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Rojo…
rojo…
Horacio Quiroga; La gallina degollada
SEIS, por Care Santos
Siempre supe que hubo otros
antes que yo. Aquella ropa que a veces bajaba mamá del desván,
venía impregnada de los olores de personas extrañas. En la
cochera había dos cunas, desarmadas y amortajadas bajo gruesos
plásticos, y un antiguo carrito de bebés con dos sillas gemelas.
Algunas noches me parecía oír golpes enloquecidos que venían de
arriba. Y por la mañana mamá ponía todo su empeño en hacerme
creer que era el viento desatado de la madrugada quien llenaba mis
pesadillas de monstruos cautivos. Pero yo no imaginaba monstruos.
Imaginaba al hermano que no tuve, desdichado de aburrimiento, como
yo, allá en las alturas de aquella casa inmensa. Imaginaba un
compañero de juegos, alguien con quien dejar de aburrirme para
siempre.
Creo que mis padres nunca supieron de mi
aburrimiento. El odio que se profesaban acaparaba toda su
atención, y durante largas temporadas vivían sólo consagrados a
detestarse el uno al otro. Claro que atravesaban épocas buenas en
las que yo volvía a convertirme en el obsesivo centro de su
existencia, pero era tal el temor a que volvieran los insultos y
los reproches, que yo vivía esos remansos de paz quebradiza como
quien al observar un hermoso embalse descubre de pronto una grieta
en el dique.
De niña me preguntaba a menudo
qué hacíamos en Madriguera. Mis padres se conocieron en una
ciudad inmensa y remota, que más tarde cambiaron por una parcela
de campo, en las afueras. De vez en cuando, ambos sentían
necesidad de regresar a aquellos lugares. Por eso no habían
vendido la casa de la parcela, y seguían conservando un
departamento cercano a un teatro al que antes no faltaban ningún
fin de semana. Cuando recordaban las tiendas, la pista de
patinaje, los días de lluvia y cine o los cielos contaminados de
aquellos tiempos, los dos sonreían con tristeza. Papá solía
decir que nada más cambiaría el bullicio de una gran urbe por el
caos y los peligros de la selva.
Que yo sepa, nunca vivieron en
la selva.
Sin embargo, habían elegido
aquel pueblo sin gente, ni cine, ni tiendas, ni siquiera estación
de tren, que se erguía, rojo como una herida, en mitad de
aquellos páramos de arcilla que sólo el sol atravesaba a diario.
En el pueblo vivían entonces un
párroco viejo que ya había asumido, derrotado, la falta de
feligreses; media docena de analfabetos con aspecto de
supervivientes, un médico retirado de pulso tembloroso y dos
rebaños de cabras montaraces que por la noche eran acuarteladas
entre las ruinas de un establo cuya proximidad con la iglesia
aseguraba al párroco cierta agitación nocturna. Cualquier cosa
que allí se precisara, excepto consejo médico o espiritual,
había que ir a buscarla a no menos de cincuenta kilómetros. Por
ese motivo, mi padre decidió, pese a la oposición del cura,
hacerse cargo de mi formación, y trató de educarme según unos
principios que, de no haber intervenido mamá, me habrían
acercado más a las bestias de establo que a la civilización.
A aquella primera etapa
pertenecen algunos de los peores recuerdos de mi niñez: el día
que papá me llevó en coche hasta el pie de los cerros, con la
promesa de que veríamos triscar a las cabras peñas arriba, y
después de la caminata me dejó sentada al borde de un acantilado
durante horas, hasta que me cansé de llorar y suplicar, y él
creyó que le había perdido el miedo al peligro. O aquella otra
vez que, con la excusa de reparar una rueda pinchada, me abandonó
dentro del viejo Ford, en mitad de una helada noche llena de
lechuzas, y desapareció hasta que vio clarear el día siguiente.
Mamá estaba de viaje, y debía
llegar en dos días, pero su vuelo se adelantó. En el aeropuerto
encontró a alguien que se dirigía también hacia la remota
provincia donde nos hallábamos, y de la capital pudo tomar uno de
esos coches de línea que salían cada dos días. La última
casualidad le llevó a sorprender a papá consolándome de mi más
reciente e imparable ataque de pánico. Mamá me arrebató de su
ineficaz consuelo —ineficaz porque yo lo sentía un engaño—,
y antes de llevarme a mi cuarto le escupió unas palabras cargadas
de rencor:
¿No tuviste suficiente con los
otros cinco?
Cinco, dijo.
Pese a todo, mi formación no
dejó de ser un suplicio: encerrada siempre en el caserón rojo,
leyendo tediosos tratados de geografía o intentando descifrar las
incógnitas de complicadas ecuaciones, mi tiempo transcurría con
una lentitud injusta. Y, cuando a veces salíamos de la casa,
envueltos en los fríos gélidos o en los rayos abrasadores con
que nos sorprendían allí las estaciones, era para dedicarnos a
labores igual de mortecinas: identificar el canto de los pájaros,
cruzar a paso ligero los yermos o entrar en la abandonada iglesia
a buscarle novedades a las imágenes de los santos mientras el
párroco conjugaba con mis padres una conversación sin presente
ni futuro.
El padre Pol me era simpático
porque parecía comprenderme. Muy a menudo le buscaba en el
confesionario, donde él solía echar la siesta, y le pedía que
me hablara en aquel idioma que aseguraba haber inventado, y del
que logré retener algunas palabras como tesoros: Butllofa.
Bondiatingui. Tamborinada. Xop. Llimac. Embolic. Llampsitrons. Me
hubiera gustado que me enseñara a hablar como él, pero mis
padres habían decidido que aprendiera otras cosas, y por eso me
pasaba las tardes en la iglesia mientras el viejo sacerdote se
esforzaba en inculcarme un sinnúmero de certezas teológicas:
diez mandamientos, siete pecados capitales, catorce obras de
misericordia (en dos grupos de siete), tres tentaciones del alma,
ocho bienaventuranzas, siete sacramentos, cinco misterios del
rosario y diez avemarías después del paternóster y antes del
gloriapatri.
Muy satisfechos, mis padres
evaluaban mis progresos:
¿Cuál es el cuarto mandamiento
de la ley de Dios, hijita?
Y me ponían su fe obsesiva como
ejemplo:
Vamos a rezar por los seis,
decían cada noche, antes de obligarme a repetir mis oraciones.
Seis.
Lo peor que recuerdo son mis
enfermedades. Nada grave, excepto un sarampión que se complicó
en bronconeumonía y que me llevó hasta el borde mismo de otro
precipicio que, sin embargo, no me infundía ningún miedo.
Durante todo mi crecimiento, recuerdo a mamá llorando cada vez
que un resfriado me obligaba a guardar dos días de cama, o
recorriendo a toda prisa la distancia que separaba nuestra casa de
la del médico, con el rostro demudado y pálido, sólo porque yo
había tosido dos veces seguidas. En ocasiones papá la abrazaba,
y ella escondía la cara en su hombro, mientras repetía,
llorando:
Seis veces lo mismo… Seis
veces lo mismo…
Otras, el odio les hacía gritar
cosas horribles, y entonces sus rostros se inyectaban de sangre y
se volvían rojos como la tierra de Madriguera.
¡Yo hubiera tenido hijos como
los de todo el mundo! Esos son hijos tuyos. Los cuatro tuyos.
Cuatro.
Durante el sarampión la fiebre
no era importante. Lo fundamental era conseguir que mi cabeza se
mantuviera erguida y encontrar energías para el sobresfuerzo de
llenar de aire mis encharcados pulmones. En el baño me desplomaba
sobre la sirvienta, que no me dejaba ni de día ni de noche, sin
dejar de susurrar:
Ten compasión de esta pobre
gente, Señor.
Y cuando venía el doctor,
asentía con ademanes taciturnos y levantaba un poco las cejas
para comprender:
Es normal que sufran, con sus
antecedentes…
Mientras todo esto sucedía, mis
atribulados padres intercambiaban los peores insultos de su vida
sin ni siquiera subir la voz, como quien discute el menú de la
semana frente a una taza de té:
Tu semilla estaba envenenada de
enfermedades abominables.
Tú ya estabas tísica antes de
que nos casáramos.
Pero ni las súplicas
escandalizadas del cura lograban hacerles callar.
De los once días que permanecí
en la duermevela conservo una sola imagen nítida: papá entrando
en mi cuarto, abriendo a golpes las grandes puertas del ropero y
arrojando por todas partes mi ropa, mis zapatos, mis libros y mis
pocos juguetes, mientras gritaba:
¡Después de seis veces, ya sé
lo que debo hacer!
Con todas mis cosas hizo una
pila en medio del yermo rojo y le prendió fuego sin vacilar.
Después de aquello, mis padres
se ausentaron. Papá se fue a la lejana ciudad de la que siempre
hablaba. Mamá no le acompañó. La sirvienta me volteaba en la
cama, como se manipula un saco, para que el doctor me inyectara
antibióticos dos veces al día. El padre Pol me visitaba, y se
sentaba durante horas a mi lado, con quietud y tesón de sombra,
pero yo no sentía fuerzas para hablar con nadie:
Vuelva en otro momento, le
pedía, mientras sentía llenos de plomo los pulmones y la cabeza.
A veces, en mi inconsciencia, me
parecía ver a cuatro hombres babosos y sucios a los pies de la
cama, observándome. Cuatro pares de ojos abiertos con fijeza en
el espanto de mis pesadillas.
* * *
Mamá regresó nada más supo
que me había recuperado. Buscó el apoyo espiritual del padre Pol
y sólo encontró sus severas reprimendas, que yo escuchaba,
alborozada, aún sin permiso para levantarme. Al principio la
extrañé. Luego me acostumbré a aquella horrible sensación de
abandono, igual que cuando mi padre me dejaba en medio de la
oscuridad. Al cabo, sus enseñanzas me sirvieron de algo.
Creo que cuando mamá se
convenció por fin de que nadie había infiltrado en mí gen
dañino alguno empecé a odiarles —a ella y a papá— con una
maldad tan profunda que sólo podía ser ajena.
Cuando por fin me levanté,
había crecido siete centímetros. Tenía casi diez años y había
descubierto, por primera vez, la necesidad de encontrar respuestas
a todas mis preguntas.
Empecé por la sirvienta:
¿Qué hay en el desván?
La cuestión la conturbó:
Esas cosas se las debes
preguntar a tu madre.
¿Qué hay en el desván, mamá?
Sus pupilas parecían buscar
respuestas recorriendo los objetos de la estancia.
Nada, hija. Trastos viejos,
ropa… ¿Por qué deseas saberlo?
Era fácil reconocer su torpe
modo de mentir. Resolví preguntarle al padre Pol.
¿Alguna vez mamá le ha dicho
qué hay en el desván de la casa roja?
Me lo ha dicho, contestó.
Y qué es.
Al padre Pol no le turbó mi
pregunta. Tampoco trató de esquivarla.
¿Por qué te interesa eso,
hijita?
Por las noches oigo ruidos.
¿Qué clase de ruidos?
Golpes. Palmadas. Risas. A veces
alguien muge.
Podría ser una vaca, rió el
párroco.
Muge como alguien que no ha
visto nunca una vaca.
Mordisqueó su labio inferior.
Debes ser valiente para
descubrir lo que esconden las personas mayores, dijo al fin.
Esa noche decidí ser valiente.
Los escalones que llevaban al desván crujían y la oscuridad era
absoluta, pero yo había perdido el miedo. Me detuve frente a la
puerta y pegué el oído a la madera fría. Se oía un zumbido,
grave y monótono; de vez en cuando, un chasquido casi inaudible;
y una música amortiguada. Parecía una radio, pero sonaba muy
lejos. Estuve algunos minutos en aquella posición extraña,
aguantando la respiración, sin recordar mi convalecencia. Me
incorporé cuando de mis pulmones aún enfermos escapó un jadeo
metálico y tropecé con algo duro y frío que colgaba de la
pared. Entonces escuché con claridad un bufido idéntico que
provenía del otro lado de la puerta.
Tan segura estaba de haber oído
algo vivo que me atreví a descolgar la llave de la pared, a
introducirla en la cerradura y hacerla girar. Luego murmuré, no
sabía para quién:
Ya me encuentro mejor, gracias.
No tuve suerte. Sólo me
pareció que la radio enmudecía.
* * *
Eres terca como tu padre,
respondía mamá cada vez que yo le preguntaba por el desván.
Me encontraba mejor y había
vuelto a mis clases con el padre Pol. La ausencia de papá, sin
embargo, forzaba al pobre anciano a tratar de inculcarme unos
conocimientos que él había olvidado hacía mucho. Por eso yo le
pedía que me enseñara más palabras en su idioma inventado:
Ratpenat. Etsiúts. Plouifasol. Estaba, además, el problema de la
falta de material didáctico. En la casa jamás había habido más
libros que los míos: los que papá quemó cuando creyó que me
moría.
Nunca hasta entonces había
visto al padre Pol alterado:
Es vergonzoso desatender así a
los hijos, cualquier día va a tener que contarle lo que desea
saber, le dijo a mamá, subiendo la voz más de lo que le creía
capaz.
Ante ese ataque, mi madre tuvo
una de sus crisis de histeria, aquellas que antes la llevaban a
cargar contra papá.
Usted qué sabrá de eso, cura
de mierda, qué sabrá del dolor y la abnegación, de los cuidados
que requieren los hijos o del sufrimiento que ocasionan, diga de
dónde carajo se saca los consejos, por ahora sólo ha logrado que
la niña se formule preguntas, meta las narices donde no la llaman
y abra las cerraduras sin mi permiso. La otra noche los liberó,
me entiende, los dejó escapar, como en un juego, toda mi
desgracia correteando por mi casa impunemente y por su culpa…
qué sabe usted de todo esto.
Puede que no sepa nada,
contestó, en calma, el sacerdote, pero usted sabe menos que yo,
aunque tuvo seis.
No volvieron a dirigirse la
palabra hasta que mamá encargó una misa por el alma de papá. Un
telegrama firmado por alguien que llevaba mi mismo apellido nos
comunicó que, tres días después de llegar a la selva, mi padre
se suicidó. Ingirió un veneno que él mismo había comprado. No
dejó nada para nosotras. Encontraron su cuerpo cuando llevaba
tres semanas muerto.
Durante la misa de difuntos, a
la que sólo asistimos mamá, la doméstica y yo, nadie pronunció
palabra ni vertió una lágrima. Al terminar, cuando el padre Pol
se acercó a mi madre para estrecharle la mano en un pésame
forzoso, la escuché decir:
Increíble, un hombre tan entero
venir a eliminarse con cianuro, como una criada.
* * *
A mamá no parecían quitarle el
sueño las amenazas del padre Pol sobre castigos que habían de
atraparla así en la tierra como en el cielo. Tenía esa lasitud
de quien hace años ha dejado de prestar atención al mundo, de
quien sabe que ya nada puede despertarle temor alguno porque nada
le importa. Hasta tal extremo sabía cuál había de ser tarde o
temprano su destino que de una de sus visitas a la capital volvió
con un paquetito de bicloruro de mercurio que guardaba en su
mesilla de noche.
Ante la actitud de mamá, la
sirvienta se había visto obligada a tomar el timón de la casa, y
ahora era ella quien vigilaba mi aseo, decidía qué debía
ponerme o cuándo precisaba ropa y hasta decía conmigo sus
oraciones todas las noches.
Y ahora vamos a rezar por los
seis, repetía.
Un día la interrumpí cuando ya
había adoptado esa actitud mística igual a la de los santos de
la iglesia: las palmas juntas y los ojos vueltos hacia arriba.
Qué seis. Por quiénes rezamos.
Con dificultad se levantó del
suelo, donde estaba hincada de rodillas; me agarró con firmeza de
la mano y me llevó casi a rastras hasta el salón, donde mamá
permanecía a oscuras y en silencio, como todas las noches.
Le ruego, señora, que haga el
favor de explicarle de una buena vez a esta chiquilla lo de sus
hermanos mayores.
Como despertada de un sueño muy
placentero, mamá hizo amago de contradecirla, pero no tuvo
tiempo: ya la sirvienta me había abandonado en mitad de aquella
oscuridad y había cerrado la puerta con decisión de cancerbero.
Oí que mamá se acomodaba en el
diván.
Dijo: Ven aquí.
Cuando me senté junto a ella
sentí su mano húmeda acariciándome el pelo.
En el silencio mascullaban los
relojes.
Tú no fuiste mi primera hija,
explicó.
Eso ya lo sabía, pero la dejé
proseguir.
Dejó crecer un largo silencio.
Rebufó, como si estuviera haciendo un esfuerzo muy grande. Otra
vez su mano húmeda me recorrió la frente. Esquivé su contacto.
Me molestaba ese tacto de sudor en la cara. Y el olor.
Eso pareció despertarla de su
letargo.
Ya basta, Berta. Es hora de ir a
dormir, dijo.
¿No me lo vas a contar?
Ya sabes más de lo que debes,
fue su respuesta.
Aquella madrugada, muy tarde,
volví a oír mugidos en el desván. Sonaban como el aullido de
una garganta que no ha aprendido a modular su potencial pero, qué
curioso, no me parecían expresiones de queja o tristeza, sino
más bien todo lo contrario. De vez en cuando creía escuchar dos
a un tiempo, en el ensayo de un dúo estrafalario.
La emoción reducía el fuelle
de mis pulmones cuando busqué las zapatillas bajo la cama. Los
mugidos sonaban tan fuertes que amortiguaban el crujir de los
escalones. Arriba, a tientas, busqué la llave en la pared.
Encontré el clavo, rugoso y frío, pero allí no había nada. El
soplo de mis pulmones se hizo más sonoro, y allá dentro nadie
parecía reparar en mi presencia. Yo, en cambio, reconocí un
chapoteo en los intervalos silenciosos de las bestiales
exclamaciones. Todo era oscuridad y ruidos, como la noche de las
lechuzas. Pero, a diferencia de aquella vez, ahora mi pánico
tenía un objetivo. Necesitaba ser valiente para conocer lo que
mis mayores me ocultaron. Quería saber por qué motivo mis padres
fueron como dos fieras esquivas, por qué habían querido olvidar
el mundo en aquel lugar horrible y por qué ni siquiera allí lo
habían conseguido. Supe que si la llave no estaba en su puesto
era porque alguien la había necesitado. Pensé que podía ser
mamá y ese pensamiento me proporcionó la osadía necesaria para
empuñar el picaporte y describir una aprendida rotación de
muñeca.
Mi miedo se afilaba al compás
de mis jadeos.
* * *
La sirvienta estaba sentada en
el suelo, arremangada y con la toalla en la mano, frente a un
barreño en el que dos de mis hermanos forcejeaban, desnudos,
mientras emitían a todo pulmón sus destemplados mugidos.
Parecía un juego muchas veces repetido, una suerte de ritual de
la hora del baño, que la mujer consentía con benevolencia y
cansancio. Los otros dos esperaban su turno, desnudos y sucios,
sentados en el banco, frente a la ventana: los hombros muy juntos,
las bocas abiertas chorreando baba sobre sus barbas, las cabezas
ladeadas y los ojos muy fijos en mí.
Los reconocí enseguida. Eran
los cuatro hombretones que acompañaron los delirios de la fiebre,
en los días de mi enfermedad. Ahora los ocho ojos me miraban de
nuevo, asustados ante la presencia de aquella intrusa que por vez
primera se adentraba en su espacio, y a su muda sorpresa se unía
la expresión de profunda contrariedad de la sirvienta, que
abandonaba a los juguetones para dirigirme una mueca de espanto.
No reparé en sus imperativas
palabras, ni tampoco en su expresión. Sólo constaté que mis
cuatro hermanos eran más altos aún de lo que había sido papá,
que estaban flacos y pálidos, y tenían los cabellos más largos
que yo había visto jamás en un hombre. A su lado, la sirvienta
parecía muy pequeña y muy frágil. Cuando se acercó para
envolverme en una toalla demasiado grande vi la esponja jabonosa
en su mano, y la falda mojada. Mis dos hermanos aprovecharon su
ausencia para salir del barreño, y empezaron a corretear por el
desván, llenando de agua las esteras, los pocos muebles y la ropa
de las camas. Adiviné que ese trance del baño era demasiado
trabajoso para aquella menuda mujer, y que por eso debía de
celebrarlo con tan poca frecuencia.
A los muchachotes les hizo
gracia el silbido de mi respiración, igual que aquella noche,
cuando me escucharon resollar tras su puerta. Los cuatro
comenzaron a imitarme: reían de una manera burda, inspiraban con
gran ruido y luego palmoteaban entusiasmados, como si todo aquello
fuera muy divertido para ellos. Me acerqué a quien parecía el
mayor y me atreví a agarrar su manaza de uñas largas y sucias.
Al instante se tranquilizaron, como si su interés en imitarme
hubiera caducado. Sólo me miraron ojipláticos, babeando, y uno
de ellos masculló con muchas dificultades una frase aprendida:
Ya me encuentro mejor, gracias.
Aquella noche yo aún no sabía
todo lo que supe más tarde. No habrían de pasar ni dos años
para que el párroco, en el silencio altisonante de la sacristía
y como quien por fin se pone en paz con su conciencia, me contara
la historia de una criatura nacida antes que yo, en aquel lugar
lejano del que vinieron mis padres, a quien enterraron en un
ataúd blanco, como se entierra siempre a los ángeles del cielo,
después de un abominable accidente —tales fueron sus
palabras— causado por aquellos cuatro gigantones. Me habló de
una gallina que cierta vez vieron degollar mis hermanos, de cómo
les atrajo el color intenso de la sangre y cómo quisieron poner a
prueba su destreza. Mientras mi hermanita se desangraba, los
cuatro la miraban en un silencio respetuoso, babosos y alborotados
por la emoción, sentados en el banco del patio. Así les
encontraron mis padres cuando, como cada viernes, llegaban del
teatro.
Pero aquella noche yo no sabía
de esta historia.
Tras los páramos, el sol
despuntaba. Me senté en el banco, junto a la ventana, y dejé que
los cuatro me acariciaran el cabello, las orejas, los labios,
descubriéndome a su forma y a su ritmo. Hasta que se cansaron.
Entonces permanecimos en silencio, en el mismo lugar donde
transcurrían sus cuatro vidas: aquel banco junto a la ventana. A
medida que el sol ganaba altura, el panorama ejercía sobre ellos
un extraño poder hipnótico. Antes que el gallo cantara, mis
cuatro hermanos tontos habían enmudecido y babeaban, fascinados
ante aquella ventana que enmarcaba un mundo intensamente rojo.
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