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PREGUNTA:
Hipólito, leo y releo tus relatos de la recopilación de Los últimos
percances y parecen que están escritos de tirón, sin
ataduras. ¿Escribes así o eres de los escritores que no le dan
a la tecla antes de saber hacia dónde va un relato?
RESPUESTA:
La verdad es que en Los últimos percances, un volumen que
agrupa tres libros que cubren más de veinte años de escritura, hay
un poco de todo. La mayoría de mis cuentos están escritos de
una sentada, sin pararme a pensar demasiado.
Es
el método que prefiero, el que me hace más feliz. Antes que
cuentista soy un lector empedernido, sobre todo de cuentos. Con este
método de escribir sin planificar nada logro aunar en un mismo
momento el placer de la lectura con el de la escritura, y
convertirme de ese modo en el primer lector de mis cuentecillos,
unos textos que me llegan prácticamente casi dictados por una
parcela de mi cabeza que, por fortuna, de momento soy incapaz de
dominar.
P:
¿De dónde nacen tus cuentos, de la anécdota o de la reflexión?
R:
Los relatos contenidos en los dos primeros volúmenes recopilados
ahora nacieron casi todos de esa manera, ni de la anécdota ni de la
reflexión, sino simple y llanamente del proceso de la escritura, de
la escritura misma, de cierta —espero— intuición narrativa apañada
a fuerza de leer miles y miles de cuentos. Por si hubiera alguien
interesado, el método es muy sencillo: se toma un papel y un
lápiz y se empieza sin más a escribir, de manera automática,
alimentando la seguridad de que una frase nos llevará a la
siguiente, un párrafo al que viene después, una hoja a otra hoja y
a otra y otra.
Llegado
un punto, esa locura automática inicial termina mostrando
unos perfiles, unos caminos, el comienzo de algo aún desconocido,
pero que comienza a manifestarse con toda intensidad. Basta con
seguir esas sendas, con perfilar ese tenue dibujo, para sentir que
se tiene ya un cuento entre las manos. Cerrarlo luego, llevarlo a
mejor o peor puerto, depende entonces de esa intuición narrativa de
la que te hablo, del oficio que uno va adquiriendo poco a poco,
estrellándose estrepitosamente unas veces, alcanzando en otras unas
piezas que difícilmente podrían lograrse con la más estudiada
planificación.
El
secreto está en saber tirar a la papelera dos cosas: el
comienzo automático, ininteligible, disparatado, que sirve como
motor primero, para quedarnos solamente con el cuento a que dio
lugar tan divertido juego; o bien tirar el ejercicio entero, todo él,
desde el principio al fin, cuando los resultados no pasaron del mero
emborronamiento de papel.
P:
¿Qué sugerencia apenas dibujada es la que tiene Tres trillizas
torres? ¿Es ese dicho que dice que la mejor venganza es que no
te puedas vengar de mí porque he muerto?
R:
No sé si atreverme a contarte la verdad o inventar también
sobre la marcha un cuento nuevo. La anécdota velada del relato Tres
trillizas torres es la barbaridad del 11-S. Ya, ya, no me mires
así. Me consta que está todo velado y bien velado, que poco más
que aquel lector que yo era al escribirlo se dará cuenta del
asunto, así haya desperdigadas suficientes pistas a lo largo del
texto buscando al lector mom semblable y mon frère
que uno siempre espera.
El
protagonista del relato va camino de asistir al funeral de alguien
que fue su enemigo, pero la visión de esas torres y la proximidad
de los aviones en “un tan señalado día de septiembre” le hacen
recapacitar en lo inútil y absurdo de la venganza y casi le da
igual asistir o no a ese funeral. Las vacilantes elucubraciones de
la voz narradora (sobre el enfado del taxista, sobre las hechuras de
la calle o el mobiliario de esa plaza), el titubeo al nombrar y al
decir, quieren ser un traslado del pensamiento oscilatorio de ese
tipo que pasea camino del funeral de su enemigo.
P:
“Las torres resultan ser cuatro”. ¿Cómo llegas a estos desenlaces
en tus cuentos?
R:
A los finales me llevan los accidentes del terreno que
piso, tan movedizo y puñetero casi siempre. Recuerdo que, empeñado
en dejar explicado más a las claras lo del once de septiembre, se
me ocurrió terminar con esta frase: “Las torres resultan ser
cuatro, gemelas dos a dos”. En verdad ésta fue la frase final del
cuento en el primer envite de la escritura, pero enseguida me pareció
que lo dejaba todo tan obvio, tan sobreexplicado (la palabra
“trillizas” del título ya está guiñando al lector desde el
principio, me parece, y le está insinuando la palabra “gemelas”
de forma evidente), que decidí cortarla por la mitad y echar así
otro pulso a mi lector preferido, escamoteándole esa solución
facilona.
La
verdad es que esa vuelta de tuerca, “las torres resultan ser
cuatro”, unida a la frasecita que le sigue: “Jaque”, pretende
componer otra lectura diferente para el cuento entero: convertir la
ida y vuelta al tanatorio, con su titubeo, en un movimiento
frustrado dentro de una partida de ajedrez (los lienzos de sol y
sombra que proyectan los bloques en el suelo habían dibujado con
bastante antelación los escaques del tablero).
Al
protagonista, que habitualmente juega con blancas, no se le da bien
jugar con las negras (con la muerte) esta vez (fíjate en lo que se
dice de su indumentaria, siempre clara, de lino, y ahora de furioso
negro) y vuelve atrás un movimiento inútil (la visita al
tanatorio).
Te
parecerá, a la luz de la lectura del relato, un completo despropósito
compositivo y argumental, ¿no? Pero sin embargo yo sé que si un
texto arriesga así, desbarrando incluso, termina por encontrar al
lector que todo cuento busca desesperadamente: no hace ni dos
semanas que me pidieron este relato desde la Editorial Páginas de
Espuma para una de sus antologías temáticas de cuentos, en esta
ocasión dedicada a relatos que tienen como argumento el juego del
ajedrez.
A
uno de los antólogos, el estupendo cuentista Javier Sáez de
Ibarra, no se le había escapado nada, ni tan siquiera el tramado de
luces y sombras en el suelo, y había visto desde una de las altas
ventanas de las torres la partida entera. ¿Qué te parece?
P:
Profundizando en el análisis del cuento que nos has cedido, Tres
trillizas torres, ¿nos puedes contar el porqué de ese título,
que es un trabalenguas, como si el personaje no pudiera pronunciar
el cometido de su ida al cementerio?
R:
Titularlo como dos torres
gemelas habría desbaratado el cuento antes de escribirlo, y con
sumarle una más a la pareja estaba todo dicho sin decir nada. El
tema central del cuento, para mí, ronda alrededor de una idea rara,
piadosa ella si me apuras: la inutilidad de la venganza. El tiempo,
la naturaleza, la enfermedad, terminan por poner algunas cosas en su
sitio.
Resulta
de lo más instructivo analizar el cuento de uno, ahora que lo
pienso (así parezca que está uno explicando el chiste que acaba de
contar, esa costumbre tan fea de la que abusan quienes cuentan
chistes malos), tus preguntas me están llevando al principio
nebuloso de la gestación del cuento, cuando todavía no existían
ni las ganas de escribirlo, y es ahora cuando lo entiendo mejor que
nunca.
¿Me
dejas que te cuente algo que pasó mucho antes de que este cuento
fuera tal? Cuando yo me empleaba en una empresa editorial
ignominiosa sevillana, trabajó en el almacén un muchacho cubano,
de nombre Equis, durante más de un año, ayudado por unas monjas,
para conseguir sacar de Cuba a su novia, una negrita muy hermosa, y
casarse con ella aquí en España.
La
boda pudo celebrarse en septiembre del 2001, a escasos días de los
terribles atentados terroristas, en la iglesia del convento de las
monjas que le habían ayudado. Ese convento está en el lugar justo
donde yo sitúo luego el tanatorio imaginario del cuento, a unos
quinientos metros del ensanchamiento, éste real, del final de la
avenida de Miraflores de Sevilla, un final rematado en efecto por
tres torres de catorce plantas, muy desproporcionadas con respecto
al resto de la avenida, conformada por casitas ya muy viejas y
bloques de cuatro o cinco plantas como mucho.
Por
ese ensanchamiento pasé yo aquella tarde de la boda, en el momento
justo en que un avión que volaba muy bajo, de esos medianos en los
que hacen las prácticas los futuros pilotos, llamó poderosamente
mi atención, y me asustó más que otras veces, por haber vivido
unos días antes la angustia de los atentados.
En
el bolsillo de una chaqueta oscura no muy habitual en mi
indumentaria (una concesión mía, supongo, a mayor gloria del
espectáculo de la boda) llevaba un regalo para mi amigo el cubano:
una bonita edición de un libro prohibido en su isla, que él por
supuesto había leído muchas veces en esos ejemplares hechos casi
menuzos que circulan de mano en mano, más o menos clandestinamente.
¿Te
imaginas el título del libro ya, no? En efecto: la famosa novela de
Cabrera Infante, Tres tristes tigres. Si te regalo ahora el
dato de que el siniestro editor que nos empleaba entonces, a mi
amigo cubano y a mí, nos despidió meses más tarde tras una burda
operación de “mobing”, para él una partida de ajedrez o de póker,
un juego sucio lleno de enroques, de gambitos y de faroles, a ver
quién aguantaba más, y que acabamos muy mal, encarándonos
finalmente en los tribunales, tienes ahí ya todas las piezas
internas que componen el puzzle de este cuento, todas las claves
internas que le dan vida.
Eso
sí, convendrás conmigo en que esto más que la respuesta a una
pregunta está resultando todo un psicoanálisis. Ahí está todo,
qué curioso, ¿no? Las tres torres trillizas, la partida difícil
con el peor enemigo de uno... En diciembre de 2001 comenzaron los
juicios. ¿Puedes imaginar que hasta octubre del 2005, el Supremo no
convirtió en firmes todas las sentencias anteriores, eso sí casi
triplicando la indemnización inicial, y condenando al siniestro
editor a pagar todas las costas procesales?
Fui
consciente desde el principio que jugaba en desventaja, con las
negras por así decir, pero bien valió la pena esperar. Ese cuento
fue mi venganza por adelantado, enterrar en la ficción a un tipo
que todavía trapichea con sus libros viejos por ahí. Cualquier
otra rebuscada venganza —haberle escupido en la cara, haber
mandado a unos cuantos matones a partirle las piernas, haberle
enviado las hojas de sus mediocres poemas manchadas de marrón—
habría sido una inconsciencia mucho más inútil. Es preferible el
apretón final del Tribunal Supremo. Jaque mate.
P:
Tres trillizas torres... ¿es un relato que juega con la
perspectiva, con ese concepto de perspectiva: “los podrán
observar cuantos se asomen a las ventanas con una perspectiva...
lujosa y envidiable”? ¿O es un relato donde se redunda en las
indecisiones: “no es plaza ni jardín”?
R:
Todas las
indecisiones y perspectivas, pienso ahora, que me atenazaban
aquellos días duros y difíciles, cuando no tenía muy claro qué
carta jugar, qué peón mover, ante aquella penosísima situación
personal que se me había venido encima igual que los malditos
aviones sobre las torres, sin haberla visto venir. Le tengo leído
en más de un sitio a don Julio
Cortázar que escribió algunos de sus cuentos, sin él
sospecharlo, a la manera de una terapia, como si sus páginas
pudieran ponerlo a resguardo de algún terrible sortilegio. Tres
trillizas torres debe de ser, supongo, un texto de esos que actúan
como un bálsamo para quien los escribe. Ojalá obrase ese poder
también sobre quien los lee.
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