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“Sigo
por varios pasillos, subo unos escalones y salgo a Trafalgar Square.
Frente a mí, al otro lado de este gran espacio gris con fuentes
bajas de color claro, está la National Gallery, y junto a ella, la
National Portrait Gallery…”
No
resulta nada difícil situarse en el centro de Trafalgar Square
después de leer el relato titulado “En
defensa del metro” –al que pertenece este fragmento–, una
de las magníficas dieciocho historias que componen el libro Historias
de Londres, y comprender que el descubrimiento o la sorpresa que
la ciudad produce en cada uno de los visitantes que diariamente
llegan a la capital inglesa con todo tipo de propósitos viene a ser
muy parecido. No hay que olvidar que Doris Lessing nació en Persia,
hija de padres ingleses, que vivió desde los quince hasta los
treinta años en la colonia británica de Rodesia del Sur y que fue
en 1949 cuando se trasladó a Inglaterra con su hijo pequeño. Por
lo que también ella fue una de las acogidas por ese lugar que
parece ser una especie de armario en el que se pueden esconder todo
tipo de objetos viejos y nuevos. Útiles o no.
Según
las propias palabras de Doris Lessing, durante su primer año de
estancia en Londres la ciudad fue una especie de pesadilla. Pero de
pronto una tarde, mientras paseaba por un parque, se fijó en cómo
caía la luz sobre los edificios, sobre los árboles y los autobuses
que circulaban a lo lejos, y todo comenzó a convertirse en algo
familiar y cercano. Fue entonces cuando supo que estaba en casa, y
ese conocimiento se mostraría ampliamente en las páginas del libro
Historias de Londres
(Destino, 1999), donde realiza una observación tanto de la ciudad
como de sus habitantes con la mirada de una escritora que ha llegado
a la comprensión de cada uno de los personajes anónimos que
transitan por sus relatos.
La
variedad de caracteres y sus miserias cotidianas se ven elevadas al
rango de literatura gracias a la magia creadora de la autora y,
sobre todo, a su capacidad de recrear los más mínimos detalles de
cada situación. Lessing observa el comportamiento de los
londinenses desde la mesa de un café al aire libre, desde una sala
de urgencias a la que llega un hombre de ojos azules que acaba de
caer de un tejado, desde el asiento trasero de un taxi o desde los
tranquilos paseos por Regent’s Park. Y, tras lo que podría
parecer el simple deambular de una serie de existencias
convencionales y tranquilas, en realidad se esconde toda una gradación
de pasiones, de deseos incumplidos y de frustraciones que Lessing va
descubriendo con la maestría de lo insinuado más que de lo
meramente descrito.
“Y
finalmente había salido el sol, inundando de verano el verde jardín
y haciendo resplandecer y sonreír los rostros de la gente.”
De este modo concluye el relato titulado “Gorriones”, en el que un matrimonio charla en un café sobre la
mejor manera de afrontar la independencia de su hija de veintiún años.
Toda una actividad de pájaros, camareros y nuevos clientes del café
se desarrolla en torno a su conversación que concluye sencillamente
cuando sale el sol y un pequeño gorrión que ha estado picoteando
sobre la superficie de su mesa termina de comer y se aleja volando
convertido ya en adulto. “Es conmovedor. Probablemente esta mañana estaba aún en el nido y
ahora…”
Con
semejantes conclusiones, tan inquietantes como reveladoras, Doris
Lessing subraya en cada uno de estos relatos que existen múltiples
caminos que, a su vez, llevarán a otros y que cada salida será tan
válida o necesaria como cualquier otra. Ninguno de los variopintos
individuos que pueblan esa ciudad llamada Londres puede escapar de
la diversidad de los posibles desenlaces ni de la transitoriedad de
cada incidente.
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