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Aviondepapel.com
ISSN 1698 - 4463
Año IX - Nº 84
Febrero 2008
Proyecto de David González T.
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Por David González Torres
PREGUNTA: "Mi hermana se casó con un americano en el Hudson Valley, Nueva York. (...) Teresa aparecía en la fotografía sin esa cicatriz después del incidente con Mari Mar". Así arranca Mecedoras, el primer relato de tu reciente libro Trescientos días de sol. En él, reluce este primer cuento, que define, en mi opinión, toda la colección: aparecen protagonistas que retratas como personajes desubicados, siempre entre dos opciones de las cuales ninguna parece ser satisfactoria. Ocurre, como digo en Mecedoras y esa tesitura del protagonista entre formar parte de una nueva "unidad familiar" en Estados Unidos o acercarse a la locura de su vecina trastornada Mari Mar. Pero esa "no ubicación" personal también la trazas, por ejemplo, en Tablón de Anuncios, otro de tus cuentos... ¿Es este el rasgo común que planteas como propuesta literaria latente en Trescientos días al sol?
RESPUESTA: El relato Mecedoras se me ocurrió cuando observaba a una chica española en un aeropuerto de Nueva York. Había venido en el avión hablando con una amiga suya y cuando llegó al puesto de aduana me dio la impresión de que se transformaba y adoptaba una personalidad nueva. Parecía de pronto más anglosajona que los anglosajones, cuando el aduanero le hablaba en español ella parecía súbitamente no reconocer las palabras. Al otro lado de la puerta la esperaba lo que parecía su novio americano. Evidentemente, la composición mental que yo me hice de la escena quizá se corresponda poco con la realidad, pero sí que he conocido casos de personas que se transforman en un viaje y sufren un arrebato de identificación con lo foráneo. Yo, en cambio, por mi inexperiencia, hice una broma "a la española" con el agente de aduanas, que no le hizo ninguna gracia. Tanto es así que desde entonces, cada vez que he entrado o salido de los Estados Unidos, me han hecho una revisión especial de mi equipaje. Quiero pensar que no ando en alguna lista como gracioso o provocador. Todo ello me dio que pensar y durante esos días escribí un relato sobre la identidad, que es al que te refieres.
PREGUNTA: A veces, estos personajes desestructurados los marca un estado de ánimo, pero otras veces la grieta viene dada por un entorno hostil, ocurre en Mecedoras, pero también en el relato titulado Pájaros... En definitiva, lo que aparece en tus protagonistas es una sensación de derrota latente o de incumplimiento de expectativas, un ir y venir constante hacia ningún lado. Es como si los personajes no estuvieran perdidos, sino buscando... en un interminable estado de interinidad, que, en ciertos casos, bordea el delito...
RESPUESTA: Es cierto que todos los personajes de Trescientos días de sol parecen fracasados, pero en realidad el fracaso, como se dice a veces, no es más que una percepción subjetiva. También podría haber contado la historia de un escritor o de alguien de éxito que se siente fracasado porque no ha cumplido sus expectativas. Creo que más que del fracaso el libro trata de la dignidad, en la medida en que los personajes, como se dice en una frase de la contraportada, intentan encontrar un lugar en el mundo sin que para ellos signifique una claudicación. Los personajes del libro son como potros salvajes que quieren seguir siendo libres, pero a la vez se dan cuenta de que tienen que formar parte de un marco legal, y de que tienen que trabajar. En cierto modo, el libro quizá tenga más que ver con la jurisprudencia que con la psicología. Nunca he pensado que el trabajo sea un derecho de las personas, más bien creo que es un hecho.
P: Respecto a la técnica que predomina en tus relatos, aparece casi siempre una narración en primera persona. ¿Optas por este narrador para darle más verosimilitud a las historias? ¿O es que consideras que la primera persona es el narrador que define el cuento contemporáneo como tal?
R: La tercera persona me exige una mayor premeditación de lo que voy a contar, y quizá en este libro he querido abandonarme a las voces de esos personajes que van saliendo, y que tratan sobre la dificultad y la grandeza de vivir. Precisamente de lo que trata el libro es de que uno da un paso sin saber qué viene después. De esa incertidumbre. Además, la voz que narra en tercera persona suele ser la de alguien instruido, un escritor, mientras que en este libro quería que hubiese cierta esencialidad, a la que quizá solo se llega con voces de personas un poco simples.
P: El tono frío de tus relatos -muy cercano a eso que los críticos llamaban en Carver "el desierto helado de la realidad"- se expande a lo largo de todo el libro. Es un tono monocorde que imprime cierta angustia en el lector... ¿Por qué has elegido este estilo tan realista y por qué mantienes dicho tono a lo largo de todo el libro?
R: Creo que ser frío premeditadamente es una falta de educación y una pedantería. Si mi libro resulta frío, es un defecto del libro, porque yo prefiero ser cálido y comprensivo. Lo que sucede es que no me gusta explicar mucho las cosas. A mí, como lector, me puede emocionar más un párrafo en que se dice que una chica pone una lavadora, se echa a llorar, se sienta en una silla, y luego acaba de poner el suavizante de la lavadora, que otro donde se me hable de los desgarros internos que sufre esa persona. He procurado en este libro no usar palabras como "desesperación" o "ansia", sino contar eso mismo con palabras como "lavadora" o "bolsa de patatas". Aunque la verdad es que tampoco he pensado mucho sobre todo esto, ni me considero fiel a una estética.
P: También es grato ver que tus protagonistas se llaman Daniel, Carlos, Rubén... y que viven en Zaragoza o en un valle aragonés, trabajan como guardas forestales, maestros o son simples técnicos auxiliares. Relatas sus historias sin necesidad de ubicarlos en una "realidad ficticia" de urbanizaciones cheeverianas o moteles de Sam Shepard o esa "realidad sucia" del "universo Carver"... ¿Son esas tus influencias literarias y las has trasladado a tu entorno más cercano?
R: No estoy del todo de acuerdo con eso, en realidad esos autores que has citado se caracterizan por ubicar sus historias en lugares que son bastante reconocibles en los Estados Unidos, igual que Bellow hace transcurrir historias suyas en Chicago. En España, y no digo esto con un particular ánimo de reivindicación, ha existido literatura que transcurre en Madrid o en Barcelona, mientras que el resto ha sido generalmente lo que tu bien llamas una "realidad ficticia". En buena parte esto ha sido así. En la medida en que hemos disminuido las zonas de "realidad ficticia", hemos ganado en libertad y en normalidad. Cuando escribí De Madrid al cielo nadie me preguntó por qué había ambientado una historia en Madrid, que al fin y al cabo no es mi ciudad. Si ambiento un relato en una carretera de los alrededores de Zaragoza, no lo hago por afán localista, sino porque me resulta natural. Diré también que creo que la llegada de inmigrantes ha contribuido a que seamos capaces de ver las cosas de un modo menos contaminado, más inocente. Y eso ha afectado y seguirá afectando a la literatura.
P: ¿De dónde nacieron las historias de Trescientos días de sol? ¿De tu estancia en China como profesor de español? ¿De tu periplo por Nueva York tras la beca en la fundación Ledig House International Writers Residency?
R: Chéjov decía en una carta a su hermano, que también escribía, que en un relato la mentira es más insoportable que en una conversación, y que por ello no debía escribir sobre paisajes o sentimientos que no conociese de primera mano. Yo he procurado tener esto presente y he ambientado las historias en entornos que en un momento u otro han tenido que ver con mi vida.
P: Trescientos días de sol ha sido una colección de relatos de la que se ha ido hablando durante muchos meses del año pasado por los militantes del cuento como género de expresión literaria... ¿El Premio Ojo Crítico de Narrativa 2007 no ha sido más que la constatación del éxito de un libro, cuya recomendación ha sido por el "boca oreja" de muchos lectores?
R: Un amigo mío suele repetir que en realidad no importa dónde se publican los libros, sino que el libro esté bien y que uno sepa lo que está haciendo. Cada vez estoy más convencido de ello, y este libro, publicado en una editorial pequeña, me lo ha venido a confirmar. No quiero decir con esto que mi libro esté bien -no me corresponde decirlo a mí-, ni mucho menos que sepa lo que hago. Pero, bromas aparte, creo que la idea es válida.
P: No sé si nos puedes avanzar en qué estas trabajando en estos momentos... ¿Relatos o novela?
R: Te diré, como suelen responder los escritores cuando no están escribiendo nada: "Tengo varios libros en marcha..."
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Ismael Grasa es el autor de la colección de relatos Trescientos Días de Sol, que resultó galardonado con el Premio Ojo Crítico 2007
Lee el relato Mecedoras, cedido por el autor a Aviondepapel.com