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Blog El Hueco del Viernes

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Créditos

Aviondepapel.com
ISSN 1698 - 4463
Año IX - Nº 88 Junio 2008
Proyecto de David González T.

 

AVIADORES [ Entrevistas con escritores]

"No hay vida ni literatura si no es bajo el paraguas
de alguna variedad de humor"

 

 

Por David González Torres

 

PREGUNTA: Comencemos con la unidad de tu libro. Oficios, Premio Tiflos de Cuento 2007. ¿Cómo nace una colección así, Juan Carlos? ¿Cuál fue su génesis? ¿Apuestas siempre por un núcleo temático para reunir tus cuentos? ¿O crees que no, que cada libro pide, a veces, coordenadas comunes; y, otras, derivas temáticas?

RESPUESTA: Los catorce relatos que componen Oficios fueron surgiendo a lo largo de los últimos cinco o seis años casi como iluminaciones. Fueron llenando un cajón muy poco a poco, mientras yo me iba ocupando de otros proyectos, hasta que un día me decidí a sacarlos a la luz. El siguiente paso fue buscar un elemento común a todos ellos, un hilo conductor que los atravesara más allá de mi autoría.

Desconozco los métodos de otros escritores, pero yo soy incapaz de escribir a partir de premisas temáticas; es más, ni siquiera sé adónde va a llevarme un cuento en particular. No está entre mis habilidades levantarme una mañana y decirme: voy a escribir un libro de cuentos sobre los oficios, o sobre el amor no correspondido, o sobre la alegría de vivir. Yo carezco de esa determinación y suficiencia; y, además, creo que el haberme ceñido a una premisa concreta, a un tema preclaro, hubiera hecho inviable el libro y a mí me hubiera matado de aburrimiento. Fue tras leer de un tirón los cuentos que había ido acumulando cuando me vino a la cabeza la idea de que los personajes de todos, o casi todos, los relatos tenían un rasgo común: tenían oficios, profesiones, y sus personalidades, sus psicologías, sus maneras de dirigirse o no dirigirse por la vida tenían que ver con sus oficios, con sus profesiones. Es decir, al final, los cuentos buscaban una y otra vez la respuesta a una dicotomía o daban vueltas alrededor de ese eje, como los chimpancés trenzan las ramas: ¿Somos lo que hacemos? ¿Hacemos lo que somos? Creo que son esas dos preguntas las que impregnan de cierto existencialismo este libro, un existencialismo socarrón, salpicado de ironía, como quiera llamarse, pero existencialismo al fin y al cabo, porque yo estoy convencido de que no hay ni puede haber vida ni literatura si no es bajo el paraguas de alguna variedad de humor.

PREGUNTA: En el relato que nos has cedido, Braceros, oficiales de primera y amas de casa, trazas rasgos definitorios de los relatos de Oficios. Lo primero que intuyo es el estilo. Un lenguaje poético simbólico que narra, como bien dices, desde el humor, pero también desde lo absurdo para explicar lo real. ¿El teatro del absurdo ha sido para ti un compañero de viaje influyente para escribir Oficios?

RESPUESTA: Sí, estoy de acuerdo con esa lectura. El peso de lo absurdo, y también la búsqueda de la poesía y el humor cada vez están más presentes en mi escritura. Siempre he tenido predilección por lo absurdo. Incluso en mis relatos más realistas, que los hay, aparece siempre algún rasgo o alguna situación que apunta hacia esa dirección o bien se encuentra en la frontera o penetra en lo surreal. Samuel Beckett e Eugène Ionesco fueron para mí un deslumbramiento que aún persiste en mis retinas, como lo fueron Luis Buñuel, Miguel Mihura, escritores contemporáneos que exploran la veta del surrealismo como Ángel Zapata (autor de una de las sentencias más verdaderas y elocuentes que he escuchado en mi vida: “Lo que no es poesía es filfa”);Eloy Tizón e Hipólito G. Navarro; y humoristas como Gila, Tip y Coll y Faemino y Cansado, por citar algunos nombres propios. A lo largo de los años, al final me he ido inclinando, o más bien he ido claudicando, ante la fuerza de lo absurdo para explicar lo real. Y mucho me temo que esto va a más, porque esa querencia no sólo determina mis preferencias literarias, sino también las cinematográficas, mis humoristas favoritos, incluso mi actitud ante la vida.

P: Te hablaré también de tus personajes. Tengo, como lector, la sensación de que tus protagonistas están siempre encerrados en lugares opresivos, escondites, cárceles, ensimismamientos, lugares éstos que la voz ingenua del narrador casi nos difumina, pero que están ahí. En fin, aislamientos físicos que también son psicológicos. En Braceros..., por ejemplo, que comienza así: “En la cocina, oculto bajo la mesa camilla, tuvimos oculto un bracero”...

R: Eso es cierto. Mis personajes permanecen deliberadamente ocultos, encerrados o aislados a menudo; pero no se esconden, resisten. Esos escondites físicos y psicológicos son una trinchera contra la alienación. Mis personajes, en cierta forma, tratan de preservar su identidad, de no perder sus raíces humanas, las que les llevan a plantearse preguntas. Me interesa sobre todo explorar las posibilidades de lo humano. Y yo creo que la verdadera esencia de los seres humanos reside en lo íntimo, en lo subterráneo, por eso mis personajes y yo nos encontramos cómodos ahí. Cuando subimos a la superficie, nos pasa lo que a los peces, que nos falta el aire. La esfera pública y los roles sociales apenas me interesan, porque ahí no hay personas, sino reflejos que cumplen con el papel que les ha sido asignado o que ellos mismos, en función de un orden predeterminado y ajeno, se han ido asignando.

P: La voz del narrador de tus relatos, en ciertos momentos, me recuerda a la ironía triste, sita en una famosa frase de Ramón Gómez de la Serna: “Si vais a la felicidad, llevad sombrilla”. ¿Es Braceros... , y por extensión Oficios, un álbum poético de calcomanías donde la nostalgia es el único lugar para rememorar la felicidad; y el humor el único lugar para olvidarla?

R: Yo creo que la felicidad no existe en el tiempo presente. La veo más como una pérdida idealizada por la nostalgia o como una proyección. Cuando uno es “feliz”, si es que puede alcanzarse ese estado espiritual, no se plantea si es “feliz”, porque no lo sabe, no puede saberlo; lo hace cuando deja de serlo: es entonces cuando mira hacia atrás o, por el contrario, entorna la vista hacia el horizonte de los días. A menudo , somos el resultado de lo que fuimos o de lo que seremos, pero de lo que somos apenas tenemos conocimiento, quizá porque nos falta perspectiva: el presente es un gran agujero. Por otra parte, al final, en última instancia, la búsqueda de la felicidad está siempre ensombrecida por la muerte y, quizá, por esa razón, necesitemos el sentido del humor como un salvavidas al que agarrarnos ante la certidumbre de la muerte. Creo -estoy convencido de ello- que si los hombres fuéramos inmortales no tendríamos sentido del humor. De hecho, la gente que no tiene sentido del humor ya está muerta, pero no lo sabe.

P: El tono de Oficios (se demuestra también en Braceros...) es un tono nostálgico, casi proustiano. Maneja el tiempo y la digresión como mecanismo de avance de la historia, pero ese tiempo perdido que solo se instala en el recuerdo: en el final de Braceros (“Hablo, por supuesto de ese tiempo remoto de las trashumancias...” / “Olía a tiempo perdido”). De hecho, muchos relatos juegan con esos vaivenes de la memoria para describir a los protagonistas o para saltar de uno a otro cuando son varios los personajes (ocurre sobre todo en Desinsectadores, madres posesivas y prostitutas y también en Agentes de mudanzas y pintoras parisinas), donde las remembranzas de tus protagonistas nos llevan a las descripciones de otros personajes. Supongo que, por ese motivo, predomina un narrador en primera persona a lo largo y ancho de Oficios...

R: Sí, para según qué cuentos, prefiero los narradores en primera persona, pues me permiten una intensidad emocional y un acercamiento al lector mayores que otros narradores. Otras veces, sin embargo, me interesa la equidistancia, a veces más verdadera y siempre mucho más escéptica, que provee un narrador en tercera. Lo cierto es que no suelo perder mucho tiempo con la elección del narrador; a menudo me dejo llevar por intuiciones y es esa elección del narrador, que suele obedecer a una voz íntima, la que a la postre determina el relato que acabo escribiendo. Procuro, en la medida de lo posible, que las cuestiones técnicas no oscurezcan ni bloqueen el proceso de creación, porque eso, a veces, revierte en una pérdida de la naturalidad y para mí éste, el de la naturalidad, es un aspecto fundamental de la escritura. En los años que llevo escribiendo, si no recuerdo mal, sólo he cambiado el narrador de un relato en tres o cuatro ocasiones. En cambio, soy mucho más quisquilloso con el tiempo. Raro es el relato que no paso del pasado al presente o a veces hasta al futuro. Con los años, cada vez soy más fiel a la idea de que lo que ocurre en el presente tiene más interés que lo que ya ocurrió, por eso la mayoría de mis relatos transcurren en el presente, aunque con sus vaivenes digresivos, que, por otra parte, son los elementos más diegéticos de mis textos, los que rodean “lo perdido”.

P: En este relato que te menciono Agentes de mudanzas... hay una frase que también define casi todo el libro: “Está encerrado en un triángulo de mujeres y tiempo, sin embargo...” Es como si tus personajes deambularan por un presente confuso, en busca de un futuro incierto, marcado por el recuerdo de un pasado paralizante...

R: Sí, eso es exactamente. No podrías haberlo expresado mejor.

P: A la espera de la publicación de Norteamérica Profunda, tu otro libro, en qué línea está ahora escribiendo Juan Carlos Márquez y en qué género: ¿novela o cuento?

R: Norteamérica profunda ya es casi una realidad. De hecho, el próximo 21 de junio -más de dos años después de que obtuviera el premio González Castell que implicaba un premio económico y su edición- verá por fin la luz (toda la luz que puede ver un libro institucional, que no es mucha). Es un libro que escribí en paralelo a Oficios, pero de raíz diferente, con una voz de tusitala, algo más clásica quizá, aunque el peso de lo oculto (la palabra profunda del título es una declaración literal de intenciones), el humor y la muerte tienen también un papel estelar, como suelen tenerlo en todo lo que escribo.

Norteamérica profunda es un libro deudor, es mi homenaje al cine americano y a algunos escritores que pueblan mi altar de lector: Robert Louis Stevenson, Herman Melville, Raymond Carver, Truman Capote, J. D. Salinger, John Cheever y Richard Ford, entre otros. En él figura La sombra de las acacias, el cuento que me valió el premio Unión Latina, Premio Juan Rulfo al escritor novel, el mismo año (2003) que Ricardo Menéndez Salmón obtuvo el premio absoluto con Los caballos azules (la competencia era durísima).

La sombra de las acacias es uno de los relatos de los que más satisfecho me siento, tal vez el que más se acerca a la idea que me había formado antes de escribirlo, pero Norteamérica Profunda, en su recorrido desde la conquista del Oeste (y del Este) hasta nuestros días, incluye también otros cuatro relatos de los que me siento muy orgulloso y que fueron escritos con devoción y en un estado cercano a la hipnosis. A la vez que fui trabajando en Norteamérica profunda y en Oficios (se ve que soy un escritor paralelo y algo bipolar), me dediqué también a escribir una novela de historias cruzadas (u otra colección de cuentos, aún no estoy seguro), inédita aún, que arranca con las peripecias de dos jóvenes actores de teatro a los que una vieja dama de la escena, obesa mórbida, encierra en el sótano de su chalé: otra vez lo oculto. Ahora mismo, me encuentro en una fase de escritura sin horizonte claro, como siempre. Sigo buscándome, como siempre.

 

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