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  Revista de Curiosidad Literaria

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AÑO VIII / Número 0077 / JUNIO 2007

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AVIADORES

"A veces pienso que los relatos son como recetas médicas, que resumen una enfermedad no nombrada" 

 

Entrevista a: Miguel Ángel Muñoz

Por David González Torres

 
 

MIGUEL ÁNGEL MUÑOZ

Biografía de Miguel Ángel Muñoz
 
Entrevista a Miguel Ángel Muñoz, autor de El síndrome Chéjov
 
Si la hubieras conocido, cuento cedido por el autor a Aviondepapel.com
 
Reseña Aviondepapel.com de El Síndrome Chéjov
 
Ver sinopsis, en Páginas de Espuma
 
El síndrome Chéjov, el BLOG de Miguel Ángel Muñoz
 
 
 

PREGUNTA: Voy directo al grano, Miguel Ángel; explícales a los neófitos del cuento: ¿qué diantre es El síndrome Chéjov y quién lo padece? ¿Y por qué elegiste ese título para tu primer libro?

RESPUESTA: No quería que el título del libro fuese el de uno de sus relatos que de alguna manera resumiera la estética del volumen de relatos. De hecho, pretendía que la estética fuera diversa y fragmentaria, que cada uno de sus relatos fuese una posibilidad de abordar el género desde distintos postulados y técnicas. No quería, no quiero ser reconocible como autor de relatos. De alguna manera, lo importante no es el autor sino sus relatos, y los personajes de sus relatos. Eso pensaba Chéjov, sobre el que se incluye una historia en el volumen, y no me parece mal tratamiento para la enfermedad apasionada que sufrimos los cuentistas.

PREGUNTA: Antón Chéjov opta por un narrador en tercera persona en la mayoría de sus relatos; pero en los tuyos, manda la primera persona... ¿Por qué escribes desde un “yo”, o mejor dicho desde un “hoy me sucede que...”?

RESPUESTA: Hay seis relatos en primera persona (de entre estos uno es una modalidad de la misma: un relato epistolar) y cinco en tercera, por lo que no veo que haya una opción excesiva hacia ese lado. De todos modos, la opción de la voz narrativa está condicionada siempre por el modo en que veo al personaje. Protagonistas como los de Ambulancias o El rapto de Woody Allen, relatos más transgresores, tenían que hablar inevitablemente al lector de tú a tú, mientras que la mirada clásica de Antón Chéjov, médico o la psicológica de Zona de peaje requerían la tercera. El concepto de modernidad ha impuesto en literatura la primera persona, como una colección de experiencias individuales transmitibles al lector, pero creo que la tercera persona posee aún muchas posibilidades que investigar.

P: En muchos de tus relatos nace la omisión y crece, por ello, la alusión como fórmula de generar ciertas atmósferas, de perfilar las sicologías de tus personajes y generar en torno a ellos una especie de vacío existencial dentro de la ubicuidad de lo cotidiano... Te hablo de Si la hubieras conocido, pero también, por ejemplo, en Soy dueño de la lluvia –con ese personaje disfrazado de tres disfraces: el de Homer Simpsom, el de Papa Noel y el de su sentimiento de fracaso en un día de trabajo temporal en un supermercado-... 

R: Cierto. A veces pienso que los relatos son como recetas médicas, que resumen una enfermedad que no está nombrada, pero sí indicada en el papel. La alusión es imprescindible, claro está, y el lenguaje poético es muy útil al respecto, utilizado con cierto autocontrol. Soy dueño de la lluvia es en ese sentido uno de mis relatos preferidos, y en él, como indicas, intenté mostrar la realidad bajo numerosas capas de disfraces. El consumo es nuestra nueva religión, y el centro comercial su iglesia, y en el relato se intenta captar los fulgores de las señales que están ahí, frente a nosotros, cada vez que entramos en esos lugares, y que nos definen, y esconden nuestra auténtica naturaleza, y a la vez la transforman, hasta convertirnos en irreconocibles. Los vigilantes jurados son los ángeles guardianes del templo, y la historia más que grotesca es trágica.

P: Tus historias, por tanto, están compuestas desde la elipsis y muchas comienzan in media res (con el suceso ya iniciado). A la hora de empezar la escritura de un cuento, esta técnica nace previamente bajo el mandato de un esquema o eres de los escritores que deambula, pule y poda?

R: Cuando somos niños, y empezamos a recordar, a ser conscientes de nosotros mismos, ya llevamos varios años vividos. También nosotros comenzamos in media res. No suelo tener que corregir los principios de mis historias, porque medito mucho desde qué posición efectuar el disparo. Una de las máximas de la escritura de guiones -el cine me interesa muchísimo, como a casi cualquier escritor moderno- es que en las escenas se tiene que entrar tarde, y salir pronto. Entrar cuando ya el conflicto se ha iniciado y ahorrar al lector las palabras de cortesía, las puertas que se abren y se cierran, los momentos muertos. 

Prefiero dilatar el momento trascendental, buscar en su interior aquello que lo hace explosionar dentro de la historia misma, más que describir una sucesión de escenas que lleven a un desenlace. Decía Borges aquello de que en un libro están todos los libros, y pienso que desde un momento concreto de la vida de un hombre puede contarse toda su vida, al menos la pasada -que no es cosa de apostar por la predestinación-.

P: Centrémonos en el cuento que nos has cedido: Si la hubieras conocido. Te doy la razón. Resume mucho el tono melancólico que utilizas en tus historias dentro de la máxima: lo cotidiano siempre puede augurar un drama. El mismo título ya forma parte de la composición: conjugas un subjuntivo (sumado al condicional)... La conjugación más subjetiva que existe en nuestra lengua. ¿Por qué de ese título para este relato?

R: Porque, conectando con la respuesta anterior, una de las maldiciones del ser humano es apostar siempre por lo imaginado o no vivido, pensar que en el otro lado se encuentra la felicidad plena, que lo no elegido es lo justo, y que si hubiéramos optado por el otro camino, nuestra vida sería más placentera o dichosa. Esto es radicalmente falso como premisa, pero curiosamente la capacidad transgresora y vital de la literatura, el secreto de su éxito, estriba en eso: nos da la posibilidad de vivir otras vidas y ponernos a prueba de un modo indoloro, sin variar nuestro rumbo.

P: Muchos amigos han leído Si la hubieras conocido y me comentan que tienen la sensación de contar el secreto de un asesinato encubierto: “Deshice la marca [del libro] / Las pruebas quedarían ocultas”. Te doy mi opinión y, por favor, me la refutas... para así zanjar el debate. Para mí la clave del cuento está en el último párrafo, donde me llega la terrible frustración que puede sentir un artista cuando no logra “uno de esos poemas en cuya búsqueda, supongo, tantas tardes se dan por perdidas”. Pero, además, siento que el suicidio es sin más la excusa y contraste para narrar “esas profesiones en las que empleamos la vida”, una vida dedicada a la muerte, como es, en este caso, la del juez, protagonista principal del relato. Te lo comento, porque noto ese indicio, en el siguiente párrafo clímax: “La ambulancia desaparecía (...) convertida en un féretro. No sería el único”.

R: Sin duda hablamos de un relato de misterio, pero no con asesinato incluido. Se habla, más bien, de la misteriosa relación autor-lector, y esas pruebas que mencionas son las de la lectura mutua, compartida, desde dos lugares tan distintos y estancos, pero a la vez transparentes, como el de la persona que escribe unas palabras con la intención de comunicar una experiencia y la de otra que las lee para disfrutar ese acto de comunicación. Pero además de eso están los seres humanos que escriben y leen, y cuyas experiencias personales -las que llevan al suicidio o al trabajo de juez, no importa- no son a veces comunicables. De ahí ese intencionado "supongo". 

En este relato es importante el papel de las profesiones de ambos, poeta y juez, porque me gusta enraizar en la realidad a los personajes dotándoles de datos tan importantes como esos. El trabajo de juez no está dedicado a la muerte, pero sí a buscar la explicación de los misterios desde la objetividad y la palabra convertida en norma, al contrario del trabajo artístico, que no explica, sino formula misterios desde la oscuridad y la bruma de la palabra venida del mito.

P: Y también: “¿Cómo sería los amaneceres desde allí?”. Es como si insinuaras, en boca del protagonista, con qué ánimos o fuerzas se podría levantar cada mañana la poetisa muerta, que es lo mismo que decir con qué espíritu se despierta un juez forense... ¿Cómo surge, en tu escritura, esta estructura de describir, desde el punto de vista de un personaje presente (el juez), a otro ausente (la poetisa)? ¿Eso es, en definitiva, por lo que has apostado: describirnos a nosotros mismos desde lo que vemos de los demás?

R: Me gusta que cada relato sea un desafío argumental y formal. Concretamente en éste la descripción narrativa toma como inspiración la apariencia formal, aunque disfrazada, claro, de una diligencia judicial. De ahí su buscada brevedad. El juez tiene que levantar acta rápida de las peripecias dramáticas de una vida fracasada, en la hora del suicidio, desde la perspectiva jurídica, formal y aséptica, del que "ve lo que hay", y al tiempo de ese modo "sólo hay lo que se ve y es escrito". Lo que ocurre es que el juez es un admirador de la poeta, de su obra, y tiene autoconciencia de lo limitado que es su trabajo, su visión profesional, frente a la perspectiva compleja y profunda del artista, que descubre en sus poemas otros indicios "no visibles pero que también están".

P: El síndrome Chéjov y sus relatos vienen marcados por la emoción. El sentimiento (el fondo) sobre la forma... Muchos autores de vanguardia renuncian a ello... Tú, como autor, ¿entras también en el debate de o forma o fondo... o ves ambos conceptos como binomio indisoluble?

R: Creo que fondo y forma son inseparables, como perfectos gemelos, al menos como yo entiendo la literatura, y como la disfruto en los autores que amo. El puro artilugio formal lo encuentro vacío, aburrido y caduco. Las emociones son permanentes. Sé que defender la emoción hoy en día puede parecer contracorriente, incluso demodé. No me importa. Cuando leo relatos o novelas que no me emocionan desconecto de ellos y no logro profundizar en sus posibles bellezas. Es una carencia mía, quizás. Ahora bien, la emoción se puede lograr desde la frialdad y el mayor rigor formal. Así ha de ser. Detesto el sentimentalismo y esa literatura "femenina", escrita por hombres y mujeres, que tanto emociona a las listas de libros más vendidos y sus amantes. Me repito, pero hay un axioma que ninguna vanguardia ha logrado superar. En literatura, frente a la pintura, por ejemplo, la ausencia del hombre como motivo narrativo conduce al vacío y el hueco.

P: Hablemos, como antepenúltima cuestión -y no por ello menos importante-, del género del cuento. En el prólogo de El síndrome Chéjov lanzas un sutil reproche sobre la “exigencia de una coherencia interna” en las colecciones de relatos... ¿Qué debe tener, en tu opinión, un buen libro de cuentos?

R: Desde cualquier elección al respecto podemos encontrar grandes libros de cuentos: con o sin motivo central, condensados o extensos, trágicos o cómicos. Lo único que me incomoda del relato es que tiene demasiados apóstoles que dicen cómo debe ser un libro de cuentos, qué actitud deben tomar los escritores de cuentos, para ser admitidos en la santa madre iglesia del relato. No me atrevo a decir qué debe tener un buen libro de cuentos. Como mucho, intento explicarme qué tienen aquellos que me gustan.

P: Sí, el cuento está ganando adeptos en España. No hay más que ver los nuevos –y no tan nuevos- narradores que optan por este género, aparte de los títulos que se están publicando las medianas editoriales. Pero, ¿por qué crees que ha tenido tan poca aceptación por parte de los lectores este género, frente a lo que sucede, por ejemplo, en Latinoamérica o EE UU? ¿En este nuevo boom del cuento no tendrá mucho que decir la proliferación de talleres literarios, auténtica cantera de nuevos talentos y que apuestan por este género como fórmula más didáctica que la novela? Te lo pregunto porque mencionas en el prólogo que el relato en España “se le respeta pero no se le admira”...

R: Es un tema complejo, sobre el que cualquier opinión puede errar. En todo caso, a veces me sorprendo de que el cuento pueda tener un cierto florecimiento, porque el imperio tan exagerado del dinero que vivimos haría lógico que el relato ya se hubiese extinguido. No nos calentemos la cabeza. Todo es un problema de mercado. Dinero. Las editoriales quieren ganar dinero, y también los agentes literarios. Los autores, legítimamente, también, por eso de comer y vivir del tema -nunca ganan tanto como los anteriores, claro, por poco que aquellos puedan ganar-. Total, miremos los años ochenta. Toda una generación de autores que cultivaban el relato en sus comienzos y que desistieron apenas empezaron a ganar dinero con las novelas que escribían. No hay más. A las editoriales no les interesa tanto la literatura como cuadrar las cuentas de resultados, o sólo aquella en función de estas últimas. 

Me refiero, por supuesto, a las editoriales que han creado el gusto literario ahora establecido en los lectores. Si las editoriales son capaces de vender a miles auténticos engendros, no entiendo por qué no podría ocurrir lo mismo con los relatos. Siempre pondrán la excusa de la ausencia de lectores, pero en realidad de lo que se habla es de la ausencia de rentabilidad inmediata -de dinero- que produciría un producto -el libro de relatos- que ellos mismos no se han ocupado de crear, difundir, apoyar.

El caso de Latinoamérica es distinto, pero no mitifico el ejemplo de Estados Unidos. Tengo una teoría bastante simplona al respecto. Un país que tiene siete veces más población que España puede mantener más fácilmente a sus autores de relatos, que aunque vendan proporcionalmente poco respecto a los novelistas pueden pasar de vender 1500 ejemplares -la media de un español- a 10.500. Haga cuentas y verá que la cantidad de derechos de autor resultante, por baja que sea, es distinta. Con la gran tradición de revistas literarias donde publicar relatos en aquel país -y que directamente no existe aquí- el escritor de relatos tiene una mayor posibilidad de mantenerse como cuentista. Aunque también allí pasan a la novela. Es una cuestión de dinero, nos guste o no.

Confío en que esta nueva generación que está surgiendo en los últimos años en España sepa aguantar los cantos de sirena. Creo que por primera vez hay un gran número de cuentistas que quiere seguir haciéndolo más allá de la suerte comercial que tienen sus libros de relatos. También dependerá mucho del éxito de la apuesta por el relato que algunas editoriales están haciendo.

P: Comentaba Antonio Morato, en la presentación de Amor del bueno, de Víctor Antón, que por qué demonios se le apremia a los cuentistas a que se pasen a la novela, si nunca se le pregunta -decía-, por ejemplo, a un flautista que cuándo se sentará frente a un piano. Tú estarás harto de que te hagan también siempre esta misma pregunta... Pero es inevitable: ¿Y para cuándo tu novela? ¿O seguirás firme e inamovible en el cuento?

R: Soy un gran amante de la novela. He leído más novelas que libros de relatos. La novela ya está escrita. Si no está publicada no es cosa mía. Supongo que me perjudicará la imagen de "cruzado" del relato que mi blog ha podido darme. De todos modos, me apasiona y divierte mucho escribir relatos. Mi segundo libro está recién acabado.

P: Hablas en tu prólogo de tus influencias: obviamente, A. Chéjov ; además, nombras a R. Carver y a C. Mansfield... Sin embargo, ¿cuáles son, en tu opinión, los autores que podríamos llamar clásicos dentro del cuento contemporáneo español? ¿Y a qué escritores o escritoras habrá que seguir la pista en los próximos años dentro de este género tan escueto? 

R: Entre los clásicos está claro que el magisterio incontestable lo conforman Aldecoa y Medardo Fraile en el medio siglo, con los antecedentes de las obras maestras de Ayala a finales de los cuarenta, y más atrás los relatos de Clarín. Pero considero que entre los contemporáneos autores como Monzó, Eloy Tizón o Juan Eduardo Zúñiga pueden ser considerados ya clásicos. 

El panorama de entre los nuevos es excitante y prometedor. Autores como Ángel Zapata, Hipólito G. Navarro, con un mundo intransferible, y otros de los que echamos de menos nuevos cuentos, Carlos Castán y Luis Magrinyá. Entre los últimos descubiertos me llamó mucho la atención Francisco Afilado. Sus Perforaciones creo que anuncian un escritor muy singular y potente. 

Incluso hay escritores secretos que ya merecerían estar publicados. Una gran amiga, Antonia Moreno, cordobesa que vive en Almería, tiene unos relatos de una exigencia y rigor literario impresionante. Prosa completamente literaria. Hay muchos nombres. Me remito al blog, donde intento ir recogiendo comentarios sobre la obra de muchos de ellos.

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