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Una
vez más Rita revolvió su bolso y comprobó la dirección en la
carta de Max. Un escalofrío le recorrió el espinazo cuando rozó
la superficie del arma, que estaba fría como la piel de un
muerto.
Diez
horas de viaje no habían conseguido calmarla. Llevar encima esa
cosa le hacía sentir ridícula; como si hubiese salido a la calle
en albornoz. Nunca debió permitir a Óscar que la pusiera allí.
Sin mirarla, atrapó con asco entre el pulgar y el índice el cañón
enmohecido, y puso el arma bajo los caramelos y la revista de
modas que había comprado en la estación. ¿Por qué le haría
caso a ese bobo? A veces Rita se preguntaba cómo habría ido a
parar con un hombre como Óscar. El arma de su padre, el Capitán;
le había dicho antes de salir mientras le obligaba a darle el
bolso y la ponía dentro. La que el Capitán había usado hasta su
muerte en heroico acto de servicio, añadió; casi cuadrado de
orgullo.
Bobadas.
A ella le gustaría saber si de veras el padre de Óscar había
sido policía. A ella le parecía que no. Al fin y al cabo, él no
era más que un simple tendero.
Se
quitó las gafas oscuras, soñolienta, y por la ventanilla vio
pasar el exterior. Palmeras cargadas con grandes cocos flanqueaban
el polvoriento camino, reverberando en el aire como antorchas. En
el cielo despejado, el sol de la tarde declinaba.
—Lo
mejor es que vayamos a Rivera —oyó decir a su lado—. Allí
necesitan gente.
El
monocorde zumbido del motor del coche competía a intervalos con
las voces hastiadas del interior. A excepción de esos dos hombres
que viajaban en los asientos de al lado y del conductor, el
autocar había quedado vacío.
Desde
su asiento, Rita les echó una discreta ojeada: no parecían de
fiar. Sin darse cuenta descruzó los brazos, y reunió ambas manos
sobre el bolso, pero las apartó nuevamente con un gesto de
irritación. Ese bolso le ponía nerviosa; le dolía la cabeza, y
sentía náuseas. En cuanto estuviese frente a Max se lo diría:
aquello tenía que acabar. Sería la última vez que acudía en su
ayuda; ya no estaban casados. Ahora estaba casada con Óscar. Tal
vez Óscar no fuese más que un simple vendedor de embutidos, pero
al menos no era un borracho, como él. Óscar era un hombre
decente. Quizás había exagerado con lo del arma de su padre;
pero tenía razón. Y Max tenía que entenderlo.
—Lo
mismo me da un sitio que otro, Leo —dijo con aspereza el hombre
que se encontraba más próximo—; pero, por el amor de Dios, que
no sea otro de esos apestosos pueblos donde un hombre no se puede
divertir.
—De
acuerdo, Gus. Anda, Gus, sigue durmiendo.
—¡Demonios,
Leo; duerme tú! —protestó—. Yo me muero de sed, ¿qué me
dice, señora?
La
voz estridente del hombre, al otro lado del pasillo, la sobresaltó.
Rita bajó la vista, y al cabo de un instante levantó la cabeza y
la volvió lentamente hacia él. Estaba borracho. Sonreía con la
mirada extraviada; tenía el pelo muy rojo, y la boca permanecía
abierta con un hilo de baba resbalándole por el mentón.
Antes
de volver a hablar, sacó una petaca de cuero del bolsillo de su
chaqueta, y se la ofreció a Rita con un gesto ceremonioso y
torpe.
—¿Le
apetece un trago; eh, señora?
Rita
rehusó sin hablar.
Buscó
en su bolso con manos trémulas y, casi con asco, se hizo con el
estuche de los polvos. Tomó la embadurnada brocha, y mientras
cubría con ella la piel sudorosa de la nariz y de las sumidas
mejillas, espió en el espejo frente a ella. El hombre del pelo
rojo continuaba bebiendo con el cuello echado hacia atrás. A Rita
se le revolvió el estómago. El otro, el llamado Leo, permanecía
inclinado sobre un periódico abierto que descansaba sobre sus
rodillas. Tenía los ojos tristes y azules, la cara muy blanca y
la piel sonrosada y tensa a la altura de los pómulos. Perecía un
misionero. Cuando vio que Rita lo examinaba hizo un ademán con la
cabeza, apenas perceptible, y sonrió.
—Señora.
Rita
cerró el estuche, y se volvió hacia la ventanilla. Todos los
borrachos eran igual. A la derecha, al otro lado del mugriento
vidrio, la franja azul cobalto del mar se acercaba o se escabullía
de ellos sin llegar a desaparecer del todo.
—Tenía rojos los labios y la risa fácil... —la voz ronca del
conductor graznó de pronto—. Demonios; será de noche cuando
lleguemos.
Se
volvió lentamente, y añadió:
—Se
lo dije, señora; debió usted llamar en Bodega, no diga que no se
lo advertí.
—¿Qué
quiere decir? —dijo ella. Ese hombre le ponía furiosa. Se había
pasado el camino torturándoles con esa horrible y desagradable
canción. Ella era una señora, no una cualquiera; había ciertas
cosas que no tenía por qué oír. En Bodega, hasta había tenido
que encerrarse en los lavabos de la estación de servicio para no
escucharle. Ese energúmeno incluso la había seguido hasta allí;
estuvo aporreando la puerta, y ella no pudo salir hasta que el
coche no se puso en marcha de nuevo. De buena gana habría usado
el arma del Capitán.
—¿Qué
dicen, amigos, se lo dije o no? —sacudió una y otra vez la
pequeña cabeza bajo la gorra de plato, y dirigió de nuevo la
vista hacia la carretera—. No hay taxis después de las diez.
—¿Está
diciendo que no podré ir a Rivera esta noche?
—Eso
mismo, señora.
—¿Has
oído, Leo? —a su lado, el pelirrojo olvidó un instante la
botella, y se incorporó—. No hay taxis a Rivera.
—Lo
he oído, Gus. No te excites.
—¡Eh,
oiga! No nos dijo que no había taxis. Habrá al menos algún otro
dichoso modo de llegar, ¿no?
—No,
señor.
—Pero
el horario decía... —Rita se interrumpió. Hizo una pausa para
mirar el reloj, y comprobó que apenas faltaban quince minutos
para las diez. Apoyó ambos brazos sobre el bolso, se inclinó
sobre él hacia el estrecho pasillo que separaba las dos hileras
de asientos, y habló en voz firme con la espalda del chófer.
—Disculpe,
pero el horario decía que el autocar llegaría a Ulloa a las
nueve cuarenta.
—Oiga,
yo no soy el dueño de esta cafetera, señora. Ya le advertí en
Bodega que debía usted llamar al hotel para que el taxi la
esperase en Ulloa, pero no me hizo caso. No hay taxis después de
las diez.
—Pero
yo he de llegar a Rivera esta misma noche —insistió, en tono
irritado—. Hay alguien esperándome.
Los
hombros del conductor se encogieron.
Rita
trató de pensar con fluidez. Ni siquiera sabía si Max continuaría
aún allí. La última vez que fue a buscarlo a ese pueblo en la
frontera, hasta dormía en la calle. Tuvo que hablar con la policía
para que le dejasen llevarlo al hospital; y después Max casi
estuvo a punto de atizarle por ello. Y pensar que había estado
diez años casada con él.
Furiosa,
se mordió el labio inferior. No tenía por qué hacer todo eso.
No tenía por que seguirle a lo largo del país como si fuera su
ángel de la guarda; ya no. Óscar tenía razón; al fin y al cabo
no se trataba de un enfermo, era sólo un borracho. Si hubiese
hecho caso a ese bobo, en vez de ir en busca de Max, ahora no se
vería en ese aprieto. Después de todo ahora Óscar era su
marido, y ella su mujer; era muy natural que se enfadase, y hasta
que la obligase a viajar con el arma del Capitán. Puede que fuese
sólo un tendero, pero tenía su orgullo. Debería haberle
obligado a cerrar la tienda y hacer con ella ese viaje. ¿Por qué
no? Quizá Max se lo pensara dos veces la próxima vez antes de
molestarla de nuevo. Aunque, bien pensado, lo más probable es que
Óscar no hubiese sabido manejar a Max. No; Óscar, no. Borracho y
todo, Max habría podido tumbarlo de un golpe.
Apartó
del bolso las sudorosas manos que retorció en torno a las
rodillas, mientras bajaba los ojos hasta quedar mirando la espalda
del conductor.
—Escuche,
le pagaré bien si me lleva a Rivera esta noche —dijo, en tono
sumiso—. Compréndalo —hizo una pausa, y añadió: —Mi
marido está enfermo.
—Señora,
ya le he dicho que no puedo hacer nada —respondió con rudeza el
conductor—. Tendrá que esperar a mañana.
—Váyase
al…
Un
ligero temblor sacudía el mentón de Rita cuando regresó al
respaldo húmedo de su asiento. Abrió mecánicamente el bolso, y
lo cerró. Afuera, el aire estaba tan quieto que parecía haber
detenido el ir y venir de las olas. No se oía el zumbar de los
insectos, ni el chillido lánguido y pertinaz de las gaviotas.
De
nuevo abrió el bolso; sacó la revista y la ojeó. Si al menos
hubieran tenido hijos la cosa sería diferente. Alguno, pensó,
podría haberse ocupado de Max. Los hijos de Óscar iban a verles
algún Domingo, y Óscar iba a verles a ellos. Les hacía trabajos
en el jardín. A ella le daban el mismo trato que a una corista
acabada, pero nunca lo hacían delante de Óscar. No, Óscar no se
daba cuenta de nada; ese bobo jamás prestaba atención.
Contuvo
un gesto de enojo mientras cerraba la revista y la ponía
nuevamente en el bolso. No podía dejar de pensar en Max.
Como
si pudiera observarla, inquieta, echó un vistazo alrededor. La
sombra oblicua del autocar se movía por la superficie del agua
que se debatía amenazadora y oscura un poco más allá, tiñendo
de malva el interior.
—Oye,
Leo, si no hay forma de llegar a ese maldito pueblo, vayámonos a
otro sitio —La voz desabrida del hombre sonó de nuevo al otro
lado del pasillo. Dio un largo trago a su petaca, y añadió—.
Puede que sea una señal.
—No
sé, Gus —Leo pareció indeciso. Rita vio como se rascaba la
palma de la mano izquierda mientras sonreía, con una sonrisa de
compromiso. Después fijó en ella una mirada triste, casi tímida,
y la dirigió de nuevo al periódico. Rita se sintió incómoda—.
Lo mismo da un sitio que otro, Gus.
—¡Demonios,
Leo, tienes razón, qué más da! —dijo Gus. Soltó una brusca
carcajada, tras de lo cual añadió: —¿Qué le parece, señora?
Le haremos compañía hasta mañana, ¿no está mal, eh?
Y
su expresión se hizo remota. Alzó la petaca hacia Rita, y dobló
la cintura para aproximarse.
—Tome
un traguito, señora, no sea tímida. Le aseguro que un poco de
esto le sentará muy bien.
—Déjeme
en paz —contestó ella.
Y
estiró disimuladamente los pliegues que la falda de su vestido
rojo había formado entre el asiento y la piel. Tras tantas horas
de viaje se le pegaba al cuerpo. Debía ser indecoroso. Rojo; el
color favorito de Max. ¿Por qué se lo habría comprado? Si Óscar
la viese. Ni siquiera sabía que viajaba con él, se había
cambiado en los lavabos de la estación de autobuses, cuando él
se marchó. Pobre Óscar; qué dirían sus hijos. Qué diría el
Capitán.
Una
ráfaga de brisa fresca entró de pronto por la ventanilla del
coche cuando el sol era ya tan sólo un rescoldo tras los montes
cercanos. Qué cosa más horrible haberse gastado el dinero en él,
y qué horrible también haber comprado ese billete. Max estaba
arruinando su vida. Lo de Max tenía que acabar.
—Tenía rojos los muslos, y la piel de satén…
—Eh,
oiga; cierre el pico, ¿quiere? —gritó Gus al conductor—. La
señora no tiene por qué oír sus porquerías.
El
hombre meneó la cabeza bajo la gorra de plato, y dijo algo
inaudible.
—La
señora es una dama, ¿no es cierto? —dijo Gus. Hizo una torpe
reverencia, tras de lo cual depositó un beso en el aire—. ¿Querría
bailar con este rudo marinero, señora?
Un
leve temblor estremeció los labios de Rita.
—Váyase
al infierno —dijo. Abrió su bolso, apartó los chicles y el cañón
herrumbroso del arma del Capitán, y sacó de dentro la revista.
—Tranquilízate,
Gus —dijo Leo—. No se inquiete, señora —rió suavemente, y
alzó la cabeza para decir—: Gus sólo ha bebido un poco.
Ella
permaneció un instante mirando fijamente al hombre. La piel
estaba tensa y rosada alrededor de sus pómulos; y sus ojos
brillaban azules, dóciles como los de un misionero.
—Si
no puede contener a su amigo deberían apearse los dos del coche
—respondió nerviosa, mientras sujetaba el bolso con fiereza.
—¡Vamos,
hermanita! —insistió Gus—. ¿No le parezco lo bastante
educado? —Echó ambos brazos sobre el asiento de delante, y apoyó
la barbilla en él—. ¿Qué dice usted, conductor? Estoy un poco
sudado, pero eso es todo. Caray, ¿es que en este condenado lugar
no respiran nunca, o qué?
—Pues
no es de los días peores. Ustedes no son de por aquí, ¿eh?
—¿De
este asqueroso desierto? No bromee, hombre —Gus se repantingó
en su asiento, y paseó una mirada enrojecida por el vacío
pasillo, antes de añadir: —¿Qué me dice, señora, tomará
ahora ese traguito conmigo?
—Ya
dije que no —contestó Rita con dignidad, volviendo a hojear la
revista.
—Sabía
que no eran de por aquí —El conductor se volvió a medias, y
habló con Gus—. Lo he averiguado por cómo sudan. ¡Ja!
Y
luego, su cara aceitosa se arrugó como la de un mono cuando se
volvió hacia Rita:
—Se
lo dije, señora. Le dije a usted que debía llamar en Bodega,
pero no me escuchó —dijo, chasqueando la lengua—. Esta noche
habría dormido fresquita en el hotel.
—No
se preocupe por la señora —Gus entrecerró los ojos, y dio un
vigoroso codazo en la pierna de su amigo—. Esta noche dormirá
con nosotros, ¿eh, Leo?
Su
risa retumbó en el autocar.
—Déjalo
ya, Gus —dijo Leo.
La
cara de Rita enrojeció. Apartó a un lado la revista, y sus manos
se dirigieron nerviosamente al bolso.
—Es
usted un asqueroso borracho —gritó—; si no me deja tranquila
se arrepentirá, ¿me oye? —Y a ella misma le sorprendió la
violencia con que había sonado su voz—. Usted me da asco. Y
usted también, ¿se entera? —dijo, esta vez dirigiéndose a
Leo. Leo la contempló perplejo—. Debería avergonzarse por
permitir que ese borracho le hable así a una señora.
Gus
dejó que su risa se oyese aún con más fuerza, mientras doblaba
trabajosamente el cuerpo por encima del brazo del sillón.
De
repente, la risa cesó. Se detuvo frente a Rita y agarró su muñeca;
y clavó en ella una mirada de desprecio.
—¡Venga,
hermanita! —dijo, tirando con brusquedad—. Usted no engaña a
nadie.
Rita
contuvo una náusea. Sintió la mano del hombre atenazada en torno
a la suya; la piel se puso cárdena alrededor.
Entonces
Gus se puso en pie.
—Vamos,
no se enfade conmigo. ¿Qué le parece si bailamos?
Súbitamente
el calor de su rostro desapareció. Ahora lo sentía pálido,
corrompido, glacial.
—¡Gus!
—Leo se levantó, y agarró a Gus por los hombros—. Vamos, Gus,
no seas chiquillo.
Rita
vio el cuerpo que formaban los dos hombres avanzando pesadamente
hacia ella; vacilante, como un edificio en demolición. La mano
libre agarró la revista, pero la soltó de inmediato, y exploró
temblorosa alrededor: el asiento, después la falda, hasta que dio
con él. Lentamente, la mano se introdujo en el bolso. Y Rita
sintió el frío del metal herrumbroso, casi quemándole los
dedos.
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