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  Revista de Curiosidad Literaria

Quizás sea SEPTIEMBRE de 2005

 
       
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AÑO VI / Número 0058

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AVIADORES

"EL ACIERTO DE UN ESCRITOR 
ES SABER QUE NO SOMOS DUEÑOS DE LAS PALABRAS"

Extracto de la entrevista de Antonia Cortés /Cedido por UCM / Verano Complutense 

 

Aviadores: FÉLIX GRANDE

 
 

Es un hombre con “dos patrias”. Sus manos acarician las cuerdas de una guitarra con la misma fuerza con que viste la palabra de magia. Escucharle es sentir esa serenidad que él teme no encontrar cuando llegue la hora de envejecer. Premio Nacional de las Letras 2004, entre otros galardones, este poeta es de porte sereno y alma inquieta. Su nombre, Félix Grande.

 

PREGUNTA: Comencemos por su tierra, no la que le vio nacer, sino crecer: Tomelloso, ¿qué le debe?

RESPUESTA: Excepto el nacimiento, todo lo demás. A pesar de tener mis familiares, mis muertos y mis raíces en Tomelloso, cada vez que voy a Mérida, no donde nací, donde me parió mi madre, recupero todos sus recuerdos, buenos y malos. El hecho de haber respirado por primera vez en un lugar te hace ser amante eterno de ese lugar.

P: La balada del abuelo Palancas... ¿qué ha heredado de ese hombre que marcó su niñez?

R: Era un hombre maravilloso, pero, en aquella época, había muchos hombres maravillosos como mi abuelo, en esa tierra y en otras de España. Aún ahora, que parece que aquellos tiempos han pasado para siempre, la dignidad no ha terminado, no ha sido abolida por la demagogia… Hay seres admirables, con un respeto a la palabra dada, con la decisión de hacer su trabajo lo mejor posible aunque no se lo paguen bien, porque se lo paga su propio sentido del orgullo profesional. A esos seres admirables y esas mujeres abnegadas, llenas de fortaleza para resistir los sofiones de la vida y esos hombres trabajadores… son a los que debemos llamar la patria.

P: De usted dicen que es uno de los renovadores de la lírica española...

R: No significa gran cosa. La poesía va por donde quiere caminar. Cuando somos jóvenes tenemos la tentación de pensar que juntándonos media docena de amigos, haciendo un manifiesto y teniendo un pequeño lugar de poder, como una editorial, podemos decidir cómo tiene que ser la poesía, pero eso es un delirio. 

La poesía es la que camina, la que elige su camino y la fortuna de un poeta o aprendiz de discípulo de un poeta, que es lo que somos casi todos, consiste en acompañar a la trayectoria de la poesía donde ella va. El hecho de publicar no significa nada, sólo la servidumbre de colaborar a la enorme y maravillosa aventura de la tensión poética de las palabras. 

Las palabras son milenarias; saben más que nosotros, con su carga simbólica y de inocencia. Cuando hayamos muerto, las palabras seguirán viviendo. El acierto de un escritor es saber que no somos dueños de las palabras, no son herramientas, son seres vivos. Nuestra misión es ser sirvientes de la aventura de las palabras.

P: Caballero Bonald, Claudio Rodríguez, Ángel Crespo... ¿qué les une o desune?

R: Lo que nos unió fue la tensión moral en la que vivíamos en la época del franquismo. Sabíamos que un escritor tiene que tener una dimensión civil, si no está traicionando, decepcionando a su comunidad. Teníamos la certidumbre de que esa dimensión civil no se debía limitar a la denuncia de una tiranía, para eso estaban los panfletos, que también redactábamos. Teníamos la obligación de darnos cuenta de lo que he dicho antes: las palabras son criaturas vivas

El deber del escritor es tratar de mantener las palabras en su situación de inocencia, que no pierdan su energía originaria. Esos poetas, también Eladio Caballero o Antonio Hernández, Manuel Ríos Ruiz... aunque no hayamos sido muy amigos, sí hemos respirado en el aire estas obligaciones.

P: Benedetti ha dicho que, a través de la poesía, el escritor se expresa más honestamente...

R: El escritor debe expresarse honestamente en cualquier género literario. Lo que sí es cierto es que la convivencia con la poesía le produce al escritor unos niveles de placer estético y psicológico mayores

La poesía es un estado de gracia, una consecuencia de estar conforme moralmente con uno mismo. Cuando uno no se miente, la poesía va a su casa. Pero, si está en conflicto con uno mismo, es fácil que la poesía se vaya. Quizá, por eso, poetas como yo tenemos etapas en la que no podemos escribir poesía.

P: Por eso, ¿hace tiempo que no publica; lo hará?

R: Ojalá. Podría escribir todos los días, pero sólo con la técnica. Llevo tiempo sin escribir poesía. La causa está dentro de mí: quizá esa Guerra Civil. Estoy ansioso de que la poesía llegue a casa; entonces cerraré la puerta para que se quede. La poesía se alimenta de la inocencia, del terror, del júbilo del niño, de la angustia del adolescente. 

Poetas mayores han tenido el coraje de mantener esa inocencia, y escriben buenos libros sin repetirse. Otros se empeñan en seguir escribiendo lo que ya han escrito. El jubilo poético del escritor es su asentamiento en el adulto.

Si se ha decidido ser adulto, es posible que la poesía huya; aquel que muestra sus llagas infantiles y sus angustias como Vallejo, que conservó hasta el fin de sus días el estupor, el asombro, su angustia vital, religiosa, sexual... de su adolescencia y no se desprendió de sus sufrimientos, la poesía no le abandona. Pero nadie somos Vallejo más que César Vallejo.

P: ¿Qué le inquieta del mañana?

R: No la muerte. La muerte me produce tristeza. Tampoco la servidumbre de la vejez, sus enfermedades. De lo que me queda de vida, me preocupa no tener la serenidad que necesito para envejecer correctamente y vivir sin molestar a nadie. Me preocupa la posibilidad de hacer daño en el poco tiempo que me queda.

P: ¿Sigue pensando que la vejez es una fatalidad?

R: La vida entera es una fatalidad. La infancia es una fatalidad, porque ahí se tienen las primeras llagas que no se cierran nunca. La adolescencia es una fatalidad en la medida en que abandonas las certidumbres, el colchón de los padres y debes empezar a buscar tus propias respuestas; y de adulto, la vida se encarga de traerte los problemas. 

Ya la vejez es la antesala del problema fundamental que no tiene solución nunca: la muerte. Porque somos finitos y vamos a ser olvidados, porque somos frágiles, es por lo que cada minuto de la vida es un instante sagrado.

P:  Y si acabamos con unos versos...

R: El poema más breve del mundo y el más consolador de los que yo conozco. Es de Antonio Machado: "Hoy es siempre todavía".

 

   
  Entrevista completa: http://www.ucm.es/info/cv/verano/V8-12-2005.pdf
 
 

 

 

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