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ISSN: 1698-4463

 
       
  Revista de Curiosidad Literaria

Quizás sea NOVIEMBRE de 2005

 
       
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AÑO VI / Número 0060

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AVIADORES

"EL SECRETO DE MIS RELATOS ES SABER TIRAR A LA PAPELERA ESE PRINCIPIO AUTOMÁTICO Y DISPARATADO"

Entrevista realizada por David G. Torres

PRIMERA PARTE DE LA ENTREVISTA

Aviadores: HIPÓLITO G. NAVARRO

 

Hipólito G. Navarro

Tres trillizas torres 

Relato cedido por el autor e incluido en la colección de cuentos LOS ÚLTIMOS PERCANCES

(1) Entrevista con Hipólito G. Navarro:

"El secreto de mis relatos es saber tirar a la papelera ese principio automático y disparatado"

(2) Entrevista con Hipólito G. Navarro:

"Los finales que me arrebatan son los que usan el título como clave del relato"

(3) Entrevista con Hipólito G. Navarro:

Hipólito G. Navarro nos recomienda sus 10 lecturas favoritas.

 

 
 
 
 
 
 
 
 
 

PREGUNTA: Hipólito, leo y releo tus relatos de la recopilación de Los últimos percances y parecen que están escritos de tirón, sin ataduras. ¿Escribes así o eres de los escritores que no le dan a la tecla antes de saber hacia dónde va un relato?

RESPUESTA: La verdad es que en Los últimos percances, un volumen que agrupa tres libros que cubren más de veinte años de escritura, hay un poco de todo. La mayoría de mis cuentos están escritos de una sentada, sin pararme a pensar demasiado.

Es el método que prefiero, el que me hace más feliz. Antes que cuentista soy un lector empedernido, sobre todo de cuentos. Con este método de escribir sin planificar nada logro aunar en un mismo momento el placer de la lectura con el de la escritura, y convertirme de ese modo en el primer lector de mis cuentecillos, unos textos que me llegan prácticamente casi dictados por una parcela de mi cabeza que, por fortuna, de momento soy incapaz de dominar.

P: ¿De dónde nacen tus cuentos, de la anécdota o de la reflexión?

R: Los relatos contenidos en los dos primeros volúmenes recopilados ahora nacieron casi todos de esa manera, ni de la anécdota ni de la reflexión, sino simple y llanamente del proceso de la escritura, de la escritura misma, de cierta —espero— intuición narrativa apañada a fuerza de leer miles y miles de cuentos. Por si hubiera alguien interesado, el método es muy sencillo: se toma un papel y un lápiz y se empieza sin más a escribir, de manera automática, alimentando la seguridad de que una frase nos llevará a la siguiente, un párrafo al que viene después, una hoja a otra hoja y a otra y otra.

Llegado un punto, esa locura automática inicial termina mostrando unos perfiles, unos caminos, el comienzo de algo aún desconocido, pero que comienza a manifestarse con toda intensidad. Basta con seguir esas sendas, con perfilar ese tenue dibujo, para sentir que se tiene ya un cuento entre las manos. Cerrarlo luego, llevarlo a mejor o peor puerto, depende entonces de esa intuición narrativa de la que te hablo, del oficio que uno va adquiriendo poco a poco, estrellándose estrepitosamente unas veces, alcanzando en otras unas piezas que difícilmente podrían lograrse con la más estudiada planificación.

El secreto está en saber tirar a la papelera dos cosas: el comienzo automático, ininteligible, disparatado, que sirve como motor primero, para quedarnos solamente con el cuento a que dio lugar tan divertido juego; o bien tirar el ejercicio entero, todo él, desde el principio al fin, cuando los resultados no pasaron del mero emborronamiento de papel.

P: ¿Qué sugerencia apenas dibujada es la que tiene Tres trillizas torres? ¿Es ese dicho que dice que la mejor venganza es que no te puedas vengar de mí porque he muerto?

R: No sé si atreverme a contarte la verdad o inventar también sobre la marcha un cuento nuevo. La anécdota velada del relato Tres trillizas torres es la barbaridad del 11-S. Ya, ya, no me mires así. Me consta que está todo velado y bien velado, que poco más que aquel lector que yo era al escribirlo se dará cuenta del asunto, así haya desperdigadas suficientes pistas a lo largo del texto buscando al lector mom semblable y mon frère que uno siempre espera.

El protagonista del relato va camino de asistir al funeral de alguien que fue su enemigo, pero la visión de esas torres y la proximidad de los aviones en “un tan señalado día de septiembre” le hacen recapacitar en lo inútil y absurdo de la venganza y casi le da igual asistir o no a ese funeral. Las vacilantes elucubraciones de la voz narradora (sobre el enfado del taxista, sobre las hechuras de la calle o el mobiliario de esa plaza), el titubeo al nombrar y al decir, quieren ser un traslado del pensamiento oscilatorio de ese tipo que pasea camino del funeral de su enemigo.

P: “Las torres resultan ser cuatro”. ¿Cómo llegas a estos desenlaces en tus cuentos?

R: A los finales me llevan los accidentes del terreno que piso, tan movedizo y puñetero casi siempre. Recuerdo que, empeñado en dejar explicado más a las claras lo del once de septiembre, se me ocurrió terminar con esta frase: “Las torres resultan ser cuatro, gemelas dos a dos”. En verdad ésta fue la frase final del cuento en el primer envite de la escritura, pero enseguida me pareció que lo dejaba todo tan obvio, tan sobreexplicado (la palabra “trillizas” del título ya está guiñando al lector desde el principio, me parece, y le está insinuando la palabra “gemelas” de forma evidente), que decidí cortarla por la mitad y echar así otro pulso a mi lector preferido, escamoteándole esa solución facilona.

La verdad es que esa vuelta de tuerca, “las torres resultan ser cuatro”, unida a la frasecita que le sigue: “Jaque”, pretende componer otra lectura diferente para el cuento entero: convertir la ida y vuelta al tanatorio, con su titubeo, en un movimiento frustrado dentro de una partida de ajedrez (los lienzos de sol y sombra que proyectan los bloques en el suelo habían dibujado con bastante antelación los escaques del tablero).

Al protagonista, que habitualmente juega con blancas, no se le da bien jugar con las negras (con la muerte) esta vez (fíjate en lo que se dice de su indumentaria, siempre clara, de lino, y ahora de furioso negro) y vuelve atrás un movimiento inútil (la visita al tanatorio).

Te parecerá, a la luz de la lectura del relato, un completo despropósito compositivo y argumental, ¿no? Pero sin embargo yo sé que si un texto arriesga así, desbarrando incluso, termina por encontrar al lector que todo cuento busca desesperadamente: no hace ni dos semanas que me pidieron este relato desde la Editorial Páginas de Espuma para una de sus antologías temáticas de cuentos, en esta ocasión dedicada a relatos que tienen como argumento el juego del ajedrez.

A uno de los antólogos, el estupendo cuentista Javier Sáez de Ibarra, no se le había escapado nada, ni tan siquiera el tramado de luces y sombras en el suelo, y había visto desde una de las altas ventanas de las torres la partida entera. ¿Qué te parece?

P: Profundizando en el análisis del cuento que nos has cedido, Tres trillizas torres, ¿nos puedes contar el porqué de ese título, que es un trabalenguas, como si el personaje no pudiera pronunciar el cometido de su ida al cementerio?

R: Titularlo como dos torres gemelas habría desbaratado el cuento antes de escribirlo, y con sumarle una más a la pareja estaba todo dicho sin decir nada. El tema central del cuento, para mí, ronda alrededor de una idea rara, piadosa ella si me apuras: la inutilidad de la venganza. El tiempo, la naturaleza, la enfermedad, terminan por poner algunas cosas en su sitio.

Resulta de lo más instructivo analizar el cuento de uno, ahora que lo pienso (así parezca que está uno explicando el chiste que acaba de contar, esa costumbre tan fea de la que abusan quienes cuentan chistes malos), tus preguntas me están llevando al principio nebuloso de la gestación del cuento, cuando todavía no existían ni las ganas de escribirlo, y es ahora cuando lo entiendo mejor que nunca.

¿Me dejas que te cuente algo que pasó mucho antes de que este cuento fuera tal? Cuando yo me empleaba en una empresa editorial ignominiosa sevillana, trabajó en el almacén un muchacho cubano, de nombre Equis, durante más de un año, ayudado por unas monjas, para conseguir sacar de Cuba a su novia, una negrita muy hermosa, y casarse con ella aquí en España.

La boda pudo celebrarse en septiembre del 2001, a escasos días de los terribles atentados terroristas, en la iglesia del convento de las monjas que le habían ayudado. Ese convento está en el lugar justo donde yo sitúo luego el tanatorio imaginario del cuento, a unos quinientos metros del ensanchamiento, éste real, del final de la avenida de Miraflores de Sevilla, un final rematado en efecto por tres torres de catorce plantas, muy desproporcionadas con respecto al resto de la avenida, conformada por casitas ya muy viejas y bloques de cuatro o cinco plantas como mucho.

Por ese ensanchamiento pasé yo aquella tarde de la boda, en el momento justo en que un avión que volaba muy bajo, de esos medianos en los que hacen las prácticas los futuros pilotos, llamó poderosamente mi atención, y me asustó más que otras veces, por haber vivido unos días antes la angustia de los atentados.

En el bolsillo de una chaqueta oscura no muy habitual en mi indumentaria (una concesión mía, supongo, a mayor gloria del espectáculo de la boda) llevaba un regalo para mi amigo el cubano: una bonita edición de un libro prohibido en su isla, que él por supuesto había leído muchas veces en esos ejemplares hechos casi menuzos que circulan de mano en mano, más o menos clandestinamente.

¿Te imaginas el título del libro ya, no? En efecto: la famosa novela de Cabrera Infante, Tres tristes tigres. Si te regalo ahora el dato de que el siniestro editor que nos empleaba entonces, a mi amigo cubano y a mí, nos despidió meses más tarde tras una burda operación de “mobing”, para él una partida de ajedrez o de póker, un juego sucio lleno de enroques, de gambitos y de faroles, a ver quién aguantaba más, y que acabamos muy mal, encarándonos finalmente en los tribunales, tienes ahí ya todas las piezas internas que componen el puzzle de este cuento, todas las claves internas que le dan vida.

Eso sí, convendrás conmigo en que esto más que la respuesta a una pregunta está resultando todo un psicoanálisis. Ahí está todo, qué curioso, ¿no? Las tres torres trillizas, la partida difícil con el peor enemigo de uno... En diciembre de 2001 comenzaron los juicios. ¿Puedes imaginar que hasta octubre del 2005, el Supremo no convirtió en firmes todas las sentencias anteriores, eso sí casi triplicando la indemnización inicial, y condenando al siniestro editor a pagar todas las costas procesales?

Fui consciente desde el principio que jugaba en desventaja, con las negras por así decir, pero bien valió la pena esperar. Ese cuento fue mi venganza por adelantado, enterrar en la ficción a un tipo que todavía trapichea con sus libros viejos por ahí. Cualquier otra rebuscada venganza —haberle escupido en la cara, haber mandado a unos cuantos matones a partirle las piernas, haberle enviado las hojas de sus mediocres poemas manchadas de marrón— habría sido una inconsciencia mucho más inútil. Es preferible el apretón final del Tribunal Supremo. Jaque mate.

P: Tres trillizas torres... ¿es un relato que juega con la perspectiva, con ese concepto de perspectiva: “los podrán observar cuantos se asomen a las ventanas con una perspectiva... lujosa y envidiable”? ¿O es un relato donde se redunda en las indecisiones: “no es plaza ni jardín”?

R: Todas las indecisiones y perspectivas, pienso ahora, que me atenazaban aquellos días duros y difíciles, cuando no tenía muy claro qué carta jugar, qué peón mover, ante aquella penosísima situación personal que se me había venido encima igual que los malditos aviones sobre las torres, sin haberla visto venir. Le tengo leído en más de un sitio a don Julio Cortázar que escribió algunos de sus cuentos, sin él sospecharlo, a la manera de una terapia, como si sus páginas pudieran ponerlo a resguardo de algún terrible sortilegio. Tres trillizas torres debe de ser, supongo, un texto de esos que actúan como un bálsamo para quien los escribe. Ojalá obrase ese poder también sobre quien los lee.

   
   
 

 

 

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