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PAUL
AUSTER
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Novelista, poeta y guinista, Paul Auster (Newark;
EE.UU.;1947) es autor de obras como la Trilogía de Nueva
York; El país de las últimas cosas; El palacio de la luna;
Leviatán; El cuaderno rojo; Vértigo;
Tombuctú; o Brooklyn
Follies.
Auster ganó el Premio
Príncipe de Asturias de las Letras 2006 por "la
renovación literaria que ha llevado a cabo al unir lo mejor
de las tradiciones norteamericana y europea, innovar el
relato cinematográfico e incorporar a la literatura algunas
de sus aportaciones".
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| Fuente: Fpa.es. |
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"La vida encerrado en una
habitación con la pluma en la mano"
"El arte es
inútil"
"La magia de los relatos puede transportarnos a
las profundidades del infierno"
"La necesidad de
historias que tiene el ser humano"
"La novela nunca
desaparecerá como forma literaria"
No sé por qué me dedico
a esto. Si lo supiera, probablemente no tendría necesidad de
hacerlo. Lo único que puedo decir, y de eso estoy completamente
seguro, es que he sentido tal necesidad desde los primeros tiempos
de mi adolescencia. Me refiero a escribir, y en especial a la
escritura como medio para narrar historias, relatos imaginarios
que nunca han sucedido en eso que denominamos mundo real. Sin duda
es una extraña manera de pasarse la vida: encerrado en una
habitación con la pluma en la mano, hora tras hora, día tras
día, año tras año, esforzándose por llenar unas cuartillas de
palabras con objeto de dar vida a lo que no existe, salvo en la
propia imaginación.
¿Y por qué se empeñaría alguien en hacer
una cosa así? La única respuesta que se me ha ocurrido alguna
vez es la siguiente: porque no tiene más remedio, porque no puede
hacer otra cosa. Esa necesidad de hacer, de crear, de inventar es
sin duda un impulso humano fundamental. Pero ¿con qué objeto?
¿Qué sentido tiene el arte, y en particular el arte de narrar,
en lo que llamamos mundo real? Ninguno que se me ocurra; al menos
desde el punto de vista práctico. Un libro nunca ha alimentado el
estómago de un niño hambriento. Un libro nunca ha impedido que
la bala penetre en el cuerpo de la víctima. Un libro nunca ha
evitado que una bomba caiga sobre civiles inocentes en el fragor
de una guerra.
Hay quien cree que una apreciación entusiasta del
arte puede hacernos realmente mejores: más justos, más decentes,
más sensibles, más comprensivos. Y quizá sea cierto; en algunos
casos, raros y aislados. (...)
En otras palabras, el arte es
inútil, al menos comparado con, digamos, el trabajo de un
fontanero, un médico o un maquinista. Pero ¿qué tiene de malo
la inutilidad? ¿Acaso la falta de sentido práctico supone que
los libros, los cuadros y los cuartetos de cuerda son una pura y
simple pérdida de tiempo? Muchos lo creen. Pero yo sostengo que
el valor del arte reside en su misma inutilidad; que la creación
de una obra de arte es lo que nos distingue de las demás
criaturas que pueblan este planeta, y lo que nos define, en lo
esencial, como seres humanos. Hacer algo por puro placer, por la
gracia de hacerlo.
Piénsese en el esfuerzo que supone, en las
largas horas de práctica y disciplina que se necesitan para ser
un consumado pianista o bailarín. Todo ese trabajo y sufrimiento,
los sacrificios realizados para lograr algo que es total y
absolutamente inútil.
La narrativa, sin embargo, se halla en una
esfera un tanto diferente de las demás artes. Su medio es el
lenguaje, y el lenguaje es algo que compartimos con los demás,
común a todos nosotros. En cuanto aprendemos a hablar, empezamos
a sentir avidez por los relatos. (...).
¿A qué se debe ese ferviente deseo de escuchar? Los
cuentos de hadas suelen ser crueles y violentos, describen
decapitaciones, canibalismo, transformaciones grotescas y
encantamientos maléficos. Cualquiera pensaría que esos elementos
llenarían de espanto a un crío; pero lo que el niño experimenta
a través de esos cuentos es precisamente un encuentro fortuito
con sus propios miedos y angustias interiores, en un entorno en el
que está perfectamente a salvo y protegido. Tal es la magia de
los relatos: pueden transportarnos a las profundidades del
infierno, pero en realidad son inofensivos.
Nos hacemos mayores,
pero no cambiamos. Nos volvemos más refinados, pero en el fondo
seguimos siendo como cuando éramos pequeños, criaturas que
esperan ansiosamente que les cuenten otra historia, y la
siguiente, y otra más. Durante años, en todos los países del
mundo occidental, se han publicado numerosos artículos que
lamentan el hecho de que se leen cada vez menos libros, de que
hemos entrado en lo que algunos llaman la "era
posliteraria".
Puede que sea cierto, pero de todos modos no
ha disminuido por eso la universal avidez por el relato. Al fin y
al cabo, la novela no es el único venero de historias. El cine,
la televisión y hasta los tebeos producen obras de ficción en
cantidades industriales, y el público continúa tragándoselas
con gran pasión. Ello se debe a la necesidad de historias que
tiene el ser humano. Las necesita casi tanto como el comer, y sea
cual sea la forma en que se presenten "en la página impresa
o en la pantalla de televisión", resultaría imposible
imaginar la vida sin ellas.
De todos modos, en lo que respecta al
estado de la novela, al futuro de la novela, me siento bastante
optimista. Hablar de cantidad no sirve de nada cuando nos
referimos a los libros; porque no hay más que un lector, sólo un
lector en todas y cada una de las veces. Lo que explica el
particular influjo de la novela, y por qué, en mi opinión,
nunca
desaparecerá como forma literaria.
La novela es una colaboración
a partes iguales entre el escritor y el lector, y constituye el
único lugar del mundo donde dos extraños pueden encontrarse en
condiciones de absoluta intimidad. Me he pasado la vida entablando
conversación con gente que nunca he visto, con personas que
jamás conoceré, y así espero seguir hasta el día en que exhale
mi último aliento.
Nunca he querido trabajar en otra cosa.
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