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Blog El Hueco del Viernes

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Créditos

Aviondepapel.com
ISSN 1698 - 4463
Año IX - Nº 84 Febrero 2008
Proyecto de David González T.

 

 

 

 

 

 

 

 

AVIADORES [ Entrevistas con escritores]

Mecedoras - relato cedido por Ismael Grasa

 

Mi hermana se casó con un americano en el Hudson Valley, Nueva York. Se llama Ben y es de la ciudad de Hudson. Es arquitecto, su familia tiene una casa en medio de una finca de más de cien acres. Mi hermana se llama Teresa y yo me llamo Ángel. Teresa conoció a Ben por Internet. Había enviado a una página internacional de contactos su fotografía y unas líneas en las que hablaba sobre sí misma. Teresa aparecía en la fotografía sin esa cicatriz que le ha quedado sobre la ceja derecha después del incidente con Mari Mar. Sucedió unas semanas antes. Comenzar a salir con Ben e internar a Mari Mar en la unidad de seguridad del hospital psiquiátrico fueron dos cosas que vinieron unidas. En apenas un año mi hermana pasó de la mesa pequeña en que compartíamos el ordenador a dar órdenes a un jardinero en medio de una extensión de arbolado que ni ella misma se atrevía a recorrer sola.

Mi hermana ha tenido facilidad para los idiomas, chateaba en inglés con naturalidad. Acababa de terminar la carrera de Derecho y, según decía ella misma, quería casarse. Normalmente, como sucedió en este caso, mi hermana no tarda mucho en lograr lo que se propone. Mi hermana es rubia, desde que se comprometió con Ben por Internet pasó a ser mentalmente, en cierto modo, una ciudadana estadounidense. Censuraba mi torpeza con el inglés, como si en el fondo hubiese algo reprobable en mí que fuese lo que me hacía desenvolverme mal en ese idioma. Ella sólo compraba ya libros en la colección Penguin o cualquier otra que fuese en inglés, casi parecía que le costase un esfuerzo de adaptación la lectura en castellano. Cenaba temprano, a la manera norteamericana, se mostraba molesta cuando por algún compromiso había de hacerlo a partir de las diez de la noche. En las discusiones de carácter político pasó a defender desacomplejadamente las últimas intervenciones militares de ese país; según las cosas que decía yo me iba imaginando el modo de pensar de Ben, cómo le influía con sus conversaciones por Internet. Un día mi hermana lloró por mí después de que me entrase un ataque fuerte de tos de fumador, me dijo que la vida es un don precioso que se nos da y que cada cigarrillo era como una "blasfemia", esa fue la palabra que utilizó.

Cuando empezó a escribirse con Ben vivíamos juntos en el apartamento que nuestros padres habían comprado para que estudiásemos en Zaragoza. Lo cierto es que sólo mi hermana acabó los estudios. Mari Mar es nuestra vecina de la planta de abajo. Notábamos que era algo rara, pero durante los años en que estudiábamos no llegamos a pensar que estuviese loca. Hasta que un día llamó a nuestra puerta y la vimos gesticular y balbucear de un modo casi ininteligible. Salió corriendo y unos días después volvió a hacer lo mismo. Nos empezamos a preocupar por ella. Mari Mar vivía sola, ni el portero ni nadie nos sabía dar alguna seña de parientes suyos o alguien a quien acudir. Yo pensaba que se trataba de una esquizofrenia, pero mi hermana tendía a intepretar sus episodios de locura simplemente como maneras de llamar la atención. Según mi hermana, el que hubiese llamado a nuestra puerta se debía a la soledad completa de nuestra vecina. El que luego se hiciese la loca, decía, era algo secundario, algo que no se apartaba de los parámetros de un simple comportamiento infantil. Yo pasé a ser más amable con Mari Mar, a preguntarle por su vida cuando coincidíamos en el ascensor. A mi hermana esto no le pareció suficiente y empezó a visitarla a su casa, veían juntas la televisión o tomaban café. Mari Mar es una mujer que viste ropa cara, de una elegancia algo ostentosa que, como esa permanente con la que se peina, la hace parecer mayor de lo que es. Sin embargo, en sus momentos de locura dejaba oír expresiones de pueblo, aragonesismos y refranes que revelaban sin duda el origen rural de su familia. Eran frases que a veces hacían referencia al hambre y que, en general, expresaban una visión previsora y algo descarnada sobre la vida. Mi hermana mantenía una sonrisa cuando la oía hablar así, pensando que se trataba de algo que, como todo en el mundo, podía corregirse dedicándole el afecto necesario.

Una tarde en que mi hermana estaba sola llamó a la puerta de Mari Mar. Se pusieron a ver una serie de televisión. Después de un rato, sin más, la vecina se levantó y empezó a insultarla y a tirarle revistas y todo lo que tenía a mano. Le tiró un reloj de mesa que le abrió una brecha en la frente. La sangre le cegaba a Teresa uno de los ojos, pensó que iba a perder el conocimiento y que moriría en manos de esa psicópata. Teresa consiguió salir de ahí por su propio pie y corrió escaleras abajo. El portero avisó a la policía. Mi hermana, después de que le cosiesen la herida, se negó a volver a casa mientras siguiese la vecina en el piso de abajo. Consiguió que la internaran esa misma noche. Ben estuvo a punto de adelantar su viaje a España cuando se enteró de esto. Luego, refiriéndose al comportamiento de mi hermana con Mari Mar, le escribió un correo para prevenirla en el que decía que por ayudar a los demás uno puede ir hasta las puertas del Infierno, pero no entrar en él. Para entonces a mí Ben, en general, me daba la impresión de ser algo idiota. Ben comenzó también a dirigirme correos electrónicos para asegurarse de que cuidaba suficientemente de mi hermana. Ella había accedido a darle mi dirección. Me llevaba tiempo responderle en inglés sin cometer demasiadas faltas. También me molestaba esa desconfianza suya en mi capacidad de cuidar de mi hermana. Al final dejé de contestarle.

Un par de meses después vino Ben a pasar con mi hermana el Año Nuevo. Mari Mar todavía seguía entonces internada. Cuando Ben entró en nuestro apartamento se mostró sorprendido de que no hubiese ningún objeto de decoración navideña. Teresa se dio cuenta de que esa falta nuestra de interés hacia la Navidad decepcionaba a Ben. Esa misma tarde bajó a una tienda china de la calle y volvió con espumillones, bolas brillantes, figuritas de Belén y una bolsa de serrín. Estuvieron distribuyendo todo aquello por el salón. Yo me metí en mi cuarto, les oía reír a menudo. Luego comenzaron a hablar en voz baja. Me imaginé que preferirían estar solos en la casa y salí a la calle. Estuve escuchando discos en unos grandes almacenes. Después entré en un cibercentro para pasar el tiempo, miré páginas web hasta que me cansé. Dediqué un rato a un videojuego de carreras de coches. También entré en un chat, estuve viendo los mensajes que mandaban otros, pero no me apeteció escribir ninguno.

Volví a casa no muy tarde, dispuesto a ayudar con la cena, aunque cuando llegué ya estaba todo listo. Me senté a hablar con Ben delante del televisor. Se dirigía a mí siempre en inglés. Abrimos unas cervezas, el alcohol hizo que me soltase un poco más con su idioma. En el momento de empezar a cenar, ya con las servilletas sobre las rodillas, Ben preguntó quién de nosotros bendecía la mesa. Lo estaba diciendo en broma, pero de un modo que daba a entender que en su casa aquello era habitual. Mi hermana estaba a punto de juntar las manos en actitud de orar, creo que si no llego a empezar a cenar por mi cuenta hubiésemos acabado en esa mesa rezando. Mi hermana habló de literatura, de los libros que había leído ese año. Ben me preguntó por mi trabajo, también sobre cuestiones políticas. Yo no había llamado a nadie con quien juntarme después de las uvas, me quedaría en casa viendo alguna película. Cuando acabaron de sonar las doce campanadas nos levantamos los tres a brindar. Mi hermana, que estrenaba un traje esa noche, se inclinó para besarme la mejilla. Luego besó en los labios a Ben. No recuerdo que mi hermana me hubiese besado nunca antes, quizá de niños. Todo aquello era nuevo. El vestido de mi hermana le dejaba los hombros al aire, había tratado de camuflar con maquillaje su herida de la frente. Un rato después, un poco violentos por tener que dejarme solo, se fueron los dos a la casa de una de las amigas de mi hermana. Entonces puse la música a mucho volumen, aproveché que esa noche nadie se iba a quejar.

A la semana siguiente fuimos los tres a Barbastro para celebrar con mis padres la fiesta de Reyes. Sucedió algo parecido al día que Ben entró en nuestro apartamento sin decoración navideña: en mi familia no estamos acostumbrados a hacernos regalos, pero mi hermana pensó que ese año debíamos hacerlo para no defraudar a Ben. Tengo que decir que al principio yo me negué a participar en esa comedia. Teresa, sin embargo, me lo pidió tan seriamente, tan apartada de sus antiguas histerias, que acabé cediendo. Compré a Ben una guía de vinos de la zona. Mi padre me encargó que comprase también los regalos que le correspondía hacer a él. Hasta nuestro hermano pequeño, que vive en Barbastro y no es una persona dada a ceremonias, se presentó a la cena con paquetes envueltos. Juntos con los de los demás formaban una pirámide sobre la mesa camilla de mi madre. Después de brindar les quitamos los envoltorios. Nos reímos con unas cosas y otras, volví a besarme con mi hermana y pensé que, al fin y al cabo, la presencia de su novio no le sentaba mal a nuestra casa. Era algo soso y de ideas quizá un tanto antiguas, pero, vistas las cosas, tampoco estaba claro que nosotros fuésemos mejores.

Estaba previsto que por la mañana hiciésemos una excursión para que Ben visitase Alquézar y algo de la sierra antes de regresar a los Estados Unidos. Pero esa noche de los regalos, quizá porque después de haber cedido en eso con mi hermana me sentía en posición de exigir, hice que saliésemos luego juntos por la zona de bares de Barbastro. Íbamos mis hermanos, Ben, y dos amigos míos, Jaime y Salva. Ben se mostró incómodo desde el principio, el humo le molestaba, le parecía asqueroso que la gente tirase al suelo de la barra las servilletas, colillas y palillos. Salva se dirigía a Ben en castellano, mi hermana a veces le traducía las cosas y otras veces no. Ben seguía con su primera cerveza mientras nosotros íbamos pidiendo rondas nuevas. Ben debió de sentir en algún momento que nos burlábamos de él. Cuando mi hermana creyó que ya había cumplido suficientemente con el compromiso de esa noche, cogió del brazo a su novio y se despidieron del resto.

Cuando me desperté por la mañana era tarde y, francamente, no me sentía capaz de levantarme. Teresa no sabe conducir, y Ben no había llevado nunca antes un coche de marchas, de modo que tuvieron que quedarse en Barbastro. Estuvieron dando vueltas por las calles y soportales, de un lado a otro. A la hora de comer Ben tenía una expresión contrariada, mostraba impaciencia por volver a tiempo a Zaragoza para coger su avión de vuelta. No sé qué es lo que vio a lo largo de esa mañana, la impresión que le causaron mis padres o la ciudad, pero el caso es que desde entonces mi hermana y él dieron por hecho que la boda se celebraría en la finca de Hudson. Así mis padres, se justificaban, podrían ver el lugar en el que iba a vivir su hija.

Mi hermana se fue a vivir a los Estados Unidos coincidiendo con la vuelta a casa de la vecina. Ben se lo pidió así, tal vez el regreso de Mari Mar les sirviese de excusa para adelantar un encuentro que ambos deseaban. Los padres de Ben buscaron a mi hermana un piso de alquiler para los meses previos a la boda. La pusieron a trabajar en una de sus tiendas de antigüedades y muebles rústicos. Teresa me estuvo enviando emails en los que no faltaban expresiones mal usadas en castellano, daba a entender que su adaptación a su nueva realidad era tan completa que no podía evitar esos descuidos. Yo le respondía burlándome de ella, pero aquello no parecía hacerle gracia. Sus correos eran tan formales que, como había hecho con Ben, empecé a coger el hábito de no responder.

Mari Mar ya no estaba sola de todo, unas amigas pasaban mucho tiempo en su piso. Yo me cruzaba con ellas en el portal, me alegré por mi vecina. Había una que era la que más venía, tenía un pelo castaño cardado en dos grandes ondas. Un día me fijé en que llevaba en la mano una especie de misal. Pronto supe, porque me lo dijo Mari Mar, que pertenecían a la Iglesia de Pentecostés. Eran evangelistas. Esa noche busqué en Internet información sobre ellos, vi algunas imágenes de gente que se desmayaba al ser tocada por una especie de predicador, también cuando les tiraba a distancia su chaqueta, sólo con que les rozase. La nueva medicación que tomaba Mari Mar hacía que le asomase una espumilla de saliva en la comisura de los labios. Los solía llevar muy pintados, con lo que se formaba un contraste muy asqueroso. Un asistente de la Seguridad Social le había dado al portero un número de teléfono por si sucedía algo con Mari Mar. El portero me dio ese teléfono y me dirigió una sonrisa para referirse a la nueva costumbre de Mari Mar de incluir "aleluyas" en sus frases.

Mari Mar fue a peor, al parecer no tomaba la medicación. Una de sus nuevas amigas llevaba a veces una guitarra y yo las oía cantar por el patio interior. Otras veces lo que se escuchaban eran gritos y forcejeos. En una de esas ocasiones bajé y llamé al timbre, me abrió la mujer del pelo cardado. Mari Mar estaba boca abajo en el tresillo, hablaba con la boca aplastada contra los cojines, deliraba. Fue entonces cuando la mujer del pelo cardado me dijo, más o menos, que a las cosas de Dios hay que acercarse con humildad y sin pretender tener la última palabra. Nadie nos podía asegurar, me dijo, que Mari Mar no estuviese en un trance pentecostal. ¿Pentecostal? ¿Estaba queriendo decir que ese balbuceo baboso de Mari Mar era una manifestación divina del don de lenguas? ¿Qué aquello que sonaba sin sentido eran idiomas del mundo? No indagué más, sólo pregunté si se estaba tomando la medicación. Por el gesto que puso la mujer del pelo cardado supuse que no, sólo por nombrar las medicinas me miró como a un enemigo. De vuelta a mi casa llamé al número que me había dado el portero y unos días después la volvieron a ingresar.

La boda de mi hermana se celebró en septiembre, en mi familia recibimos las invitaciones junto con los billetes de avión. Los habían comprado a la vez para conseguir un precio mejor. Mi hermana salió a recibirnos al aeropuerto. Mi hermano y yo bromeamos con las banderas y la fotografía del presidente de los Estados Unidos que daban la bienvenida a los viajeros tras los puestos de seguridad. Esto enfadó a Teresa, me dijo que, si tan poco me gustaba aquel país, no tenía por qué quedarme después de su boda. El caso es que yo iba a aprovechar el viaje para pasar mis vacaciones en los Estados Unidos. A mi hermana no le avergonzaban nuestros padres, su manera asombrada de mirar los edificios de Manhattan; éramos mi hermano y yo los que la incomodábamos. De repente, cuando ya viajábamos en su coche hacia Hudson, se encaró con nosotros, dijo que la democracia norteamericana tenía muchos más años de historia que la nuestra y que no éramos quiénes para entrar riéndonos en ese país. Hubo entonces una pequeña discusión de la que Teresa se acabó desinteresando. Sencillamente estaba dolida. No parecía alegrarse de vernos ahí, a mi hermano y a mí, la víspera de su boda.

Ben presentó sus padres a los míos. Fueron luego todos a ver la parte de la finca en que iba a vivir mi hermana. Mi padre hacía comentarios sobre los árboles de la linde y mi hermana los traducía. Mi madre no pudo evitar llorar y mi hermano pidió permiso para dar una vuelta en uno de los coches de cambio automático que había frente a la entrada. Mi hermana iba cogida de Ben todo el tiempo. Ni mi hermano ni yo habíamos cogido nunca a una chica de la mano delante de nuestros padres. Cuando mi hermana entró a enseñar una a una las habitaciones de la casa yo me quedé en el porche.

Ben se juntó conmigo, me preguntó si seguía viviendo solo en la casa de Zaragoza. Le contesté que sí y cruzamos algunas frases más, sencillas, al nivel de mi inglés. Luego nos no nos hicimos más preguntas. Después de que mi hermana se fuese de Zaragoza yo había estado saliendo durante varias semanas con una chica, Lina. Nos conocimos una noche y ella vino a mi casa. Ella fumaba porros, creo que debía de tomar también otras drogas. Continuó viniendo los días siguientes. Me pedía que le leyese poemas de los libros de la estantería. No usábamos condón. Hablábamos de cosas y luego me pedía que le leyese algo. Lo cierto es que los dos o tres libros de poesía que había en casa no estaban ahí por afición, sino por haber sido lectura obligatoria en el instituto. Lina era pelirroja, su padre le estaba pagando una carrera en la Facultad. Cuando Lina se drogaba era difícil de soportar, aparte del asco de las toses y lo demás. En cambio tenía muy buen carácter cuando estaba normal.

Dejé de llamar a Lina y unos días después volvimos a encontrarnos por casualidad. La invité a un café y un rato después estábamos paseando cogidos de la mano por la calle. Subimos a mi casa, bebimos un montón de cervezas, ella sacó sus drogas. Tenía la regla, se quedó sentada sobre la cama y dejó que el colchón se empapase con su sangre. A la mañana siguiente, antes de irse, le pregunté si quería llevarse los libros de poemas a su casa. Ella me miró entendiendo que aquello quería decir que no pensaba volver a llamarla y yo me sentí un poco mal.

El césped de la casa de Ben y de mi hermana estaba tan limpio que no me atreví a tirar en él la colilla del cigarro. La sostuve entre mis dedos y pregunté a Ben si tenía un cenicero dentro. No lo había. Entré en la cocina con la colilla pero tenían cortado el flujo del agua, tampoco la pude apagar bajo el grifo. Volví a salir al porche y Ben me alcanzó una baldosa sobrante de obra para que la usase de cenicero. Luego la llevó hasta la parte trasera de la casa. Sus padres, al otro lado del jardín, preguntaron si pasaba algo. Se acercaron, todo el mundo acabó viendo aquella colilla, algo sucio y humeante en el lugar donde iba a vivir mi hermana. Cuando quise fumar más tarde me aparté hasta la carretera.

Las mecedoras del porche estaban fabricadas por una comunidad de cuáqueros de la zona. Mi hermana dijo que esos muebles carecían de adornos de acuerdo con la sencillez de las personas que los construyeron, con su modo de vida. Por eso, además de estar hechas para durar mucho tiempo, no eran unas simples mecedoras. Pensé que quizá mi hermana, sin querer, estaba traduciendo las frases que utilizaba en la tienda para vender esos mismos muebles.

Mis padres y mi hermano tomaron el avión de vuelta dos días después de la ceremonia. Yo me quedé en un hotel barato del norte de Manhattan. Señalé en una guía de viaje todas las cosas que tenía pensado visitar, pero luego lo único que hacía era pasear por las calles, mirar los escaparates y quedarme sentado en las terrazas. En cambio, sí que subí al Empire State Building. La gente señalaba desde arriba el lugar que deberían ocupar las Torres Gemelas. Un hombre se ofrecía a hacer fotos con su cámara Polaroid. Me hice dos, una para mí y otra para enviársela a alguien, aunque al final no llegué a meterla en ningún sobre. Entré en un cine próximo a mi hotel. Era una película de diálogos, no entendí casi nada. La gente se reía muchísimo. Intenté ligar. Me masturbé en un baño, me fijé en que el papel higiénico era un poco más ancho que en mi país.

Llamé a mi hermana unos días después, cuando ya se habían instalado en la nueva casa. Me invitó a visitarla, me indicó el tren que debía tomar en Pen Station. El tren no se aparta de la orilla del río Hudson. Los puentes son bonitos; también hubo alguien que señaló hacia donde se encontraba la cárcel de Sing Sing. Mi hermana estaba trabajando en la tienda de muebles cuando llegué. Guardó mi equipaje tras el mostrador y me presentó a uno de los encargados. Como no tenía nada que hacer, me ofrecí a ayudar a aquel hombre en el embalaje de unos muebles. Después aparecieron dos hombres más por la puerta de la trastienda. Había que meter todo en un furgón grande. Cuando acabamos, uno fue a por un paquete de refrescos y nos quedamos bebiendo apoyados en la pared. Uno de ellos hablaba español. Se hizo la hora de cerrar y mi hermana vino a buscarme. Dijo algo a los demás y me llevó hasta su coche.

Mi hermana estaba pensativa de camino a su casa. Por fin me dijo que, si yo quisiese, cabía la posibilidad de que me quedase a trabajar ahí. El negocio estaba expandiéndose, no le iban a faltar oportunidades a alguien dispuesto a sumarse al proyecto. Yo no sabía qué contestar, la verdad es que esas casas de madera frente a las que pasábamos me parecían bonitas, todo parecía muy cuidado. Por otra parte, me asustaba estar en un sitio así, tan aislado, cenando a las siete de la tarde. Le dije que lo pensaría. No volvimos a tratar del asunto hasta la hora de la cena. Ben y mi hermana se sentaron a un lado de la mesa y yo al otro. Ben estaba al corriente de la propuesta de mi hermana. Hablamos de las casas que había visto por el camino, con sus porches de madera pintada. Ben me habló de algunas que podría alquilar por un precio bajo. Me dijeron que mi vida debería cambiar, si aceptaba el trabajo. Yo no entendía bien a qué se estaban refiriendo con eso de que yo tenía que cambiar. Le pedí a mi hermana que hiciese el favor de explicármelo. Ella trató de aliviar la situación y me dijo que pensase sólo sobre el vivir ahí, que eso era todo.

Por la mañana aparecieron por la casa de mi hermana los empleados a los que había ayudado en la tienda. Traían cable y rejillas para hacer una instalación en el invernadero. Cuando acabaron se sentaron a fumar y a beber en el porche de las mecedoras. Me junté con ellos. Tiraban las colillas al césped que yo no me había atrevido a ensuciar una semana antes. Tiré la mía también.

Pasé dos días en la casa de mi hermana, les ayudé en algunas cosas, me paseaba en coche por las carreteras de aquellas fincas. De vuelta a Zaragoza vi el perfil de Mari Mar tras una de las ventanas del patio de luces. Le habían vuelto a dar el alta, estaba ahí otra vez. Me incorporé a mi trabajo y hablé con mis padres por teléfono. Una de esas noches llamó a mi casa Mari Mar. Yo estaba viendo una película en el deuvedé, la invité a pasar. Nos sentamos frente a la pantalla, le conté la parte de argumento que no había visto. Alargué el brazo para poner a mi lado el cenicero de la mesa, una pieza grande de vidrio. Calculé que si ella trataba de dañarme yo me podría defender bien con aquel objeto. Ensayé el golpe en mi imaginación. Mari Mar parecía disfrutar con la película, se volvió hacia mí para darme las gracias.

(Mecedoras pertenece a la colección de relatos Trescientos días de sol, de Ismael Grasa, publicado por Xordica en 2007)

 

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