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ISSN: 1698-4463

 
       
  Revista de Curiosidad Literaria

Quizás sea ABRIL de 2005

 
       
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AÑO VI / Número 0053 / Abril 2005

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AVIADORES

Tránsito 
IV Premio Casa de América de Narrativa 2003, incluido en "Noctámbulos"

Autora: Cristina Cerrada

 
 
Cristina Cerrada
(1) Entrevista con Cristina Cerrada:

"Construir un personaje es una tarea que se da por acumulación de detalles"

(2) Entrevista con Cristina Cerrada:

"La literatura es humanidad, no sólo artificio"

Biografía y Foto

Tránsito 

Relato incluido en la colección de cuentos NOCTÁMBULOS, IV Premio Casa América de Narrativa (2003)

 
 
 
 
 
 
 
 
 

Una vez más Rita revolvió su bolso y comprobó la dirección en la carta de Max. Un escalofrío le recorrió el espinazo cuando rozó la superficie del arma, que estaba fría como la piel de un muerto.

Diez horas de viaje no habían conseguido calmarla. Llevar encima esa cosa le hacía sentir ridícula; como si hubiese salido a la calle en albornoz. Nunca debió permitir a Óscar que la pusiera allí. Sin mirarla, atrapó con asco entre el pulgar y el índice el cañón enmohecido, y puso el arma bajo los caramelos y la revista de modas que había comprado en la estación. ¿Por qué le haría caso a ese bobo? A veces Rita se preguntaba cómo habría ido a parar con un hombre como Óscar. El arma de su padre, el Capitán; le había dicho antes de salir mientras le obligaba a darle el bolso y la ponía dentro. La que el Capitán había usado hasta su muerte en heroico acto de servicio, añadió; casi cuadrado de orgullo.

Bobadas. A ella le gustaría saber si de veras el padre de Óscar había sido policía. A ella le parecía que no. Al fin y al cabo, él no era más que un simple tendero.

Se quitó las gafas oscuras, soñolienta, y por la ventanilla vio pasar el exterior. Palmeras cargadas con grandes cocos flanqueaban el polvoriento camino, reverberando en el aire como antorchas. En el cielo despejado, el sol de la tarde declinaba. 

—Lo mejor es que vayamos a Rivera —oyó decir a su lado—. Allí necesitan gente. 

El monocorde zumbido del motor del coche competía a intervalos con las voces hastiadas del interior. A excepción de esos dos hombres que viajaban en los asientos de al lado y del conductor, el autocar había quedado vacío.

Desde su asiento, Rita les echó una discreta ojeada: no parecían de fiar. Sin darse cuenta descruzó los brazos, y reunió ambas manos sobre el bolso, pero las apartó nuevamente con un gesto de irritación. Ese bolso le ponía nerviosa; le dolía la cabeza, y sentía náuseas. En cuanto estuviese frente a Max se lo diría: aquello tenía que acabar. Sería la última vez que acudía en su ayuda; ya no estaban casados. Ahora estaba casada con Óscar. Tal vez Óscar no fuese más que un simple vendedor de embutidos, pero al menos no era un borracho, como él. Óscar era un hombre decente. Quizás había exagerado con lo del arma de su padre; pero tenía razón. Y Max tenía que entenderlo. 

—Lo mismo me da un sitio que otro, Leo —dijo con aspereza el hombre que se encontraba más próximo—; pero, por el amor de Dios, que no sea otro de esos apestosos pueblos donde un hombre no se puede divertir.

—De acuerdo, Gus. Anda, Gus, sigue durmiendo.

—¡Demonios, Leo; duerme tú! —protestó—. Yo me muero de sed, ¿qué me dice, señora?

La voz estridente del hombre, al otro lado del pasillo, la sobresaltó. Rita bajó la vista, y al cabo de un instante levantó la cabeza y la volvió lentamente hacia él. Estaba borracho. Sonreía con la mirada extraviada; tenía el pelo muy rojo, y la boca permanecía abierta con un hilo de baba resbalándole por el mentón.

Antes de volver a hablar, sacó una petaca de cuero del bolsillo de su chaqueta, y se la ofreció a Rita con un gesto ceremonioso y torpe.

—¿Le apetece un trago; eh, señora?

Rita rehusó sin hablar. 

Buscó en su bolso con manos trémulas y, casi con asco, se hizo con el estuche de los polvos. Tomó la embadurnada brocha, y mientras cubría con ella la piel sudorosa de la nariz y de las sumidas mejillas, espió en el espejo frente a ella. El hombre del pelo rojo continuaba bebiendo con el cuello echado hacia atrás. A Rita se le revolvió el estómago. El otro, el llamado Leo, permanecía inclinado sobre un periódico abierto que descansaba sobre sus rodillas. Tenía los ojos tristes y azules, la cara muy blanca y la piel sonrosada y tensa a la altura de los pómulos. Perecía un misionero. Cuando vio que Rita lo examinaba hizo un ademán con la cabeza, apenas perceptible, y sonrió.

—Señora.

Rita cerró el estuche, y se volvió hacia la ventanilla. Todos los borrachos eran igual. A la derecha, al otro lado del mugriento vidrio, la franja azul cobalto del mar se acercaba o se escabullía de ellos sin llegar a desaparecer del todo.

Tenía rojos los labios y la risa fácil... —la voz ronca del conductor graznó de pronto—. Demonios; será de noche cuando lleguemos.

Se volvió lentamente, y añadió:

—Se lo dije, señora; debió usted llamar en Bodega, no diga que no se lo advertí.

—¿Qué quiere decir? —dijo ella. Ese hombre le ponía furiosa. Se había pasado el camino torturándoles con esa horrible y desagradable canción. Ella era una señora, no una cualquiera; había ciertas cosas que no tenía por qué oír. En Bodega, hasta había tenido que encerrarse en los lavabos de la estación de servicio para no escucharle. Ese energúmeno incluso la había seguido hasta allí; estuvo aporreando la puerta, y ella no pudo salir hasta que el coche no se puso en marcha de nuevo. De buena gana habría usado el arma del Capitán.

—¿Qué dicen, amigos, se lo dije o no? —sacudió una y otra vez la pequeña cabeza bajo la gorra de plato, y dirigió de nuevo la vista hacia la carretera—. No hay taxis después de las diez.

—¿Está diciendo que no podré ir a Rivera esta noche?

—Eso mismo, señora.

—¿Has oído, Leo? —a su lado, el pelirrojo olvidó un instante la botella, y se incorporó—. No hay taxis a Rivera.

—Lo he oído, Gus. No te excites.

—¡Eh, oiga! No nos dijo que no había taxis. Habrá al menos algún otro dichoso modo de llegar, ¿no?

—No, señor.

—Pero el horario decía... —Rita se interrumpió. Hizo una pausa para mirar el reloj, y comprobó que apenas faltaban quince minutos para las diez. Apoyó ambos brazos sobre el bolso, se inclinó sobre él hacia el estrecho pasillo que separaba las dos hileras de asientos, y habló en voz firme con la espalda del chófer.

—Disculpe, pero el horario decía que el autocar llegaría a Ulloa a las nueve cuarenta.

—Oiga, yo no soy el dueño de esta cafetera, señora. Ya le advertí en Bodega que debía usted llamar al hotel para que el taxi la esperase en Ulloa, pero no me hizo caso. No hay taxis después de las diez.

—Pero yo he de llegar a Rivera esta misma noche —insistió, en tono irritado—. Hay alguien esperándome.

Los hombros del conductor se encogieron.

Rita trató de pensar con fluidez. Ni siquiera sabía si Max continuaría aún allí. La última vez que fue a buscarlo a ese pueblo en la frontera, hasta dormía en la calle. Tuvo que hablar con la policía para que le dejasen llevarlo al hospital; y después Max casi estuvo a punto de atizarle por ello. Y pensar que había estado diez años casada con él.

Furiosa, se mordió el labio inferior. No tenía por qué hacer todo eso. No tenía por que seguirle a lo largo del país como si fuera su ángel de la guarda; ya no. Óscar tenía razón; al fin y al cabo no se trataba de un enfermo, era sólo un borracho. Si hubiese hecho caso a ese bobo, en vez de ir en busca de Max, ahora no se vería en ese aprieto. Después de todo ahora Óscar era su marido, y ella su mujer; era muy natural que se enfadase, y hasta que la obligase a viajar con el arma del Capitán. Puede que fuese sólo un tendero, pero tenía su orgullo. Debería haberle obligado a cerrar la tienda y hacer con ella ese viaje. ¿Por qué no? Quizá Max se lo pensara dos veces la próxima vez antes de molestarla de nuevo. Aunque, bien pensado, lo más probable es que Óscar no hubiese sabido manejar a Max. No; Óscar, no. Borracho y todo, Max habría podido tumbarlo de un golpe.

Apartó del bolso las sudorosas manos que retorció en torno a las rodillas, mientras bajaba los ojos hasta quedar mirando la espalda del conductor.

—Escuche, le pagaré bien si me lleva a Rivera esta noche —dijo, en tono sumiso—. Compréndalo —hizo una pausa, y añadió: —Mi marido está enfermo.

—Señora, ya le he dicho que no puedo hacer nada —respondió con rudeza el conductor—. Tendrá que esperar a mañana.

—Váyase al…

Un ligero temblor sacudía el mentón de Rita cuando regresó al respaldo húmedo de su asiento. Abrió mecánicamente el bolso, y lo cerró. Afuera, el aire estaba tan quieto que parecía haber detenido el ir y venir de las olas. No se oía el zumbar de los insectos, ni el chillido lánguido y pertinaz de las gaviotas.

De nuevo abrió el bolso; sacó la revista y la ojeó. Si al menos hubieran tenido hijos la cosa sería diferente. Alguno, pensó, podría haberse ocupado de Max. Los hijos de Óscar iban a verles algún Domingo, y Óscar iba a verles a ellos. Les hacía trabajos en el jardín. A ella le daban el mismo trato que a una corista acabada, pero nunca lo hacían delante de Óscar. No, Óscar no se daba cuenta de nada; ese bobo jamás prestaba atención.

Contuvo un gesto de enojo mientras cerraba la revista y la ponía nuevamente en el bolso. No podía dejar de pensar en Max.

Como si pudiera observarla, inquieta, echó un vistazo alrededor. La sombra oblicua del autocar se movía por la superficie del agua que se debatía amenazadora y oscura un poco más allá, tiñendo de malva el interior.

—Oye, Leo, si no hay forma de llegar a ese maldito pueblo, vayámonos a otro sitio —La voz desabrida del hombre sonó de nuevo al otro lado del pasillo. Dio un largo trago a su petaca, y añadió—. Puede que sea una señal.

—No sé, Gus —Leo pareció indeciso. Rita vio como se rascaba la palma de la mano izquierda mientras sonreía, con una sonrisa de compromiso. Después fijó en ella una mirada triste, casi tímida, y la dirigió de nuevo al periódico. Rita se sintió incómoda—. Lo mismo da un sitio que otro, Gus.

—¡Demonios, Leo, tienes razón, qué más da! —dijo Gus. Soltó una brusca carcajada, tras de lo cual añadió: —¿Qué le parece, señora? Le haremos compañía hasta mañana, ¿no está mal, eh?

Y su expresión se hizo remota. Alzó la petaca hacia Rita, y dobló la cintura para aproximarse.

—Tome un traguito, señora, no sea tímida. Le aseguro que un poco de esto le sentará muy bien.

—Déjeme en paz —contestó ella.

Y estiró disimuladamente los pliegues que la falda de su vestido rojo había formado entre el asiento y la piel. Tras tantas horas de viaje se le pegaba al cuerpo. Debía ser indecoroso. Rojo; el color favorito de Max. ¿Por qué se lo habría comprado? Si Óscar la viese. Ni siquiera sabía que viajaba con él, se había cambiado en los lavabos de la estación de autobuses, cuando él se marchó. Pobre Óscar; qué dirían sus hijos. Qué diría el Capitán.

Una ráfaga de brisa fresca entró de pronto por la ventanilla del coche cuando el sol era ya tan sólo un rescoldo tras los montes cercanos. Qué cosa más horrible haberse gastado el dinero en él, y qué horrible también haber comprado ese billete. Max estaba arruinando su vida. Lo de Max tenía que acabar.

Tenía rojos los muslos, y la piel de satén…

—Eh, oiga; cierre el pico, ¿quiere? —gritó Gus al conductor—. La señora no tiene por qué oír sus porquerías. 

El hombre meneó la cabeza bajo la gorra de plato, y dijo algo inaudible.

—La señora es una dama, ¿no es cierto? —dijo Gus. Hizo una torpe reverencia, tras de lo cual depositó un beso en el aire—. ¿Querría bailar con este rudo marinero, señora?

Un leve temblor estremeció los labios de Rita.

—Váyase al infierno —dijo. Abrió su bolso, apartó los chicles y el cañón herrumbroso del arma del Capitán, y sacó de dentro la revista.

—Tranquilízate, Gus —dijo Leo—. No se inquiete, señora —rió suavemente, y alzó la cabeza para decir—: Gus sólo ha bebido un poco.

Ella permaneció un instante mirando fijamente al hombre. La piel estaba tensa y rosada alrededor de sus pómulos; y sus ojos brillaban azules, dóciles como los de un misionero.

—Si no puede contener a su amigo deberían apearse los dos del coche —respondió nerviosa, mientras sujetaba el bolso con fiereza.

—¡Vamos, hermanita! —insistió Gus—. ¿No le parezco lo bastante educado? —Echó ambos brazos sobre el asiento de delante, y apoyó la barbilla en él—. ¿Qué dice usted, conductor? Estoy un poco sudado, pero eso es todo. Caray, ¿es que en este condenado lugar no respiran nunca, o qué?

—Pues no es de los días peores. Ustedes no son de por aquí, ¿eh?

—¿De este asqueroso desierto? No bromee, hombre —Gus se repantingó en su asiento, y paseó una mirada enrojecida por el vacío pasillo, antes de añadir: —¿Qué me dice, señora, tomará ahora ese traguito conmigo?

—Ya dije que no —contestó Rita con dignidad, volviendo a hojear la revista.

—Sabía que no eran de por aquí —El conductor se volvió a medias, y habló con Gus—. Lo he averiguado por cómo sudan. ¡Ja! 

Y luego, su cara aceitosa se arrugó como la de un mono cuando se volvió hacia Rita:

—Se lo dije, señora. Le dije a usted que debía llamar en Bodega, pero no me escuchó —dijo, chasqueando la lengua—. Esta noche habría dormido fresquita en el hotel.

—No se preocupe por la señora —Gus entrecerró los ojos, y dio un vigoroso codazo en la pierna de su amigo—. Esta noche dormirá con nosotros, ¿eh, Leo?

Su risa retumbó en el autocar.

—Déjalo ya, Gus —dijo Leo. 

La cara de Rita enrojeció. Apartó a un lado la revista, y sus manos se dirigieron nerviosamente al bolso. 

—Es usted un asqueroso borracho —gritó—; si no me deja tranquila se arrepentirá, ¿me oye? —Y a ella misma le sorprendió la violencia con que había sonado su voz—. Usted me da asco. Y usted también, ¿se entera? —dijo, esta vez dirigiéndose a Leo. Leo la contempló perplejo—. Debería avergonzarse por permitir que ese borracho le hable así a una señora.

Gus dejó que su risa se oyese aún con más fuerza, mientras doblaba trabajosamente el cuerpo por encima del brazo del sillón. 

De repente, la risa cesó. Se detuvo frente a Rita y agarró su muñeca; y clavó en ella una mirada de desprecio.

—¡Venga, hermanita! —dijo, tirando con brusquedad—. Usted no engaña a nadie.

Rita contuvo una náusea. Sintió la mano del hombre atenazada en torno a la suya; la piel se puso cárdena alrededor. 

Entonces Gus se puso en pie.

—Vamos, no se enfade conmigo. ¿Qué le parece si bailamos? 

Súbitamente el calor de su rostro desapareció. Ahora lo sentía pálido, corrompido, glacial.

—¡Gus! —Leo se levantó, y agarró a Gus por los hombros—. Vamos, Gus, no seas chiquillo. 

Rita vio el cuerpo que formaban los dos hombres avanzando pesadamente hacia ella; vacilante, como un edificio en demolición. La mano libre agarró la revista, pero la soltó de inmediato, y exploró temblorosa alrededor: el asiento, después la falda, hasta que dio con él. Lentamente, la mano se introdujo en el bolso. Y Rita sintió el frío del metal herrumbroso, casi quemándole los dedos. 

 

 

 
 

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