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A
punto de ser investido doctor honoris causa por la Universidad
Complutense, el escritor Claudio
Magris, nacido en Trieste
(Italia) en 1939, está derrochando amabilidad y trabajo.
El Premio Príncipe de Asturias 2004 no da síntomas de agotamiento.
Y descubrimos facetas más desconocidas del autor de Danubio.
PREGUNTA:
Usted
es traductor y se encontrará con bastantes obstáculos para
transmitir el espíritu y la esencia de una obra literaria escrita
en una lengua que no es la suya…
RESPUESTA:
Cierto, el traductor tiene un trabajo difícil, pero traducir es una
de las ocupaciones más bellas de todas las que he hecho. Recuerdo
que el primer libro que traduje era un ensayo en la universidad
sobre Brecht, de Hans Mayer. La primera frase me costó una
semana.
Y no era difícil, pero no encontraba el ritmo. La traducción es
sinceramente ritmo. Está todo ahí, en la música. Recuerdo que en
Danubio, yo escribí bellissima y el traductor puso «hermosísima», pero, para mí, era mejor «hermosa». No obstante, el traductor
siempre tiene la última palabra. El traductor es el responsable
final de la traducción.
P:¿Autor,
pensador, crítico y profesor? ¿Cuál de estas facetas quiere
mostrar más, cuál es la más desconocida o sobre cuál de ellas le
da más vergüenza que hablen?
R:
El público es diverso y cambia de país en país. En España se me
conoce como escritor y en Austria como estudioso. Realmente, la
faceta de escritor es la dimensión que más me interesa y que
siento más mía. No me da vergüenza ninguna de mis facetas. No
creo que una dimensión sea más importante que otra ni más
creativa, porque la creatividad está presente en todas las
manifestaciones. A priori, no creo que un cuento tenga que ser más
creativo que una lección. No creo que un género sea superior a
otro. Luego, uno en su vida tiene momentos, fases, en que siente más
una expresión determinada. Ha habido momentos de mi vida en que mi
actividad creadora se ha dedicado más a la crítica, al ensayo, a
la enseñanza, mientras que ahora me dedico más a la ficción. Sin
embargo, no creo que una cosa sea más importante que la otra.
P: Usted tiene la necesidad de contar sus sensaciones a través de sus
obras, pero pocos autores les dedican tanto tiempo a los ensayos, al
análisis literario…
R:
Sí, se trata de una pasión que lleva escribir. Uno se enamora de
una historia y la cuenta o se enamora de un problema, de un autor;
es siempre una necesidad. Siento haber expresado mi vida, si lo he
hecho bien o mal es otro problema, tanto escribiendo una narración
inventada como El conde o un ensayo sobre Jacobsen. Hacen referencia
a mi vida, mis amores, mis sentimientos y todo absolutamente.
P: ¿Por qué cree que escribir es transcribir? ¿Dónde queda la
invención o la imaginación?
R:
La imaginación es grande, y no me refiero sólo a la mía. Es
siempre la vida la
que te lleva. En realidad, ninguno inventa. La imaginación se
potencia por el hecho de transformar, de relacionar, pero la vida
pone siempre la materia. Creo
que se ha inventado poquísimo.
P:
No sé si sería muy atrevido que nos recomendara a todos alguna
obra literaria de referencia…
R:
Es muy difícil recomendar. Puedo citar a Kafka o Góngora; depende,
no creo que sea posible recomendar porque depende del momento. Hoy
uno puede necesitar leer a Leopardi y otro día a Quevedo.
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