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PREGUNTA: En Invitación al Parricidio, texto epílogo de la
colección de relatos MATAR AL PADRE, explicas que lo que has
hecho con este libro “no debe ser confundido con el plagio”.
Te justificas diciendo que todos los grandes artistas (enumeras
desde Van Gogh hasta Beckett) tuvieron sus referentes, los
imitaron y se separaron de ellos poniendo en su obra parte de sí
mismos. Por eso, en MATAR AL PADRE, tú prefieres hablar de
“homenaje o variación”. Pero, ¿hasta qué punto es buena y
hasta cuál es maléfica la imitación de los grandes escritores?
RESPUESTA:
Preferiría dejarlo en atrevida. En ejercicio de atrevimiento, tal
vez. Más que una justificación, el epílogo era una advertencia
para lectores desinformados y para críticos con pocas horas de
vuelo. Cualquier lector mínimamente astuto se dará cuenta del
juego que propongo en este libro: querer ser Cortázar con las
herramientas de Cortázar, o Borges, o Arreola, o Quiroga, pero
sin dejar de ser yo misma. Además, todos los
escritores tenemos la obligación de creernos Homero por lo menos
una vez en la vida, ¿no?
PREGUNTA: Tal y como
lo cuentas en tu epílogo, parece que hay que acercarse a lo más
profundo de los maestros para entender el proceso de sus
creaciones y alejarse en lo posible para introducir tu propia
voz,
pero ¿dónde está el límite? ¿No crees que siempre queda algo
del “Padre”? Lo digo rememorando a Mario Vargas
Llosa, en CARTAS A UN JOVEN NOVELISTA, que decía que el escritor realiza un
proceso inverso a una bailarina de streap-tess: la bailarina se
desnuda y el escritor se va vistiendo con las influencias de sus
lecturas.
RESPUESTA: No suelo
estar muy de acuerdo con el Vargas Llosa teórico. Por seguir el símil
de la bailarina: todos los escritores tenemos mucho de streapers. La clave está en llegar a conseguir encuerarnos con
nuestra música, nuestro estilo y nuestro ritmo, y que éstos
se parezcan lo menos posible a los de otros. Ejercicio complicadísimo,
claro, si tenemos en cuenta que el escritor es el hijo de una
tradición de la cual no puede ni debe desligarse. Eso está claro
en MATAR AL PADRE, desde
luego. Es como si yo dijera al lector: he aquí mi tradición,
esto es lo que he leído con más pasión, y te lo recomiendo. Y,
al mismo tiempo, te recomiendo un juego a partir de esas lecturas.
¿Qué somos capaces de hacer con nuestros libros de cabecera, con
nuestros “padres” literarios? He aquí una posible respuesta.
Después de todo, la literatura es, sobre todo, un juego.
P: Hablemos de
SEIS,
el primer relato que integra MATAR AL PADRE, colección que tú
defines cuentos after... En LA GALLINA DEGOLLADA, Horacio
Quiroga, tal como yo lo veo como lector, trata de enunciar una
historia de un matrimonio que tiene cuatro hijos idiotas y,
finalmente, una niña NO idiota, pero que enferma. Quiroga narra
una ficción en la que flotan parte de sus obsesiones autobiográficas.
Pero lo narra en tercera persona para alejarse quizás de este
componente biográfico. No sé si tú lo ves así. En cambio, tu
narrador (narradora, en este caso, la sexta hija) es en primera
persona. ¿Por qué elegiste este punto de vista en primera
persona? ¿Lo pedía la historia o fue de una forma premeditada?
R: Ambas cosas.
La
voz narrativa nunca es una decisión al azar, sino tal vez la más
meditada de todas. A mí me interesaba hablar del miedo y del
engaño: del secreto. El segundo es uno de mis grandes temas, una
de mis grandes preocupaciones como escritora. La primera persona
transmitía mucho mejor que ninguna lo que yo quería transmitir
en esta historia, que no era sino esa inquietud que se instala en
nosotros cuando llegamos al final del cuento de referencia. Es una
lectura impactante, cuyo final produce desasosiego,
estremecimiento. Yo intenté mantener esas sensaciones. La emoción
me interesa mucho más que otras cosas, cuando escribo y cuando
leo. Quería provocar emociones.
P: En
LA
GALLINA DEGOLLADA, por lo que intuyo como lector, Quiroga trata de
enunciar que la idiotez heredada mata a la inteligencia enferma
(los cuatro hermanos de Berta, matan a Berta). En cambio, creo que
en SEIS, tú vas más allá de ese planteamiento. Para mí, en tu
relato tratas de enunciar que la inteligencia enferma (la
narradora, la sexta hija) busca conocer a sus hermanos (“Siempre
hubo otros antes que yo”, comienza el relato) y, finalmente,
convive con ellos. Lo digo porque el relato concluye con lo que
parece un final abierto: la protagonista femenina se
sienta junto a sus hermanos, éstos van descubriéndola “a su
ritmo”; es decir, la inteligencia enferma busca finalmente
convivir (convivir es a veces aceptar) con la idiotez heredada. ¿No
sé si es así lo que trataste de narrar?
¿Realmente es la protagonista quien se une a sus hermanos
observando un amanecer o es al contrario?
R:
Me gustan los
finales que no responden a todas las preguntas. O que responden de
varias maneras a las preguntas. En efecto, en el final de Seis
podemos entender que la fatalidad está en que los idiotas
atraigan a su espacio a la niña sana, pero es un final que no me
satisface demasiado. Los finales dramáticos, en general, no me
interesan a no ser que traigan consigo algo más. Además, como
dijo Steiner, lo dramático puro no se corresponde con la
realidad: la vida no es sólo dramática.
P: En
SEIS, también
has introducido rasgos casi biográficos de Quiroga: su suicidio,
sus viajes a la selva, la rígida educación de sus hijos. ¿Cómo
surgió la idea de ensamblar estos rasgos biográficos con la
historia?
R: Era un elemento
común a todo el libro. Leí tanto acerca de las génesis de los
respectivos cuentos originales que luego no pude resistir la
tentación de introducir algunos detalles en los relatos. Tiene
que ver también con algo que me interesa mucho como lectora: los
diferentes niveles de lectura. Pienso que estos cuentos puede
leerlos cualquier, incluso el que desconozca por completo a los
autores homenajeados, pero si lo lee alguien que haya leído a
cualquiera de ellos, su lectura será diferente. Y lo mismo si
conoce más detalles respecto a los autores y los relatos
elegidos.
P: ¿Cómo nació la
excusa argumental de contar casi lo mismo que en LA GALLINA
DEGOLLADA, pero desde el punto de vista otro personaje y, por
tanto, ir más allá del planteamiento fatalista de Quiroga?
R: Yo no creo que se
cuente lo mismo. Para empezar, SEIS sucede en la provincia de
Segovia. Hay un personaje que es un cura catalán que habla en
catalán pero hace creer a todos que ha inventado el idioma que
utiliza. Aquí los niños son mucho más monstruosos que en el
cuento original, porque han crecido y eso les despoja de toda
candidez, y porque además llevan una vida de bestias. El secreto
es fundamental, algo que no sucedía en el de Quiroga. Casi podríamos
decir que es un relato de intriga. Y lo que se cuenta es
precisamente lo contrario: allí, la fatalidad terminaba
imponiéndose.
Aquí, la menor de los hermanos hace que triunfe su voluntad sobre
el destino fatal.
P: En
SEIS, también
aparecen otros personajes diferentes a los de LA GALLINA DEGOLLADA.
¿Cómo nacieron estos protagonistas? No sé si estás
de acuerdo, pero tal y como los veo, tal y como los narras en sus
acciones y comportamientos son así ¿o no?: Un padre que oculta
un secreto a su hija y la entrena para que pierda el miedo a la
muerte; un párroco que no cuenta el secreto de familia, sino que
habla en otra lengua para no hacerse entender; una sirvienta que
se harta de no contar el secreto; y una madre que cuenta, pero a
medias dicho secreto. ¿Qué simbolizan cada uno de ellos? ¿Coincides
con mi apreciación?
R: Como ha quedado
dicho ya, el lenguaje del párroco no es propio: tan sólo es
extraño para ellos. Creo que la importancia de esos dos
personajes radica en lo que esconden, en lo que no dicen. La
mentira es uno de mis temas recurrentes, he escrito mucho –y
escribiré- sobre ella. Aquí, los personajes adultos o cuerdos,
mienten. En mayor o menor grado, impulsados por unas u otras
razones, pero mienten. Y lo hacen ante quien, por su propia
inocencia, no puede defenderse de esa mentira: la niña, pero
también los chicos locos. Sólo que la niña, pese a inocencia,
acaba desentrañando la verdad. Podría leerse, desde ese prisma,
como un relato de iniciación: para crecer hay que conocer la
mentira. No me parece nada descabellado, por cierto.
P: ¿El cuento de
Quiroga y el tuyo, SEIS tiene algo de exorcismo? Me explico:
intuyo que lo has elegido para abrir la colección de MATAR AL
PADRE, porque en él aparece la muerte de un padre. ¿Pero hay
algo más detrás de esta elección para que SEIS sea un cuento de
apertura de la colección?
R: Había varias
razones para situarlo al principio. Una cronológica, por ejemplo:
Quiroga es el autor más veterano de los escogidos. También es de
mis lecturas más tempranas. Sin embargo, en la ordenación de un
libro de cuentos siempre hay un factor mucho más personal: ese
es, de todos, mi cuento favorito. Es difícil justificar el porqué.
P: No sé, para mí,
Quiroga trata de enunciar en su historia cómo las personas no
podemos luchar contra un estigma (rasgos genéticos o como quieras
llamarlo), y si ese estigma es la fatalidad, al final nuestros
hijos están abocados a la fatalidad. Tú, en su lugar, das una
visión más optimista: buscamos nuestros orígenes, reconocemos
en nosotros mismos este estigma y, de alguna manera (contemplando
un amanecer, con caricias en el pelo), lo superamos. ¿No sé
si coincides en esta apreciación?
R: Quiroga y yo no
nos parecemos en absoluto. Si visión de la vida era muy distinta
de la mía. También la época que le tocó vivir fue muy
diferente. En la época en que él escribió ese cuento, la
psicología y la medicina legal creían en el estigma, en la
predeterminación. Insistir en eso era absurdo, y no sólo porque
no creo en ello. Entre un desenlace fatalista y otro optimisma, yo
siempre optaré por el segundo. En mi vida, digamos, civil, lo
mismo. No creo que Quiroga pudiera decir lo mismo.
P: Estuve releyendo a
Quiroga, sus cuentos sus biografías, y me encontré de nuevo
sobrevolando su literatura sicológica. No sé si estas de acuerdo
en esto: en LA GALLINA DEGOLLADA, Quiroga habla de algo muy
autobiográfico, como es que la fatalidad se hereda, pero también
nos habla de que la fatalidad se adquiere (es esa eterna
dicotomía de lo que somos: lo que hemos heredado genéticamente y
lo que aprendemos por imitación dentro de nuestro comportamiento
social). ¿Compartes esta visión del cuento de Quiroga?
R: De ninguna
manera. Es lógico que la literatura de Quiroga sea fatalista. Él
mismo lo era. Como es lógico que a veces Borges escriba pedanterías
estupendas, porque él mismo era un estupendo pedante. Supongo que
todos nos reflejamos ni que sea un poco en lo que escribimos y yo,
por encima de todo, soy una persona vitalista, que tiendo a la
felicidad de un modo natural, que tengo una enorme capacidad para
ser feliz, incluso en los peores momentos. A eso me refiero cuando
digo que soy muy diferente de Quiroga.
P: Cambiando algo los
conceptos, ¿no es eso también lo que sucede con la literatura?
¿No se trata de imitar, reconocer en nosotros mismos al Padre
(nuestras influencias) y luego matarlo (cambiar de estilo) o
aceptarlo como parte de nosotros mismos?
R: Es importante
saber a quién nos parecemos, a quién hemos sacado la nariz, las
orejas, esa forma de adjetivar desaforada o la tendencia a la
digresión. Creo que el autoconocimiento ayuda mucho al
escritor,
siempre y cuando venga acompañado de una enorme autocrítica y de
una enorme vocación de estilo propio. El siguiente paso es el
asesinato del padre. Hay que borrarlo de la faz de la tierra o, al
menos, intentarlo. Para luego ocupar su lugar con toda
legitimidad. Sólo quienes encuentran su voz, su estilo, sus
temas…, lo conseguirán.
P: Finalmente, una
curiosidad... en el epílogo de MATAR AL PADRE, hablas de que
encontraste errores en la edición de Obras Completas de Jorge
Luis Borges. ¿Cuáles?
R: En la edición
de las Obras Completas que Emecé hizo en Buenos Aires se incluyen
unos versículos de La Biblia en el encabezamiento de La Intrusa,
a modo de cita, que no existen: 2 Reyes I, 26 (el capítulo de
Reyes citado termina en el versículo 18). Primero pensé que se
trataba de un juego borgiano: remitir a una cita inexistente. Sin
embargo, me parecía tan absurdo que removí cielo y tierra hasta
dar con un especialista que me aclaró el error. Debía decir 2
Samuel I, 26. La primera edición copió mal la cita. Y desde
entonces, se han citado los versículos equivocados. Escribí un
artículo sobre todo esto y el modo en que llegué a desentrañar
el misterio. Para aquellos que tengan interés en esta pequeña
curiosidad bibliográfica: se llama «El cuento del cuento» y
puede leerse en la sección «El cajón», de mi página
web.
P: En
MATAR AL PADRE,
sólo hay autores latinoamericanos, ¿son el referente para
cualquier cuentista que se precie? ¿O fue una manera de
introducir entre ellos ese denominador común que es Latinoamérica?
R:
Son mis autores, mis padres literarios, aquellos a los que leí,
fascinada, en mi adolescencia. He leído mucho más a los
latinoamericanos, por ejemplo, que a los estadounidenses que tan
importantes fueron para muchos de mi generación. También me ha
fascinado y me fascina mucho más América Latina que cualquier
otro continente. Son, pues, múltiples pasiones, las que convergen
en esos ocho cuentos.
P: Nos gustaría también
que nos recomendaras a dos o tres cuentistas que estén
despuntando en el panorama nacional o internacional y que nos
adelantaras, si puedes, tu próximo proyecto editorial (¿novela o
cuentos?).
R:
Hay buena cosecha de cuentistas nacionales: Félix J. Palma,
Carlos Castán, Hipólito G. Navarro, Carmela Greciet, Andrés
Neuman… Para mí los cuentos nunca son un proyecto
“editorial”. Escribo cuentos siempre, los intercalo con otras
cosas o simplemente le robo tiempo a cualquier otro proyecto para
escribir un cuento. El último se titula “Amanecer con monstruos
marinos”, y forma parte de un libro dedicado a la pintura, que
cerrará el ciclo iniciado con “Solos” (música) y “Matar al
padre” (literatura). Será, cuando lo termine, una especie de
trilogía. Cuando lo termine, que no sé cuándo pueda ser. No
tengo nunca fecha, ni prisa, ni constancia con los cuentos. Ahí
están, y yo con ellos: nos gustamos, eso es todo. Mi próximo
proyecto editorial es una novela de largo recorrido que he
empezado ya. Tengo título, claro, porque no puedo empezar a
escribir nada sin el título, de modo que siempre lo tengo antes
que la novela. Se llamará “Ángel en la cuerda floja”. Espero
terminarla durante el verano de 2005.
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