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La
solución de Quim,
de Silvia Sánchez
Rog, cuento incluido en La mujer sin memoria y otros
relatos

Quim se marcha del trabajo
a las cinco. Sale del edificio y circula en coche hasta la
casa de su novia. Van a ir al cine, a la tercera sesión.
Cuando entra en el
apartamento de ella lo primero que hace es encerrarse en el
baño. Echa el cerrojo por dentro y se pone a calcular,
tomando la palma de su mano como medida, la posición que
ocupa, en la estantería, el bote de desodorante. Describe
su situación en voz alta: «A un palmo de la pared del
fondo. A dos dedos del neceser con las cremas de protección
solar».
Pronto se desespera, el
frasco ha vuelto a cambiar de sitio.
El gesto se le queda como
roto, o descreído. Se pasa una mano por la cabeza. Luego,
se restriega la cara con la palma abierta, como queriendo
borrarse con ella el rostro, o desaparecer. Baja la taza del
váter, que estaba levantada ya no sabe por quién, y se
sienta a meditar.
Cuando Quim se queda en
casa de su novia usa el champú nutritivo de ella, su gel y
sus toallas. Pero el desodorante es suyo. Ese bote es lo único
suyo que hay en el piso de ella. Lo pone bien claro: «Desodorante
para hombre». Lo pone en tres idiomas y no puede ser que
ella lo esté usando porque, entre otras cosas, tiene cuatro
desodorantes de mujer un estante más arriba. Por eso, Quim
piensa ahora que otro hombre está subiendo a su casa. Además,
el día anterior, al destapar ese mismo bote, ha encontrado
un pelo negro y corto que no es de ella. Ella es rubia. Ni
de él. Él se depila a diario para nadar en un
polideportivo que le queda cerca.
Tras la puerta cerrada del
baño se oye un ruido de tacones. Es ella, que aún debe
andar probándose ropa y mirándose en la puerta del baño
que, del otro lado, es de espejo.
Cuando el ruido de tacones
se aleja, Quim se levanta para refrescarse la nuca en el
lavabo. De pronto le ha embargado cierta ingenuidad casi
extravagante, incluso inverosímil vista así desde fuera,
que con frecuencia absorbe a los enamorados o los
desesperados. A toda prisa va al salón a por un trozo de
papel y un bolígrafo.
Le escribe una nota, la
mete en el desodorante y cierra el bote.
La nota dice: «Hola, soy
el novio de ella, ¿quién eres tú? Yo llevo un año con
ella. ¿Y tú? Yo la quiero, pero si me está engañando será
mejor que lo sepa porque no podría soportar compartirla con
otro. Firmado: Quim».
En el cine no deja de
moverse. Cruza las piernas. Las estira. Echa el cuerpo hacia
delante y se frota las manos. Se reclina hacia atrás
desinflándose en la butaca, como aparentando haber
encontrado una postura cómoda y estar concentrado en las imágenes
que aparecen en la pantalla, pero no es verdad;
continuamente le llega el olor suave del perfume de ella y,
entonces, le vienen también imágenes de su novia con otro
hombre y le entran ganas de vomitar.
Curiosamente, al mismo tiempo que nota cómo se le revuelve
la comida en el estómago, siente también que no quiere
perderla, siente como asco y dolor a la vez. La mira de
reojo mientras el rostro de ella se ilumina y se apaga con
cada secuencia reflejada en la pantalla. Intenta imaginarse
el hecho de perder a una mujer como la que tiene, tan
interesante, bella, inteligente y con quien además comparte
tantas aficiones, pero no puede.
Pasan tres días separados,
por el trabajo de él; tiene turno doble y sólo le queda
tiempo libre para tumbarse a descansar en su propio
apartamento.
El cuarto día tiene tantas
ganas de verla que, cuando llega a su casa, transcurren
cinco horas antes de que le venga a la cabeza el asunto del
desodorante. Pasado ese tiempo la deja tumbada en el lado
izquierdo de la cama, con el cuerpo mojado de sudor, los
ojos líquidos, como derramados hacia la ventana, vaciándose
en la copa de un castaño que hay tras el cristal. Sale
desnudo en dirección al baño.
El desodorante ha vuelto a
cambiar de sitio. Se abalanza sobre el estúpido bote que
ahora se arrepiente de haber comprado, tenía que haber
usado siempre el de ella, y lo abre.
Una nota.
La desdobla y la lee: «Hola,
soy Alex, soy argentino y no tenía ni idea de que ella
tuviera otro novio. Llevamos seis meses saliendo juntos y no
pienso dejarla. Me gusta demasiado. No voy a encontrar otra
mina igual. Así que olvídate de mí o de ella. Vos decidís».
Quim se impacienta. No
puede creer lo que está pasando. Corre hasta el salón,
coge otro trozo de papel y un rotulador de la mesita del teléfono,
y escribe: «Yo llevo un año con ella y hoy mismo le voy a
pedir que nos casemos. Olvídala tú. Yo no pienso rendirme.
Firmado: Quim».
Dobla la nota. La guarda
cuidadosamente en el desodorante. Luego va a la cocina y
tira el escrito del argentino en la basura. Le hace un nudo
a la bolsa de los desperdicios y la deja junto a la entrada.
Regresa a la habitación.
Ella se ha quedado dormida y él, al encontrarla tan bonita,
se deshace sobre la cama contemplando su cuerpo desnudo, su
rostro plácido, el pelo rubio vertido sobre las sábanas.
De nuevo, piensa que la quiere más que nunca, que no la
puede perder.
Se tumba a su lado llenando
de besos el pliegue que cierra su axila, pequeña y dulce, y
la arista que forma su cuello terso y espigado. Así la
despierta y le hace el amor dos veces más, conectado a sus
ojos.
Se marcha por la mañana,
mientras ella aún duerme, pero antes de salir encarga desde
el teléfono del salón un ramo de rosas para ella.
Dos días después, Quim
regresa a la casa.
Otra nota en el
desodorante. Esta vez se ha quedado pegada a la emulsión y
se ha corrido la tinta pero la puede leer: «No me doy por
vencido. Yo también le pedí que se casara conmigo y ha
accedido. ¿A vos también te dijo que sí? Firmado: Alex».
Quim se queda pasmado,
entorna los ojos rabiosos y tuerce la boca metiendo los
labios hacia dentro, como para comérselos. Después se
maldice por haber olvidado ese asunto del matrimonio; ahora
cree que ha adelantado los acontecimientos entre el otro
hombre y ella.
Esa misma tarde sale en
busca de una joyería. Encuentra tres locales en la misma
zona y, en el último, compra el anillo de compromiso que
cree que ella escogería si estuviese allí.
Por la noche la lleva al
restaurante más caro de la ciudad.
El maître les
procura la mejor mesa del salón porque Quim le ha contado
lo que se propone. El sumiller les ofrece un gran vino y
entre cinco camareros les sirven el menú degustación.
Mientras cenan, contemplan
las mejores vistas de la ciudad y se sonríen.
A mitad del postre, Quim le
coge la mano izquierda para colocarle el anillo de
esmeraldas y diamantes que guarda en el bolsillo de su
chaqueta. Ella le mira, boquiabierta. Después, se mira el
anillo y se echa a llorar emocionada. En el restaurante solo
hay otras dos mesas ocupadas y los comensales están todos
muy callados mientras se llevan los cubiertos de plata y las
copas de vino a las bocas. Una dama, de aspecto oriental, ha
detenido en el aire el bocado que iba a probar y les
observa.
Quim sigue pendiente de su
novia, que aparta el plato de uvas glaseadas con tomillo, se
seca las lágrimas y la boca dulce con la servilleta y le
dice que llevaba mucho tiempo deseando ser su esposa.
Él se queda de nuevo atónito.
De repente no sabe si se alegra o no pero la mujer, que está
loca de contenta, alarga la mano que sostiene el anillo
centelleante y, tomándole por la muñeca, le dice que la
lleve ahora mismo a casa para hacerle el amor.
Quim, que no ha dejado de
sorprenderse desde que la conoció, delibera ahora que, quizá,
una mujer así, tan impulsiva, tan poco sensata, no le
convenga. Por un momento se percibe lúcido pero, después
de unos minutos en el sofá del salón durante los cuales
ella le acaricia incesantemente, Quim se deja llevar de
nuevo rindiéndose a sus encantos y hacen el amor con más
pasión que nunca.
Luego, él le hace prometer a ella que le será fiel siempre
y ambos pactan la promesa de pie, en el balcón, frente a un
gajo de luna y unas cuantas estrellas desordenadas.
A la mañana siguiente, él
decide dejar de depilarse.
Días después, Quim se
despierta con el sonido del claxon de un coche y se levanta
de la cama.
En la ducha se lava el
cuerpo con el gel de ella, la cabeza con el champú
nutritivo de ella. Después, cierra el grifo y agarra una de
las dos toallas del toallero. Se ata la toalla beige a la
cintura y se acerca a la estantería de cristal, colocando
el torso frente al desodorante.
Coge el bote, lo mira, se
lo lleva a la cocina. Allí, destapa el cubo de la basura y
lo tira.
—Asunto zanjado— se
dice de vuelta al baño.
Sonríe frente al espejo húmedo
con gesto de vencedor, seguro de que toda esa turbia
historia del desodorante ha quedado finalmente atrás. Después,
agarra uno de los cuatro desodorantes que tiene ella en el
estante de arriba y lo usa.
Lo vuelve a colocar en su sitio y piensa que acabará por
acostumbrarse a ese olor.
Es entonces cuando empieza
a sentirse realmente bien, justo a partir de ese instante.
Respira hondo y nota un trajín como de estrellas y
caballitos de mar flotando por el interior de su cuerpo, y
también mucha paz.
Se deja llevar un rato por
ese sentimiento, que poquito a poco va en aumento, y le
parece acariciar el punto culminante de gozo cuando, de
repente, descubre un pelo corto y negro pegado a su toalla
beige.
Un pelo que no es de ella
porque ella es rubia. Pero que, bien pensado, sí que puede
ser de él porque hace ya dos semanas que dejó de afeitarse
el cuerpo y de ir a nadar al polideportivo, por si acaso.
Esta vez, lo atrapa con los
dedos.
Se lo acerca a la boca.
Sopla.
El pelo gira sobre sí
mismo, hace un remolino en el aire como de acróbata, luego
una reverencia, y se aclara se aclara se aclara hasta
desaparecer.
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