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Es un hombre con “dos
patrias”. Sus manos acarician las cuerdas de una guitarra con la
misma fuerza con que viste la palabra de magia. Escucharle es sentir
esa serenidad que él teme no encontrar cuando llegue la hora de
envejecer. Premio Nacional de las Letras 2004, entre otros
galardones, este poeta es de porte sereno y alma inquieta. Su
nombre, Félix
Grande.
PREGUNTA:
Comencemos por su tierra, no la que le vio
nacer, sino crecer: Tomelloso, ¿qué le debe?
RESPUESTA:
Excepto el nacimiento, todo lo
demás. A pesar de tener mis familiares, mis muertos y mis raíces
en Tomelloso, cada vez que voy a Mérida, no donde nací, donde me
parió mi madre, recupero todos sus recuerdos, buenos y malos. El
hecho de haber respirado por primera vez en un lugar te hace ser
amante eterno de ese lugar.
P:
La balada del abuelo Palancas... ¿qué ha
heredado de ese hombre que marcó su niñez?
R:
Era un hombre maravilloso, pero,
en aquella época, había muchos hombres maravillosos como mi
abuelo, en esa tierra y en otras de España. Aún ahora, que parece
que aquellos tiempos han pasado para siempre, la dignidad no ha
terminado, no ha sido abolida por la demagogia… Hay seres
admirables, con un respeto a la palabra dada, con la decisión de
hacer su trabajo lo mejor posible aunque no se lo paguen bien,
porque se lo paga su propio sentido del orgullo profesional. A esos
seres admirables y esas mujeres abnegadas, llenas de fortaleza para
resistir los sofiones de la vida y esos hombres trabajadores… son
a los que debemos llamar la patria.
P: De usted dicen que es uno de los renovadores
de la lírica española...
R:
No significa gran cosa. La poesía
va por donde quiere caminar. Cuando somos jóvenes tenemos la
tentación de pensar que juntándonos media docena de amigos,
haciendo un manifiesto y teniendo un pequeño lugar de poder, como
una editorial, podemos decidir cómo tiene que ser la poesía, pero
eso es un delirio.
La poesía es la que camina, la que elige su
camino y la fortuna de un poeta o aprendiz de discípulo de un
poeta, que es lo que somos casi todos, consiste en acompañar a la
trayectoria de la poesía donde ella va. El hecho de publicar no
significa nada, sólo la servidumbre de colaborar a la enorme y
maravillosa aventura de la tensión poética de las palabras.
Las
palabras son milenarias; saben más que nosotros, con su carga simbólica
y de inocencia. Cuando hayamos muerto, las palabras seguirán
viviendo. El acierto de un escritor es saber que no somos dueños de
las palabras, no son herramientas, son seres vivos. Nuestra misión
es ser sirvientes de la aventura de las palabras.
P:
Caballero Bonald, Claudio Rodríguez,
Ángel Crespo... ¿qué les une o desune?
R:
Lo que nos unió fue la tensión
moral en la que vivíamos en la época del franquismo. Sabíamos que
un escritor tiene que tener una dimensión civil, si no está
traicionando, decepcionando a su comunidad. Teníamos la certidumbre
de que esa dimensión civil no se debía limitar a la denuncia de
una tiranía, para eso estaban los panfletos, que también redactábamos.
Teníamos la obligación de darnos cuenta de lo que he dicho antes:
las palabras son criaturas vivas.
El deber del escritor es tratar de
mantener las palabras en su situación de inocencia, que no pierdan
su energía originaria. Esos poetas, también Eladio Caballero o
Antonio Hernández, Manuel Ríos Ruiz... aunque no hayamos sido muy
amigos, sí hemos respirado en el aire estas obligaciones.
P: Benedetti ha dicho que, a través de la poesía,
el escritor se expresa más honestamente...
R:
El escritor debe expresarse
honestamente en cualquier género literario. Lo que sí es cierto es
que la convivencia con la poesía le produce al escritor unos
niveles de placer estético y psicológico mayores.
La poesía es un
estado de gracia, una consecuencia de estar conforme moralmente con
uno mismo. Cuando uno no se miente, la poesía va a su casa. Pero,
si está en conflicto con uno mismo, es fácil que la poesía se
vaya. Quizá, por eso, poetas como yo tenemos etapas en la que no
podemos escribir poesía.
P: Por eso, ¿hace tiempo que no publica; lo
hará?
R:
Ojalá. Podría escribir todos
los días, pero sólo con la técnica. Llevo tiempo sin escribir
poesía. La causa está dentro de mí: quizá esa Guerra Civil.
Estoy ansioso de que la poesía llegue a casa; entonces cerraré la
puerta para que se quede. La poesía se alimenta de la inocencia,
del terror, del júbilo del niño, de la angustia del adolescente.
Poetas mayores han tenido el coraje de mantener esa inocencia, y
escriben buenos libros sin repetirse. Otros se empeñan en seguir
escribiendo lo que ya han escrito. El jubilo poético del escritor
es su asentamiento en el adulto.
Si se ha decidido ser adulto, es
posible que la poesía huya; aquel que muestra sus llagas infantiles
y sus angustias como Vallejo, que conservó hasta el fin de sus días
el estupor, el asombro, su angustia vital, religiosa, sexual... de
su adolescencia y no se desprendió de sus sufrimientos, la poesía
no le abandona. Pero nadie somos Vallejo más que César Vallejo.
P:
¿Qué le inquieta del mañana?
R:
No la muerte. La muerte me
produce tristeza. Tampoco la servidumbre de la vejez, sus
enfermedades. De lo que me queda de vida, me preocupa no tener la
serenidad que necesito para envejecer correctamente y vivir sin
molestar a nadie. Me preocupa la posibilidad de hacer daño en el
poco tiempo que me queda.
P:
¿Sigue pensando que la vejez es una
fatalidad?
R:
La vida entera es una fatalidad.
La infancia es una fatalidad, porque ahí se tienen las primeras
llagas que no se cierran nunca. La adolescencia es una fatalidad en
la medida en que abandonas las certidumbres, el colchón de los
padres y debes empezar a buscar tus propias respuestas; y de adulto,
la vida se encarga de traerte los problemas.
Ya la vejez es la
antesala del problema fundamental que no tiene solución nunca: la
muerte. Porque somos finitos y vamos a ser olvidados, porque somos
frágiles, es por lo que cada minuto de la vida es un instante
sagrado.
P:
Y si acabamos con unos versos...
R:
El poema más breve del mundo y
el más consolador de los que yo conozco. Es de Antonio Machado:
"Hoy es
siempre todavía".
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