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Víctor
García Antón
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(1)
Entrevista con Víctor García Antón:
"El personaje de un cuento toma volumen en el
texto por lo que dice y por cómo lo dice [por su
discurso]"
(2)
Entrevista con Víctor García Antón:
"Un buen escritor ha de ser un buen lector de su
propia escritura"
Biografía
y Foto
El
Amor Es Sólo Tiempo
Relato incluido en la colección de cuentos AMOR DEL BUENO,
Premio Caja España de Libro de Cuentos (2004),
cedido por el autor a Aviondepapel.com
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| AMOR
DEL BUENO lo puedes encontrar en las siguientes librerías
de Madrid (España):
Librería
Fuentetaja; Librería Antonio Machado; Librería la
Central; Librería Méndez; Librería Rafael Alberti
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El
amor es sólo tiempo
Cuento
de Víctor García Antón,
incluido en la colección Amor
del Bueno
La
mujer disfrazada de novia y el hombre desnudo vagan a la deriva en
medio del océano. Junto a ellos, en el centro del bote, una vaca
lustrosa les mira con ojos vigilantes mientras rumia. El mar está
en calma. Nada se mueve. Sólo el chapoteo espaciado del madero
que el hombre hunde cada poco en el agua a modo de remo; y la
vaca, que rumia.
De
cuando en cuando, la mujer vuelve la cabeza hacia el hombre
desnudo, nota su esfuerzo en el cuello tenso, en los brazos
fuertes, y siente que ya lo ama. Luego mira hacia el otro lado
para ver si avanzan, y ve el océano, todo el océano.
–Vamos
a follar, cariño–dice el hombre mientras rema.
–No,
que nos ve la vaca.
A
la mujer disfrazada de novia y al hombre desnudo les iba a casar
el capitán del barco. Lo tenían todo listo. Las invitaciones, el
baile, la noche de bodas en la suite nupcial. Por eso no les
importa que el barco se haya hundido con la orquesta y los
invitados, ni que les hayan dejado con la vaca, rumiando en medio
del océano. Porque los dos se quieren mucho, son almas gemelas, y
porque cuando uno es joven, siente en las espitas del corazón
como que las cosas buenas están todas por venir.
–Anda,
vamos a follar–insiste el hombre mientras rema.
–Que
no, que nos mira la vaca.
La
mujer que lleva la bolsita de las arras atada a la muñeca, no se
enamoró hasta muy tarde de su novio. Por eso ha estado ocho años
despidiendo al hombre desnudo en las escaleras pálidas de su
portal. Porque el amor es sólo tiempo, y no se gana nada con
perder la cabeza. Ocho años en los que la mujer ha ido puliendo
sus sueños como un geranio bien podado, y ya tienen el amor a
punto. Ya les toca.
La
mujer disfrazada de novia y el hombre desnudo vagan a la deriva en
medio del océano. Solo se tienen el uno al otro, y la mirada de
la vaca, tan ancha como un paisaje. Pero la mujer con el vestido
blanco no está preocupada, no tiene prisa. Porque ve a su hombre
tan centrado, tan cerca al otro lado del bote, que se le van los
ratos mirando el océano, observando los borreguillos que de tanto
en tanto aparecen sobre las olas, y las formas caprichosas de las
nubes, tan absurdas.
–Pues
mato a la vaca y nos la comemos de una sentada.
La
mujer con el ramo de flores en el regazo, sabe que no es posible
matar a la vaca. Volcarían el bote, se ahogarían. Por eso la
mira como rumia en el centro del bote, y le acaricia los cuernos,
y piensa que pronto
llegarán a tierra firme, donde un cura les casará, y harán el
amor por las mañanas, y tendrán muchos hijos, y los criarán
sanos y felices, como han hecho todos los padres desde que el
mundo es mundo.
–Pues
si no follamos, yo no remo.
Y
la mujer con las alianzas bajo el escote, hace como que se enfada,
y luego le mira con ternura, y le dice que han de seguir, que ya
les falta poco. Pero el hombre desnudo le ha dado la espalda a su
mujer y a la vaca, ha dejado el madero, se ha cruzado de brazos.
–Que
reme la vaca, yo no remo.
La
mujer disfrazada de novia no entiende estas prisas de ahora. ¿No
les queda una vida? ¿No lo tenían ya hablado? Ella sabe que las
cosas difíciles tardan en soñarse, por eso mira a lo lejos,
donde las olas se cosen con las nubes, y casi le parece ver una
montaña, quizás una isla con playas de arena fina, y canoas de
bienvenida, y mujeres con faldas de colores y sonrisas fáciles.
Pronto tocarán tierra, es sólo tiempo, y la gente les ofrecerá
dátiles y cuencos con agua fresca. Enseguida el hombre aprenderá
un oficio, se harán un lugar en la aldea. Y con el dinero
obtenido construirán juntos una casa amplia de madera, con un
porche de árboles frondosos, y sillones de teca para las tardes
lentas. En el dormitorio principal, subiendo las escaleras, se harán
instalar una cama grande, con cuatro patas fuertes y robustas,
para hacer el amor por las mañanas. Y tendrán un tocador con un
espejo de luces y mil estuches. Y un lavabo de loza, y un
ventilador de aspas bien grandes en el techo, y muchas flores.
Cerca de la casa, junto al establo donde engordarán la vaca, las
cabras y los faisanes, pasará el murmullo de un río. Allí
construirán el molino para el pan, con una poza poco profunda
donde la mujer se bañará con las hijas, y jugarán juntas a los
secretos. Y el hombre desnudo las verá reírse desde el sillón
de teca del porche, y se acordará entonces de los buenos ratos
pasados en el bote, los dos solos a la deriva en medio del océano,
acompañados por las formas caprichosas de las nubes, por los
borreguillos cabalgando sobre las olas, y por la vaca sentada en
el centro, que todavía les mira.
Y
el hombre que no tiene tiempo para los borreguillos, coge el
madero, lo hunde de nuevo en el agua a modo de remo, lo hunde con
fuerza, con determinación, y parece que avanzan.
–Hará
calor por las mañanas, ¿Te
acostarás desnuda?
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