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Tres Trillizas Torres
Quizá el
gremio taxista no esté tan acostumbrado como pensaba Lauro a
indecisiones como la suya: que después de haber indicado
claramente, deletreando casi, “al camposanto” (evitando así términos
más contundentes o definitivos como cementerio o crematorium), haya
optado por bajar en esa calle, cuando faltan todavía tres kilómetros
o más. Cara de pocos amigos se le ha quedado al conductor, a pesar
de las disculpas de Lauro y de una generosísima propina. Ya son
ganas de amargarse, pues no tendría más que seguir él solo para
comprobar que ese billete cubre bastante por encima el coste total
de la carrera. Aunque quizá lo que ha ofuscado al taxista no ha
sido tanto la minúscula cancelación mercantil como el súbito
cambio de parecer de Lauro, su insoslayable contraorden. Ya le ha
dicho que lo siente. Es que ha preferido a última hora no llegar de
los primeros, aprovechar el margen para dar un paseo que le sirva
para ahuyentar las malas ideas que aún lo rondan, después de
tantos años.
Así es que como va con tiempo, y
sobrado del calor húmedo que dicen del membrillo, camina en las
postrimerías de la mañana con cierta parsimonia, contemplando
incluso emocionado las muy discretas edificaciones de esas calles
alejadas del centro. Bloques alternos de tres y cuatro plantas
alfombran el acerado por el que pasea con lienzos de sol y sombra en
muy parejas proporciones. Esa alternancia de sombra y luz, de
relativo frescor y calentura, eso sí, no hace más que recordarle,
hacerle más presente aún, la atípica indumenta que hoy lo forra.
Desechadas sus más habituales y claras prendas de lino, él mismo
se ha obligado a esa oscuridad de americana, a la sobria corbata que
la complementa, a ese calzado negro y apretado, para así parecer
uno más de los deudos que acudirán consternados al sepelio.
Semejante acto o celebración merece todo el respeto de Lauro: no
todos los días le entierran a uno a su peor enemigo.
¿Y había cruzado él alguna vez
por ahí?, se pregunta. Si sí, no lo recuerda. Lo cierto es que
esos barrios de la periferia se parecen todos horriblemente. La
particularidad de esa calle por la que pasea, además, de no haber
sido hoy un tan señalado día de septiembre, le habría pasado por
completo inadvertida. La calle, rotulada en un artístico mural de
azulejos como avenida, quizá para compensar con tan pomposa
titulación la escasa altura media de sus edificaciones, termina no
obstante en un ensanchamiento inverosímil que ni es plaza ni es
jardín. Se trata de una apertura amueblada con varios desvencijados
bancos de forja dispuestos al tuntún, con menos sentido común que
del humor, y un completo muestrario de papeleras, contenedores y
farolas de diseño desfasado, como de segunda o tercera mano. Si una
nueva calle o avenida no continuara más allá, se podría decir de
ese espacio que es el habitual descampado anexo a las últimas
viviendas que un día cerraron ese lado de la ciudad, un lugar en
donde, si pudieran elegir, no jugarían ni siquiera los perros. Pues
bien, justo en ese espacio con apariencia de saldo, urbanísticamente
feo y torpe, se alzan tres bloques iguales, de catorce plantas cada
uno, que ponen un punto final descabellado y dramático a la modesta
calle del paseo de Lauro.
Cuando Lauro termina de contar los
pisos, con una mano haciendo visera al sol y con la otra apretando
las vértebras llamadas cervicales, se le ocurre pensar que son ésas,
bien mirado, tres torres trillizas, desde las que ahora lo podrán
observar cuantos se asomen a las ventanas con una perspectiva axonométrica
ciertamente lujosa y envidiable. Sin embargo, piensa Lauro de manera
simultánea, otras variantes de las perspectivas tendrán los
vecinos para los aviones comerciales que desde las mismas ventanas
puedan ver enfocando hacia la inmensidad del cielo. El ruido de los
aparatos que hasta ahí llega es grande, fragoroso, inversamente
proporcional a la cercanía del aeropuerto, que debe de estar a un
tiro de piedra como quien dice.
Sin madera que tocar a su
alrededor, de forma diplomática, sucedánea y calladamente, para
atender a esa no por más vulgar menos extendida superstición,
acaricia Lauro su propio contorno craneoencefálico, en la seguridad
de que algunos centímetros cúbicos de serrín, de celulosa, tiene
por narices que albergar.
Es sorprendente: la visión de las
torres ha desviado de Lauro la intención que hasta esa calle lo venía
guiando, y lo mismo le da ahora llegar que no llegar al entierro de
su enemigo, como si recién acabara de comprender que ha concluido
sin aspavientos, de manera natural, vía infarto, una imaginaria
venganza de todas formas demasiado larga y pesada. Llega pues al
tanatorio más por inercia que por una convencida necesidad, y hasta
lamenta, en fin, que a la brevísima ceremonia apenas asistan el
cura, los dos empleados de la funeraria y diez o doce enemigos más
del muerto diseminados en silencio por los bancos de una capilla aséptica,
casi desprovista. Por lamentar lamenta incluso que los familiares de
su enemigo se hayan desentendido tanto como para no acompañarlo a
este viaje, que alguien haya contratado el lote más barato de los
servicios funerarios, que una vez incinerado su enemigo nadie haya
querido hacerse cargo de la mediana caja de cenizas resultante.
“Arrieros, en fin”, se dice.
Le sobra entonces a Lauro la oscura
americana, mientras camina ya de regreso por las mismas calles,
cabizbajo, apurando el sofocante mediodía.
Cuando desemboca otra vez en ese
inquietante ensanchamiento, una nueva perspectiva le procura el
sobresalto mayor de la jornada: en la visión primera, un bloque
ocultó a otro; vistas desde ese nuevo ángulo, deshecho el enroque,
las torres resultan ser cuatro.
“Jaque.”
Levanta despacio Lauro una mano
indecisa, como para llamar a un taxi.
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