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  Revista de Curiosidad Literaria

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AÑO VIII / Número 0077 / JUNIO 2007

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AVIADORES

Si la hubieras conocido, 
cuento de Miguel Ángel Muñoz, incluído en su libro `El síndrome Chéjov´

 
 

MIGUEL ÁNGEL MUÑOZ

Biografía de Miguel Ángel Muñoz
 
Entrevista a Miguel Ángel Muñoz, autor de El síndrome Chéjov
 
Si la hubieras conocido, cuento cedido por el autor a Aviondepapel.com
 
Reseña Aviondepapel.com de El Síndrome Chéjov
 
Ver sinopsis, en Páginas de Espuma
 
El síndrome Chéjov, el BLOG de Miguel Ángel Muñoz
 
 
 

Si la hubieras conocido, 
cuento de Miguel Ángel Muñoz incluido en su libro El síndrome Chéjov

La casa de la poeta estaba abierta para mí. Pude pasar sin trabas por su comedor, donde la televisión había quedado encendida. Ella se había negado al silencio. Ahora, todos correteaban entre sus objetos, daban instrucciones, recibían órdenes, esperaban mi decisión. El policía me indicó que debía dirigirme a la cocina, pero yo subí por las escaleras, buscando su dormitorio, sus lugares más secretos. Un gran ventanal daba al campo. La habitación estaba en orden. No había ningún olor especial. ¿Cómo serían los amaneceres desde allí? Me senté en el lado derecho de la cama y respiré hondo. Todos estaban abajo. Imaginé que eran las siete de la mañana. Abril. A esa hora, todavía puede notarse el frío y la humedad de la noche. Pero dura muy poco. Se veían otras casas bajas, y el cielo abierto sobre la ciudad, que a lo lejos parecía encharcada en el mar que la custodiaba. Podía escuchar como si fuera real el sonido del viento en los días malos. Repetí en voz alta las palabras que ella escribió: «Beberás el aire corrupto creyendo en sus propiedades, sanando con él», y mi voz grave sonó extraña. Parecía que nadie hubiese hablado en aquella habitación desde mucho tiempo atrás.

En la mesa de noche encontré su primer libro de poemas. Cuerpo fértil. Lo abrí. Una de sus páginas estaba doblada. Yo conocía perfectamente el poema que marcaba. Se me ocurrió que una vez, en mi ejemplar de la obra, pasé al leerlo por ese mismo lugar. En aquella época, nadie me esperaba en casa. De habernos conocido, ¿habríamos podido compartir la poeta y yo algún pensamiento, algún protocolo amistoso? Deshice la marca; las pruebas continuarían ocultas. Volví el libro a su justo lugar, rodeado por una línea de polvo acumulado, y bajé a la cocina.

En ella unas cuantas personas se habían repartido el pequeño espacio. La ventana junto al frigorífico estaba abierta; un resto de gas flotaba tenue. A los pies de los policías y del Secretario judicial, el cuerpo mórbido de la poeta, arrodillada en el suelo, emergía del horno como de un pantano inaccesible. Una de sus zapatillas se había descalzado. Tenía que haber sido el mismo objeto quien tomara la decisión. Alguien habría dado la orden mortal. No podía imaginar a esa mujer regulando la temperatura, preparando el fúnebre último postre. Como ella defendiera siempre respecto a la poesía, su cuerpo, aunque parecía tranquilo, no desprendía ninguna musicalidad. Vestía un traje de chaqueta rojo. «Tendrán que verte bella cuando huyas, no se burlarán del maquillaje dibujado por tu piel.» No podría demorar el acto vergonzoso de examinar su cuerpo, de recorrer con mi vista el interior del horno hasta dar con su cabeza, sin fuerza, detenida sobre la rejilla. Similares cabezas de muertos.

Escuché informes sintéticos y apresurados, datos, nombres. Todas las hipótesis me resultaban descabelladas. Pero ellos cumplían con los códigos de su profesión. Yo debía atenerme a mi trabajo de juez. Dar la orden de levantar el cadáver. Entregar la seguridad de una muerte a los titulares de la prensa, a los funcionarios que anhelaban mi firma en la diligencia, al desconsuelo creciente de los pocos familiares de la escritora, venidos desde lejos tras la llamada nocturna de la policía.

Tuve que mirar dentro del horno y certificar su expresión de muerta. Pero no permití que aquello se demorara mucho más. Di la orden que todos esperaban; les pedí que nos alejáramos. «¿Es necesario precintar la casa?», me preguntó alguien. Contesté que sí sin dudarlo. Completamente necesario.

Me apoyé en el volante de mi automóvil y dirigí hacia la casa una última mirada. La ambulancia desaparecía tras la esquina más próxima, convertida en féretro provisional de la escritora. No sería el único. Me empeñé en borrar de mi imaginación los inminentes azulejos helados del depósito de cadáveres; no quise pensar en el instrumental forense que indagaría en su carne: ¿para qué imaginar el cuerpo de ella, ensabanado primero y más tarde expuesto inerme a miradas asépticas? Preferí recrearme en la visión de la casa precintada, en la arboleda que detrás del jardín iniciaba un espeso bosque. Se había levantado un repentino viento y el aire se llenó de sonidos huecos, cuyo significado no entendía. Se me ocurrió que la naturaleza de los trabajos, de esas profesiones en las que empleamos la vida, es asombrosa, extraña: en ese momento, la casa precintada, con la luz perfecta de las primeras horas de la tarde iluminando su interior y el único sonido de aquella naturaleza doméstica, llena de claves que descifrar, era propicia a la escritura de uno de esos poemas en cuya búsqueda, supongo, tantas tardes se dan por perdidas.

 
 

 

 
     
     
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