Aviondepapel.com  
   

ISSN: 1698-4463

 
       
  Revista de Curiosidad Literaria

Quizás sea OCTUBRE de 2004

 
       
     | Inicio | Aviadores | Vuelos | En Cabina | Cajas Negras |  
     
 

AÑO V / Número 0047 / Octubre 2004

Imprimir el texto

AVIADORES

"La literatura es mestiza; puede mezclar fantasía y filosofía"

Autor: Ricardo Menéndez

Entrevista de David G. Torres / Aviondepapel.com a Ricardo Menéndez /Los Caballos Azules

 
Ricardo Menéndez Salmón
Entrevista con Ricardo Menéndez:
"La literatura es mestiza"

Biografía y Foto

Los Caballos Azules.
Premio  Internacional Juan Rulfo del Instituto de México en París
y Radio Francia Internacional (2003)

Análisis de Menéndez de la novela Corrección de T. Bernhard
 
 
 
 
 
 
 
 
 
PREGUNTA: ¿Cómo nació la idea de Los Caballos Azules? ¿Cómo lograste encontrar la excusa argumental de un Fabiani que es ahora Fabiani pero antes fue Jofra? ¿Qué simbolizan exactamente los caballos azules?

RESPUESTA: Quería indagar, fundamentalmente, en el problema de la identidad, un tema que es un lugar común en la historia de la literatura y, por extensión, en la historia del hombre como animal dotado de autoconciencia. Quería rastrear, a través de una ideación, de una maquinaria ficticia, el modo en que el concepto de identidad, su ausencia o su sobreabundancia, constata el hecho, para mí inexcusable, de que escribimos para conocer qué somos, cómo somos y por qué elegimos o nos son impuestos unos modos de ser en vez de otros. La excusa para ese procedimiento de análisis la hallé en la figura del doble, que desde la adolescencia, cuando leí William Wilson, el relato de Poe, me subyuga. Respecto a los caballos azules son un elemento puramente irracional, intuitivo, que me siento incapaz de justificar fuera de su presencia en el relato, y que adivino, a través del recurso al sueño en que se le presentan al protagonista, desasosegantes y mágicos a un tiempo, tal y como en verdad los percibo cuando contemplo los caballos azules que Franz Marc pintó a principios del siglo XX.

PREGUNTA: El relato tiene casi un estructura de relato policial en su contenido explícito, pero con un fondo existencial (“a veces olvido quién soy en realidad”) hacia lo implícito, como esa historia que se esconde debajo de otra historia que flota. ¿Te gusta narrar este tipo de cuentos disfrazándolo de falso género para luego contar algo más, algo que persista, que dé al lector un momento de reflexión? ¿Echas en falta esa reflexión implícita en las novelas que ahora se están publicando?

RESPUESTA: Cuanto más crezco como lector, menos creo en los géneros; o dicho de otro modo, cada vez soy más consciente de que “género” es una etiqueta que apunta sólo a una especie de disciplina del gusto. ¿Es Moby Dick una novela de género? Si digo que Las tribulaciones del estudiante Törless es un ejemplo canónico de bildungsroman, ¿no estoy cometiendo una simplificación terrible? Los cuentos de Bradbury, ¿son sólo piezas de ciencia ficción? Tal y como yo la concibo, la literatura, por definición, es mestiza, heteróclita, imposible de aprehender en un vademécum al uso: aquí Chandler con su novela negra; ahí Borges con sus cuentos metafísicos; más allá Cheever con sus relatos estilo revista New Yorker… Si en lo que escribo pueden mezclarse, por ejemplo, fantasía y filosofía, o historia y gastronomía, o reflexiones sobre el dolor y cuitas de sicario, es porque en la existencia cotidiana esas cosas vienen dadas así: juntas, revueltas, mezcladas. Respecto a la ausencia de esa “reflexión implícita” de la que hablas en la literatura actual, creo que seríamos injustos si la aceptáramos como dogma. Pienso que el mal básico que, hoy en día, aqueja a la literatura deriva del excesivo número de libros que se publican y de la mercantilización de la palabra escrita. Hay muchísimos libros banales, y por banal no me refiero a los temas que se abordan, pues se puede cambiar la historia de la literatura hablando de un insecto, sino a que hay mucha gente que no tiene nada que contar, pero así y todo escribe, y, lo que es peor, es publicada y leída. A riesgo de ser grosero, y si se me permite tirar de adagio, diré que entre dos coles de Lorenzo Silva de vez en cuando se cuela, afortunadamente, una lechuga de Luis Magrinya.

P: ¿Qué trata de contar “Los caballos azules”? ¿La búsqueda de lo que somos? ¿La lucha del bien contra el mal? ¿El estigma de los nombres? ¿Que lo que somos no tiene que ver con lo que somos sino con el lugar en que nos ha tocado vivir, lo que los otros ven en nosotros?

R: Las cuatro lecturas se me antojan válidas. En la medida en que el relato es una reflexión sobre la identidad, implica, al mismo tiempo, una indagación sobre el conflicto entre realismo y nominalismo; o entre un yo material, físico, circunscrito al “aquí” y al “ahora”, y ese otro yo, llamémosle social, que nos refleja en las percepciones de los demás; o entre nuestros sueños y nuestras evidencias; o entre ese conflicto perenne, y que adivino irresoluble, entre ser y deber ser.

P: Muchos autores reniegan del narrador en primera persona por las limitaciones narrativas que tiene, pero tú has optado por este tipo de punto de vista, un narrador retrospectivo que expresa sus opiniones y ve lo que pasa, en algunos momentos, casi como un narrador en tercera persona, semiomnisciente, que lanza sentencias cargadas de metáforas y filosofía (“La inteligencia es hija de la costumbre”; “Nada de cuanto hay en el mundo existe por sí solo”)… ¿Te sientes cómodo narrando en esa primera persona o bien optaste por ella por la propia necesidad del relato?

R: Las limitaciones narrativas no dependen tanto de la técnica como del técnico, caen más del lado del ejecutante que del lado del instrumento. Pongamos el caso de dos autores contemporáneos que comparten edad, idioma y éxito de crítica y público: Las correcciones, la maravillosa novela de Franzen, está escrita en tercera persona; Middlesex, la no menos maravillosa novela de Eugenides, está escrita en primera persona. Ambas trabajan con sagas familiares y complejas estructuras espaciotemporales. ¿Podría haberse escrito Las correcciones en primera persona, desde la óptica, por ejemplo, de uno de los miembros de la familia Lambert? Seguramente el talento de Franzen se lo hubiera permitido. Y la historia del hermafrodita de Middlesex, ¿podría haber sido narrada por una voz flaubertiana? Seguramente el talento de Eugenides se lo hubiera permitido. Mis tres novelas publicadas, salvo momentos muy puntuales de la primera, están escritas en tercera persona y, sin embargo, en las tres, en el curso de la narración, se desliza una voz en tercera persona que quiere ser primera persona, formar parte de la acción, decir “yo hice”, “yo fui”, “yo toqué”. En “Los caballos azules” el proceso ha sido, como bien indicas, a la inversa, una voz en primera persona que en ocasiones quiere ser tercera persona, acaso, precisamente, para desvelar ese misterio que vertebra su vida y la recorre como un calambre.

P: El relato tiene una fuerte carga sicoanalítica. Dices que “el secreto de la vida está en los contrarios”, pero es curioso cómo logras aunar protagonista y antagonista en la misma persona; dejas entrever la teoría de los espejos de Lacan (alguien te enseña la imagen de lo que eres), o mencionas que Fabiani no logra recordar la infancia de Jofra y no cuenta cómo ha llegado a ser Fabiani. ¿Utilizas de forma premeditada este tipo de elementos sicoanalíticos en tus relatos? ¿Cómo trabajas la forma de caracterizar los personajes? ¿Van surgiendo sus rasgos según escribes el texto, o los vas preparando en fichas, en anotaciones, etcétera?

R: Mi conocimiento del sicoanálisis es muy deficitario, y siempre se ha producido a través de fuentes secundarias (Jaspers, Foucault, Deleuze, Guattari), nunca a través de los textos clásicos. Pero sí es cierto que, hasta donde yo conozco, uno de los problemas que aborda el sicoanálisis es el de la dialéctica en la construcción del sujeto y de las sociedades. Ése es un tema que me fascina y que ha estado presente en mis textos desde que comencé a publicar, bien sea en su forma histórica (una concepción digamos heracliteana de la historia y del individuo), bien sea en su plasmación estética (mi admiración por el cine soviético de propaganda, por ejemplo). Dicho esto, debo añadir que hay poca premeditación en mi trabajo de escritor. La jungla me atrapa, y luego yo voy desbrozándola. Sé que la imagen es tópica y un punto idealista, como en el caso del esclavo de Miguel Ángel, pero así sucede en mi caso. Por ejemplo, el proceso de redacción de Los Caballos Azules fue larguísimo; durante casi un año Fabiani/Jofra creció/crecieron dentro de mí en los lugares más insospechados, en los momentos más alejados del proceso físico de la escritura, gracias a las interferencias menos confesables. En ese sentido, es cierto que el escritor vive con su obra, la lleva encima como un parásito o una rémora, come, se ducha, ama o llora con ella, aunque también es cierto que la obra, como cierto tipo de cáncer, a veces permanece en estado latente, en apariencia dormida, sedada, casi olvidada.

P: “Ellos no me lo perdonarían”. En el relato omites mucha información. Es como un cuento de Kafka en que se elimina el por qué ha llegado hasta ahí el personaje. ¿Crees que en un relato es más importante el conflicto al que se enfrenta el personaje que el cómo y el por qué se ha llegado a ese conflicto?

R: No me atrevería a hablar de “importancia”, sino sólo de una decisión puntual. En este caso yo, como creador, no me sentía obligado a hablar del pasado o del futuro de mis personajes, pues seguramente eso traicionaría el presente de la historia, sino de ese momento de confusión y, al tiempo, de deslumbramiento en que Fabiani sabe que ha sido otro hombre. Dado el misterio, ¿a qué desvelarlo? Además, ¿quién nos garantiza que está en manos del escritor desvelar el secreto? El hecho de comenzar in media res no presupone que el escritor pueda o deba desvelar el desde dónde o el hacia dónde. De hecho, y esto sí que lo considero un mal aprendido, crecemos, por razones que serían muy complejas de analizar, con la convicción de que todo, en esta vida, tiene un por qué, una razón, un sentido, y extendemos esa convicción a cualquier obra realizada por un ser humano. Supongo que la Poética de Aristóteles ha hecho mucho daño, en este caso, a nuestra tradición cultural, y que seguimos huérfanos de historias con argumento, nudo y desenlace. ¿Por qué al espectador medio no le gusta el cine de Antonioni? Porque no explica nada, o casi nada. Nunca olvidaré la primera vez que vi El año pasado en Marienbad, de Alain Resnais. Mi desconcierto era tan grande como mi ingenuidad. ¡Hasta aquel día yo pensaba que era obligación del artista explicármelo todo!

P: Describes a Fabiani como un hombre sin pasado (se lo han robado o le han obligado a asumir un presente), casi sin conciencia, alguien que en primera instancia encarna al Mal (casi por obligación), frente a lo que intuimos que era Jofra, el Bien añorado. Pero logras esa inversión, con el tono melancólico del relato. El lector empieza a identificarse más con Fabiani que con Jofra... ¿Cómo llegaste a este punto, a este tipo de técnica de empatía?

R: En literatura, la voz lo es todo. ¿Por qué Bardamu, que es un miserable, un tipo que a ti no te gustaría ser, alguien a quien mantendrías alejado de tu hermana o de tu hijo, te atrapa en la primera página del Viaje al fin de la noche y ya no te suelta hasta la última de Guignol’s Band? Porque Céline es un maestro, porque el Mal tiene mucho encanto y el Bien alguna que otra mancha, porque en realidad nos seduce más Mefistófeles que el torpe Fausto… Imagino que todas las respuestas son válidas. Dos de mis personajes literarios favoritos son Fabrizio del Dongo y el conde Mosca, la inocencia sublime y el pragmatismo absoluto; siento un amor hacia ellos tan grande como paradójico, pues sé que el triunfo de uno implica el fracaso del otro, o su corrupción, o su caída en desgracia. Aunque a lo mejor me equivoco y en realidad estamos hablando de mitades complementarias. En cualquier caso, parece que otra vez nos referimos a espejos, que hemos alcanzado de nuevo nuestro reflejo, la mitad perdida en el mito del Banquete de Platón, el Jeckyll y Hide de Stevenson, el Stavroguin de Los demonios que tiene que destruir el mundo porque lo ama desesperadamente… Sospecho que el lector se identifica con Fabiani, siente empatía hacia su persona, porque, además de un asesino, es un hombre que está solo, que duda, que tiene miedo, que busca cariño, cordura, formas del consuelo y la piedad. Y, sobre todo, se identifica con Fabiani porque en el relato es el dueño del discurso, y quien tiene el discurso crea la realidad.

P: A veces se echa de menos en los relatos y en las novelas la importancia del espacio, el lugar físico en que se mueven los personajes y su función simbólica dentro del texto. ¿Por qué Montevideo y Lisboa? ¿Era necesario separar a Fabiani de Jofra por una barrera geográfica? ¿O es que optaste por mostrar la distancia, la huida hacia otro lugar como algo metafórico, algo que nos separa del pasado, de lo que somos?

R: Montevideo y Lisboa son dos homenajes. El primero, obvio, a la patria chica de Onetti, que para mí ha sido el escritor más grande del siglo XX en español; el segundo, más personal, a una ciudad que adoro por sus gentes, su idioma y su Tajo. El salto de continente responde también a un intento por alejar a Fabiani de todos aquellos lazos que le pudieran atar a una vida nueva: María Alicia, la figura de Salomón, la rutina de ese trampantojo que es su joyería.

P: El final del relato es un final abierto, como si el conflicto del personaje aún no se fuera a resolver, como si su duda existencial, su doble identidad se mantuviera hasta la muerte. ¿Prefieres este tipo de cierre argumental o es que lo pedía el relato?

R: Borges decía que, en los textos donde hay un misterio, la resolución del enigma siempre está por debajo del enigma planteado. Me parecen palabras muy sabias, sobre todo viniendo de alguien que, como cierto crítico malvado escribió (lamento no recordar el nombre), “sólo escribió prólogos de cuentos”. Cuando vi, con los ojos de Fabiani, el poso de ceniza que había quedado en la habitación de Lisboa, supe que el cuento estaba acabado. Lo contrario (buscar una coda, rematar con un deus ex machina) hubiera supuesto traicionar el espíritu de la obra.

 
 

 

 

Subir al principio del artículo

 
     
     
  | Inicio | Aviadores | Vuelos | En Cabina | Cajas Negras | Quiénes Somos | Mapa |  
   

AviondePapel.com ©
Revista de Curiosidad Literaria. 
Recursos para escritores. 
Un vuelo en la Red hacia la "liter
actividad".
Madrid 2000-2004. Optimizado para una resolución de 600x800
y para navegador Internet Explorer.