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Si
existe un escritor que ha hecho suya la célebre frase de Camus al
comienzo de El mito de Sísifo (“No hay más que un problema filosófico
verdaderamente serio: el suicidio”), sin duda ese escritor es
Bernhard. Y si existe una obra donde Bernhard aborda ese problema
con una profundidad, una originalidad y un genio literario difícilmente
repetibles, sin duda esa obra es Corrección.
En efecto, toda la novela podría leerse en clave de gigantesca
investigación sobre el problema capital del sinsentido de la vida
y las radicales paradojas que dicho sinsentido encierra.
Publicada
en 1975, Corrección
permitió a Bernhard librarse, de una vez por todas, del sambenito
de epígono de Kafka y Beckett para reclamar, con total y absoluto
derecho, un lugar propio en la historia de la literatura europea
de la segunda mitad del siglo. Bernhard es un astro con nombre
propio en el firmamento literario: un sol oscuro, cierto, pero
asombroso en su poder.
Todo
en Corrección aplasta al lector. Desde su sinopsis (un narrador anónimo
visita la buhardilla donde su amigo Roithamer, un suicida, pasó
los últimos años de vida entregado a la tarea de planear, en el
centro de un bosque, una construcción llamada el Cono) hasta la
disposición de la prosa (dos apretados párrafos, de 200 páginas
cada uno, encerrados en sendas partes tituladas “En la
buhardilla de los Höller” y “Examinar y ordenar”) o los
recursos lingüísticos (agotadora exhaustividad, subordinación
constante, utilización paranoica de ciertas expresiones),
pasando, cómo no, por la tesis central que vertebra el texto y
podría, grosso modo,
resumirse así (la frase es mía, no de Bernhard): Si ningún hombre puede evitar su nacimiento, si todo hombre ha sido
engendrado y condenado a la soledad por dos soledades previas a
las que llamamos padres, ¿cómo es posible vivir sin la tentación
constante de arrancarse esa soledad impuesta?
La solución a la aparente aporía
se esconde, según Bernhard, en ese perpetuo proceso de corrección
al que se encadena todo artista que merezca ese nombre, todo científico
consciente de habitar una materia ciega y sin finalidad, todo hijo
de la historia y de sus circunstancias. Llevada al límite, y una
vez frustrada toda tentativa humana de perfección (como en el
caso del Cono que Roithamer levanta en plena naturaleza para
constatar que su finalización implica una nueva forma del
fracaso), esa corrección definitiva siempre aplazada, ese acto
que encauzará definitivamente nuestra biografía intelectual y
emocional, no puede ser otro, obviamente, que la única corrección
sin marcha atrás: el suicidio*.
*Nota: En
ningún texto como en Corrección
hallará el lector/escritor un empleo tan perfecto del célebre
narrador-testigo que tanta fama procuró a Bernhard y que hemos
visto reaparecer, de algún modo, en la obra del recientemente
fallecido W. G. Sebald, el autor de Los anillos de Saturno. La capacidad de Bernhard en Corrección
para contarnos la historia a través de los ojos de un personaje
que llamaré de segundo grado (ajeno a toda acción pura, de ficción, en el corpus
de la novela, y absolutamente limpio en su caracterización física)
no dejará indiferente a ningún aficionado a la escritura, mostrándole,
siquiera sea muy tangencialmente, el arte de un maestro del oficio
encerrado en su taller con uno de los grandes caballos de batalla
de la literatura: la dictadura del punto de vista. |