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Recuerdo
una entrevista con Joaquín Sabina donde el cantautor lamentaba el
bajo nivel cultural de las prostitutas españolas, que no
valoraban en su justa medida la ternura y la sabiduría de las
canciones que él les dedicó. Lo de la ternura y la sabiduría lo
añado yo. Él se lamentaba de que las putas no sabían valorarlo.
Algo parecido le ocurrirá a García Márquez, a quien no imagino
muy putero, por cierto, después de su último libro. Ante esas páginas,
todas las putas del mundo parecerán lo mismo que la puta
protagonista. Es decir: dormidas. Aletargadas. En otra galaxia.
No
creo que García
Márquez escriba ya otra gran novela. La última fue El amor en los tiempos del cólera. No cito Vivir para contarla porque no era una novela, sino unas memorias. Un
relato real, para acogernos a la terminología reciente. Me parece
a mí que a Gabo se le terminaron hace tiempo las ganas de contar
cuentos, pese a que sepa hacerlo tan bien, y que si lo ha hecho
una vez más ha sido por contentar a sus hordas de admiradores
–y, o sobre todo, admiradoras- de todo el mundo. Y le ha salido
este cuento más que novela, esta historia de amor y decrepitud,
este flaco canto del cisne poderoso que fue en otros tiempos.
No
es que Memoria de mis putas
tristes no tenga méritos. Claro que los tiene. Para empezar,
el tema le va a su autor como anillo al dedo. Nadie sino él puede
escribir historias de amor, una tras otra, y seguir interesándonos.
De la vejez también sabe Gabo, qué remedio, a sus ochenta y
tantos. Como sabía de madurez y de maduración en El amor en los tiempos del cólera. Perdonen que la cite tanto, pero
para algo es mi novela favorita del colombiano, y esto una vil
excusa para terminar hablando de aquélla, y no de las tristes
putas contemporáneas.
Hablaba
de méritos. Verosimilitud, por ejemplo. El viejo de la novela, su
protagonista, es verosímil, aunque algo manido. Algo tópico, lo
más fácil para Gabo: hacerle intelectual y leído. La niña, el
arquetipo de la pureza del que tantas veces nos ha hablado ya, él
y tantos otros: otra Eréndira, en suma, con su candidez y, cuando
procede, su fiereza. El estilo de García Márquez, ya sabemos lo
que es, puros fuegos artificiales de la retórica; pero aquí
flojea, se hace más laxo, menos convincente. Lo de inventor del
lenguaje es una estupidez que se han inventado los que ya no saben
conjugar más que el ser y estar. Gabo no inventa nada. Es más,
la ortografía –lo ha dicho más de una vez- le estorba. Sin
embargo, posee una paleta del idioma que despierta admiración,
ahora y siempre.
En
suma, los fieles a Gabo hemos intentado caer en el embrujo de sus
putas tristes –que no lo están tanto, tampoco- y hemos cerrado
el libro con un media sonrisa de tristeza: qué pena que
envejezcan algunos hombres, y con ellos, su mundo al completo. En
las páginas de este cuento, tan soberbiamente editado, se
reconoce el sabor del mejor Gabo, como el de un buen vino, pero
tan rebajado que es mejor conocer el original para no pensar que
el vino, o Gabo, siempre fueron así. Lean El
amor en los tiempos del cólera, créanme. Verán que es un
consejo de amiga.
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