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  Revista de Curiosidad Literaria

Quizás sea FEBRERO de 2005

 
       
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AÑO VI / Número 0051 / Febrero 2005

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AVIADORES

La Curvatura del Horizonte
Premio de Libro de Relatos Ilustrados 2004; Diputación de Badajoz

Autor: Nacho Albert

Texto cedido por el autor a aviondepapel.com
   
A sus pies hervía un mundo diferente: un mar turbulento de puños y palmas, de gritos y golpes, de lenguas y ojos. Vidriosas, azules o irritadas, setecientas treinta y nueve miradas se aferraron a su malla como sanguijuelas, y por extensión a su carne. El aforo lleno. La sangre que aquello conllevaba. Muchas veces el aguijón de sus congéneres dolía más que la dentellada de las bestias. Abajo, la muchedumbre del extrarradio portaba en su rostro la cólera de los dioses, o tal vez la ira de algún demonio. Familias numerosas de rumiantes y traficantes de besos y chicles. Adictos a las tabletas de chocolate y al fragor de las bolsas de pipas. O de palomitas obstinadas que antes de morir calcinadas sobre sartenes oscuras atentaban contra las farolas del estío. O de sacos rotos, llenos de sueños envueltos en cristal o cristales envueltos en papel de regalo, papel sagrado, papel ilustrado, papel de sueños. O de sueños sin grandeza ni esperanza envasados al vacío. Latas de conserva sin conserva ni espíritu. En realidad, ninguna abuela ni ningún padre ni ningún hijo ni ninguna estúpida mascota ansiaban ya sus vuelos, sus cabriolas o sus saltos mortales, sino que de una vez por todas cayera y reventara sus sesos contra la lona. Eso sí sería un espectáculo digno de monstruos. Después de veinte años, el público había degenerado en una manada sin escrúpulos. Sólo la tragedia ajena era capaz de saciar su insatisfacción crónica. Quizá la televisión fuese la principal responsable. El intrépido se llamaba Marco y no tenía más alternativa que darse por vencido. Tras la reflexión le vino el sabor amargo de la derrota. Entonces retrocedió unos pasos, descendió del trapecio, se desprendió ante la concurrencia de su uniforme de malla elástica y lo arrojó como una toalla al rostro de la mujer barbuda. De esa manera tapó sus vergüenzas. Ni el forzudo ni el domador ni el enano más enano ni el maestro de ceremonias se inmutaron lo más mínimo. El circo atravesaba tiempos de recesión y carecía de la partida de leones necesaria para devorar a los cobardes que osaban desertar.

La vida en varias hectáreas de olivos y algarrobos transcurría con la placidez y serenidad de la que carecían las ciudades. Al fondo, el horizonte era una línea recta de la que los eremitas acostumbraban a colgarse con su imaginación, el límite fronterizo del mar y el cielo. Las lomas, las colinas, los riscos y los pinos de copa redonda eran el vasto dominio de los valientes que habían huido del mundanal ruido y las aglomeraciones. Marco había cambiado las alturas de las carpas por las montañas, las nubes y los ángeles. Era un funámbulo sin más red que los regatos y la hierba. Más allá de los muros de su casa solariega crecía vertiginosamente el esplendor de las flores silvestres, el rocío y las libélulas. Y por su estrépito, aquella mañana bien podría titularse la fábula de la chicharra y la golondrina. Por la ventana la luz caía sobre la piel de los enamorados como un chorro tibio de cerveza. Tras el cristal, la metrópoli palpitaba en lontananza como un corazón frenético, exhausto, convulso. La noche anterior Marco había tropezado con la misma piedra de cada noche y otra vez sus metáforas se habían partido en mil pedazos contra el fondo de su conciencia. El ron añejo y Elena eran los únicos elementos circundantes dotados de la extraña facultad de hacer enloquecer al ex trapecista.

Marco era un prestigioso arquitecto que solía darse a la bebida cuando había discutido con su amada. También solía discutir con su amada cuando previamente había bebido. Pese a su garganta manchada de alcohol y las diferencias con aquel cuerpo durmiente, su existencia era envidiable. Algún día nos sonreirá tanto la vida que nos dolerá el alma y apenas podremos soportarlo. Además, era de esas personas con una sensibilidad especial ante el devastador paso de los años. Tendía a exaltar los buenos recuerdos y olvidar los malos. Por ejemplo, ya no recordaba el nombre de sus amantes. O las lágrimas que Elena había derramado cada vez que lo había cogido in fraganti con alguna, ya fuera felatio, cunnilingus, sodomización o coito. Las discusiones, los forcejeos, las amenazas y los portazos. La compulsiva ingesta de ron y el olvido consecuente. La pérdida de la noción del espacio y el tiempo. Madrugadas enteras de desierto, laguna e inconsciencia. Pero, con todo y con eso, a sus ojos su vida era casi perfecta. La vida casi perfecta de un individuo que durante años había arriesgado su vida en un trapecio y entonces la perpetuaba con solvencia construyendo rascacielos o, en su defecto, viviendas de protección oficial o especial. 

Su hogar de seiscientos metros cuadrados dominaba la provincia desde las alturas, entre la Venta del Boticario y La Fuente de la Reina. El sol y los cirros con su complejo de Cupido o de corazones etéreos eran enteros para él y su amada. Elena y morena. Tendida de lado, frente a la ventana. Bañada por la luz del mediodía y el viento de poniente. Probablemente soñando con trajes de novia y lluvia de pétalos. Enamorándose del amor, si cabía, un poco más. Al contraluz, su contorno simulaba el contorno de Las Tetas de la ubre, perdón, de la urbe. Hembra de caderas anchas, mujer guitarra de magistral arpegio y magistral armónico. La mejor figura que había desfilado por aquella cama de matrimonio sin matrimonio. Contemplarla le enamoraba cada día un poco más. De repente la quería tanto que era incapaz de despertarla. Primero acudiría al cuarto de baño para perfumarse en su honor. Después a la cocina para preparar el desayuno. Por ejemplo, café, zumo y tostadas. Al final abriría con un cuchillo un croissant y extraería de su estómago, como aquel mago de aquella chistera o aquel nativo de aquella ostra, un anillo de diamantes con el consiguiente compromiso de boda. Hasta que la muerte tuviese la desvergüenza de separarlos. Acto seguido se postraría ante su camisón blanco como un vulgar romeo. Y entre lágrimas le pediría que se casara con él.

Marco preparó el desayuno con la misma pulcritud con la que había perfumado cada ángulo de su cuerpo. Después regresó al dormitorio convencido de que lo que en realidad deseaba era pasar el resto de su vida con Elena. Había tardado tres años en tomar tamaña decisión. Pero a través de la ventana, el horizonte era una línea curva. O, lo que era lo mismo, un mal presagio. La presunta rectitud de su vida y su sonrisa se torcieron súbitamente. Al contrario de lo habitual, Elena hizo caso omiso de todas y cada una de sus palabras, de sus caricias, de sus besos. No despertaba. Tras sucesivos zarandeos, no despertaba. Marco se arrimó a su anatomía yacente y le dio la vuelta. No despertaba. Su camisón blanco era un río de sangre. El vientre de aquella mujer estaba abierto como el croissant que yacía enfriándose junto al café, el zumo y las tostadas en la bandeja. Sólo que de él jamás saldría un conejo, una perla, un anillo de diamantes ni nada que pudiese parecérsele, en todo caso un riñón o el hígado. Al contraluz, la silueta de Elena simulaba un paisaje polar, lunar, volcánico, pero sin erupción posible. Marco había alcanzado su destino con retraso, tardío propósito de enmienda. El alcohol de la víspera tendría mayor graduación que otras noches y su locura transitoria acabó por transformarlo en un aprendiz de carnicero. La humanidad tendía a la inhumanidad y el ex trapecista había pagado con creces y con la persona equivocada su decepción con las hordas del circo. El odio que arrastraba desde hacía años había adoptado de repente la forma de un cuchillo de sierra. La dentellada de una bestia. Pero no recordaba.

A lo lejos las sirenas de los coches de policía quebraron la armonía de los montes. Olivos, algarrobos, pinos y flores salvajes se estremecieron al unísono. Al final el funámbulo cayó desde las alturas. Era probable que, si no reventaba sus sesos contra el asfalto, se pudriese entre rejas. Y la muerte, siempre tan irreductible y tan puta, tuvo la desvergüenza de separar a los enamorados antes de que la vida tuviera una sola oportunidad de unirlos. Tal vez el veinte de noviembre fuese un buen día para morir.

RETROCEDE Y LEE LA PRIMERA PARTE DE LA ENTREVISTA

 

 

 

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