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  Revista de Curiosidad Literaria

Quizás sea ENERO de 2005

 
       
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AÑO VI / Número 0050 / Enero 2005

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AVIADORES

SEIS  
( Incluido en el libro Matar al Padre, Premio Alfonso de Cossio de Relatos Ateneo de Sevilla )  

Autora: Care Santos 

Texto cedido por la autora a Aviondepapel.com
 

Care Santos

Entrevista con Care Santos:
"Una de mis grandes preocupaciones como escritora es el engaño"
 
Biografía y foto de Care Santos
 
SEIS.
Relato incluido en el libro de cuentos MATAR AL PADRE, 
II Premio Alfonso de Cossio de Relatos del Ateneo de Sevilla.

Lee el texto cedido por la autora a Aviondepapel.com
 
 
Si las putas leyeran, ¿estarían tristes?
Crítica de Care Santos de la nueva novela de Gabriel García Márquez, MEMORIA DE MIS PUTAS TRISTES
 
Visita la Web de Care Santos:
www.caresantos.com

Rojo… rojo…
Horacio Quiroga; La gallina degollada

SEIS, por Care Santos

Siempre supe que hubo otros antes que yo. Aquella ropa que a veces bajaba mamá del desván, venía impregnada de los olores de personas extrañas. En la cochera había dos cunas, desarmadas y amortajadas bajo gruesos plásticos, y un antiguo carrito de bebés con dos sillas gemelas. Algunas noches me parecía oír golpes enloquecidos que venían de arriba. Y por la mañana mamá ponía todo su empeño en hacerme creer que era el viento desatado de la madrugada quien llenaba mis pesadillas de monstruos cautivos. Pero yo no imaginaba monstruos. Imaginaba al hermano que no tuve, desdichado de aburrimiento, como yo, allá en las alturas de aquella casa inmensa. Imaginaba un compañero de juegos, alguien con quien dejar de aburrirme para siempre.

Creo que mis padres nunca supieron de mi aburrimiento. El odio que se profesaban acaparaba toda su atención, y durante largas temporadas vivían sólo consagrados a detestarse el uno al otro. Claro que atravesaban épocas buenas en las que yo volvía a convertirme en el obsesivo centro de su existencia, pero era tal el temor a que volvieran los insultos y los reproches, que yo vivía esos remansos de paz quebradiza como quien al observar un hermoso embalse descubre de pronto una grieta en el dique.

De niña me preguntaba a menudo qué hacíamos en Madriguera. Mis padres se conocieron en una ciudad inmensa y remota, que más tarde cambiaron por una parcela de campo, en las afueras. De vez en cuando, ambos sentían necesidad de regresar a aquellos lugares. Por eso no habían vendido la casa de la parcela, y seguían conservando un departamento cercano a un teatro al que antes no faltaban ningún fin de semana. Cuando recordaban las tiendas, la pista de patinaje, los días de lluvia y cine o los cielos contaminados de aquellos tiempos, los dos sonreían con tristeza. Papá solía decir que nada más cambiaría el bullicio de una gran urbe por el caos y los peligros de la selva. 

Que yo sepa, nunca vivieron en la selva.

Sin embargo, habían elegido aquel pueblo sin gente, ni cine, ni tiendas, ni siquiera estación de tren, que se erguía, rojo como una herida, en mitad de aquellos páramos de arcilla que sólo el sol atravesaba a diario.

En el pueblo vivían entonces un párroco viejo que ya había asumido, derrotado, la falta de feligreses; media docena de analfabetos con aspecto de supervivientes, un médico retirado de pulso tembloroso y dos rebaños de cabras montaraces que por la noche eran acuarteladas entre las ruinas de un establo cuya proximidad con la iglesia aseguraba al párroco cierta agitación nocturna. Cualquier cosa que allí se precisara, excepto consejo médico o espiritual, había que ir a buscarla a no menos de cincuenta kilómetros. Por ese motivo, mi padre decidió, pese a la oposición del cura, hacerse cargo de mi formación, y trató de educarme según unos principios que, de no haber intervenido mamá, me habrían acercado más a las bestias de establo que a la civilización.

A aquella primera etapa pertenecen algunos de los peores recuerdos de mi niñez: el día que papá me llevó en coche hasta el pie de los cerros, con la promesa de que veríamos triscar a las cabras peñas arriba, y después de la caminata me dejó sentada al borde de un acantilado durante horas, hasta que me cansé de llorar y suplicar, y él creyó que le había perdido el miedo al peligro. O aquella otra vez que, con la excusa de reparar una rueda pinchada, me abandonó dentro del viejo Ford, en mitad de una helada noche llena de lechuzas, y desapareció hasta que vio clarear el día siguiente.

Mamá estaba de viaje, y debía llegar en dos días, pero su vuelo se adelantó. En el aeropuerto encontró a alguien que se dirigía también hacia la remota provincia donde nos hallábamos, y de la capital pudo tomar uno de esos coches de línea que salían cada dos días. La última casualidad le llevó a sorprender a papá consolándome de mi más reciente e imparable ataque de pánico. Mamá me arrebató de su ineficaz consuelo —ineficaz porque yo lo sentía un engaño—, y antes de llevarme a mi cuarto le escupió unas palabras cargadas de rencor:

¿No tuviste suficiente con los otros cinco?

Cinco, dijo.

Pese a todo, mi formación no dejó de ser un suplicio: encerrada siempre en el caserón rojo, leyendo tediosos tratados de geografía o intentando descifrar las incógnitas de complicadas ecuaciones, mi tiempo transcurría con una lentitud injusta. Y, cuando a veces salíamos de la casa, envueltos en los fríos gélidos o en los rayos abrasadores con que nos sorprendían allí las estaciones, era para dedicarnos a labores igual de mortecinas: identificar el canto de los pájaros, cruzar a paso ligero los yermos o entrar en la abandonada iglesia a buscarle novedades a las imágenes de los santos mientras el párroco conjugaba con mis padres una conversación sin presente ni futuro.

El padre Pol me era simpático porque parecía comprenderme. Muy a menudo le buscaba en el confesionario, donde él solía echar la siesta, y le pedía que me hablara en aquel idioma que aseguraba haber inventado, y del que logré retener algunas palabras como tesoros: Butllofa. Bondiatingui. Tamborinada. Xop. Llimac. Embolic. Llampsitrons. Me hubiera gustado que me enseñara a hablar como él, pero mis padres habían decidido que aprendiera otras cosas, y por eso me pasaba las tardes en la iglesia mientras el viejo sacerdote se esforzaba en inculcarme un sinnúmero de certezas teológicas: diez mandamientos, siete pecados capitales, catorce obras de misericordia (en dos grupos de siete), tres tentaciones del alma, ocho bienaventuranzas, siete sacramentos, cinco misterios del rosario y diez avemarías después del paternóster y antes del gloriapatri.

Muy satisfechos, mis padres evaluaban mis progresos:

¿Cuál es el cuarto mandamiento de la ley de Dios, hijita?

Y me ponían su fe obsesiva como ejemplo:

Vamos a rezar por los seis, decían cada noche, antes de obligarme a repetir mis oraciones.

Seis.

Lo peor que recuerdo son mis enfermedades. Nada grave, excepto un sarampión que se complicó en bronconeumonía y que me llevó hasta el borde mismo de otro precipicio que, sin embargo, no me infundía ningún miedo. Durante todo mi crecimiento, recuerdo a mamá llorando cada vez que un resfriado me obligaba a guardar dos días de cama, o recorriendo a toda prisa la distancia que separaba nuestra casa de la del médico, con el rostro demudado y pálido, sólo porque yo había tosido dos veces seguidas. En ocasiones papá la abrazaba, y ella escondía la cara en su hombro, mientras repetía, llorando:

Seis veces lo mismo… Seis veces lo mismo…

Otras, el odio les hacía gritar cosas horribles, y entonces sus rostros se inyectaban de sangre y se volvían rojos como la tierra de Madriguera.

¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! Esos son hijos tuyos. Los cuatro tuyos.

Cuatro.

Durante el sarampión la fiebre no era importante. Lo fundamental era conseguir que mi cabeza se mantuviera erguida y encontrar energías para el sobresfuerzo de llenar de aire mis encharcados pulmones. En el baño me desplomaba sobre la sirvienta, que no me dejaba ni de día ni de noche, sin dejar de susurrar:

Ten compasión de esta pobre gente, Señor.

Y cuando venía el doctor, asentía con ademanes taciturnos y levantaba un poco las cejas para comprender:

Es normal que sufran, con sus antecedentes…

Mientras todo esto sucedía, mis atribulados padres intercambiaban los peores insultos de su vida sin ni siquiera subir la voz, como quien discute el menú de la semana frente a una taza de té:

Tu semilla estaba envenenada de enfermedades abominables.

Tú ya estabas tísica antes de que nos casáramos.

Pero ni las súplicas escandalizadas del cura lograban hacerles callar.

De los once días que permanecí en la duermevela conservo una sola imagen nítida: papá entrando en mi cuarto, abriendo a golpes las grandes puertas del ropero y arrojando por todas partes mi ropa, mis zapatos, mis libros y mis pocos juguetes, mientras gritaba:

¡Después de seis veces, ya sé lo que debo hacer!

Con todas mis cosas hizo una pila en medio del yermo rojo y le prendió fuego sin vacilar.

Después de aquello, mis padres se ausentaron. Papá se fue a la lejana ciudad de la que siempre hablaba. Mamá no le acompañó. La sirvienta me volteaba en la cama, como se manipula un saco, para que el doctor me inyectara antibióticos dos veces al día. El padre Pol me visitaba, y se sentaba durante horas a mi lado, con quietud y tesón de sombra, pero yo no sentía fuerzas para hablar con nadie:

Vuelva en otro momento, le pedía, mientras sentía llenos de plomo los pulmones y la cabeza.

A veces, en mi inconsciencia, me parecía ver a cuatro hombres babosos y sucios a los pies de la cama, observándome. Cuatro pares de ojos abiertos con fijeza en el espanto de mis pesadillas.

 

* * *

 

Mamá regresó nada más supo que me había recuperado. Buscó el apoyo espiritual del padre Pol y sólo encontró sus severas reprimendas, que yo escuchaba, alborozada, aún sin permiso para levantarme. Al principio la extrañé. Luego me acostumbré a aquella horrible sensación de abandono, igual que cuando mi padre me dejaba en medio de la oscuridad. Al cabo, sus enseñanzas me sirvieron de algo. 

Creo que cuando mamá se convenció por fin de que nadie había infiltrado en mí gen dañino alguno empecé a odiarles —a ella y a papá— con una maldad tan profunda que sólo podía ser ajena.

Cuando por fin me levanté, había crecido siete centímetros. Tenía casi diez años y había descubierto, por primera vez, la necesidad de encontrar respuestas a todas mis preguntas.

Empecé por la sirvienta:

¿Qué hay en el desván?

La cuestión la conturbó:

Esas cosas se las debes preguntar a tu madre.

¿Qué hay en el desván, mamá?

Sus pupilas parecían buscar respuestas recorriendo los objetos de la estancia.

Nada, hija. Trastos viejos, ropa… ¿Por qué deseas saberlo?

Era fácil reconocer su torpe modo de mentir. Resolví preguntarle al padre Pol.

¿Alguna vez mamá le ha dicho qué hay en el desván de la casa roja?

Me lo ha dicho, contestó.

Y qué es.

Al padre Pol no le turbó mi pregunta. Tampoco trató de esquivarla.

¿Por qué te interesa eso, hijita?

Por las noches oigo ruidos.

¿Qué clase de ruidos?

Golpes. Palmadas. Risas. A veces alguien muge.

Podría ser una vaca, rió el párroco.

Muge como alguien que no ha visto nunca una vaca.

Mordisqueó su labio inferior.

Debes ser valiente para descubrir lo que esconden las personas mayores, dijo al fin.

Esa noche decidí ser valiente. Los escalones que llevaban al desván crujían y la oscuridad era absoluta, pero yo había perdido el miedo. Me detuve frente a la puerta y pegué el oído a la madera fría. Se oía un zumbido, grave y monótono; de vez en cuando, un chasquido casi inaudible; y una música amortiguada. Parecía una radio, pero sonaba muy lejos. Estuve algunos minutos en aquella posición extraña, aguantando la respiración, sin recordar mi convalecencia. Me incorporé cuando de mis pulmones aún enfermos escapó un jadeo metálico y tropecé con algo duro y frío que colgaba de la pared. Entonces escuché con claridad un bufido idéntico que provenía del otro lado de la puerta.

Tan segura estaba de haber oído algo vivo que me atreví a descolgar la llave de la pared, a introducirla en la cerradura y hacerla girar. Luego murmuré, no sabía para quién: 

Ya me encuentro mejor, gracias.

No tuve suerte. Sólo me pareció que la radio enmudecía.

 

* * *

 

Eres terca como tu padre, respondía mamá cada vez que yo le preguntaba por el desván.

Me encontraba mejor y había vuelto a mis clases con el padre Pol. La ausencia de papá, sin embargo, forzaba al pobre anciano a tratar de inculcarme unos conocimientos que él había olvidado hacía mucho. Por eso yo le pedía que me enseñara más palabras en su idioma inventado: Ratpenat. Etsiúts. Plouifasol. Estaba, además, el problema de la falta de material didáctico. En la casa jamás había habido más libros que los míos: los que papá quemó cuando creyó que me moría.

Nunca hasta entonces había visto al padre Pol alterado:

Es vergonzoso desatender así a los hijos, cualquier día va a tener que contarle lo que desea saber, le dijo a mamá, subiendo la voz más de lo que le creía capaz.

Ante ese ataque, mi madre tuvo una de sus crisis de histeria, aquellas que antes la llevaban a cargar contra papá.

Usted qué sabrá de eso, cura de mierda, qué sabrá del dolor y la abnegación, de los cuidados que requieren los hijos o del sufrimiento que ocasionan, diga de dónde carajo se saca los consejos, por ahora sólo ha logrado que la niña se formule preguntas, meta las narices donde no la llaman y abra las cerraduras sin mi permiso. La otra noche los liberó, me entiende, los dejó escapar, como en un juego, toda mi desgracia correteando por mi casa impunemente y por su culpa… qué sabe usted de todo esto.

Puede que no sepa nada, contestó, en calma, el sacerdote, pero usted sabe menos que yo, aunque tuvo seis.

No volvieron a dirigirse la palabra hasta que mamá encargó una misa por el alma de papá. Un telegrama firmado por alguien que llevaba mi mismo apellido nos comunicó que, tres días después de llegar a la selva, mi padre se suicidó. Ingirió un veneno que él mismo había comprado. No dejó nada para nosotras. Encontraron su cuerpo cuando llevaba tres semanas muerto. 

Durante la misa de difuntos, a la que sólo asistimos mamá, la doméstica y yo, nadie pronunció palabra ni vertió una lágrima. Al terminar, cuando el padre Pol se acercó a mi madre para estrecharle la mano en un pésame forzoso, la escuché decir:

Increíble, un hombre tan entero venir a eliminarse con cianuro, como una criada.

 

* * *

 

A mamá no parecían quitarle el sueño las amenazas del padre Pol sobre castigos que habían de atraparla así en la tierra como en el cielo. Tenía esa lasitud de quien hace años ha dejado de prestar atención al mundo, de quien sabe que ya nada puede despertarle temor alguno porque nada le importa. Hasta tal extremo sabía cuál había de ser tarde o temprano su destino que de una de sus visitas a la capital volvió con un paquetito de bicloruro de mercurio que guardaba en su mesilla de noche.

Ante la actitud de mamá, la sirvienta se había visto obligada a tomar el timón de la casa, y ahora era ella quien vigilaba mi aseo, decidía qué debía ponerme o cuándo precisaba ropa y hasta decía conmigo sus oraciones todas las noches.

Y ahora vamos a rezar por los seis, repetía.

Un día la interrumpí cuando ya había adoptado esa actitud mística igual a la de los santos de la iglesia: las palmas juntas y los ojos vueltos hacia arriba.

Qué seis. Por quiénes rezamos.

Con dificultad se levantó del suelo, donde estaba hincada de rodillas; me agarró con firmeza de la mano y me llevó casi a rastras hasta el salón, donde mamá permanecía a oscuras y en silencio, como todas las noches.

Le ruego, señora, que haga el favor de explicarle de una buena vez a esta chiquilla lo de sus hermanos mayores.

Como despertada de un sueño muy placentero, mamá hizo amago de contradecirla, pero no tuvo tiempo: ya la sirvienta me había abandonado en mitad de aquella oscuridad y había cerrado la puerta con decisión de cancerbero.

Oí que mamá se acomodaba en el diván.

Dijo: Ven aquí.

Cuando me senté junto a ella sentí su mano húmeda acariciándome el pelo.

En el silencio mascullaban los relojes. 

Tú no fuiste mi primera hija, explicó.

Eso ya lo sabía, pero la dejé proseguir.

Dejó crecer un largo silencio. Rebufó, como si estuviera haciendo un esfuerzo muy grande. Otra vez su mano húmeda me recorrió la frente. Esquivé su contacto. Me molestaba ese tacto de sudor en la cara. Y el olor.

Eso pareció despertarla de su letargo.

Ya basta, Berta. Es hora de ir a dormir, dijo.

¿No me lo vas a contar?

Ya sabes más de lo que debes, fue su respuesta.

Aquella madrugada, muy tarde, volví a oír mugidos en el desván. Sonaban como el aullido de una garganta que no ha aprendido a modular su potencial pero, qué curioso, no me parecían expresiones de queja o tristeza, sino más bien todo lo contrario. De vez en cuando creía escuchar dos a un tiempo, en el ensayo de un dúo estrafalario. 

La emoción reducía el fuelle de mis pulmones cuando busqué las zapatillas bajo la cama. Los mugidos sonaban tan fuertes que amortiguaban el crujir de los escalones. Arriba, a tientas, busqué la llave en la pared. Encontré el clavo, rugoso y frío, pero allí no había nada. El soplo de mis pulmones se hizo más sonoro, y allá dentro nadie parecía reparar en mi presencia. Yo, en cambio, reconocí un chapoteo en los intervalos silenciosos de las bestiales exclamaciones. Todo era oscuridad y ruidos, como la noche de las lechuzas. Pero, a diferencia de aquella vez, ahora mi pánico tenía un objetivo. Necesitaba ser valiente para conocer lo que mis mayores me ocultaron. Quería saber por qué motivo mis padres fueron como dos fieras esquivas, por qué habían querido olvidar el mundo en aquel lugar horrible y por qué ni siquiera allí lo habían conseguido. Supe que si la llave no estaba en su puesto era porque alguien la había necesitado. Pensé que podía ser mamá y ese pensamiento me proporcionó la osadía necesaria para empuñar el picaporte y describir una aprendida rotación de muñeca.

Mi miedo se afilaba al compás de mis jadeos.

 

* * *

 

La sirvienta estaba sentada en el suelo, arremangada y con la toalla en la mano, frente a un barreño en el que dos de mis hermanos forcejeaban, desnudos, mientras emitían a todo pulmón sus destemplados mugidos. Parecía un juego muchas veces repetido, una suerte de ritual de la hora del baño, que la mujer consentía con benevolencia y cansancio. Los otros dos esperaban su turno, desnudos y sucios, sentados en el banco, frente a la ventana: los hombros muy juntos, las bocas abiertas chorreando baba sobre sus barbas, las cabezas ladeadas y los ojos muy fijos en mí.

Los reconocí enseguida. Eran los cuatro hombretones que acompañaron los delirios de la fiebre, en los días de mi enfermedad. Ahora los ocho ojos me miraban de nuevo, asustados ante la presencia de aquella intrusa que por vez primera se adentraba en su espacio, y a su muda sorpresa se unía la expresión de profunda contrariedad de la sirvienta, que abandonaba a los juguetones para dirigirme una mueca de espanto.

No reparé en sus imperativas palabras, ni tampoco en su expresión. Sólo constaté que mis cuatro hermanos eran más altos aún de lo que había sido papá, que estaban flacos y pálidos, y tenían los cabellos más largos que yo había visto jamás en un hombre. A su lado, la sirvienta parecía muy pequeña y muy frágil. Cuando se acercó para envolverme en una toalla demasiado grande vi la esponja jabonosa en su mano, y la falda mojada. Mis dos hermanos aprovecharon su ausencia para salir del barreño, y empezaron a corretear por el desván, llenando de agua las esteras, los pocos muebles y la ropa de las camas. Adiviné que ese trance del baño era demasiado trabajoso para aquella menuda mujer, y que por eso debía de celebrarlo con tan poca frecuencia.

A los muchachotes les hizo gracia el silbido de mi respiración, igual que aquella noche, cuando me escucharon resollar tras su puerta. Los cuatro comenzaron a imitarme: reían de una manera burda, inspiraban con gran ruido y luego palmoteaban entusiasmados, como si todo aquello fuera muy divertido para ellos. Me acerqué a quien parecía el mayor y me atreví a agarrar su manaza de uñas largas y sucias. Al instante se tranquilizaron, como si su interés en imitarme hubiera caducado. Sólo me miraron ojipláticos, babeando, y uno de ellos masculló con muchas dificultades una frase aprendida:

Ya me encuentro mejor, gracias.

Aquella noche yo aún no sabía todo lo que supe más tarde. No habrían de pasar ni dos años para que el párroco, en el silencio altisonante de la sacristía y como quien por fin se pone en paz con su conciencia, me contara la historia de una criatura nacida antes que yo, en aquel lugar lejano del que vinieron mis padres, a quien enterraron en un ataúd blanco, como se entierra siempre a los ángeles del cielo, después de un abominable accidente —tales fueron sus palabras— causado por aquellos cuatro gigantones. Me habló de una gallina que cierta vez vieron degollar mis hermanos, de cómo les atrajo el color intenso de la sangre y cómo quisieron poner a prueba su destreza. Mientras mi hermanita se desangraba, los cuatro la miraban en un silencio respetuoso, babosos y alborotados por la emoción, sentados en el banco del patio. Así les encontraron mis padres cuando, como cada viernes, llegaban del teatro.

Pero aquella noche yo no sabía de esta historia.

Tras los páramos, el sol despuntaba. Me senté en el banco, junto a la ventana, y dejé que los cuatro me acariciaran el cabello, las orejas, los labios, descubriéndome a su forma y a su ritmo. Hasta que se cansaron. Entonces permanecimos en silencio, en el mismo lugar donde transcurrían sus cuatro vidas: aquel banco junto a la ventana. A medida que el sol ganaba altura, el panorama ejercía sobre ellos un extraño poder hipnótico. Antes que el gallo cantara, mis cuatro hermanos tontos habían enmudecido y babeaban, fascinados ante aquella ventana que enmarcaba un mundo intensamente rojo.

 

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