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Blog El Hueco del Viernes

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Aviondepapel.com
ISSN 1698 - 4463
Año VIII - Nº 78 Julio 2007
Proyecto de David González T.

AVIADORES [ Entrevistas con escritores]

"El cuento debe evitar ser explícito; es preferible que insinúe"

 

Por David González T.

PREGUNTA: Leo tu relato, 11 de julio de 2004, incluido en la colección El tacto de un billete falso, y lo primero que me sorprende es el título. Uno tiene como primera sensación que es aséptico. ¿Una efemérides? ¿Por qué ese título?

RESPUESTA: Buscaba un título que no provocase expectación, que no apuntase en ninguna trayectoria concreta. Aunque con este relato no pretendo sorprender en ningún momento, prefería que el lector no sospechara lo que se iba a encontrar. La fecha me parecía que era suficientemente desconcertante en ese sentido. Y, para ser sincero, he de reconocer que se trata de un homenaje: en esa fecha nació mi hijo.

Es cierto que, como primera sensación, resulta aséptico. Pero puede que el relato sea el que más carga emocional posee de todo el volumen y, por lo tanto, creo que despojar su título de emoción es un contraste atractivo.

P: La historia de 11 de julio de 2004 narra la desorientación de una pareja antes del nacimiento de su primer hijo… Tú le das la vuelta a esta situación manida y enfocas el conflicto desde otro lado: dos personas son –o por lo menos se sienten- felices. Y lo que a priori acumularía mucha más felicidad –un hijo- se convierte en un obstáculo… ¿Qué tiene de biográfico este relato?

R: Respecto a lo que el relato posee de biográfico, coincido plenamente con Thomas Pynchon cuando en la introducción a su libro Un lento aprendizaje apunta las siguientes palabras: No sé de dónde había sacado la idea de que la vida personal del escritor no tiene nada que ver con su ficción, cuando lo cierto, como todo el mundo sabe, es casi todo lo contrario. Mi hijo nació el 11 de julio de 2004 y es cierto que se llama Marc y que nada más nacer lo ingresaron en la unidad de neonatos del hospital ¿Quiero decir con eso que 11 de julio de 2004es una historia autobiográfica? ¿Posee la realidad un valor absoluto, esférico, encerrado en sí mismo, o por decirlo de algún modo es un atributo al que vamos restando espacio para ocuparlo con el resultado de nuestra imaginación?

Cuando escribo suelo utilizar los ingredientes que tengo al alcance de la mano, trabajar con lo más próximo; si he de hablar de un niño observo a mi hijo. No hay más. Tal vez, por eso, me siento cómodo utilizando la primera persona. De ese modo, quiero imprimir proximidad, hacer creíbles a mis personajes. Es importante. Será un acierto reconocernos, sentir que la situación nos impregna, verse retratados. Sólo así superará el cuento la mera anécdota. Un buen cuento se reconoce cuando, como sugería Hemingway, éste pasa a formar parte de nuestra experiencia vital.

P: ¿Y cuál fue el germen que detonó en ti a la hora de escribirlo?

R: El detonante que puso en marcha el proceso de su escritura es el mismo en casi todos mis cuentos: una mirada a mi alrededor, pero para hablar sobre él debería explicar lo que para mí es un relato. En este sentido, se me ocurre que no hay imagen que describa mejor lo que debe ser un cuento que la escena de la película SMOKE en que Harvey Keitel enseña 14 álbumes de fotos a William Hurt. En principio, a Hurt le parecen todas las fotos iguales, peroKeitel le dice que va demasiado deprisa, que apenas mira las fotos. Le recomienda ir más despacio. Y Hurt comprende que no son fotografías de la misma esquina lo que se le presenta, sino el paso de la vida. Así es como yo concibo la literatura. Como la vida. Un instante, un momento crucial para uno, pero insignificante para la humanidad, un sorbo. Pretendo emocionar al lector, obligarlo a paladear.

Por eso, opino que el cuento debe evitar ser explícito, aunque lo parezca; es preferible que insinúe, que transmita una contención siempre a punto de estallar, que obligue a mantenerse alerta. Debe reservar zonas en sombra para exigirle al lector que ponga en marcha su fantasía y la incorpore al mecanismo de la narración. Al igual que, si nosotros pudiéramos observar las fotografías de Keitel, cuando leemos esperamos que a los personajes les pasen cosas de la misma forma en que lo esperamos en nuestra propia vida. Los sucesos captan nuestra atención, proporcionan un valor añadido con el que se consigue justificar una historia. Opino que esa creencia es inexacta, a veces los sucesos nos obligan a mirar a hacia otro lado, nos distraen. La vida es la vida. Con acontecimientos, o sin ellos, todo el mundo tiene su propia historia, sólo hay que observarla.

P: Ya desde el comienzo del relato escenificas a los dos personajes en plena búsqueda del nombre de su primer hijo. Sin embargo, esta búsqueda esconde una cadena de metáforas (desde los propios posibles nombres: Mathias= divinidad; Marc=muerte). Y, además, con esta cascada de metáforas de situación dices lo que hacen para definirlos: añade Juana (…), como si se arrepintiera en el último segundo de haberlas pronunciado. / Las doscientas mil mantelerías que su madre nos regaló (…) y que todavía no nos hemos decidido a estrenar. ¿Eres siempre partidario de este tipo de estructura: que el personaje actúe y la acción lo defina ante el lector?

R: Rotundamente sí. Me inclino a pensar que cuando un personaje se mueve en el escenario, por un lado agiliza la narración, y por otro creo que los movimientos de los personajes proporcionan vida, imprimen carácter, ayudan a que el lector se reconozca en ellos. Ya he hablado antes de la importancia que adjudico a este aspecto. Me gustaría que al leer alguno de mis cuentos alguien se parara a pensar: ¡Hombre, si yo cojo el volante de la misma manera! Ese sería el principio, estoy convencido de que a partir de ahí comenzaría a reconocer expresiones, posturas, sentimientos… seguro que acababa atrapado por lo que lee.

P: En tu relato resuenan frases como aforismos, pero que tú los humanizas con moralizadores (a veces, pienso, etcétera) y también con el tono del narrador… Te hablo de fragmentos como el destino, no como azar sino como punto de llegada o bien pienso que así es como hablan los mentirosos, escondiéndose, evitando que puedas averiguar la verdad. Pero, sobre todo, ésta, que creo que en sí misma define tu cuento: A veces pienso que eso debe ser la felicidad: envejecer, (…) sentirme satisfecho, (…) y no tener miedo. ¿Es para ti eso ser feliz?

R: Reconozco que los aforismos me han ayudado a configurar la personalidad del personaje masculino, a encararlo hacia lo que acertadamente indicas como la esencia, no sólo del relato, sino del conjunto de relatos que conforman el libro: la búsqueda de la felicidad.

La búsqueda de la felicidad no es únicamente una excusa literaria, creo que no debe haber nadie que no se encuentre inmerso en ella. Sentirse satisfecho con uno mismo es estar en el camino correcto para encontrarla. Mientras tanto, todos vamos envejeciendo, y vamos recolectando momentos de dicha con los que conformamos nuestra existencia. Una vida no sería diferente de otra a no ser por el grado de satisfacción que experimentan los individuos. No importa lo que uno posea, el sentido a la vida lo otorga lo que uno necesita. Para ser feliz, sólo se necesita no necesitar nada.

P: En 11 de julio de 2004 el narrador enuncia bajo una tonalidad de dolor ante una posible pérdida… ¿Cuándo empiezas un relato apuestas previamente por el tono definitivo o bien te dejas llevar hasta encontrar desde qué sentimiento narrar la historia?

R: El tono se me va imponiendo, sin duda alguna. He pensado siempre que el proceso creativo al que me someto escapa completamente a mi voluntad. Escribo sin premeditación, obedeciendo a una necesidad tanto orgánica como espiritual. Cuando he reflexionado sobre ello, he llegado a considerarme incapaz de inventar una historia. Creo que más que inventar cuentos los vivo, los habito -o mejor dicho, dejo que me habiten-. Consiento que las ideas bullan en mi mente, que crezcan hasta derramarse como una obsesión por encima de los bordes de mi pensamiento.

Los personajes se van perfilando en el interior de mi cabeza, situándose en un momento destacado, uno de esos momentos a partir del cual para ellos ya nada será como antes. Mis personajes son como me gustaría que fuera la gente que conozco; hombres y mujeres normales, unos satisfechos por haber encontrado lo que buscaban, otros, desconcertados por haberlo dejado escapar, pero todos paseándose por mis relatos de forma idéntica a como se pasean por la vida, guiados no tanto por las grandes cuestiones como por sus particulares dramas. Convivo con ellos de forma enfermiza y son ellos los que me fuerzan a escribirlos.

El proceso de maduración es largo, a menudo demasiado, no me considero un escritor prolífico. Me cuesta mucho escribir. La gente que me es más próxima lo sabe. Sobre todo mi mujer, que es la que soporta mis estados de ánimo mientras trabajo, y, principalmente, mi malhumor, que, aunque parezca inexplicable, se me acentúa. Por el contrario, el trabajo de plasmar mis ideas en el papel tiene mucho de vehemente. Es un acto rápido, como si temiera que de otra forma las manos no fueran a retener toda la información que mi cabeza proporciona.

P: Sé que es difícil que me contestes, pero exactamente, de qué trata tu relato. Mira, cuando llego al final uno descubre una frase: una sensación de peligro inminente me sobrecoge. ¿La felicidad termina con el miedo de comenzar a comprender algunas cosas?

R: De lo que he querido hablar en este relato es del futuro, de las esperanzas, de los horizontes que se vislumbran y, sobre todo, del dolor. Estoy de acuerdo en que hacia el final del relato hay algunas frases clave: “Pienso en mis padres. No encuentro razones pero lo hago, en este preciso instante, pienso en ellos, y aunque siga enorgulleciéndome por cada uno de mis errores empiezo a comprender algunas cosas. Ignoro dónde me llevará el siguiente paso” Es como si el personaje se dijera: “Ahora, por fin, sé de donde vengo”, pero también advirtiera que no es tan fuerte como creía, que ya no depende únicamente de sus fuerzas para seguir avanzando.

El sufrimiento de alguien a quien amas causa dolor, y ese dolor se incrementa cuando uno se sabe impotente para enfrentarlo. Y, por descontado, que cuando uno cree estar cerca de la felicidad empieza a vislumbrar la verdadera magnitud del miedo. Se me ocurre que felicidad y miedo son sensaciones que andan de la mano.

P: La cita con la que comienza tu libro, El tacto de un billete falso, es de John Cheever (y de uno de sus más extraños cuentos, El enorme receptor de radio). Dicen que, mientras Raymond Carver narraba historias de personajes vacíos -sumergidos en su propio infierno de realidad-, Cheever contaba las adversidades de personajes llenos -rodeados de una falsa plenitud-, que luego, poco a poco, descubren que todo se desmorona. ¿Cuáles son tus referencias, además de Cheever?

R: Cheever, desde luego, es EL MAESTRO, con mayúsculas, pero si tiramos del cabo surgen Sherwood Anderson con su libro Winesburg, Ohio, el Ernest Hemingway cuentista, muy, muy superior al de las novelas, Raymond Carver, cómo no, y si bien incluso a mí me llega a producir cierto hartazgo (por lo recurrente que está resultando en los últimos cuentistas), he de reconocer que siempre estoy esperando nuevos libros de Tobias Wolf, Richard Ford o Thom Jones.

P: ¿Veo que tu apuesta de lectura está al otro lado del Atlántico?

R: La narrativa breve norteamericana posee una tradición envidiable. La calidad de los cuentos que allí se escriben es muy alta. Si nos remitimos al número de Granta dedicado a los mejores jóvenes novelistas estadounidenses podemos encontrar que siete de los 21 escritores elegidos aún no han publicado una novela, o sea que, únicamente, poseen libros de relatos publicados, lo que resulta impensable en España. ¡Escritores sin novela entre los mejores novelistas, no, gracias! Sin embargo en este terreno suelo ser desconfiado. Ignoro su cotidianeidad literaria, no tengo acceso a información sobre las dificultades que tienen allí los escritores para publicar un primer libro o una colección de cuentos. Hasta aquí nos llega la sensación de que, en aquel país, un escritor puede publicar un cuento en una revista y, a partir de ahí, vivir de la literatura; y tampoco será para tanto ¿no? ¿O si?

P: El tacto de un billete falso es tu primer libro… ¿Por qué has apostado por una colección de relatos, en un momento en el que la novela solapa al resto de géneros como el cuento o la poesía?

R: Personalmente no he escogido escribir relatos. Simplemente, he escogido escribir, a secas. Por ahora, me produce una enorme satisfacción la narrativa breve. Me ofrece la posibilidad de trabajar menos los argumentos, por decirlo de algún modo, y más la transmisión de emociones, que en definitiva es lo que me interesa. Me atrae menos el qué pasa y mucho más lo que sienten los personajes a quienes pasa.

De todos modos el debate sobre novela o cuento es complejo, largo, y en el fondo aburrido por reiterado. No se trata de momentos, ya que la novela solapa y solapará siempre al resto de géneros. El verdadero debate debería existir respecto a la calidad de lo que se publica. No creo que haya que fomentar militancias en razón de si se escribe cuento o novela. Si creas dos bandos y te posicionas en uno te estarás excluyendo del otro.

Uno de los factores puede encontrarse en que se presenta a la novela como “el gran entretenimiento”; la literatura tiene que competir con el resto de pasatiempos que el mercado ofrece, y así es la novela la abanderada. Esa decisión no la han adoptado los escritores ni los lectores, nos viene impuesta por la industria editorial, que es reacia a apostar por colecciones de relatos.

P: ¿Tienes que explicar, a menudo, a qué género te dedicas?

R: Sí. Todavía hay gente a la que cuando le dices que has escrito un libro de cuentos tienes que puntualizar si son para niños o no, o sea, otro subgénero. Es triste. Y en el fondo puede que anide la falta de interés por la lectura, la escasa curiosidad, la pereza que convierte al lector español en un lector cómodo que prefiere comprar los libros en grandes superficies antes que perder dos horas buscando su próxima lectura en una librería. El lector español carece de instinto lector. Él se lo pierde. El instinto se adquiere a través del placer, y eso queda en el terreno de lo personal. Allá cada cual.

 

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