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La adversidad de lo cotidiano
“Cuando escribo, confío plenamente en que el lector añadirá
por su cuenta los elementos subjetivos que faltan al
cuento”. La frase es de Antón Chéjov (Tangarog; 1860).
El escritor ruso ha sido –y es- uno de los autores clásicos
de culto para muchos otros grandes cuentistas de la
narrativa del realismo contemporáneo estadounidense.
Hablamos de Raymond
Carver, de Richard Ford y de tantos otros. Ahora, la
influencia chejoviana también ha llegado a España. Su
referente más explícito se llama Miguel
Ángel Muñoz (Almería; 1970). Este joven
autor publicó en 2006 su primer libro de relatos que, desde
el título, ya delimita su propuesta literaria.
El
síndrome Chéjov (Páginas de Espuma) reúne
11 cuentos -más un prólogo militante de defensa de este género
literario- que, en su conjunto, trazan aquello que algunos
críticos denominan el drama existencial de lo cotidiano;
es decir, la adversidad de personajes que se enfrentan a la
trampa de la vida.
Como Chéjov, Muñoz cree –o, por lo menos, así lo
transmite su libro- que los grandes argumentos no tienen por
qué circunscribirse a lugares exóticos, a un futuro de
odiseas espaciales o a la nostalgia de un pasado histórico.
Las emociones humanas siempre se ubican en un presente monótono,
escaso de aventuras y abundante de conflictos. ¿Pero no es
por sí sola la vida una aventura difícil de superar?
Antón Chéjov siempre comentaba que la gente corriente no
realiza hazañas extraordinarias y no dice cosas geniales
cada minuto, sino que la mayor parte del tiempo comen,
beben, fuman, aman, son banales, mueren... Antón Chéjov
narraba con excesivo realismo unas atmósferas paralizantes
en las que una pareja o un triangulo amoroso se debatía en
una decisión moral: qué debo hacer o qué haré a partir
de ahora. La señora del perrito
figura entre esos relatos de culto siempre
mencionados. Los argumentos chejovianos tenían como
antecedente la omisión que explota en alusión. Sus desenlaces
invitaban al lector a que les pusiera fin al relato.
Eran cuentos con finales abiertos, como la vida misma, donde
la emoción es la que marca los tempos.
Hablamos de Chéjov, pero también de Muñoz. Porque el
autor almeriense hace suya estas mismas premisas en El
síndrome... Sin embargo, traslada sus
argumentos a lo contemporáneo. La literatura de Chéjov era
el espejo de la decadencia aristocrática en una Rusia post
revolucionaria. Muñoz, en su Síndrome,
pasea al mismo perro, pero con distinto collar: las clases
medias nacidas con el capitalismo, el consumismo y los mitos
de la cultura de masas. La decadencia ahora es frustración,
agonía, indecisión, monotonía...
En el libro de Muñoz, cualquier gran
aventura puede suceder en un supermercado, en el que un
joven de clase media trabaja disfrazado con tres disfraces:
el de Homer Simpsom, el de Papa Noel y el de su fracaso
laboral y sentimental (Soy dueño de la lluvia).
Pero también puede desvelarnos el miedo a la emancipación
que sufre una pareja mientras comparten una ducha matinal (Unidos);
las dudas de un adultero en Zonas de peaje, con un
giro de tuerca al final de relato. Más trasgresora puede
ser la historia de canibalismo sentimental de El rapto
de Woody Allen. Y, más proclive a incorporarse a
nuevas antologías del cuento español, el viaje a los
infiernos de un conductor de ambulancias que rememora su
vida de ángel de la guarda mediante un magistral monólogo
interior agónico (Ambulancias).
“Cuando escribo, confío plenamente en que el lector añadirá
por su cuenta los elementos subjetivos que faltan al
cuento”. La frase, insisto, es de Chéjov. Muchos de los
grandes escritores la han convertido en un aforismo de mesa
camilla. No en vano, apenas existe un cuentista que no
mencione en su primer libro los ecos de sus maestros.
No obstante, no hay autor consagrado que los oculte
sutilmente a lo largo de su obra posterior.
Muchos críticos están a la espera de que Miguel
Ángel Muñoz, después de
El síndrome Chejov, escriba en registros más
largos (¿una novela?). En cambio, otros tantos lectores
–entre los que me incluyo- anhelan historias nuevas, pero
mucho más cortas. Es un anhelo compartido. Deseamos, tras
la relectura de El Síndrome..., la lectura de
novedosas propuestas de Miguel Ángel, en las que se
oscurezca un poco Chéjov y se iluminen nuevas patologías
narrativas. ¿Para cuándo El síndrome Muñoz? El
autor comenta que pronto. Muy pronto.
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