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Blog El Hueco del Viernes

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Aviondepapel.com
ISSN 1698 - 4463
Año VIII - Nº 80 Octubre 2007
Proyecto de David González T.

AVIADORES [ Entrevistas con escritores]

En la oficina - relato cedido por Irene Jiménez

 

El primer rumor se había extendido a comienzos del verano, pero se ahogó con las vacaciones de agosto, que supusieron para todos el mismo bálsamo de otros años. Nadie de la oficina se privó de viajar al pueblo de sus padres, o a las islas o aún más lejos; Leticia misma, montada en su viejo Citröen, pasó doce días esquivando el Tour de Francia con Manuel. A su regreso, el cuentakilómetros marcaba casi cinco mil números más que a la salida, aunque a Leticia le costó creérselo. Lo habían pasado mejor que bien.

Nada más incorporarse al trabajo volvió a sacudirlos la noticia, como si a quienes mandaban en la empresa les irritara que hubiera empleados que se habían quitado el reloj durante cuatro semanas, gozando del sol. Lo primero que oyó Leticia entonces fue que los resultados del último mes no hacían sino agravar la situación de la compañía, aunque lo que más le sorprendió fue que ninguna persona advirtiese, o al menos no en voz alta, la evidencia de que al tratarse agosto de un mes prácticamente inhábil era poco probable que la facturación fuese a remontar precisamente en esos días. Por no significarse, en todo caso, tampoco ella contrarió la primicia de sus compañeros en la sala de la máquina de café. Removió el contenido de su vaso de plástico con más rabia que preocupación, y después continuó archivando papeles. Esa tarde llevó a revelar dos centenares de fotografías.

Se sucedieron unos cuantos días de paz, y después otros tantos de alboroto. La situación pareció volver a calmarse semanas después, para instalarse finalmente en la catástrofe. Desde su ventana en la oficina, Leticia vio cómo caían las primeras hojas de los árboles en la carretera al tiempo que escuchaba a Matilde decir que esa Navidad la empresa no les iba a regalar una cesta, que la paga extraordinaria se retrasaría, y por último que a esa Nochebuena no la sobreviviría uno de cada cinco trabajadores, en el más optimista de los escenarios. Por otra parte, en aquella época de crisis se trabajó menos que en ninguna de las anteriores, ya que el personal sin despacho se empleaba única y obsesivamente en hablar del inminente fin de sus contratos, perversamente alentado por un presidente que ni siquiera vivía en España y al que no habría ocasión de hacerle saber lo determinantes que resultaban para la compañía las minúsculas aportaciones de un contable o de una encargada de supervisar el suministro de rotuladores fluorescentes y de rollos de papel cello. Los jefes desaparecieron de los pasillos, dejando a sus subalternos disfrutar de la tragedia; Leticia estaba convencida de que muchos sufrían, pero también de que otros llegaron a enamorarse de ésta. Personas que apenas sabían nada de nada, como Matilde, parecían haber encontrado en la reestructuración, definitivamente, un fértil objeto de estudio que les permitía rozar, y después difundir, nociones sobre derecho laboral, sobre psicología, sobre la gestión de las empresas.Continuamente se hacían quinielas en las que uno salía fuera o salvaba su puesto, teniendo en cuenta todas las posibles variables en el encuentro de fuerzas de los administradores. La gente adolecía de una risa histérica. Era frecuente encontrar a alguien que llevara muchos años en su puesto hablando solo de tiempos menos escandalosos, en los que no había extranjeros en los despachos más altos. Uno de los datos que más conmovió a sus compañeros fue, para sorpresa de Leticia, que los directivos no cobrarían incentivos a final de año, dolorosa confidencia que algunos de ellos hicieron a sus secretarias más fieles.

No es que ella no creyese en lo que oía, pero no se la vio dejar de trabajar durante aquellas semanas. Era consciente de que en aquel edificio convivían demasiadas personas, y probablemente no todas eran necesarias para aquella corporación americana. El archivo en el que pasaba por lo menos ocho horas al día, por ejemplo, estaba lleno de señoras que procedían de diversos bufetes absorbidos por la empresa, y que estaban poco acostumbradas a manejarse con el ordenador. La mayoría de ellas tenían estudios muy rasos y hablaban sin cesar de los menús que cocinaban y congelaban los domingos por la tarde o de las promociones especiales de los grandes almacenes. Leticia, que estudió un curso de posgrado como documentalista después de licenciarse en Historia, les explicaba a menudo cómo se guardaban sus trabajos en el disco duro, o cómo los folios podían salir grapados de la fotocopiadora. Un día le dijo a Matilde que, cuando llovía, era frecuente que el papel de esta máquina cambiase de tamaño, y ella la miró con desconfianza; poco después, sin embargo, oyó cómo Matilde se lo explicaba con mucha propiedad a Isabel. Su contrato rezaba que Leticia no era más que la ayudante del archivo, pero ella trataba de no darle importancia. Lo único que de verdad le dolía era no poder abrir las ventanas de su edificio inteligente.

Hay consultores y abogados de sobra, pensó. Muchos aseguraban que salían tarde de trabajar todos los días y que les era imposible ver crecer a sus hijos, pero lo cierto es que siempre estaban morenos, y que ellas siempre llevaban las uñas recién pintadas. Leticia los veía sonreírse en los ascensores. Se gustaban. Se casaban entre ellos. Asistían a cursos especializados en los que les enseñaban que su interlocutor mentía si miraba continuamente hacia arriba durante una reunión. Eran desdeñosos, salvo el día en que los apremiaba encontrar un documento; entonces intercalaban alguna broma con sus órdenes. Muchos hablaban idiomas y manejaban hábilmente los intereses del cliente, pero ninguno de ellos podía hacer nada sin los legajos que ella conservaba: eran la prueba de que hicieron bien su trabajo, o la prueba de que alguien firmó que les pagaría mucho dinero si hacían bien su trabajo. Sin papeles su esfuerzo era humo, nada más que un acto de fe, y por eso todo el mundo utilizaba el archivo continuamente. Algunos lo hacían por sí solos y otros valiéndose de un asistente, pero la plantilla entera pensaba, varias veces al día, en cosas que debía recuperar o devolver al archivo. Y ese recinto, en realidad, sólo lo dominaba ella. Muchas secretarias revoloteaban alrededor; ellas sabían dónde encontrar los documentos que habían manejado siempre, pero sólo esos: nóminas o pólizas de seguros. Nadie poseía una vista aérea completa sino Leticia. La jefa del departamento lo sabía. No tenía tiempo para agradecérselo a menudo, pero lo sabía. Sería absurdo que prescindieran de ella. Sí -pensó por primera y última vez-. Con lo que me pagan sería absurdo que prescindieran de mí.

Por esa razón no dejó de colgar cuidadosamente su abrigo verde lima en una percha cuando el lunes veintinueve de noviembre, a las ocho y media de la mañana, encontró sobre su mesa un sobre con su nombre, y por esa misma razón, seguramente, tuvo que leer dos veces la carta duplicada que éste contenía. El breve texto que tanta dificultad generó en una lectora exquisita era el siguiente: “Muy señora nuestra: El próximo día catorce de diciembre finalizará el contrato de trabajo por obra y servicio suscrito con usted, y cuyos datos se reseñan al pie. En cumplimiento de las normas vigentes sobre contratación de personal, se le comunica que a partir de esa fecha quedará rescindida a todos los efectos su relación laboral con la Empresa, causando baja de la misma. Lo que se le comunica a los efectos oportunos en Las Rozas, Madrid, etcétera.” Leticia conocía la firma, que iba respaldada por un sello que ella misma había manejado muchas veces, con el nombre y el código de identificación fiscal de la compañía. Dos cosas la hirieron profundamente, antes que otras: la primera, que el remitente hablase de la Empresa, con mayúsculas, y sin embargo sólo le otorgara a ella un mediano usted; la segunda que su propia firma, estampada de inmediato y sin pensarlo debajo de un pequeñísimo “Recibí el original”, delataba el temblor con el que había estrenado la mañana. Sin dejar de estremecerse, volvió a doblar ambas cartas y las encerró en el sobre. Levantó la cabeza y después respiró profundamente. Estaba mirando a sus compañeros, que sedesplazaban por la oficina alarmados y ruidosos como siempre, pero no los veía. Con sus dedos pálidos recogió un tirabuzón anaranjado de la frente y lo metió detrás de la oreja izquierda, tres veces perforada. Justo en ese instante sus neuronas, cosidas unas con otras, consiguieron enunciar la única síntesis verdadera de toda desolación y de toda angustia.

¿Cómo vamos a pagar la hipoteca?

Leticia vivía con Manuel en un piso bastante más pequeño y más alejado del centro que el primero que habían compartido en su tiempo de alquilados. Sólo tenía dos dormitorios, que eran pocos, pero a ella la llenaba de satisfacción disponer de dos cuartos de baño, que por el contrario eran muchos. La habían pintado con esmero de un amarillo muy suave, y el albañil había reproducido en la pared una estantería de escayola que Manuel le dibujó en una cuartilla. La ambición de Leticia era que Manuel dibujara también un trampantojo para el techo del dormitorio, pero eso todavía no era más que una promesa. Habían tardado mucho tiempo en decidirse a comprar una casa, pero no en elegir la que tenían. Hacía un año, los números cuadraban: el banco se quedaba con el sueldo de Leticia, y ellos dos con el de Manuel.

Se levantó bruscamente de la silla y empezó a caminar en dirección al cuarto de baño. No miró a Matilde ni a Isabel ni a Teresa, ni el despacho de su jefa de departamento, que estaba en Río de Janeiro. Avanzó varios metros dándose cuenta de que algunas conversaciones bajaban de tono cuando ella pasaba al lado, pero siguió sin detenerse. Únicamente la hizo girarse la voz bien conocida de Juan, que la llamaba con brío desde su mesa de gran ejecutivo en ciernes.

A diez metros y con los brazos abiertos, la mueca de su compañero traducía una pregunta.

-¿Y tú, Leticia?- lo oyó decir mientras se aproximaba- ¿Estás dentro, o estás fuera?

-Estoy fuera- le contestó ella, después de pensarlo.

Juan asintió, como dándose la razón.

-Increíble- dijo al cabo de un rato-. Yo también estoy fuera. La verdad es que no me lo esperaba; pensaba que echarían de la oficina a los caros, o a los inútiles. Pero sólo nos han mandado a la calle a los jóvenes. Cuesta poco dinero que nos vayamos, y damos menos lástima que los demás.

Leticia lo miró con los ojos azules muy abiertos, sin decir nada.

-¿Te das cuenta? Sólo los jóvenes. Sólo menores de treinta. Es una reestructuración salvaje, y a la vez tímida. Es la reestructuración que diseña el menos hábil de un comité.

-Quizás el lunes próximo echen a los de cuarenta- dijo Leticia, que seguía con los ojos muy abiertos-. O a los gordos, o a los capricornio.

Esta explicación pareció consolar a Juan, que sonrió un poco y también la miró fijamente. A Leticia le pareció que la arquitectura de sus pestañas era perfecta, y que siendo un chico rápido y afable encontraría enseguida un empleo aún mejor. Juan era economista y despedía el olor del triunfo. Vivía con su madre, que era danesa, y dominaba tres idiomas y medio. Una tarde se tomó unas cervezas con ella y con Manuel, que había ido a recogerla a la oficina, y juntos terminaron hablando de la poesía de las letras de muchos viejos cantantes franceses. Más tarde, en el coche, Manuel le había dicho que la pronunciación de Juan era perfecta, aunque Leticia sabía que Manuel era un profesor muy exigente. A ella misma la regañaba constantemente cuando salían al extranjero.

-No sé, Juan. Qué voy a contarte-le dijo de repente -. Tampoco yo me lo imaginaba. No me lo imaginaba en absoluto. De hecho, todavía no me lo imagino.

-Ya. Yo tampoco- repuso él, mirando al suelo-. No puedo creérmelo. Pero estoy fastidiado. He pasado muchas tardes aquí, hasta las tantas, sacando de apuros a mi jefe. Y ahora mi jefe no está.

-Mi jefa está en Brasil- dijo Leticia.

-El mío también. O eso dice su secretaria- Juan puso cara de póquer-. Porque lo mismo está en su dúplex de El Viso con colitis, pensando en que va a tener que despedirse de nosotros.

Entonces fue Leticia la que sonrió.

-Vete a saber. Pero tampoco creas que me importa- aseguró ella, mientras empezaba a retroceder unos pasos-. Te digo de corazón que lo único en lo que he pensado en estos minutos ha sido en la casa. La casa es lo único que me interesa.

-Pero está Manuel, ¿no?

-Sí, está Manuel.

-Y cobrarás el paro durante un año, o casi. Eso seguro.

-Sí, eso seguro.

-Entonces no te preocupes. ¿A dónde vas?

Leticia no había dejado de alejarse mientras hablaban.

-Quiero conducir un rato por ahí, y después iré a tenderme en mi sofá- contestó ella -. Ya sabes, para pensar.

-No debes abandonar tu puesto de trabajo- le recordó Juan con expresión didáctica, levantando el dedo índice.

-No lo estoy abandonando. Mañana o pasado diré que tenía colitis.

También Juan volvió a sonreír, y se sentó en su silla con gravedad.

-Yo en cambio voy a buscar trabajo. Me reservo la posibilidad de enfermar si no tengo éxito- y siguió hablándole con la mirada completamente concentrada en la pantalla del ordenador-. Pero pienso tenerlo. Voy a dedicar mis últimos quince días aquí a llamar y a escribir correos electrónicos a toda la gente con la que me he tropezado alguna vez en la vida.

Leticia se rió por última vez, y al volver a recogerse el pelo detrás de la oreja notó que tenía la frente sudada. Mientras continuaba andando hacia el aseo calculó que Juan sería una de las pocas personas que no desaparecerían inmediatamente y para siempre de su vista. No eran íntimos amigos, pero entre ellos quedaría algún café, algún concierto. Un cumpleaños.

Abrió con fuerza la puerta del baño de mujeres, y agradeció no conocer a la que estaba retocándose en el espejo del lavabo, que la miró con una mezcla de curiosidad y temor. Leticia también la miró a ella, y al tiempo sintió que no tenía ganas de orinar, sino de quedarse a solas. No le apetecía cruzarse de piernas sobre la taza de un váter, así que apoyó sus manos sobre la repisa del lavabo y se quedó mirando con animosidad la imagen que el espejo reflejaba de ella. Al cabo de unos segundos la mujer, que trabajaba en otra planta del edificio, salió apresuradamente. Leticia no se fijó en ella, pero la reconfortó saber que había entendido que era preferible que se marchara cuanto antes.

Frente a Leticia, por fin, sólo quedó Leticia. Podía enorgullecerse de ir por el mundo con un rostro despejado que se correspondía, casi matemáticamente, con lo que llevaba dentro. Su mirada era profunda pero lenta, selectiva: en la oficina nunca la había usado para vigilar. La nariz era grande; la boca también, y risueña. Leticia besaba muy bien. El pelo ensortijado le caía suelto y brillante, porque la semana acababa de comenzar y ella siempre inauguraba las cosas con alegría. Hasta sus manos de dedos cortos revelaban que le habían faltado las fuerzas para rematar los estudios de piano en el conservatorio. Leticia las humedeció bajo el grifo, y después se las llevó al cuello por debajo del jersey de lana, que estaba también sudado.Durante unos segundos se le ocurrió que si Juan estaba dolido por haber recibido una carta como la suya, bien podía dolerse ella. No recordaba haber faltado al archivo por enfermedad más que un día durante dos años, y a menudo había terminado el trabajo de otros. Cuando Isabel estuvo de baja con la cadera rota, fue Leticia la que diariamente recogió y ordenó su correspondencia.

Quizás no merecía la pena.

Con un mechón de su pelo anudó el resto en una coleta, pero enseguida sintió cómo el cabello se le escurría entre los hombros; volvió a intentarlo, y nuevamente notó que los rizos pesaban y no se sostenían recogidos. Nunca había tenido dificultades para peinarse así, pero rápidamente se dio cuenta de que ese día iba a ser necesario volver a su sitio, abrir un cajón, tomar con las manos una pinza de madera y colocársela en la cabeza: el trámite se le antojó interminable. A menudo había anhelado que sus propias cosas, que no las de los demás, concluyeran y fueran marcando así el ritmo de los días, no al revés: esto es, acostarse al terminar de leer un libro, y no cuando el despertador marcaba las doce; empezar a arreglar el jardín de su madre un domingo y terminar el lunes por la mañana, trabajar más tarde. La vastedad de su tiempo ahora, sin embargo, le pareció tenebrosa: no tenía obligación de hacer nada, pero tampoco deseos. Agitó rápidamente la cabeza para que el pelo volviese a parecer natural y salió andando mucho más despacio de lo que había entrado. No fue capaz de apretar el paso a pesar de que quería verse en la calle. Anduvo varios metros sin sentirse obligada a saludar a nadie, porque apenas se relacionaba con gente de otros departamentos. Al pasar a su lado, vio que Juan hablaba animadamente por teléfono.

Comprobó que no había nadie sentado cerca de su mesa, y entonces se acomodó. Pensó que la sala de la máquina de café rebosaría toda la mañana. Tenía la agenda cerrada, tal y como la había traído desde casa; los bordes del sobre con la carta de despido asomaban por debajo. Decidió que seguramente era el momento en el que ya sólo podía dedicarse a llamar a Manuel y se miró el reloj. También pensó en no darle un disgusto, ya que por fortuna para él tendría que seguir dando clases a grupos de empresa hasta las seis. Sostuvo el auricular con las manos durante unos segundos antes de marcar, y deseó poder pasar las horas con Manuel en una chocolatería, charlando sobre cualquier otra cosa. Manuel era ambidiestro, y también era uno de los pocos hombres que conocía a los que no los avergonzaba hablar sobre el amor.

Él no tenía teléfono móvil, así que llamó a la academia suponiendo que podía estar en un descanso.

La voz que le atendió no era la de la afable recepcionista de siempre, sino la de un joven que le resultó agresivo. Quizás a ella también la habían despedido.

Colgó sin decir nada.

Se levantó de su asiento justo cuando Matilde y Teresa llegaban al suyo. La miraron y ella supo que les hubiera gustado hablar largamente sobre la gran injusticia cometida en el archivo, a pesar de que las llenaba de satisfacción haber sobrevivido a la misma. Sintió una punzada de irritación porque estaba segura de que las dos pensarían que habían salvado el puesto por discretas o por eficientes, aunque enseguida trató de apartar de su cabeza una idea que le serviría de muy poco. Les sonrió con el abrigo verde lima y el bolso en la mano, y echó a andar viendo cómo los labios de Teresa empezaban a abrirse. Se vestían como mujeres de ochenta años aunque no tenían más que la mitad, y eran tacañas y rencorosas. Leticia recordó que ninguna de las dos tenía hijos; ni siquiera un animal doméstico que les hubiera enseñado algo. Más de una vez las había escuchado proponiéndole a una interlocutora telefónica habitual, a alguien que encargaba rotuladores fluorescentes y rollos de papel cello en otra empresa, que se conocieran yendo juntas al cine en un grupo de solteras. No iba a marcharse, en ningún caso, sin despedirse de ellas. Pero eso sería otro día.

Mientras esperaba el ascensor pensó en Sara, una abogada amiga suya que trabajaba en la tercera planta. Se habían conocido en ese mismo ascensor, y con frecuencia se visitaban durante las horas de oficina. Sara tenía unos cuarenta y cinco años y una cierta responsabilidad, aunque llevaba el pelo corto y oxigenado y pendientes muy largos. Leticia había sentido a menudo el recelo de sus compañeras cuando veían que se acercaba. Normalmente decía que necesitaba algo del archivo, pero después de encontrarlo se sentaba con las piernas cruzadas en una esquina de la mesa de Leticia y hablaba mal de los políticos, de los programas de televisión y de sus jefes.

Era la única persona de la compañía con la que tenía ganas de hablar de su despido. Seguramente se indignaría muchísimo; seguramente, además, se ofrecería para ayudarla a encontrar algo. Lo más probable era, de todas formas, que Sara no hubiese llegado aún al despacho: normalmente entraba sin prisas, y salía a las tantas. Leticia recordó que tenía en casa un disco suyo, y supuso que se verían pronto. Cuando las puertas se abrieron le levantó la mano al portero y dudó un instante si era o no necesario decirle algo, porque también a él le tenía simpatía: aunque no se conocían mucho, el portero había mediado para que un amigo suyo cambiase las puertas de la casa de Leticia a bajo precio. Después de dudar lamentó que aún tendría que volver a trabajar durante dos semanas, y continuó caminando.

A pesar de que la frente se le seguía viendo sudada, Leticia sintió el gozo momentáneo que produce ver la luz de la mañana de un día laboral cuando la costumbre es trabajar encerrado.Frente a ella se extendía el aparcamiento de la compañía, con sus doscientos o trescientos coches alineados. A la derecha se juntaban los que parecían ser verdaderamente costosos, trazando sobre el suelo el organigrama de la compañía. La plaza más cercana al edificio, que siempre permanecía vacía, era la del presidente, que vivía en Londres. En el lugar ocupado por los cuadros intermedios se veía algún coche muy brillante, o con una gran carcasa. Leticia pensó en gente sin escrúpulos que medraría toda su vida. Arrobada por su propia eficacia, Matilde le había explicado unas cuantas veces la sensación de vértigo que le provocaba ser la primera en llegar cada día, y encajar su auto en una explanada desierta.

Hizo contacto con la llave, y enfiló la carretera.

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-¿Cómo andas?- escuchó que decía Susana mientras se colocaba el teléfono móvil entre el hombro y la cabeza.

-Más o menos. Estoy en casa, tumbada.

-Pensaba que aún estarías en la oficina. ¿Te has puesto mala?

-No- respondió Leticia, con una media sonrisa -. Nada de eso. No me he puesto mala, salvo de nostalgia. Estoy repasando las fotos de Avignon.

-¿Entonces?

La voz de su amiga empezó a sonar más fuerte.

-¿Entonces, qué?- repitió -¿Qué ha pasado?

-Imagínatelo.

Las dos se habían hecho amigas en la facultad de Historia, tercera en la que se matriculaba Susana en tres años, y a pesar de lo cual ella nunca se identificaba más que como actriz. Como aún no había conseguido sino papeles esporádicos en el teatro, Susana trabajaba en el servicio de atención al cliente de una marca muy importante de yogures. Apenas la llamaba nadie, y para que en su empresa no pensaran que el suyo era un puesto innecesario ella misma telefoneaba sin cesar a todos sus conocidos. Esas eran sus actuaciones estelares, según decía.

-¿Te has largado de tu rascacielos?- le preguntó, después de una pausa.

-Bueno, no exactamente- respondió Leticia -. La verdad es que me han largado. Hoy mismo.

-Vaya, vaya- se oyó decir a una Susana desprevenida -. Lo siento. La verdad es que no sabía que estabas en peligro.

-Yo tampoco lo sabía.

Su amiga no acostumbraba a callarse ni a lamentar mucho las cosas. Era de constitución extremadamente delgada, y cuando conocía a alguien a quien era previsible que no volviese a ver nunca le mentía diciendo que se llamaba Celia.

-¿Pero te han dado alguna explicación?

-No, ninguna- Leticia respiró hondo -. Tampoco la he pedido. Creo que somos la primera tanda de una de esas reestructuraciones salvajes que dejan a las compañías en cuadros. Cuando hayan despedido a unos cien, alguien despedirá al director de recursos humanos.

-Entonces da menos pena, ¿no?

-No sé- dijo Leticia, acomodándose entre los cojines -. No sé.

-Bah. Ahora pasarás una temporada en la que podrás hacer cosas que siempre quisiste hacer. Eso está bien- Susana cruzó las piernas por debajo de una falda de cuero verde-. Cómprate mucha ropa de colores con la indemnización, y después puedes volver con la tesis.

-¿Con la tesis?

-Claro- afirmó con convicción -. Fue una lástima que la aparcaras. Deberías haberte quedado en la universidad.

-Pero qué dices.

-Claro que sí- volvió a decir Susana -. Fíjate en que en este tiempo ese diletante que jamás cerraba el pico ya se habrá convertido en doctor.

-¿Cómo se llamaba?- preguntó Leticia, frunciendo el ceño -. Bambo, eso, Bambo. Un tipo que se doctora en Historia antes de haber terminado la carrera...

-¡Antes siquiera de haberla empezado!- exclamó Susana -. Acuérdate de que había estudiado Sociología.

-Cosas de la universidad- dijo Leticia, hundiéndose aún más entre los cojines -. Seguro que ése no era mi sitio.

-Sí que era tu sitio. Un sitio mucho más reconfortante que el rascacielos.

-Qué manía con el rascacielos. Gracias a él me pude comprar una casa.

-Sí, eso sí.

Las dos se callaron durante un rato. En Susana esto era normal: a menudo extraviaba los ojos en una comida, o en una conversación.

-¿Sabes qué?

-Qué.

-Que la casa es lo que más me preocupa. No pienso en mí, ni dejo de pensar en la casa. No sé si vamos a poder seguir pagándola.

-No deberías angustiarte tanto el primer día- le respondió Susana, después de otra pausa -. Seguro que lo arregláis. Ahora con el paro, y después con otro trabajo.

-No sé si voy a encontrar otro trabajo.

-Lo encontrarás. En un rascacielos o atendiendo un teléfono, pero lo encontrarás.

Durante un rato, Leticia no dijo nada.

-¿Y cómo estás tú?

Después fue Susana la que no respondió.

-¿Me estás escuchando?- insistió Leticia.

-Se trata de un yogur con bífidus activo que presenta innumerables ventajas para su organismo, sí- por el tono de su voz, Leticia supuso que el jefe, o algún personaje inoportuno, estaría rondando a Leticia. Separó el teléfono de su oreja y dejó que hablase durante unos segundos sin prestarle atención, tirando de un hilo que asomaba en la costura del sofá. Eran las cosas que pasaban al hablar íntimamente con una teleoperadora.

-Trabajar es sólo vender tu tiempo- escuchó que le musitaba su amiga poco después-. Aprovecha que ahora no trabajas para transformar en planes tus sueños.

Leticia se sonrió.

-Sólo setenta kilocalorías por unidad, señora, que tenga un buen día- al otro lado de la línea, también Susana se sonrió con sus labios estrechos -. De nada.

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Mientras colgaba el teléfono distinguió el sonido de la cerradura, y después el de la puerta. Manuel, que llegaba con una bandolera llena de libros y con los auriculares puestos, se extrañó al verla en el salón y con la bata abrochada. A él se le distinguían en la chaqueta unas gotas de agua que habían comenzado a caer en el momento en que se bajaba del autobús. También se le veían las ojeras anchas que se le habían instalado en la cara cuando a su padre empezaron a hacerle pruebas en el hospital, pero en cuanto apagó el reproductor de música y supo lo que había pasado se sentó en el mismo sofá en el que estaba tumbada ella, con la cabeza de Leticia apoyada sobre sus piernas, y no dejó de acariciarle el pelo en toda la tarde. El roce de sus dedos sobre la nuca le produjo a Leticia el mismo placer que sentía cada vez que le lavaban los rizos en la peluquería. Muy pronto, además, Manuel fue capaz de insistirle casi ilusionado en que hiciera caso a Susana y dedicara un tiempo a completar su tesis. En voz alta, y ayudándose de las manos para hacer cuentas, afirmó antes de las nueve que los subsidios y los ahorros iban a ser más que suficientes durante varios meses, comiendo un poco más de pasta y un poco menos de pescado. Manuel confesó que tampoco había tenido un gran día porque sus alumnos no preparaban los ejercicios en casa, aunque una pareja de catalanes que conocieron en Besançon lo había avisado esa tarde de que pasarían en Madrid el próximo puente: estaría bien que fuesen ellos los que estrenaran el colchón nuevo del cuarto de invitados. Por otra parte, y bajo alarma de inundación, Leticia no debía poner la lavadora antes de revisar el filtro.

Ella habló muy poco, pero disfrutó de su compañía porque las tormentas disparando relámpagos siempre la habían puesto cariñosa. Pensó que, sin duda, Manuel mostraría la ciudad a aquellos amigos como él acostumbraba a hacerlo: saliendo por la boca del metro en Aluche y caminando después hacia el centro. A principios de diciembre los árboles ya estarían iluminados con esa especie de hilos que colgaban de las ramas y que a ella le gustaban tanto, porque eran tristes y a la vez festivos; tendrían que madrugar para tratar de evitar las largas colas de los domingos en el Museo del Prado. El mundo era imperfecto, pero aún ofrecía algunas esquinas de dicha.

Sólo a eso de las once, durante un repentino silencio sin caricias, Leticia cambió de postura y se sorprendió al leer por primera vez, nítidamente, la preocupación en las pupilas brillantes de Manuel. En seguida se sintió culpable por haber olvidado que les restaban veintiocho años de hipoteca y quiso decir algo, pero le faltó tiempo porque al darse cuenta él de su desliz, al saber que Leticia lo había descubierto repasando los primeros cálculos, abandonó el sofá con rapidez, dirigiéndose a la cocina. Ella escuchó cajones que se abrían y se cerraban y el choque entre los cubiertos de acero y la loza de los platos, y entendió que con ese ruido Manuel trataba de llenar un agujero.

Minutos después, mientras lo veía marear unos huevos en la sartén a través de la puerta abierta, a Leticia le pareció que nunca antes lo había querido tanto. Tratando de elevar su voz por encima del extractor de humos un Manuel totalmente repuesto volvió a hablar para decirle, con toda naturalidad, que estaban de suerte: precisamente ahora ella podría pasar las tardes paseando con su hermana Beatriz, que estaba embarazada de gemelos, por el Parque del Oeste.

 

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