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A
sus pies hervía un mundo diferente: un mar turbulento de puños y
palmas, de gritos y golpes, de lenguas y ojos. Vidriosas, azules o
irritadas, setecientas treinta y nueve miradas se aferraron a su
malla como sanguijuelas, y por extensión a su carne. El aforo
lleno. La sangre que aquello conllevaba. Muchas veces el aguijón
de sus congéneres dolía más que la dentellada de las bestias.
Abajo, la muchedumbre del extrarradio portaba en su rostro la cólera
de los dioses, o tal vez la ira de algún demonio. Familias
numerosas de rumiantes y traficantes de besos y chicles. Adictos a
las tabletas de chocolate y al fragor de las bolsas de pipas. O de
palomitas obstinadas que antes de morir calcinadas sobre sartenes
oscuras atentaban contra las farolas del estío. O de sacos rotos,
llenos de sueños envueltos en cristal o cristales envueltos en
papel de regalo, papel sagrado, papel ilustrado, papel de sueños.
O de sueños sin grandeza ni esperanza envasados al vacío. Latas
de conserva sin conserva ni espíritu. En realidad, ninguna abuela
ni ningún padre ni ningún hijo ni ninguna estúpida mascota
ansiaban ya sus vuelos, sus cabriolas o sus saltos mortales, sino
que de una vez por todas cayera y reventara sus sesos contra la
lona. Eso sí sería un espectáculo digno de monstruos. Después
de veinte años, el público había degenerado en una manada sin
escrúpulos. Sólo la tragedia ajena era capaz de saciar su
insatisfacción crónica. Quizá la televisión fuese la principal
responsable. El intrépido se llamaba Marco y no tenía más
alternativa que darse por vencido. Tras la reflexión le vino el
sabor amargo de la derrota. Entonces retrocedió unos pasos,
descendió del trapecio, se desprendió ante la concurrencia de su
uniforme de malla elástica y lo arrojó como una toalla al rostro
de la mujer barbuda. De esa manera tapó sus vergüenzas. Ni el
forzudo ni el domador ni el enano más enano ni el maestro de
ceremonias se inmutaron lo más mínimo. El circo atravesaba
tiempos de recesión y carecía de la partida de leones necesaria
para devorar a los cobardes que osaban desertar.
La
vida en varias hectáreas de olivos y algarrobos transcurría con
la placidez y serenidad de la que carecían las ciudades. Al
fondo, el horizonte era una línea recta de la que los eremitas
acostumbraban a colgarse con su imaginación, el límite
fronterizo del mar y el cielo. Las lomas, las colinas, los riscos
y los pinos de copa redonda eran el vasto dominio de los valientes
que habían huido del mundanal ruido y las aglomeraciones. Marco
había cambiado las alturas de las carpas por las montañas, las
nubes y los ángeles. Era un funámbulo sin más red que los
regatos y la hierba. Más allá de los muros de su casa solariega
crecía vertiginosamente el esplendor de las flores silvestres, el
rocío y las libélulas. Y por su estrépito, aquella mañana bien
podría titularse la fábula de la chicharra y la golondrina. Por
la ventana la luz caía sobre la piel de los enamorados como un
chorro tibio de cerveza. Tras el cristal, la metrópoli palpitaba
en lontananza como un corazón frenético, exhausto, convulso. La
noche anterior Marco había tropezado con la misma piedra de cada
noche y otra vez sus metáforas se habían partido en mil pedazos
contra el fondo de su conciencia. El ron añejo y Elena eran los
únicos elementos circundantes dotados de la extraña facultad de
hacer enloquecer al ex trapecista.
Marco
era un prestigioso arquitecto que solía darse a la bebida cuando
había discutido con su amada. También solía discutir con su
amada cuando previamente había bebido. Pese a su garganta
manchada de alcohol y las diferencias con aquel cuerpo durmiente,
su existencia era envidiable. Algún día nos sonreirá tanto la
vida que nos dolerá el alma y apenas podremos soportarlo. Además,
era de esas personas con una sensibilidad especial ante el
devastador paso de los años. Tendía a exaltar los buenos
recuerdos y olvidar los malos. Por ejemplo, ya no recordaba el
nombre de sus amantes. O las lágrimas que Elena había derramado
cada vez que lo había cogido in fraganti con alguna, ya fuera
felatio, cunnilingus, sodomización o coito. Las discusiones, los
forcejeos, las amenazas y los portazos. La compulsiva ingesta de
ron y el olvido consecuente. La pérdida de la noción del espacio
y el tiempo. Madrugadas enteras de desierto, laguna e
inconsciencia. Pero, con todo y con eso, a sus ojos su vida era
casi perfecta. La vida casi perfecta de un individuo que durante años
había arriesgado su vida en un trapecio y entonces la perpetuaba
con solvencia construyendo rascacielos o, en su defecto, viviendas
de protección oficial o especial.
Su
hogar de seiscientos metros cuadrados dominaba la provincia desde
las alturas, entre la Venta del Boticario y La Fuente de la Reina.
El sol y los cirros con su complejo de Cupido o de corazones etéreos
eran enteros para él y su amada. Elena y morena. Tendida de lado,
frente a la ventana. Bañada por la luz del mediodía y el viento
de poniente. Probablemente soñando con trajes de novia y lluvia
de pétalos. Enamorándose del amor, si cabía, un poco más. Al
contraluz, su contorno simulaba el contorno de Las Tetas de la
ubre, perdón, de la urbe. Hembra de caderas anchas, mujer
guitarra de magistral arpegio y magistral armónico. La mejor
figura que había desfilado por aquella cama de matrimonio sin
matrimonio. Contemplarla le enamoraba cada día un poco más. De
repente la quería tanto que era incapaz de despertarla. Primero
acudiría al cuarto de baño para perfumarse en su honor. Después
a la cocina para preparar el desayuno. Por ejemplo, café, zumo y
tostadas. Al final abriría con un cuchillo un croissant y extraería
de su estómago, como aquel mago de aquella chistera o aquel
nativo de aquella ostra, un anillo de diamantes con el
consiguiente compromiso de boda. Hasta que la muerte tuviese la
desvergüenza de separarlos. Acto seguido se postraría ante su
camisón blanco como un vulgar romeo. Y entre lágrimas le pediría
que se casara con él.
Marco
preparó el desayuno con la misma pulcritud con la que había
perfumado cada ángulo de su cuerpo. Después regresó al
dormitorio convencido de que lo que en realidad deseaba era pasar
el resto de su vida con Elena. Había tardado tres años en tomar
tamaña decisión. Pero a través de la ventana, el horizonte era
una línea curva. O, lo que era lo mismo, un mal presagio. La
presunta rectitud de su vida y su sonrisa se torcieron súbitamente.
Al contrario de lo habitual, Elena hizo caso omiso de todas y cada
una de sus palabras, de sus caricias, de sus besos. No despertaba.
Tras sucesivos zarandeos, no despertaba. Marco se arrimó a su
anatomía yacente y le dio la vuelta. No despertaba. Su camisón
blanco era un río de sangre. El vientre de aquella mujer estaba
abierto como el croissant que yacía enfriándose junto al café,
el zumo y las tostadas en la bandeja. Sólo que de él jamás
saldría un conejo, una perla, un anillo de diamantes ni nada que
pudiese parecérsele, en todo caso un riñón o el hígado. Al
contraluz, la silueta de Elena simulaba un paisaje polar, lunar,
volcánico, pero sin erupción posible. Marco había alcanzado su
destino con retraso, tardío propósito de enmienda. El alcohol de
la víspera tendría mayor graduación que otras noches y su
locura transitoria acabó por transformarlo en un aprendiz de
carnicero. La humanidad tendía a la inhumanidad y el ex
trapecista había pagado con creces y con la persona equivocada su
decepción con las hordas del circo. El odio que arrastraba desde
hacía años había adoptado de repente la forma de un cuchillo de
sierra. La dentellada de una bestia. Pero no recordaba.
A
lo lejos las sirenas de los coches de policía quebraron la armonía
de los montes. Olivos, algarrobos, pinos y flores salvajes se
estremecieron al unísono. Al final el funámbulo cayó desde las
alturas. Era probable que, si no reventaba sus sesos contra el
asfalto, se pudriese entre rejas. Y la muerte, siempre tan
irreductible y tan puta, tuvo la desvergüenza de separar a los
enamorados antes de que la vida tuviera una sola oportunidad de
unirlos. Tal vez el veinte de noviembre fuese un buen día para
morir.
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