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Blog El Hueco del Viernes

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Créditos

Aviondepapel.com
ISSN 1698 - 4463
Año VIII - Nº 78 Julio 2007
Proyecto de David González T.

AVIADORES [ Entrevistas con escritores]

11 de julio de 2004 - relato cedido por Pepe Cervera

 

(9 de julio de 2004)

— ¿Y Maties? —añade Juana, remarcando sus palabras con un énfasis reprimido, como si se arrepintiera en el último segundo de haberlas pronunciado.

Está sentada en una de las sillas del comedor. Tiene ambas manos escondidas debajo de la mesa, apoyadas sobre su regazo, y la mirada perdida sobre mi hombro izquierdo, en dirección al cuadro apaisado que cuelga encima de un mueble con puertas correderas, donde guardamos las doscientas mil mantelerías que su madre nos regaló hace once años, antes de casarnos, y que todavía no nos hemos decidido a estrenar. Frunce el ceño como si estuviera a punto de descifrar el enigma que encierra esa composición, una especie de collage que combina cuerda de pita, pintura acrílica, papel de estraza y tela de saco, para esbozar la figura de un toro bravo sobre un fondo granate. Lleva una blusa de manga corta y cuello de pico estampada con pechinas y pequeñas caracolas en tonos arena. Se la ha prestado Cristina, la mujer de mi hermano. Esa y casi toda la ropa que Juana está usando durante su embarazo.

—Maties está bien ¿no? —insiste. Su voz la traiciona, expresa un convencimiento mucho más débil de lo que pretende aparentar.

Consulto “El gran libro de los nombres”. Maties: Simplificación del Hebreo Matatías, éste a su vez de mattithyah, “don de Jahvé”; en otra interpretación, mathyah, “fiel a Dios”. Tenso la mandíbula como si me rechinaran los dientes. “Don de Jahvé”.

—Ponle un asterisco —ironizo, afinando un tono erudito antes de continuar— y a pie de página Maties, fiel a Dios.

Con el dedo índice tembloroso señalo la hoja en la que Juana está escribiendo para asegurarme que lo hace al dictado. Su boca se curva en una ligera sonrisa mientras comienza a pellizcarse débilmente el labio inferior, divertida, pero evitando que de sus ojos se esfume una expresión meditabunda.

Ha sido idea suya que cada uno de nosotros confeccione una lista con los nombres que se nos ocurran. Diez nombres. Ni nueve ni once. Diez. ...Pau, Martín, Roque, Diego, Roger ... Después cotejaremos las respectivas series para excluir los nombres divergentes y volver a elaborar cada uno una nueva lista únicamente con los que hayamos coincidido. El objetivoes encontrar por eliminación un nombre que ambos consideremos apropiado. A mi, el sistema, no me parece ni bien ni mal. Es un sistema como otro cualquiera. Ni más ni menos válido que otro. Para ello Juana ha optado por recurrir a su memoria. Posee una capacidad de retención excepcional y está convencida de que todo lo que necesita se encuentra en algún recoveco de su mente, lo único que debe hacer es buscarlo. Yo, por el contrario, soy de los que consideran que más vale un lápiz corto que una memoria larga. Lo anoto todo, incluso nuestro propio número de teléfono. Por eso he preferido consultar “El gran libro de los nombres”, ...un catálogo que proporciona abundantes datos para que los futuros padres hagan una acertada elección...

—¿Sabías que el 50,8% de las mujeres españolas mayores de 25 años se llaman María? —comento de pasada, como rareza—, ¿y el 18,3% de los hombres José?

Ella ni me mira. Vuelve a sacar las manos de debajo de la mesa y se inclina sobre la hoja para garabatear otro nombre. Veo que tiene los ojos abiertos como platos y sonríe ostensiblemente. Cuando ha acabado de escribir suelta el lápiz con un movimiento definitivo y permanece durante un momento contemplando su obra, separándose ligeramente de la mesa para que la distancia le proporcione la perspectiva precisa, el ángulo adecuado para admirarla. Después se levanta con dificultad, rodea la mesa con andares de pingüino y se detiene a mi lado.

— ¿Qué te parece Marc? —propone, satisfecha, como si después de mucho esfuerzo hubiera hallado la solución a ese complicado acertijo que la obsesionaba.

Vuelvo a buscar en el libro. Marc. Del latín Marcus, derivado de Marte, dios de la guerra. Marc. Con mucho cuidado, casi con miedo, igual que si fuera la primera vez en la vida que se me presenta tan cercano el cuerpo desnudo de mi mujer, levanto el faldón de su camisa hasta la altura de sus pechos, y la dejo caer sobre mis hombros, cubriéndome la cabeza como si fuera un fotógrafo antiguo, para plantarle un beso tan leve como un soplido en el centro de su enorme barriga, mientras pronuncio en un susurro el nombre de mi hijo.

(Dos días más tarde)

La UCI pediátrica del hospital Nueve de Octubre resulta ser muy parecida a como yo imagino el interior de una nave espacial. Monitores, émbolos, cables, teclados, más monitores. Suena un pitido cargante e intermitente que monopoliza mi capacidad auditiva, como si un ser de otro planeta quisiera comunicarse con nosotros mandando señales acústicas desde una galaxia lejana. El aire no huele a nada. Es inquietante.

Marc, dios de la guerra: peso 3.045 gramos, talla 49’00 centímetros, y perímetro cefálico 35’00 centímetros.

Lo observo a través del vidrio de una incubadora. Está inmóvil. Todavía no tiene el rostro definido, no sabría decir a quien se parece. Tiene la cara redonda y la boquita en forma de corazón, igual que la de su madre. El pelo es mío, no hay duda, liso, indomable. Juana sonríe cuando lo advierte. Un vello algodonoso y rubio dibuja a duras penas el arco de sus cejas. Las manos, los pies, la superficie aterciopelada de su torso. Pero también un catéter que le atraviesa el ombligo y otro que se apoya en la comisura de sus labios para perderse más allá de su garganta. Un pedazo de esparadrapo sobre la punta de su nariz oculta el extremo de las sondas que se introducen en sus fosas nasales. Lleva una vía intravenosa sujeta al dorso de su mano derecha y tres ventosas adheridas en el lado izquierdo de su pecho. Tiene los ojos cerrados. Su respiración es tranquila, excesivamente tranquila para tanto tubo y aguja como alberga su diminuto cuerpo. Es la cosa más hermosa que he visto en mi vida. Lo miro y me cuesta respirar, se me cae el alma a los pies, me quedo vacío, como un animal disecado, sin nada dentro.

Todavía no puedo creer que se encuentre aquí, que nos haya tocado a nosotros estar aquí, en este lugar, en este momento. Debe tratarse de un error. Alguien se ha equivocado. Juana mueve los labios discretamente, sin pronunciar una palabra, como si estuviera invocando a la santísima trinidad para pedirle por nuestro hijo. Me pregunto cuando fue la última vez que recé y no lo recuerdo. Me pregunto si sabría hacerlo y tengo la sensación de no haberlo hecho jamás. De todos modos no sabría a quien encomendarme, a qué dios. Dios, padre todopoderoso, creador del cielo y de la tierra. ¿Dónde está dios ahora? No existe, no creo en nada ni en nadie que se le parezca. Todo es una sarta de mentiras. El supremo hacedor, el ser que nos hizo a su imagen y semejanza ha metido la pata. El salvador no quiere salvarme, no le da la real gana, la divina gana. Tal vez considere que no lo merezco,que así purgo mi pertinaz ateísmo.

Apoyo la yema de mis dedos sobre la tapa de la incubadora. Lo hago muy lentamente, como si en esta sala no existiera la gravedad. Juana hace lo mismo y aminora el ritmo de su respiración. Parece tener miedo a despertarlo. Una lágrima titila en la punta de su nariz. Aunque parezca esforzarse por cultivar un carácter adusto Juana es todo lo contrario. Es dulce, tierna, honesta, pero hay que saber mirar en el fondo de sus ojos para darse cuenta de ello. Posee un rostro discreto, enmarcado por una melena corta y ondulada que apenas le llega a los hombros. La barbilla afilada proporciona rigidez a sus facciones. Jamás me he preguntado por qué la amo porque nunca he encontrado a mi vida otro sentido que amarla. Es el destino. Pero no como azar, sino como punto de llegada. Una de esas cosas que ocurren sin más. No tengo la menor curiosidad por saber cómo sería mi vida sin ella. A veces pienso que eso debe ser la felicidad: envejecer junto a ella y sentirme satisfecho, alcanzar esa edad en que la muerte puede sorprenderme en cualquier momento y no tener miedo, no arrepentirme de nada, porque soy uno de los afortunados que han conseguido llegar al lugar al que todo hombre se encamina.

—Necesito un pañuelo —dice, evitando hacer ruido al sorberse los mocos.

Miro a mi alrededor, esperando encontrar una caja de kleenex en algún sitio. Detrás de la pantalla de un ordenador asoma el rostro de una enfermera. Tiene el pelo recogido en una cola que le cae sobre la nuca yuna mirada amable que se torna solidaria al cruzarla con la mía. Es joven, calculo que no tendrá más de veinticuatro años. Maneja el teclado con extrema delicadeza, sin hacer ruido, como si fuera capaz de activarlo apenas con el calor de la yema de sus dedos.

Juana se enjuga la nariz con la manga de su bata.

—¿No está muy quieto? —pregunta. Interpone la palma de su mano entre la luz del techo y el rostro del niño.

—No sé.

—Está muy quieto —afirma—. No es normal.

—¿El qué?

—Que esté tan quieto.

—Está dormido —digo, intentando tranquilizarla.

—¿Tu crees?

—Sí.

—No. No es normal. Demasiado quieto.

La enfermera sale de detrás de su mesa con sigilo, cruza la sala y desaparece por una puerta situada junto a la de entrada. Cuando regresa, al cabo de medio minuto, lo hace precediendo a un tipo con camisola y pantalón verde que anda con timidez, procurando acoplar el ritmo de sus pasos a los de ella, sin perderla de vista, como si necesitara la ayuda de un lazarillo para recorrer la distancia que nos separa.

—Hola —tartamudea—, soy el doctor Benegal. Roberto Benegal.

Le cuesta sonreír y habla como si él fuera el culpable de que a mi hijo le cueste respirar. Comenta que todo está bajo control. Todo está dentro de la normalidad. Es un hombre de piel oscura y ojos claros, bajito, apenas me llega a la altura de mis hombros. Tiene las mejillas enrojecidas y una mirada avergonzada.

Dice que tanta ventosa y tanto catéter no es más que para controlar las constantes del niño, suministrarle el alimento que precisa. El único problema se encuentra en sus pulmones. Se niegan a funcionar por sí mismos, hay que ayudarles, de ahí las sondas que se introducen en sus orificios nasales buscando su tráquea.

—Le hemos suministrado una dosis de surfactante.

— ¿Surfactante?

—Sí.

Juana y yo nos quedamos en silencio, como si ambos supiéramos qué demonios es el surfactante.

—Eso le ayudará a madurar los pulmones —continúa el doctor Benegal—. De momento va bien, están disminuyendo los parámetros respiratorios.

— ¿ Y eso es bueno? —pregunto, sin entender nada de lo que está explicando.

—Es bueno —confirma el doctor.

— ¿Por qué está tan quieto? —pregunta Juana, obsesionada, esforzándose por controlar el temblor que entorpece sus palabras.

—Está sedado —explica, sin atreverse a mirarla a la cara. La timidezcon la que habla no concede a sus palabras un alto grado de credibilidad. Pienso que así es como hablan los mentirosos, escondiéndose, evitando que puedas averiguar la verdad en el fondo de sus ojos—. Tenemos que sedarlos para que se dejen llevar por el tratamiento. De lo contrario nos sería imposible imprimir el ritmo adecuado a su respiración.

La enfermera de la cabellera recogida en una cola de caballo se acerca a la incubadora. Comienza a toquetear la botonera de un monitor hasta que en el centro de la pantalla aparece una línea continua color naranja, vuelve a dirigirme una mueca lastimosa y regresa a su sitio, en la mesa, detrás de la pantalla del ordenador. También sus movimientos son lánguidos. Todo es más lento aquí, como si nadie tuviera fuerzas suficientes para mover sus propios miembros. Hasta el tiempo parece haberse ralentizado. Un diminuto corazón rojo parpadea ahora con una cadencia hipnótica en la esquina superior derecha del monitor que la enfermera ha manipulado. Me pregunto si ese es el ritmo que posee el corazón de mi hijo.

—Pueden tocarlo —sugiere el médico, señalando una botella azul de antiséptico para las manos y una pequeña caja de la que sobresalen como crestas de gallo los dedos de unos guantes esterilizados.

Observo el corazón rojo de la pantalla y un sollozo se me atraganta. Mis ojos se niegan a obedecerme. Sé que hay imágenes con las que podría distraer mi atención, pero mis ojos se empeñan en contar cada uno de los parpadeos de ese corazoncito.

Juana introduce sus manos por el costado de la incubadora. Acaricia la frente del niño, las mejillas, los párpados. Dice que no sabe dónde tocarlo, que no tiene espacio para acariciarlo. La miro y vuelvo a enamorarme de ella. No puedo verla sufrir, no puedo ver ese brillo en sus pupilas, su forma de tragar, escuchar el compás entrecortado y silencioso de su respiración. Nunca alcanzaré a explicar cómo me duele su sufrimiento. Con uno de sus dedos levanta el brazo del niño.

—No se mueve —repite, ensimismada—, está muy quieto. Está muy quieto.

Cuando salimos al pasillo comienzo a sentir una sensación de alivio, muy leve. La presión de mi estómago afloja paulatinamente, recupero el flujo de mi sangre, el ritmo de mi respiración, la conciencia. Creo que se me escapa la magnitud de lo que está ocurriendo, no consigo controlar la situación, y eso me hace sentir débil y vulnerable. No me gusta cómo me siento.

Caminamos uno al lado del otro hacia las puertas metálicas del ascensor, flanqueados por hileras de sillas color malva atornilladas a las baldosas del suelo. Juana avanza con pasos cortos, arrastrando los pies, doblada por la cintura, como un anciano. Se apoya en uno de mis brazos. Le duele la herida de la cesárea. Hoy no debería haber bajado.

—Deberías haberte esperado a mañana.

— ¿Qué? —dice, sin escuchar mi comentario.

—No estabas para bajar, ni siquiera te han comprobado los puntos.

— ¿Cómo lo has visto? —pregunta.

Y por fin se me escapa un ruidoso suspiro. No puedo más. Estoy llorando. Pienso en mis padres. No encuentro razones pero lo hago, en este preciso instante, pienso en ellos, y aunque siga enorgulleciéndome por cada uno de mis errores empiezo a comprender algunas cosas. Ignoro dónde me llevará el siguiente paso, dónde estará el final de todo esto. Una sensación de peligro inminente me sobrecoge. Tengo miedo, como un niño perdido, y no sé a quien preguntar para que me indique el camino de vuelta a casa. No soy nadie ya sin ese niño. Lo sé. Esa es la única verdad a partir de ahora. Mi vida depende de él como la de un títere de sus hilos. Sé que si ese pequeño ser no consigue seguir viviendo, si ese pequeño corazón deja de parpadear en la pantalla, de nada servirá que el mío siga latiendo, jamás conseguiré llegar al final de este recto y larguísimo pasillo.

 

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