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Fernando
Iwasaki
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Foto:fernandoiwasaki.com
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Fernando
Iwasaki nació en Lima en 1961. Desde 1989 reside en
Sevilla. Es director de la revista literaria Renacimiento
y director de la Fundación Cristina Heeren de Arte
Flamenco. Sus libros pivotan entre las memorias, el ensayo y
la creación literaria. Es Premio Copé de Narrativa (Lima,
1998); Conference on Latin American History Grant Award (New
York, 1996); Premio Fundación del Fútbol Profesional
(Madrid, 1994) y Premio de Ensayo «Alberto Ulloa» (Lima,
1987).
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| Fuente:
Entrevista cedida por Cursos de Verano de la UCM 2006 |
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Es el escritor Fernando Iwasaki
(Lima, 1961) quien reúne [en torno a sí] a toda una generación
de literatos herederos del boom latinoamericano. Benavides
(Perú), Volpi (México), Fuguet (Chile), Guédez (Venezuela),
Neuman (Argentina), Paz Soldán (Cuba)... y el propio Iwasaki
comparten la multiculturalidad como idiosincrasia; dan su visión
literaria sobre los otrora sus maestros y, en algunos casos,
amigos -Carlos Fuentes, Gabriel García Márquez, Mario Vargas
Llosa, Julio Cortázar o Guillermo Cabrera Infante.
PREGUNTA: ¿Para su
generación, los escritores del boom representan un lastre?
RESPUESTA:
Los escritores que ahora tienen 60 ó 70 años fueron los autores
latinoamericanos que se sintieron oprimidos por la gran magnitud
del boom; nosotros, no. Sin ellos no existiríamos. Yo no
existiría como escritor, sino hubiera leído a Mario Vargas
Llosa, Gabriel García Márquez a Guillermo Cabrera Infante, etc.
Nuestra gratitud hacia ellos es inmensa. [Los hijos del boom] somos
una generación intermedia.
Yo tenía 15
años cuando en el colegio leí Los Cachorros, de Vargas Llosa.
Tenía 16 años cuando leí Cronopios y Famas, de Julio
Cortázar.
Es decir, nos formamos como lectores, leyendo a los grandes
escritores del boom. Pero no sólo nosotros, los
latinoamericanos.
En España,
cuando Antonio Muñoz Molina tenía 18 años, cuando Almudena
Grandes tenía 17 o Luis Landero tenía 20, probablemente leían a
Cortázar, a Vargas Llosa, y quizás no tanto a Ignacio Aldecoa o
Francisco Umbral, autores que ahora reivindican. A nuestros
contemporáneos españoles les llamaban la atención los
narradores latinoamericanos.
Los autores
del boom, por tanto, no son, en absoluto, un lastre
o un muro: y mucho menos una lápida.
PREGUNTA: Sergio Pitol
considera a Samuel Below, Thomas Bernhard o Roberto Bolaño ya
como clásicos contemporáneos. ¿Comparte esa opinión?
RESPUESTA:
Yo le tenía un gran cariño y admiración a Roberto. Pero todo es
tan reciente… Yo creo que novelas como Los detectives salvajes
o
2666 le darán el espaldarazo. Pero creo que los clásicos ganan
con la distancia. Por ejemplo, durante los 70 disfrutamos de los
libros de Stefan Zweig, que luego cayó en el olvido, hasta que se
han publicado reediciones de su obra. Para mí, Zweig también
podía ser uno de estos clásicos que con la distancia ha ganado.
Y Jorge Luis Borges: su figura se agiganta cada vez más con los
años. Ahora nadie pone en tela de juicio que, después de
Cervantes, el gran clásico en lengua española es Borges.
P: ¿Qué autores de tu
generación consideras hijos del boom?
R:
Cronológicamente, todos podríamos serlo. La contraseña
generacional y biológica es importante, pero en el caso concreto
de este curso, los autores que dan las ponencias -Jorge Eduardo
Benavides, Andrés Neuman, Jorge Volpi, Alberto Fuguet, Ignacio
Padilla, Juan Carlos Méndez Guédez…narramos las relaciones
personales que tenemos o hemos tenido con determinadas figuras del
boom. Por ejemplo, Fuget formó parte de los talleres de escritura
dirigidos por José Donoso en Chile. Volpi tiene una relación
personal privilegiada con Carlos Fuentes y su obra. También
Santiago Gamboa con García Márquez. Yo, en lugar de hablar de
Vargas Llosa, hablaré de Cabrera Infante y lo que representó
para mí como escritor y amigo.
P: ¿Y usted, como
novelista y cuentista, sobre qué escribe?
R: A mí
me interesa más el tono que el tema. Todos los temas que he
elegido en mi obra -dolor, amor, horror, erotismo- se tratan desde
el humor, un aspecto del que me interesa explorar todas sus
posibilidades literarias. Es verdad que en la tradición literaria
latinoamericana ha habido escritores con un maravilloso sentido
del humor -Cabrera Infante, en Cuba; Jorge Ibargüengoitia, en
México; Cortazar, en Argentina pero también los tenemos en
España. Yo me he empapado de las obras de Julio Camba, de
Wenceslao Fernández Florez o de Enrique Javier Poncela, a quienes
considero maestros del humor.
P: Sus últimos libros
Helarte de amar (erotismo) o Ajuar Funerario (terror) juegan
bastante con los géneros…
R: Sí.
Pienso que los géneros están para degenerarlos. Es muy
estimulante romper las fronteras entre el ensayo, la ficción, las
memorias o la crónica. Para cualquier escritor, esta ambición
literaria es legítima.
P: ¿Es cierto que tardó
casi cinco años en escribir Ajuar Funerario?
R: Sí, porque es un
libro de microrrelatos de terror. Historias de ocho líneas. Y un
libro así no puedes sentarte y escribirlo de un tirón.
P: Será
por eso que Jorge Benavides dice que es más complicado escribir
un libro de relatos que una novela...
R: Muchas
personas desean hacer sus primeras armas literarias con un libro
de relatos; pero el relato no es un género fácil: cada historia
debe ser muy redonda, muy perfecta. El relato no admite fisuras.
Una novela puede tener altibajos; por momentos, puede que se
pierda en una dirección…El relato, no: debe ser rotundo. Ya
Cortázar decía que la novela era un combate de boxeo que se
ganaba por puntos, mientras que el cuento hay que ganarlo por
noqueo. Yo digo (risas) que ambos géneros son como la comida: la
novela, una vez abierta, aguanta bien en la nevera; el relato hay
que consumirlo de inmediato.
P: ¿Qué escribe ahora
Iwasaki?
R: Me
gustaría empezar una novela de corrupción política en clave de
humor. Cuando contemplas los sucesos de Marbella, por ejemplo, y
ves el baño de la casa del cerebro de la trama inmobiliaria, te
invade la indignación, pero también la ternura. Si esto no fuera
tan terrible, sería cómico.
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