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ISSN 1698 - 4463
Año IX - Nº 93 Noviembre 2008
Proyecto de David González T.
Por David González Torres
PREGUNTA: Comencemos, Pablo, con el título de tu segundo libro de relatos, Voces de Humo. Al igual que el primero, Las elipsis del cronista, el título, de por sí, es sugerente, como una sinestesia... ¿Cómo llegas a títulos así, tan sinestésicos, en el caso de tu segunda colección?
RESPUESTA: El título es el final de mi trabajo. Es raro que parta de un título para redactar y a menudo me cuesta dar con uno que no me desagrade del todo. En el caso de Voces de humo la elección tiene su riesgo porque puede sugerir un enunciado excesivamente lírico para avisar de un libro en prosa. Stevenson advirtió que la prosa es la forma más difícil de la poesía y entiendo que en esa dificultad aludía tanto a la pericia del escritor como a la tolerancia del lector. Pero hubo una razón menos laboriosa en el bautismo del libro, algo tan evidente como que los trenes de vapor, que son el alma de estos cuentos, echan humo. Por lo que respecta a la otra mitad del título, la de las voces, la deuda estaba enraizada en mi propia memoria. El libro debía convocar palabras de otro tiempo, ser testimonio de gestos fugitivos, de hombres de paso, de maneras perdidas y difíciles de rescatar. Como no estaba seguro de que yo fuera el cronista más fehaciente de esos ecos, que conocí ya en su desmayo, me pareció bien que las voces llegaran arropadas de humo. El humo, como la niebla, advierte de una intención creadora más fabulosa que realista.
PREGUNTA: Una vez concluidas ambas lecturas de tus dos libros, presupongo que si Las elipsis del cronista, como propuesta literaria, era recuperar la memoria y atestiguar ese paraíso perdido llamado Badabia («territorio fugitivo en los mapas que Alfonso el Sabio mandó poblar [...] de humo azul monte arriba [...] donde prospera la hermandad del fuego y la fabulación»). En cambio Voces de Humo lo veo como la expulsión de ese paraíso, como un éxodo penitente una vez llegada la línea ferroviaria de Ponferrada a Villablino… Los mundos que narras tienen algo de génesis, de bíblico, de mundo mítico, de territorio inventado, como lo fuera Región para Benet o Santa María para Onetti, por ejemplo…
RESPUESTA: Los dos libros se alzan sobre territorios reales. En el caso de Las elipsis su nombre auténtico contiene ya una sugerencia fabulosa: Babia. Se trata de una comarca al norte de León que siempre ha alimentado en quien la recorre un sentimiento melancólico, seguramente debido a la pervivencia de lo pastoril. Babia –Badabia en el libro– es tiempo y distancia, paisaje sereno y propicio para la ausencia. El libro buscaba transmitir un estado de ánimo, el de estar en Babia, y para lograrlo era preciso suspender toda precisión temporal pero sin negar la posibilidad de transitar por el calendario con una libertad absoluta. Por eso conviven las prescripciones reales de Alfonso el Sabio o las impresiones de un viajero romántico como Gil y Carrasco, con las ocurrencias del juez y su secretario, dos personajes de ficción. Voces de humo tiene detrás al valle de Laciana, que es contiguo al de Babia, una comarca con la que compartió destino ganadero hasta el hallazgo de los primeros yacimientos de carbón y la llegada del tren, a principios del siglo pasado. Laciana, entonces, se convirtió en un emblema del sosiego perdido, acaso más evidente por tener de vecina a Babia, donde las cosas seguían siendo como siempre. Voces de humo explora esa metáfora de un mundo en derribo, los paraísos perdidos como dices, y esa sensación universal de pérdida que suele acarrear lo que generalmente se nos pinta como progreso.
P: Regreso a tus personajes. En Las elipsis del cronista había algo de ellos que los convertía en únicos, un suceso milagroso que les hacía hacedores de prodigios. Sobre este tema regresas en Voces de Humo (Ezequiel y su flauta curandera, en «De los mares en calma», por ejemplo. ¿Estas biografías, a caballo entre el mito y la leyenda, cuánto tienen de invención y cuánto de acervo popular de tu infancia?
R: El caso de Ezequiel –que será el encargado de anunciar la obra del ferrocarril y por eso gasta nombre de profeta– tiene una primera deuda nominal con la tradición popular: la deformación de su nombre. Todos los personajes, salvo el narrador, le llaman Zequiel. Pero también es popular esa atribución de habilidades fabulosas a personajes un tanto enigmáticos, como Ezequiel. A la gente –al menos a la que yo he conocido de pequeño– le gustó siempre el misterio y fabular para explicarlo. Ezequiel y su flauta, en un cuento que cronológicamente es anterior a la llegada del ferrocarril en 1918, son el emblema del mundo arcádico que se perdió después. Estos recreos, como la voluntad de crear territorios imaginarios con palabras, son prueba de que cuando me pongo a escribir lo que menos me atrae es levantar un acta notarial de la realidad. Sin posibilidad de fabulación poco o nada me interesa la escritura.
P: Los primeros relatos que abren tus dos colecciones publicadas son como la puerta de entrada a un nuevo mundo, muy poéticos, muy de atmósferas. Hablo, en este caso del libro Voces de Humo, y de su primer cuento «Cigarras», cuya apertura nos sitúa en tu nuevo territorio («Las cigarras llevan las tardes prendidas de sus alas. Erigen memorias que detienen el curso del sol [...] Hasta alumbran páginas doradas por las que corren los metales enterrados»)… De esta manera, veo tu colección de relatos como UNIDAD indisoluble. Hay que leerlos en conjunto y no por separado. Es como si enhebraras un tejido de cuento, pero con casi una estructura novelesca…
R: A mí me gustan los libros de cuentos donde es posible apreciar una intención unitaria. No es un precepto, es lo que a mí me gusta. Creo que buscar hilos comunes que pueden ir desde los personajes hasta el territorio donde se ambienta la ficción, desde la voz narrativa hasta la estructura de lo narrado, con recuperaciones de historias en nuevas historias, por ejemplo– ,agrandan las posibilidades de un libro. Por otro lado, hasta en las colecciones de cuentos que rehúyen la unidad se detectan deudas comunes en los relatos, siquiera verbales y estilísticas, que hacen un tanto ilusoria la pretensión de escribir como si cada cuento fuera de alguien distinto.
En lo que respecta a la atribución –me dan ganas de decir imputación– de estructuras novelescas en libros de cuentos donde es evidente la voluntad unitaria del conjunto, me parece que suele haber algo más de comodidad que de discernimiento. Unidad temática no equivale a unidad dramática. Cada cuento es una creación autónoma por más que se integre en una estructura general que le hace sitio. Cada cuento ha de entenderse aisladamente, lo cual no impide que su lectura pueda beneficiarse de la presencia de sus vecinos. Mi impresión es casi la contraria, que hoy abundan las novelas escritas por acumulación de cuentos que dan en llamarse capítulos.
P: En cuanto a la estructura de tus relatos, tiene una polifonía de voces… A veces, un narrador testigo, a menudo un monólogo interior, otras diálogos entre varios personajes… Incluso un cambio de voces en el mismo cuento («Pálida canción de cuna») ¿Esta polifonía fue premeditada para así darle más peso argumental al espacio, a ese mundo circunvecino y limítrofe a las vías del tren y menos a los personajes?
R: Voces de humo es la crónica de un tiempo pasado y una historia colectiva, de manera que abrir sus páginas a un coro de voces me pareció la forma más natural de contar una historia que es la de tantas y tantas vidas perdidas en el tiempo. El carácter coral del libro es, una vez más, otra deuda con la tradición popular y los registros orales. Yo prefiero los puntos de vista internos y no es raro entonces que se multipliquen las voces.
P: En muchos de tus relatos, la presencia del viaje o del tránsito está presente. Son personajes en espacios o edades fronteras (vías de tren, adolescencia, vejez, etcétera) que emprenden una especie de huída o Ilíada personal, que casi siempre acaba en lo inevitable: la muerte. La muerte, sí, un tema muy presente en Voces de Humo… Como en «Imprevistos», como en «Pálida canción de cuna», como en «Memoria de virutas rubias», … Es como si en Las elipsis del cronista, la propia crónica atestiguara de la inmortalidad de los personajes pero en el recuerdo y en la nostalgia. Y aquí, en Voces de humo, primase la mortalidad, lo efímero de la vida, la premonición de la muerte…
R: Las elipsis del cronista es un libro escrito para suspender la realidad y el tiempo, que es lo que siento yo cuando estoy en Babia; lo siento físicamente. Voces de humo, a pesar de la estilización con que se presenta en el libro, tiene un referente real –el valle de Laciana- mucho menos plácido y mucho más dramático. La minería del carbón siempre ha ido de la mano de los accidentes y las muertes, que además vienen –o venían– acompañados de su liturgia: esquelas públicas, la campana de la iglesia encordando a muerto, suspensión de la escuela cuando la tragedia era especialmente grave por el número de los afectados, y estampas que hacen ominosas las mañanas: esos grupos de hombres silenciosos por la plaza a medio día, esperando a la comitiva fúnebre para acompañarla al cementerio sin haber pisado la iglesia, porque la mayoría de los mineros le han tenido siempre más respeto a la iglesia que a la mina. Creo que con todo, las muertes de Voces de humo están idealizadas y se enhebran en un sentimiento universal de pérdida. El libro es una elegía y de ahí que la muerte, no solo la de los personajes sino la de una forma de vida, sean el fundamento de las tramas. Pero tampoco hay que abusar: por ejemplo, -y no eres el primero en verlo así, lo cual me hace pensar que no habré resuelto el cuento con la claridad debida-, acabas de atribuirme una muerte en «Imprevistos», el relato donde se presenta la reunión de accionistas de la Minero Siderúrgica de Ponferrada una noche, en Madrid, para celebrar que todo está atado y bien atado, tanto que se ha considerado incluso la cuota de imprevistos que podrían surgir durante la construcción del ferrocarril. A la hora de brindar por el proyecto, el presidente de la compañía se atraganta y parece que se sofoca más de la cuenta y deben recostarlo y atenderlo. Yo lo dejé tosiendo aparatosamente, algo que no podía prever nadie de los reunidos, pero nunca fue mi intención matarlo. El cuento se cierra con otro imprevisto que es un desvío de la muerte dada por buena: un sereno, al pie de la ventana donde el presidente de la Minero se recupera del ahogo, se dispone a cantar la hora cuando descubre que se le ha parado el reloj poco después de su último anuncio. Pero prescindamos de este caso ambiguo –con los empeñados en que el presidente desaparezca podría llegar al acuerdo de que se trata de un ejemplo de justicia poética– y quedémonos con los muertos inequívocos del libro. Lo que yo procuré es que se prolongara su existencia en la memoria gracias a la función ética de su muerte. El fin de personajes como José Puga o Ezequiel, incluso don Laureano, el maestro que desaparece de la vida de los niños, está presentado como una redención y se trata de muertes –en algún caso de ausencias– que tienen el efecto de influir moralmente en quienes les conocieron.
P: Sí, la muerte, pero también el tiempo, tiempo desde el punto de vista proustiano, algo que detecto es fundamental en tus relatos. Los cuentos transitan en el pasado y presente de tus personajes, pero mientras algunos mueren, los rescatas en relatos siguientes para fabular su prodigiosa o trágica biografía. Incluso en muchos de tus cuentos, el tiempo es un vaivén de recuerdos que va recorriendo el mismo relato… Además, lo explicitas metafóricamente en el cuento «Cielo distante», donde un maestro les enseña a unos niños una cesta de pescar vacía que, según narra, está llena, pero de tiempo… («fue una enseñanza sobre el tiempo: el tiempo que hace falta para hallar un refugio; el tiempo que es preciso vencer para dar por buena la distancia; el tiempo de acostumbrarse a ser distinto; hasta el tiempo de aprender a no existir; el tiempo que es entonces la muerte misma del destino y la redención su condena [...] El tiempo que asienta las huidas)…»
R: El manejo del tiempo, junto con la elección de la voz narrativa son, tal vez, las dos mayores dificultades que debe resolver el narrador. Ya me he referido a la razón de los vaivenes temporales de Las elipsis del cronista. En el caso de Voces de humo, las idas y venidas en el tiempo dependen por un lado de la estructura del libro y por otro de la voz que organiza los cuentos. Hay un tiempo lineal, que es el de la organización cronológica de los relatos, un tiempo que abarca desde el momento previo a la construcción del ferrocarril, digamos antes de 1918, hasta llegar a las vías muertas de hoy. Pero toda esa cronología está supeditada al discurso interior y a la evocación de un caminante que va recorriendo las vías y en su paseo resucita las voces que un día poblaron los raíles. Por supuesto, esa evocación ya no tiene que ser lineal y puede responder a patrones más enraizados con el subconsciente y diría, una vez más, con fórmulas populares del pensamiento como son las interpelaciones y los estribillos. Las cigarras que recorren el libro son un trasunto de la conciencia del narrador que a veces asumen los propios personajes en un apellido (el pintor de «Ida y vuelta») o en una esperanza de prosperidad, como es el caso de Amparo en «Cigarras». Porque son una metáfora de la conciencia narrativa –y hasta de las vacilaciones del narrador– se dice que del canto de las cigarras está desterrada toda necesidad salvo la de que el tiempo pase, o que las cigarras erigen memorias que detienen el curso del sol. En definitiva, imaginerías de la memoria y el tiempo.
P: Tan importante como ver mundo –narras en un relato– es no olvidar de dónde venimos: eso vale para los que se marchan. ¿Desde qué rincones literarios viene Pablo Andrés Escapa, cuáles son tus influencias, tus autores de cabecera, tus lecturas, a qué padres literarios ya has matado?
R: Yo soy hombre de condición pacífica hasta en las metáforas, de manera que no he matado a ningún padre de letras todavía. Mis pasiones literarias son benignas y nunca he sentido la necesidad de renegar de un magisterio ni de una lectura. Lo que no me interesa lo olvido con facilidad y lo que me gusta me acompaña siempre. Soy también un hombre lento en asimilar las cosas, lo cual influye seguramente en que mi curiosidad sea limitada. Los confines literarios en los que llevo encontrándome a gusto desde que tengo alguna conciencia de escribir, tienen que ver con un tipo de literatura que cuida la palabra y busca la emoción. Lo de siempre, podríamos decir. Pero hay sitio para lo inexplicable porque, según este doble principio recién citado, un escritor como Pío Baroja debería quedar fuera de mis intereses y resulta que lo admiro y disfruto con sus libros desde niño. Por el contrario – y sigo asumiendo las contradicciones–, escritores meticulosos como Jorge Luis Borges o Bioy Casares que me deslumbraron durante un tiempo, escritores muy precisos en su lenguaje y perfectos en la disposición de sus tramas, ahora me seducen menos. Sospecho que con el tiempo me he ido inclinando más por el movere que por el delectare y en ese camino han perdurado en mí Juan Rulfo y W. Faulkner, por citar dos escritores de lejos, a los que podría añadir agradecidamente los nombres de John Steinbeck, J.D. Salinger y Ring Lardner. Ya entre nosotros, no sabría dormirme hoy más feliz que tras una lectura de Cunqueiro, Rafael Dieste o Antonio Pereira. Le debo muy buenas horas a Stevenson y a Conrad y no se me olvidan algunas páginas de Eça de Queiroz ni de Buzzati. Tampoco se agota mi admiración por Miguel Torga y Jesús Fernández Santos, especialmente sus cuentos, y por el Jiménez Lozano de El Mudejarillo, por Las cosas del campo de Muñoz Rojas, por Cortejo de sombras de Julián Ríos. Y he dejado para el final un librito que en mi memoria es muy grande: Helena o el mar del verano, de Julián Ayesta. Por último, mi deuda con Cervantes, al menos la consciencia de mi deuda, ha sido tardía pero tal vez le corresponda a él más magisterio que a nadie en mi maduración como escritor. Leyendo el Quijote se aprende magia en vez de trucos.
P: Finalmente, una pregunta que puede quedar en el aire. Voces de Humo rescata a algunos personajes de Las elipsis del cronista, incluso mencionas al juez que ordena las crónicas de tu primer libro. Intuyo que Las elipsis fue la narración de una génesis, y Voces de Humo el caminar por el mundo trabajando con el sudor de nuestra frente, ese éxodo obligado por el pecado capital… ¿Y qué más? Porque intuyo que Pablo Andrés Escapa está escribiendo el tercer libro de… ¿una trilogía?
R: Lo cierto es que no. Voces de humo es un libro cerrado y Las elipsis del cronista posee una estructura que me permitiría enredar cuanto quisiera el original para ofrecer nuevas entregas, pero no es algo que de momento me apetezca hacer. Hay un tercer libro, sí, pero no forma una trilogía con los citados. Se trata de un proyecto al que llevo dándole vueltas hace algún tiempo y que me exigirá un cambio de género. Pero es una idea que por ahora vive más cerca de la realidad que de la ficción, lo cual le resta interés para hacer adelantos.
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Lee Carbrón, relato de Voces de humo, cedido por el autor a Aviondepapel.com