfabetismo, sino que la población
alfabetizada no entiende lo que lee". Esto marcará el destino de nuestras lenguas y
por ende del libro. Las personas han aprendido a leer y a escribir en un determinado
tiempo de su vida y poco a poco olvidan lo aprendido, dice Saramago. "Quizás en un
futuro no necesitemos más que la telepatía para contar historias. Pero la lectura es una
actividad silenciosa, el escritor ha derramado su obra entre las páginas y por tanto la
lectura se asemeja ya a la telepatía".
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El inglés ocupará el lugar que nosotros le dejemos vacío y lo que ocurre en la sociedad
contemporánea es que se está se están creando espacios en blanco. En nuestra lengua
sólo permanecen las palabras que se consideren necesarias", afirma. "Nosotros
creíamos que para expresar la complejidad de los sentimientos necesitábamos palabras y
más palabras; sin embargo, no hay más que estudiar los dialectos indígenas en peligro
de extinción. En la Amazonia, añade, los indios tenían diez, quince, treinta palabras
para designar el color verde y nosotros (¡pobrecitos!) no tenemos más que verde claro,
verde oscuro, verde que te quiero verde...", ironiza este Aviador de la literatura.
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Lo que preocupa al autor de Todos los nombres no es tanto la invasión de los
anglicismos en el castellano o en el portugués. Saramago reconoce la utilidad del
inglés, porque sirve en cualquier parte del mundo. "Pero este no será nunca nuestro
idioma, es el otro", reitera. "Estamos aprendiendo más y mejor las lenguas
ajenas que nuestra propia lengua materna". Si algún día llegamos a perder nuestra
identidad lingüística, "no tendrá la culpa el inglés, sino nosotros",
apostilla.
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Ni siquiera los jóvenes dicen ya "te amo", se lamenta el portugués afincado en
la isla de Lanzarote (Islas Canarias). Si vamos perdiendo las palabras y sobre todo, si
vamos obviando aquéllas que expresan los sentimientos, "al final llegaremos a perder
los propios sentimientos".
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Sabios consejos de un Gran Aviador que vuela entre los dos grandes idiomas ibéricos.
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