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Tantos
días llevo despertando llamándome Fabiani, que a menudo olvido
quién soy en realidad.
Sin
embargo, por debajo del nuevo nombre, que no sólo vive en labios
de los demás y en la superficie de los espejos, sino en cierto
documento que guardo en un escriño lacado, justo a la altura del
corazón, algo subsiste todavía de la vieja calavera con que un
lejano febrero de 1960 vine al mundo, y en ocasiones, casi por
sorpresa, como si descubriera a un intruso dormitando entre las
sedas de su alcoba, Fabiani se ruboriza al atarse los cordones de
los zapatos con un gesto que no es suyo, sino que pertenece al
otro, a Jofra, el primer y legítimo morador de esta prisión.
Anoche
mismo, mientras me sacaba la camisa por la cabeza, comprendí que
ese acto resultaba inapropiado para el Fabiani que ahora reina en
mi carne, un hombre que desabotona sus camisas sosegadamente, como
si estuviera componiendo música, pero que era plausible en el
Jofra que quedó olvidado a ocho mil kilómetros de distancia, al
otro lado del océano.
Incluso
María Alicia me supo distinto, pues mirando los brazos que
aleteaban por encima de la cabeza, como pájaros atrapados en una
danza confusa, anunció con más sorpresa que reproche en la voz:
—Jamás
te había visto con tanta prisa por tumbarme en la cama.
Así
que cuidado. Nadie debe sospechar que, bajo la piel de Fabiani, aún
respira un poco de Jofra. Ellos no me lo perdonarían.
II
Alguien,
quizás un monje chiflado de la Edad Media, supuso que los nombres
no son más que soplos de aire, flatus
vocis, vanidad nacida de una laringe caprichosa.
Si
hoy aquel hombre fuera Fabiani, sabría que se equivocaba. Porque
el perdido nombre de Jofra estaba repleto de sentidos. Y el
tendero, mi suegra y los apostadores del hipódromo respondían
ante él con actitudes precisas, actitudes que nombres como Ramírez,
Noriega o Salcedo hubieran convertido en inútiles farsas.
Los
nombres, como amos brutales, llevan a la realidad atada de una
correa, trastabillando o al galope, a veces enredándose en los
pies del que camina, a veces sorteando charcos y basuras, a veces
alegre y descuidada como un cachorro que juega con un moscardón.
Cuando
Jofra se convirtió en Fabiani, su nombre quedó borrado de la
memoria del mundo junto a multitud de cosas tangibles, como una
ciudad frente al mar y una casa flotante en el borde de la playa,
por no hablar de amores, credos y pasatiempos. Al morir, Jofra dejó
una viuda inconsolable, quemó una pila de libros firmados por
Marx y Gramsci, destruyó en un santiamén veinticinco años de
fascinación por el ajedrez.
Pues
debe ser dicho ya, sin ambages ni demoras, para que se entienda de
una vez y para siempre, que Fabiani nació frisando los cuarenta y
soltero, fascista por vocación, jugador de naipes franceses.
III
Lo
más duro fue acostumbrarse a vivir sin el consuelo del mar.
Cómo
no añorar el eterno vaivén de las olas contempladas desde la
ventana, el vértigo de la brisa en la cara cuando el viento sopla
hacia el interior, los belfos de la espuma en la noche, como islas
de cornejo lamiendo una tierra opaca y negra.
Pero
la añoranza es mala consejera, y en mi trabajo no valen
nostalgias ni el candor de una patria natal. Así que incluso me
arrancaron eso, los aromas de la sal y de las algas, para parirme
completo, conciso, exacto como la maquinaria de un funesto reloj
de cuco: Andrés Fabiani, metro ochenta de estatura, perito en
joyas, jamás aprendió a nadar.
IV
Hace
tiempo, María Alicia tuvo una hija con un africano que un día
desapareció de su vida. La niña se llama Aurora, y aunque su
nombre es una paradoja resulta hermoso, cada domingo por la mañana,
cuando todavía los ojos no se han acostumbrado a la claridad,
llamar a Aurora y ver entrar en la habitación su cabecita oscura,
como un gran copo de nieve sucia.
Yo
siento que Aurora está más cerca de Jofra que de Fabiani, pues a
Fabiani no le gustan los mestizos y a Jofra el color de la piel le
resultaba indiferente. No obstante, Fabiani tolera a la niña con
paciencia, casi con placer de padre putativo. Así es que, para no
comprometerme, he decidido que a partir de hoy buscaré un motivo
para reñirla todos los días. Y si es posible incluso le propinaré
de vez en cuando una bofetada ruidosa, con mi diestra obscena y
rotunda, armada como un aspa de molino.
V
Lo
primero que me entregaron fue un revólver con cachas de nácar,
instrucciones acerca de un puñado de hombres, un lugar en los
mapas donde pudrirme en silencio y sin prisa.
Después
alquilaron una oficina en cuya trastienda tendí un catre de campaña
e instalé una pequeña cocina, llenaron el frente de vitrinas con
sortijas, pendientes y dijes, me asignaron dos empleados
industriosos como arañas y colgaron en la entrada un rótulo que
reza:
Joyas
Fabiani
Compra
Y Venta De Oro
El
día quince de cada mes envían dos cheques. Uno para mí; el otro
para satisfacer el alquiler del negocio. Desconozco quién y cuándo
paga a los empleados, pero nunca se quejan, y siguen devanando el
hilo de su rutina en completa calma, con una terquedad que no deja
de asombrarme.
Dijeron
que me vigilarían, pero que nunca sabría cómo. Dijeron que
querría escapar, volver a ser Jofra, pero que no hallaría rastro
alguno de mi antigua vida. Tenían razón. Una tarde, por puro
capricho, mientras me buscaba la cara en un pocillo de café
rancio, llamé a mi número del otro continente y pregunté por mí
mismo. Y aunque juraría que la voz que me respondió fue la de
Laura, la viuda de Jofra, lo único que supo o pudo o quiso
decirme, con un acento que de pronto reconocí ajeno e insondable,
fue que nadie llamado así vivía en aquella casa.
No
volví a intentarlo. Una vida acabada es imposible de rehacer. Sería
como pretender desecar el mar a cucharadas.
VI
Por
aquel entonces fue cuando me tropecé con María Alicia.
Una
noche, al cerrar la joyería, la hallé con la nariz pegada al
escaparate, contemplando con arrobo un camafeo con un busto de
princesa en su centro.
Quizás
ella sea un cebo, otro lazo más para que Fabiani siga siendo
Fabiani hasta que un día, cuando muera definitivamente y sólo
sea un puñado de polvo y furia aplacada, ellos decidan con qué
nombre habré de reposar bajo una recoleta lápida de pórfido
blanco.
Poco
importa si así fuera. Cuando Jofra tuvo su primera muerte, también
murió su capacidad para amar. Lo que hoy queda de aquel
sentimiento apenas si es un vago rescoldo, una sombra sin cuerpo,
un paréntesis entre palabras hermosas. De modo que todo lo que
espero de María Alicia es calor durante el invierno, consuelo en
la enfermedad y, por qué no decirlo, algún sucedáneo de la
ternura si es que llegamos a compartir la vejez o el hambre.
VII
Es
probable que para hacer comprensible esta historia, para poder
moverse en el tiempo de la narración con un mínimo de
certidumbres, para disponer de un norte y un sur, un arriba y un
abajo, un ahora y un entonces, yo debiera contar cómo y por qué
Jofra se convirtió en Fabiani, qué motivos pudo tener un hombre
como aquel para transformarse en su antítesis, su antípoda, la máscara
innoble de todo lo que un día fue, pero una de las consecuencias
(y la más cruel esclavitud) del cambio de nombre consiste
precisamente en la necesidad de olvidar.
Fabiani
no recuerda los motivos por los que antes fue Jofra y pensaba y
actuaba como tal. Es como si hubiera ingerido un mágico bebedizo
que borrase casi por completo la memoria de lo que antaño hizo.
Así que en estas páginas me limito a tomar nota de ese mudo
asombro y contar con sencillez, al estilo Fabiani, sin inútiles
digresiones, qué hago, dónde vivo, con qué sueño por las
noches al acostarme, qué siento al saber que he sido, al menos,
dos hombres distintos.
VIII
Mi
contacto es un hombre llamado Solomón. Se trata de un hombre
culto, amable, jovial cuando la situación lo requiere. Suele
vestir ropas claras y le encantan los sombreros panamá. No lleva
anillos ni se perfuma los cabellos. Tiene una boca carnosa y
blanda, parece que siempre estuviera haciendo buches de agua.
A
menudo Solomón acude a la tienda, y tras curiosear entre la
mercancía y conversar con los empleados pasa directamente al
almacén, donde se tumba en mi cama mientras preparo café y
escucho sus órdenes.
Otras
veces voy a ver a Solomón a una dirección de las afueras. Como
Fabiani no sabe conducir (Jofra incluso pasó contrabando en
camiones durante su juventud), acudo a esas citas en taxi, apeándome
a tres o cuatro cuadras de mi destino, y paseo luego por calles
sin asfaltar, llenas de trastos de chamarilero y canalones
reventados, antes de enfrentarme al galpón húmedo y hueco,
abandonada fábrica de tractores donde Solomón, sentado tras una
mesa de roble, reina entre montañas de cartapacios y unos pocos
ábacos de madera.
Los
ábacos sirven para llevar la contabilidad de la empresa. Solomón
me explicó un día su método: las bolas amarillas, que son mayoría,
representan a los hombres que hay que matar; las bolas verdes,
cuyo número no excede de treinta, a los hombres encargados de
hacerlo; las bolas azules son los trabajos llevados a cabo con éxito.
Inocentemente, en una actitud más propia de Jofra que de Fabiani,
le pregunté qué sucede con los encargos fallidos.
—Esa
posibilidad ya fue contemplada —contestó con frialdad—. Si
una bola verde hace mal su trabajo, se convierte de inmediato en
una bola amarilla. Así que basta reclutar otra bola verde para
que la plantilla se equilibre de nuevo.
Muy
raras veces, Solomón viene a casa de María Alicia para compartir
con nosotros una merienda frente al televisor. Siempre se muestra
distante con Aurora, y aunque le trae barquillos, colgantes de
azabache y muñecas vestidas de franela roja, en sus ojos late una
mirada de rencor hacia la niña.
Siento
entonces cómo Jofra revive por un segundo y desearía romperle la
espalda al intruso, pero al instante Fabiani impone su propósito
de recordarle a la pequeña Aurora qué significado tiene la
palabra disciplina, y qué dura e ingrata tarea es la de llevar
puestos los pantalones en un hogar.
IX
La
inteligencia es hija de la costumbre.
Solomón
me habla de bolas verdes que al principio carecían de cualquier
talento para su trabajo y que ahora, con el discurrir de los años,
se han convertido en irremplazables.
Acostumbro
entonces a preguntarme si dentro de mí existe algún instinto
para matar. La respuesta es casi siempre negativa. Lo curioso del
caso es que las raras ocasiones en que encuentro en mi cuerpo un
soplo de violencia y carácter para la muerte, es en los momentos
en que Jofra parece asomar un poco la cabeza, como un pato de
feria en las barracas de tiro, antes de volver a esconderse tras
el estruendo del disparo.
Nunca
se lo he confesado a Solomón, pero tengo la sospecha de que es
Jofra y no Fabiani quien cumple las órdenes que me encomienda.
Ayer,
por ejemplo, tuve que llevar a un hombre hasta el macelo para una
ejecución. El hombre era un tramposo y le había citado allí con
las artes de Fabiani, persuadiéndolo con engaños y vanas
esperanzas, hablando con él en su misma lengua. Yo era
consciente, mientras charlaba por teléfono y tramaba así su
futura muerte, de que era Fabiani quien estaba cumpliendo a la
perfección su trabajo. Pero una vez en el macelo, cuando el
hombre comprendió y supo, cuando empezó a gimotear implorando
piedad, cuando la cobardía le subió a los ojos como una fiebre
terrible y fue incapaz de morir sin suplicar, noté que Fabiani
vacilaba y exudaba un humor triste, que mi mano temblaba como
cuando el alcohol le falta a un borracho. Entonces, por un
instante, sentí que el pato asomaba su cabeza, que su pico y su
plumaje resplandecían en el teatro del macelo, y todo volvió a
ser tan fácil como respirar. Cada cabeceo del pato significó un
disparo. Cuatro cabeceos, cuatro disparos.
Y
luego vino la calma de llamarse Fabiani otra vez, las manos en los
bolsillos, el macelo con su cadáver a mis espaldas, el regreso a
la ciudad sin prisa ni miedo, entonando una cancioncilla militar,
una marcha de sangre y conquista que a Jofra jamás se le hubiera
ocurrido tararear, ni siquiera mientras defecaba en el excusado de
un bar de carretera.
X
Fabiani
tuvo una infancia que no consigo recordar. En algún lugar, hacia
el sur de este país, viven sus padres en una explotación
ganadera. Tiene dos hermanas a las que nunca he visto, pero que
periódicamente envían postales en las que hablan de los
progresos en la escuela de mis sobrinos.
Al
poco de ser Fabiani, una madrugada en que el sueño no llegaba,
encontré en un apolillado traje de fiesta una fotografía
amarillenta, con marcas de ceniza, que los jefes de Solomón
pasaron por alto. Era una vista de las montañas de Asturias, allá
en España, en la que una pareja joven, abrazada ante un farallón
calizo, sonreía al mágico dispositivo de la lente.
Atrapados
en un clic eterno, ahí quedaron ambos para siempre, imborrables,
intolerables, insólitos: la muchacha un poco regordeta, vistiendo
un traje ajustado y con un jersey sobre los hombros; el muchacho
delgado y coqueto, con patillas en forma de hacha y el puño
derecho cerrado a la altura de la sien.
Aquel
muchacho, anclado en las tinieblas del pasado, se parecía increíblemente
a Fabiani. Bastaría con robarle veinte años al tiempo y, acaso,
susurrarle al oído el nombre de Jofra, para que de su clepsidra
inagotable manara un venero de esperanza.
XI
Nada
de cuanto hay en el mundo existe por sí solo. El secreto de la
vida radica en la necesidad de los contrarios. La dialéctica es
la gran madre nutricia. Definir el calor como ausencia de frío o
la enfermedad como falta de salud; sumar al sueño la vigilia para
completar el tiempo de un hombre; narrar a las gentes que pasaron
para comprender a las gentes que nos rodean.
Y
es que esta mañana, cuando Solomón telefoneó para encargarme un
trabajo en Lisboa, comprendí lo caprichoso de mi destino, asumí
la mitad especular de mi existencia, me admiré del mágico gozne
sobre el que hoy se articula mi ser. Porque Jofra, por razones que
hoy habrá olvidado (los encantos de su gastronomía, la vida de
un gran poeta, la peculiaridad de ese país que vive arrinconado
contra el mar), siempre quiso conocer Portugal, pero sólo ahora,
cuando soy Fabiani y no me gustan los portugueses, ni su acento
nasal, ni su triste historia de corsarios venidos a menos, podrá
aquella alma marchita saldar una cuenta largo tiempo pendiente.
Éste
es mi exilio y mi reino, acaso mi cruz: yo soy la carne de dos, el
anhelo de dos, el ojalá y el asco de dos; yo viviré el doble
aunque sólo pueda gozar la mitad, pues aunque me han dado dos
corazones para la aflicción y dos cerebros para el ensueño,
tengo el sentimiento amputado
XII
Volando
en primera clase, los párpados pesados como aceite, miro los
tobillos de las azafatas y busco requebrarlas con la mirada. Y
aunque fracaso, aunque ni siquiera recibo como consolación la
estudiada sonrisa de las academias de vuelo, experimento un
intenso placer al pensar en este raro prodigio, aquí, a nueve mil
pies de altura, mientras Montevideo se va pareciendo a un saurio
que se retuerce en su osamenta de hierro, mientras los trigales de
Sudamérica perfilan de amarillo el mediodía estival, mientras el
ardor de una copa de tinto me deja un sabor áspero y acre en la
garganta, como si hubiera lamido un guijarro.
Aquietado
tras su mesa de roble, la voz engolada y dulce, Solomón gusta de
repetir un viejo dicho de la Cábala:
“Conviene no jugar al espectro, pues se corre el riesgo de
llegar a serlo.”
Yo
contemplo a mis compañeros de viaje y me asombro de su ceguera.
Porque fui otro hombre, tengo hoy el raro privilegio de saberlos
espectrales, cáscaras vacías, vanos fantasmas encarnados en
humo, miseria, aplazada extinción. Eso son para mí, cárceles
sobre zapatos, esclavos en una lóbrega caverna, como esos niños
que vuelan por vez primera y disputan por mirar a través de la
ventanilla; como esa pareja que se toma de las manos y se jura
fidelidad eterna; como ese matrimonio que lee revistas atrasadas y
elude mirarse a los ojos. Todas vidas únicas e irrepetibles pero
condenadas al tedio, sacos de migraña y dispepsia, comedores de
frutas de temporada y pescados en salazón.
¡Ah,
los mortales!
XIII
Lisboa
se parece a la ciudad que yo imaginaba. Un raro temblor recorre
sus calles: la esperanza, a menudo satisfecha, del reencuentro con
el mar.
Me
hospedo en una recoleta pensión desde la que diviso, imponente y
seductor, el castillo de San Jorge, con los adarves de sus
murallas repletas de hormigas pululantes: españoles, italianos,
franceses que vienen a orillas del Tajo a cumplir un rito de paso.
Cuando
la he llamado para preguntar por Aurora y pedirle que cuide del
negocio, María Alicia ha llorado sin reproches ni acritud, con la
indolencia de quien sabe que el olvido es una estrategia del
vivir. Y aunque Solomón me cubre las espaldas con la confusa
coartada de una reunión de joyeros en la otra orilla del Atlántico,
adivino su sospecha de que algo raro sucede en mi vida.
Después
de todo puede que María Alicia sea una mujer real, de carne y
hueso, que el azar ha puesto en mi camino para beneficio de mi
cuerpo y consuelo de mi corazón, aunque al irme a la cama esta
noche, mientras las gabarras pitan en el río y una cantante
devana el hilo insomne del fado bajo mi ventana, me asalta la
imagen de Solomón tumbado en el camastro de la tienda,
acariciando con repugnancia el pelo de Aurora mientras con su mano
libre, hurtada a los ojos de la niña, pasea sus dedos bajo las
bragas de María Alicia.
XIV
Tengo
la certeza de que este sueño no me pertenece, de que es propiedad
de Jofra. Tengo la certeza de que la imagen de los cuatro caballos
azules es patrimonio suyo, una porción de su memoria cautiva.
El
sueño es siempre idéntico y comencé a tenerlo el pasado
invierno, cuando las lluvias anegaron Montevideo durante semanas.
Sueño
con dos machos enormes, de brillante pelaje, que rumian una hierba
asperjada de rocío. A su lado, una pareja de pequeños potros
contempla a los grandes caballos con una expresión que, si no
fuera por la paradoja que encierra dicho calificativo, me atrevería
a llamar humana. En un determinado momento ambos machos levantan
la cabeza, y con sus belfos todavía húmedos de hierba me miran
de frente a los ojos, mientras los contemplo desde la butaca del
sueño. Entonces se dan la vuelta y comienzan a trotar seguidos
por sus crías, alejándose de mí.
Sé
que al final de ese trote espera un precipicio, un abismo al que
se van a arrojar relinchando angustiados. Es entonces cuando
despierto. Y aunque los caballos se han ido su relincho y su agrio
olor a bestias siguen ahí, emboscados en las paredes del cuarto
como una advertencia ominosa.
XV
Esta
tarde, en el restaurante Martins de Arcada, bajo las marquesinas
devoradas por la humedad, he vuelto a fumar. De pronto, mientras
el camarero me servía un chablis, me he descubierto pidiéndole
un cigarrillo que él mismo ha encendido con mano firme.
Luego
he arrastrado mi angustia en dirección al Cais do Sodré, con el
estómago revuelto y la cabeza confusa, como si el humo inhalado
hubiera ascendido hasta mis ojos.
He
contemplado a las putas en sus sillas de tijera con el ánimo
encogido, asustado ante mi propia fatalidad. Las he visto devorar
empanadas de carne con un placer de cosa antigua, como si fueran
animales en una covacha infecta, mientras bajo sus faldas de polisón
se oculta una emoción indomeñable.
¿Qué
verdugo alienta en mi ser que me arroja a costas y costumbres que
un día conocí y amé bajo otro nombre? Hay algo espantoso en el
hecho de un hombre que fuma sin noticia alguna de su deseo, poseído
por una voluntad ajena. Y por eso, porque no tengo memoria de Andrés
Fabiani fumando un sahumerio oloroso, venido de países lejanos,
he llorado con más pavor que desconsuelo al penetrar en una
tabaquería de la plaza Folgueira para pedir, con acento de connoisseur y voz grave, un paquete de tabaco de Sumatra.
XVI
Decir
que hoy he visto al hombre sería una exageración. Es cierto que
he seguido su rastro (un abrigo de espigas inadecuado para el
tiempo actual, el resonar de unas botas negras, una gorra de lana
inglesa sin visera) durante casi una hora, pero en ningún momento
he llegado a verle la cara.
Anoche
Solomón telefoneó para darme su dirección y prevenirme. Pero ha
conseguido escabullirse, moviéndose con agilidad felina por las
calles empinadas del Chiado, hurtándose a mi mirada cada vez que
un tranvía se lo permitía, esquivándome con pericia de acróbata
todas las veces que he confiado en la ayuda de un escaparate para
descubrir un visaje de su rostro. En el último instante, entre el
gentío del transbordador y el color azufroso que desprende el río,
he alcanzado a ver su silueta imprecisa bajo el crepúsculo, como
una sanguina difusa: una figura acodada en el barco al Cristo de
Almada que, quitándose la gorra, me ha saludado desde la lejanía,
como burlándose de mi incapacidad.
Y
por un momento he sentido que era mi propio mano la que se agitaba
allá a lo lejos, como si estuviera viendo una película hecha por
un orfebre demoníaco, nacido para avergonzarme.
XVII
En
el transbordador a Almada se confunden los turistas de paso con
los lisboetas que viven en la otra margen del río. El portugués
tiene un carácter acariciador y domesticado pero lleno de
orgullo, pareciera nacido no tanto para la servidumbre como para
la devoción y el afecto. Uno siente confianza ante su voz pausada
y melosa; apetece confiarse a esos hombres morenos y pulcros,
negligentes como caballeros andantes; apetece confesarles filias y
fobias, nuestros cotidianos escarnios, las luchas que nos devoran.
Llegado
a Almada, me mezclo en su trajín cotidiano. En una esquina del
bazar un chiquillo negro, de piel lustrosa aunque llena de
cicatrices rosadas, me toma de la manga de la chaqueta con fuerza.
Al principio no comprendo su insistencia, pero al rato advierto
que desea que le siga. A nuestro alrededor se han ido congregando
un puñado de mirones ociosos. El chiquillo me arrastra a través
de las tiendas donde cabe todo el asombro humano: el abigarrado
perfil de los alimentos y los vestidos; la oscura fascinación por
lugares remotos cifrados en mapas, astrolabios o cimitarras; la
insidiosa presencia de objetos robados en comercios y domicilios,
por manos sabias y perdurables.
Sin
soltarme de la manga, el niño me conduce hasta una casona de
finales del xix, un desolado palacete, reconvertido en hospedaje,
de cuyos muros hace muchos años sin enjalbegar penden pajareras
azules y afichés de futbolistas de la selección nacional.
Entramos en un portal umbrío y fresco donde un viejo, que fuma
sentado en una silla sin respaldo, pega un brinco al verme y
suelta una blasfemia irreproducible. Crispo la mano dentro del
bolsillo y aprieto la pistola. Es un acto reflejo, pero me hace
sentir seguro.
Después,
por espacio de diez largos y confusos minutos, el hombre, de quien
sólo alcanzo a comprender que se llama João y es el propietario
del establecimiento, me habla en un tono obsceno, tan alejado de
la habitual amabilidad de sus compatriotas que, por un momento,
imagino estar en otro país. Sólo al final de su discurso, cuando
se escabulle camino de la cocina y vuelve con unos papeles que
mueve ante mi cara, comprendo lo que sucede.
Es
difícil hallar palabras que expresen la suma insólita de
sensaciones que su revelación me produce. Quizás estupor sea el
término que mejor convenga ante semejante descubrimiento. Porque
lo cierto es que lo que don João mueve ante mis ojos corresponde,
respectivamente, a una factura de cuatro días sin satisfacer, que
comprende alojamiento más desayunos, junto a una fotocopia de un
documento de identidad que me deja clavado en un punto sin
retorno, como una ballena varada en una playa de frambuesa. Y es
que entre los gordos dedos del casero, recorridos por el
amarillento beso de la nicotina, advierto el nombre de Juan Carlos
Jofra y la fotografía de mi propia cara.
XVIII
Es
común pensar que un hombre sin identidad no es nada. Pocas veces
sin embargo se ha reflexionado sobre lo que sobrevive de humano en
alguien que posee más de una identidad, o una identidad
impostada. En este caso, no creo que el defecto sea menos terrible
que el exceso.
De
regreso a Lisboa, el Tajo me parece un espejo deformante, uno de
esos artilugios nacidos para el espanto humano. Mucho se ha
escrito sobre la monstruosidad de los espejos de azogue, pero
todos ellos se quedan cortos ante un espejo carnal, óseo,
incorruptible a los azares de una pedrada lanzada por un niño.
Quien me mira desde las aguas que corren hacia el Atlántico, a
despecho de su turbio fondo legamoso y opaco, es Juan Carlos Jofra,
llegado desde el otro lado del tiempo para apoderarse de mis
reservas de cordura. Qué poco pueden todas las pistolas del mundo
ante semejante heraldo, es algo que no me es dado expresar.
XIX
Esta
tarde he comprendido que, en un mundo de pesadilla, la gracia no
se concede. Se conquista.
Por
eso corro hacia el transbordador de Almada, para reapropiarme de
la estancia donde alguien llamado Juan Carlos Jofra pasó cuatro días.
Al verme de regreso don João me recibe enfurruñado, pero veinte
mil escudos de anticipo y una caja de vino de Madeira comprada en
un colmado transforman su cólera en una genuflexión. Su boca
airada y mendicante se extiende ahora, plácida y carnosa, en una
sonrisa de beneplácito, la máscara de los siervos.
Entro
en la habitación que fue del supuesto Jofra con una mezcla de
escrúpulo y devoción: escrúpulo porque el sicario que llevo
dentro me ha impuesto esta disciplina del músculo y la
inteligencia hace tiempo; devoción porque siento que es en un
lugar conocido, una suerte de patria natal, donde ahora ingreso.
Lo
primero que hago es tumbarme en la cama y dormir cuatro horas con
las ventanas abiertas, llenándome del olor a Jofra que todavía
rezuman las paredes de la habitación. Lástima que las sábanas
estén frescas y planchadas. Me hubiera gustado hallar, siquiera
fuera remotamente, un rastro de su piel en los algodones.
Al
despertar he rebuscado en cada centímetro de la estancia, he
mirado debajo de la cama, en el fondo de los armarios, he revisado
cada rincón donde alguien hubiera podido guardar un secreto. Un
minúsculo poso de ceniza ha quedado olvidado en una esquina,
junto a la ventana. Imagino a un hombre sin rostro, o con mi
propio rostro, o con todos los rostros acaso, vuelto del pasado,
venido de la nada, acodado en la ventana de Almada mientras piensa
en otro hombre, su sombra o su perseguidor o aquel a quien
persigue. Puedo sentir cómo fuma, ahí, en pie, conciso,
completo, hurtado a la prisa, cautivo en la casa de don João como
un actor que espera su turno entre bambalinas para recitar su
parlamento, dejándose invadir por el sabor del tabaco, jugando a
ser alguien, un resucitado quizás, un ladrón del tiempo
seguramente, un sosias o doble o absurdo doppelgänger
llegado del más lejano país, el de los muertos, para musitar en
mi oído antiguas palabras.
Me
pregunto que tendrá Solomón que decir de todo esto, qué
respuesta exacta hallará en su macabro ábaco. Pero no le llamaré.
No quiero otra mentira ni más añagazas en esta historia. Ya no
me importan sus razones de contable. Sobre todo ahora que fumando
en la ventana mi odiado tabaco de Sumatra, ése que me pone una
arcada en la boca y una sensación de ahogo en el pecho, cuando ya
no sé si soy Fabiani o Jofra o la suma insólita de ambos, he
comprendido que hace un rato, mientras dormía en esa cama extraña,
he vuelto a soñar con los cuatro caballos azules despeñándose
hacia la muerte, y he visto en esa imagen, sucinta y
sobrecogedora, la exacta urdimbre de mi destino.
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