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ISSN: 1698-4463

 
       
  Revista de Curiosidad Literaria

Quizás sea NOVIEMBRE de 2005

 
       
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AÑO VI / Número 0060

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AVIADORES

TRES TRILLIZAS TORRES, 
relato cedido por Hipólito G. Navarro 

 
 

Aviadores: HIPÓLITO G. NAVARRO

 

Hipólito G. Navarro

Tres trillizas torres 

Relato cedido por el autor e incluido en la colección de cuentos LOS ÚLTIMOS PERCANCES

(1) Entrevista con Hipólito G. Navarro:

"El secreto de mis relatos es saber tirar a la papelera ese principio automático y disparatado"

(2) Entrevista con Hipólito G. Navarro:

"Los finales que me arrebatan son los que usan el título como clave del relato"

(3) Entrevista con Hipólito G. Navarro:

Hipólito G. Navarro nos recomienda sus 10 lecturas favoritas.

 

 

 


Tres Trillizas Torres

Quizá el gremio taxista no esté tan acostumbrado como pensaba Lauro a indecisiones como la suya: que después de haber indicado claramente, deletreando casi, “al camposanto” (evitando así términos más contundentes o definitivos como cementerio o crematorium), haya optado por bajar en esa calle, cuando faltan todavía tres kilómetros o más. Cara de pocos amigos se le ha quedado al conductor, a pesar de las disculpas de Lauro y de una generosísima propina. Ya son ganas de amargarse, pues no tendría más que seguir él solo para comprobar que ese billete cubre bastante por encima el coste total de la carrera. Aunque quizá lo que ha ofuscado al taxista no ha sido tanto la minúscula cancelación mercantil como el súbito cambio de parecer de Lauro, su insoslayable contraorden. Ya le ha dicho que lo siente. Es que ha preferido a última hora no llegar de los primeros, aprovechar el margen para dar un paseo que le sirva para ahuyentar las malas ideas que aún lo rondan, después de tantos años.

Así es que como va con tiempo, y sobrado del calor húmedo que dicen del membrillo, camina en las postrimerías de la mañana con cierta parsimonia, contemplando incluso emocionado las muy discretas edificaciones de esas calles alejadas del centro. Bloques alternos de tres y cuatro plantas alfombran el acerado por el que pasea con lienzos de sol y sombra en muy parejas proporciones. Esa alternancia de sombra y luz, de relativo frescor y calentura, eso sí, no hace más que recordarle, hacerle más presente aún, la atípica indumenta que hoy lo forra. Desechadas sus más habituales y claras prendas de lino, él mismo se ha obligado a esa oscuridad de americana, a la sobria corbata que la complementa, a ese calzado negro y apretado, para así parecer uno más de los deudos que acudirán consternados al sepelio. Semejante acto o celebración merece todo el respeto de Lauro: no todos los días le entierran a uno a su peor enemigo.

¿Y había cruzado él alguna vez por ahí?, se pregunta. Si sí, no lo recuerda. Lo cierto es que esos barrios de la periferia se parecen todos horriblemente. La particularidad de esa calle por la que pasea, además, de no haber sido hoy un tan señalado día de septiembre, le habría pasado por completo inadvertida. La calle, rotulada en un artístico mural de azulejos como avenida, quizá para compensar con tan pomposa titulación la escasa altura media de sus edificaciones, termina no obstante en un ensanchamiento inverosímil que ni es plaza ni es jardín. Se trata de una apertura amueblada con varios desvencijados bancos de forja dispuestos al tuntún, con menos sentido común que del humor, y un completo muestrario de papeleras, contenedores y farolas de diseño desfasado, como de segunda o tercera mano. Si una nueva calle o avenida no continuara más allá, se podría decir de ese espacio que es el habitual descampado anexo a las últimas viviendas que un día cerraron ese lado de la ciudad, un lugar en donde, si pudieran elegir, no jugarían ni siquiera los perros. Pues bien, justo en ese espacio con apariencia de saldo, urbanísticamente feo y torpe, se alzan tres bloques iguales, de catorce plantas cada uno, que ponen un punto final descabellado y dramático a la modesta calle del paseo de Lauro.

Cuando Lauro termina de contar los pisos, con una mano haciendo visera al sol y con la otra apretando las vértebras llamadas cervicales, se le ocurre pensar que son ésas, bien mirado, tres torres trillizas, desde las que ahora lo podrán observar cuantos se asomen a las ventanas con una perspectiva axonométrica ciertamente lujosa y envidiable. Sin embargo, piensa Lauro de manera simultánea, otras variantes de las perspectivas tendrán los vecinos para los aviones comerciales que desde las mismas ventanas puedan ver enfocando hacia la inmensidad del cielo. El ruido de los aparatos que hasta ahí llega es grande, fragoroso, inversamente proporcional a la cercanía del aeropuerto, que debe de estar a un tiro de piedra como quien dice.

Sin madera que tocar a su alrededor, de forma diplomática, sucedánea y calladamente, para atender a esa no por más vulgar menos extendida superstición, acaricia Lauro su propio contorno craneoencefálico, en la seguridad de que algunos centímetros cúbicos de serrín, de celulosa, tiene por narices que albergar.

Es sorprendente: la visión de las torres ha desviado de Lauro la intención que hasta esa calle lo venía guiando, y lo mismo le da ahora llegar que no llegar al entierro de su enemigo, como si recién acabara de comprender que ha concluido sin aspavientos, de manera natural, vía infarto, una imaginaria venganza de todas formas demasiado larga y pesada. Llega pues al tanatorio más por inercia que por una convencida necesidad, y hasta lamenta, en fin, que a la brevísima ceremonia apenas asistan el cura, los dos empleados de la funeraria y diez o doce enemigos más del muerto diseminados en silencio por los bancos de una capilla aséptica, casi desprovista. Por lamentar lamenta incluso que los familiares de su enemigo se hayan des­entendido tanto como para no acompañarlo a este viaje, que alguien haya contratado el lote más barato de los servicios funerarios, que una vez incinerado su enemigo nadie haya querido hacerse cargo de la mediana caja de cenizas resultante.

“Arrieros, en fin”, se dice.

Le sobra entonces a Lauro la oscura americana, mientras camina ya de regreso por las mismas calles, cabizbajo, apurando el sofocante mediodía.

Cuando desemboca otra vez en ese inquietante ensanchamiento, una nueva perspectiva le procura el sobresalto mayor de la jornada: en la visión primera, un bloque ocultó a otro; vistas desde ese nuevo ángulo, deshecho el enroque, las torres resultan ser cuatro.

“Jaque.”

Levanta despacio Lauro una mano indecisa, como para llamar a un taxi.

  Tres trillizas torres, relato de Hipólito G. Navarro incluido en Los últimos percances. Seix Barral. Barcelona, 2005.
   
 

 

 
 

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