
Recibirás recursos para escritores y los capítulos de Cómo se cuenta un Cuento
Si nos envías tu libro, y nos gusta, lo acomodaremos ipso facto en nuestra bitácora.
Aviondepapel.com
ISSN 1698 - 4463
Año IX - Nº 93 Noviembre 2008
Proyecto de David González T.
CARBÓN
Una vez José Puga, que ya iba teniendo edad y ese prestigio turbio de dolores escondidos que dan los años de galería, le explicaba a su hijo los secretos del carbón. El muchacho quería ser minero y José se esforzaba por disuadirle de su propósito, como es costumbre entre los padres que se dedican a la minería. José Puga veía en las penalidades del oficio una vía de expiación con la tierra que ofrece sus frutos al expolio de las manos. De haber conocido Las tres heridas del mundo, que es obra antigua atribuida por los sabios a un cierto Abolays, vecino de las vegas orientales de Mesopotamia, José podría haberle citado a su hijo que el carbón es piedra maldita, como el oro, con el que comparte cierta rotundidad fonética. El libro no dice carbón, sino «piedra de la ausencia» y también «ceguera del alba». Asegura que estos dos tesoros perseguidos por el hombre desde que hay memoria de la tierra, se diferencian en la huella que dejan en sus buscadores. Mientras el oro es una memoria viva, como una llama que no quiere consumirse en las pupilas, el carbón alienta fatales ansias por olvidar entre cuantos han sangrado sus venas subterráneas. «La natura del oro es la fiebre»; escribe Arbolays, y deja dicho que la del carbón es la rabia. Pero José Puga era lector de vidas de santos y admiraba la paciencia con que los padres del desierto van labrando su destino sin renegar.
De este modo, José Puga explicó a su hijo, Jesús Puga, que el carbón era una piedra sagrada que había empezado a prosperar en su milagro en las edades remotas, en los días perdidos del mundo que no acierta la memoria a descifrar. Y dijo que su origen era la ruina de una planta sencilla, como el helecho, o la desventura de un animal sumido en el cieno, una bestia que antes de ahogarse para ser piedra reposada por los siglos de los siglos, había devorado y destruido, había procreado y había dormido con placidez bajo las nubes. Aquella intensidad de muerte apelmazada que era cada veta de carbón, contenía, como toda armonía madura de la naturaleza, un designio invencible: el de atraer nueva materia que fuera alimentando su historia. Y así citó José el nombre de Aníbal, aplastado por un costero en 1935, y el de Martín, perdido en una explosión en 1942, y el de Segundo Balo, molido en un derrumbe el verano de 1950. Nombres todos, como los helechos y las bestias ancestrales, que ahora eran parte de la memoria del carbón.
Todo esto se lo contaba José a su hijo Jesús en la cocina, una noche de invierno. El discurso del padre quería infundir en el hijo respeto por el destino ávido del carbón, que devora el tiempo de la tierra. La lumbre que calentaba la casa tenía piedra negra por alimento, como la memoria que iba alumbrando al consumirse. A su inquieto amor, se hacía recuento de las habilidades de Aníbal con la caña de pescar truchas a maraballo, de un viaje de Martín a Orense para comprar una moto, de donde volvió sin ella pero con una cabra que sabía predecir el tiempo «el caso», recordó José las palabras de Martín, «es que hasta da leche»; por último, se recordaron los inspirados silbidos de Segundo Balo para alentar a los canarios que criaba en jaulas de alambre robado a la empresa. Los tres y sus afanes eran ya piedra subterránea.
Cuando cesaban las palabras bufaba el tiro de la chimenea. A veces se escurría una brasa del sumidero que torturaba el suelo de la cocina con una precipitación de estrella ardiente. José y Jesús jugaban a las cartas; una botella de orujo y un vaso mediado templaban las palabras. Junto al horno, María repasaba un pantalón de labor. De repente, un chispazo les hacía levantar los ojos hacia el hogar y mirarse un momento antes de volver con lo que estaban.
Las tres heridas del mundo se parecen a José Puga, a su hijo Jesús Puga y a su madre María la de Elodia una noche de invierno, en una cocina, mientras el carbón muere dejando un humo denso que busca el cielo sobre los tejados de la noche blanca. Y en su fuga abandona una memoria de palabras convocadas por los hombres para durar sobre el mundo, como los minerales enterrados que en un libro muy antiguo se llaman piedras de la ausencia.
Aviondepapel.com © Todos los derechos reservados
Todas la entrevistas con escritores en la sección Aviadores. Leer +
Biografía de Pablo Andrés Escapa
Entrevista con Pablo Andrés Escapa
Lee Carbrón, relato de Voces de humo, cedido por el autor a Aviondepapel.com