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ISSN: 1698-4463

 
       
  Revista de Curiosidad Literaria

Quizás sea JULIO de 2005

 
       
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AÑO VI / Número 0056

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AVIADORES

INGLÉS
de Pilar Adón, incluido en ` Viajes Inocentes ´ 

 
 
CUENTO CEDIDO POR LA AUTORA

Aviadores: PILAR ADÓN

 

Vuelos de Julio 2005

 Entrevista: Pilar Adón (I)

"Un personaje que no dudase me parecería poco verosímil".

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Entrevista: Pilar Adón (II)

El relato exige, como el poema, la búsqueda constante de la palabra exacta". LEER +
 
Inglés (Viajes Inocentes)
Relato cedido por Pilar Adón a www.aviondepapel.com
 
Historias de Londres, 
Doris Lessing
Un análisis realizado
por Pilar Adón. LEER +
 
Biografía y foto de Pilar Adón
 
Lee la reseña de `Viajes Inocentes´ de Pilar Adón
 
Lee `Ficcioneros ', 
un proyecto editorial de relatos de autores reunidos por casualidad por Internet
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Inglés
de Pilar Adón

 

Peter, aquel chico tan extraño, había nacido en un lugar no menos extraño llamado Sheerness-on-Sea, y era mi compañero de habitación. Estaba en España, decía, porque quería aprender bien el idioma, así que se pasaba el día leyendo libros en castellano e intentando entablar alguna conversación ocasional con el primero que encontrarse por la calle. Por aquella época leía, de un modo un tanto compulsivo, La vida de los doce Césares, de Suetonio. Según él, gracias a libros como ese, se sentía verdaderamente atrapado por la vida mediterránea y por el espíritu latino. Ya había terminado el capítulo dedicado a Julio César e iba a comenzar la historia del Divino Augusto, cuando me habló de su intención de quedarse a vivir en aquel pueblo costero para siempre. Yo le dije que estaba leyendo demasiado, que aquel era un lugar sólo de vacaciones y que en invierno se quedaba vacío, pero Peter era un chico algo raro, así que, en vez de responderme, me miró, sonrió e intentó charlar con los vendedores de espejos esmaltados que situaban su mercancía a lo largo del paseo marítimo.

Habíamos coincidido en la misma habitación gracias a un anuncio del periódico que hacía una oferta realmente económica. Yo esperaba poder compartirla con una chica, pero cuando vi a Peter con su inmensa mochila cargada de libros, agendas y cuadernos de todos los colores y tamaños, decidí que no podía seguir siendo una mujer timorata y asustadiza durante toda mi vida. Y me quedé. Al principio, por la noche sobre todo, cuando tenía que encerrarme en aquel recinto diminuto con él, debo admitir que me sentía un tanto cohibida. Incluso nerviosa. Pero pronto comenzamos a hablar antes de dormir y él me contó que, además de aprender español, perseguía la esencia latina en forma de chico moreno, risueño y afable, muy romano, muy Julio César, y yo sonreí y le conté mi propia experiencia con uno de esos chicos que luego se convirtió en mi marido y más tarde en mi ex marido. Era curioso que él, tan rubio, tan pálido, buscara a alguien completamente moreno y casi robusto. Alguien opuesto a él en todos los sentidos. Me contestó que sólo ansiaba un complemento, la última pieza de su puzzle y yo, desde una perspectiva ciertamente más experimentada y, por ello, también más escéptica, más amarga, no quise decirle que esa última pieza no se encuentra jamás.

Pero Peter lo intentaba. En el plazo de quince días llegó a tener tres amantes, los tres muy “romanos”, y los tres lo suficientemente cautivadores y directos como para hacerme salir de la habitación a altas horas de la madrugada. Ellos tenías que estar solos y asentar, según las propias palabras de Peter, que sería el comienzo de su larga, eterna aventura. Durante esos asentamientos iniciales de sus aventuras yo vagaba por la playa, observaba medio dormida las luces llenas de siluetas de las ventanas de los hoteles y volvía a fumar después de haberlo dejado, en teoría para siempre, al divorciarme. Miraba algunos escaparates y escuchaba el lánguido sonido de las mareas ascendiendo, descendiendo, ascendiendo... Tenía unas señales acordadas con Peter para cada caso y cuando, al cabo de unas dos horas aproximadamente, tendía una toalla de baño o encendía y apagaba tres veces la lámpara de la habitación, que daba al paseo marítimo, yo sabía que podía subir.

Los tres amantes de Peter volaron, y con ellos voló también mi escaso tiempo vacacional. Debía regresar a Madrid, hacerme cargo de nuevo de la sección de publicidad de la revista para la que trabajaba desde hacía cinco años gracias al empeño de un antiguo compañero del colegio y debía olvidarme de los escarceos de verano de mi compañero de habitación. Pero Peter insistía en quedarse a vivir allí y, curiosamente, quería que yo me quedase a vivir allí con él. Comenzó entonces un ridículo juego de seducción, de conquista, en el que Peter me hacía las ofertas más atractivas y más galantes que había recibido en mi vida. Se fue transformando ante mis ojos en el símbolo vivo del hedonismo veraniego, de la más absoluta despreocupación. Pero yo no podía quedarme. Se lo repetía una y otra vez, y él argumentaba que jamás tropezaría con otra compañera tan comprensiva, tan leal y encantadora como yo. Se oponía a todas mis alternativas ya que no, no podía quedarse solo en la habitación porque no podría pagar el alquiler durante mucho tiempo. Tampoco era factible compartirla con otro chico porque, según él, su presencia podría provocar los celos de sus eventuales amantes y terminaría completamente solo. Así que, ante todos sus razonamientos, me fui quedando sin excusas y comencé a telefonear a Madrid, a mi antiguo compañero de colegio, para explicarle que no podía regresar todavía. Que volviera en dos día o tres como muy tarde. Que sabría compensar con creces mi tardanza y pondría todo mi trabajo al día. Que fuera comprensivo. Que era un sol, un encanto... Siempre dispuesto a ayudarme...

—Está loco por tí—decía Peter. Y sonreía mientras me cogía del brazo para llevarme a alguna terraza e invitarme a un helado o a un batido de fresa y hacerme olvidar el peso de mis responsabilidades aplazadas—. No debes tomarte todo tan en serio...—seguía sonriendo.

Y miraba con ojos de corderito al adolescente italiano que, sentado con sus padres y su hermana que sostenía la fina correa negra de su perrito igualmente negro, bostezaba infinitamente, lleno de aburrimiento y de hastío.

No hay un lugar que congregue a tantos turistas como los escasos establecimientos de cabinas telefónicas que se suelen situar, casi siempre, junto a alguna carretera invadida por los motores de coches descapotables y de ruidosas motocicletas. La gente va allí, generalmente, para contarle a su familia el buen tiempo que hace, lo grandes que son las playas y lo mucho que todos se quieren, pero yo iba cada cinco o seis noches para asegurarle a mi afable, tolerante y siempre atento protector que fue a mi mismo colegio que, aunque ya estuviéramos en un muy avanzado septiembre, tenía la firme intención de volver a Madrid a finales de mes para reincorporarme con toda la energía del mundo a mi trabajo, que tanto me gustaba, que tanto echaba de menos. Le contaba que seguían existiendo motivos inaplazables que impedían mi regreso, razones que ya le explicaría por carta, una carta que nunca escribía porque estaba siempre demasiado ocupada tomando unos helados o unos batidos de fresa que eran cada vez menos apetecibles debido al descenso gradual e imparable de las temperaturas. Causas que requerían mi atención más exhaustiva, más inmediata, y que no podía aclararle en ese momento porque sería demasiado largo. Demasiado complicado.

Y, mientras hablaba y hablaba por teléfono, observaba los movimientos nerviosos de Peter, que había ido notando poco a poco, dolorosamente, que la gente volvía a sus casas con el fin del verano. Que el verano se acababa y el calor y la luz del sol también. Que, efectivamente, aquel pueblo se quedaba vacío a mediados de septiembre y que, contrariamente a todas sus expectativas, la vida del pescador curtido de mirada melancólica era árida y dura. Estudiaba desde el auricular del teléfono los labios, que no cesaban de hablar en un castellano cada vez más fluido, de mi joven aspirante a ciudadano romano, y veía cómo se dejaba invitar, una vez más, por un viejo tasador de pescado que se pasaba las horas acodado en la barra de uno de los pocos bares que permanecía abiertos durante todo el año, sorbiendo, uno detrás de otro, pequeños tragos de vino blanco. Era un hombre de barba cana y piel arrugada por los años y por el sol, que llevaba una de las mangas de su camisa metida en el bolsillo del pantalón. Seguramente ya le habría contado a Peter decenas de veces la historia de cómo perdió el brazo, pero Peter todavía no me la había contado a mí. Y, despidiéndome, una vez más de la voz que seguía y seguiría al otro lado del teléfono, sabía por qué no me lo había dicho. Era consciente que Peter jamás me repetiría a mí el relato que el viejo le narraba con empeño frente a un vaso de vino porque eso significaría admitir que, en su cabeza, Julio César había muerto.

   
 

LEE LA ENTREVISTA CON PILAR ADÓN

 

 

 

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