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  Revista de Curiosidad Literaria

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AÑO VIII / Número 0073 / Febrero 2007

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AVIADORES

"Como escritor, no puedo emplear un narrador clásico
porque la realidad desmiente esa perspectiva cada día
"

 

Entrevista a: Ángel Zapata

Por David González T.

 
 

ÁNGEL ZAPATA

Ángel Zapata Entrevista Aviondepapel.com

Biografía de Ángel Zapata
 
Entrevista a Ángel Zapata, autor de La vida ausente
 
Lee Días de sol en Metrópolis, cuento cedido por el autor a Aviondepapel.com
 
Reseña de La vida ausente
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

PREGUNTA: Días de sol en Metrópolis quizás fija el tono de casi todo tu reciente libro de cuentos, La vida ausente: narras personajes “atrapados” en situaciones cotidianas que parlamentan sobre cuestiones más profundas. Parecen ser dos que no encuentran comunicación, por ser uno y uno...

RESPUESTA: Bueno. Es una forma de verlo. Pero yo creo más bien que sólo puede darse comunicación donde hay uno y uno. Si dos personas forman una sola, entonces lo que hay es “comunión”… aparte de una formación psicológica aberrante y tirando a contranatura. Yo me inclino a pensar que la comunión de dos es más bien una catástrofe, precisamente porque excluye la diferencia y —por lo tanto— el deseo.

PREGUNTA: Entiendo que tu relato nos lleva de la mano en una deriva hacia lo que tú, como autor, nos quieres contar, hacia esas dos o tres frases que burbujean dentro del discurso narrativo: “Elvira no es Lois Lane” / “Superman era invulnerable. Yo no”. ¿Días de sol en Metrópolis trata del miedo a nuestras limitaciones o de la caída de nuestros mitos? 

RESPUESTA: Días de sol en Metrópolis pretende ser un pequeño espejo de esta sociedad. Y, por eso, el texto dibuja un mundo que poco a poco se va cayendo a pedazos, sobre un paisaje de fondo dominado —del lado del Poder— por la extensión del caos, de la violencia y de las prácticas de control totalitarias; y, del lado, de la sociedad, por la pasividad, la apatía, la inercia, la ignorancia, la estupidez y el miedo. No es el típico cuento “de parejas”, tan en boga en nuestra última literatura… O por lo menos no pretendía serlo. Dentro de él, Supermán tiene una función de icono. Y representa esa dimensión en alguna media “épica”, sin la cual son imposibles la autoconciencia, la dignidad, el sentido y la lucha.

P: Hay también dos fragmentos en este cuento que me impactan. “Pero llega el momento que los sueños se terminan”. Y el segundo: “La gente tiene miedo de no sé sabe qué”... 

R: Sí: quizá las dos frases se resumen en una sola constatación, y me refiero al hecho de que las sociedades europeas se hayan convertido en una especie de gigantescas residencias de ancianos donde la gente ya no se atreve a desear. Ahora es el Amo capitalista el que desea por nosotros. Y al Amo, ya se sabe, no hay que llevarle la contraria, no vaya a ser que se disguste.

P: En este cuento y en el resto de la colección utilizas la ironía como bisturí para diseccionar la realidad (o la ausencia en nuestra realidad). ¿Por qué esa apuesta por tocar temas existenciales desde el lado humorístico?  

R: Imagino que por higiene mental, por una cuestión de pura supervivencia. 

P: En tu libro se oye siempre la voz del narrador como partícipe visible. Suena como algo así: Escuchad, nada de artificios; yo narro y os cuento... No apuestas, por tanto, por esos narradores que se ocultan tras una cámara o que se parapetan tras un personaje...

R: En Días de sol en Metrópolis el foco de la enunciación está deliberadamente estallado, y con esto —una vez más— no pretendía sino reflejar la sociedad que nos rodea: esa vasta “pantalla” sostenida las 24 horas por los mass-media, y construida por ruido, idioteces, mentiras, falsificaciones, manipulaciones, cuentos para niños, estafas permanentes y amenazas veladas. A estas alturas, el sentido está hecho trizas en la sociedad capitalista. Entre otras razones, porque el capital ya no necesita que haya “sentido”. Necesita que obedezcamos y paguemos. Nada más. 

Como escritor, yo no puedo emplear un narrador clásico por la sencilla razón de que esa perspectiva ya no es verdad: la realidad la desmiente cada día. No puedo contar algo desde la constancia del sentido, si el único sentido real que hoy admite la sociedad en que vivo es el beneficio contable de los bancos y las grandes empresas. Hoy cualquier cosa puede tener sentido —el genocidio incluido— a condición de que el Amo gane dinero con ello. Mis narradores parten de este panorama, ya te digo. Nacen —inevitablemente— de lo que hay.

P: ¿Cómo nace para ti un cuento como éste? ¿De una idea, de una imagen? ¿Cómo eliges a esos dos narradores: uno en primera y otro en tercera persona?

R: Para mí el cuento arranca siempre de una primera frase. Y luego avanza a partir de ella, sin la menor idea del lugar en que pueda desembocar. No concibo otro modo de escribir que esta marcha de descubrimiento. La escritura ha de suceder, ha de ser tiempo inscrito; y el tiempo es novedad radical. Por lo que respecta a los dos narradores de Días de sol…, yo diría que hay un único punto de vista fuertemente digresivo articulado sobre dos focalizaciones; si bien el discurso se ve entreverado constantemente por las voces de la multitud, los titulares de los periódicos, diálogos, un sueño incluso… Como antes te decía, buscaba muy adrede cierto efecto de videoclip: una representación troceada y sincrónica, una papilla de imágenes, ese continuo galimatías insensato con el que el Espectáculo capitalista encubre día a día la realidad de la explotación, la dominación y el crimen.  

PREGUNTA: Hipólito G. Navarro definió La vida ausente, como un libro “con nariz” —en referencia a esa anécdota de Picasso. ¿Es por eso que incluiste el cuento La vida ausente como el primero de la colección del mismo nombre, para que ciertos lectores vieran que tú también sabías “pintar narices”?

RESPUESTA: La imagen de Poli tiene la sorpresa y el vigor de todas sus cosas. Pero la verdad es que no escribí el cuento La vida ausente como una especie de credencial para el resto de la colección, por más que pueda funcionar así. Por otra parte, sería una credencial ambigua, porque en el despliegue de estilismo y prosa barroca al que me entrego en ese texto no deja de haber cierto sesgo irónico. Lo que intenté en La vida ausente fue una escritura flotante, asociativa, a corazón abierto, sobre la que es posible que vuelva en alguna otra ocasión.

P: Me sorprende del libro La vida ausente tu tratamiento de los espacios. Narras a personajes que esperan no sé sabe qué, están atrapados en lugares cotidianos —Toto se aburre en casa durante el verano en el cuento Las otras vidas—, en ciertos casos inhóspitos —Imaginad la estepa, en Mientras dicen adiós—, y hostiles o surrealistas, en la mayoría. ¿Los espacios son esa INSOPORTABLE REALIDAD?

R: La observación me parece muy interesante. Y quizá habría que recurrir a Jung a fin de explicar que para los introvertidos el espacio “existe poco”, y ese poco de una manera más bien molesta: como límite, como condición, como impedimento, qué sé yo. Bastaría recordar los espacios proustianos, de una “exterioridad” bastante atenuada; y cuya verdadera sustancia no es otra que el despliegue de sus cualidades en el tiempo. No me importa decir que amo ese mito gnóstico donde se afirma que el espíritu es extranjero en esta realidad, aun profesando el materialismo histórico a pies juntillas. 

No sé. Yo utilizo en mis cuentos un espacio muy estilizado, muy esquematizado; y es verdad —tal como dices en la pregunta— que se trata siempre de un espacio significante, y nunca de un espacio en bruto, objetivo y demás. Aun así, estoy muy lejos de creer que la realidad sea insoportable. La realidad consta de muchas dimensiones. Es plural. Contiene, sobre todo, el deseo… Y lo que sí resulta abiertamente insoportable, en cambio, es esta apoteosis del Deseo del Amo a la que estamos asistiendo en las últimas décadas: este desastre con mayúsculas que el capital quiere imponernos como la única realidad.

P: He leído los 22 dogmas en torno al cuento breve de la Llavedeloscampos, grupo surrealista al que perteneces. Uno de ellos enuncia que un cuento “debe transparentar sus influencias”. Como lector, intuyo las tuyas: el eco de Las ninfas de Francisco Umbral (“Mi habitación era...”) en el relato La vida ausente, pero también reverbera André Bretón o Lewis Carol, o tuerces tu narrativa con ciertos giros de Julio Cortázar, y muchas frases que se apoyan en el SENTIDO de Samuel Beckett. ¿Me falta alguno más?

R: El “dogma” al que te refieres pretende denunciar cierta tendencia en la última literatura española: la de los supuestos escritores que presumen, en declaraciones públicas, de no haber leído nada o casi nada. Este tipo de sujeto narcisista, sin deuda simbólica, es una figura muy en boga hoy; y un síntoma —qué duda cabe— de la lamentable degradación que la literatura misma ha alcanzado. En lo que respecta a mis influencias, creo que has hecho una radiografía bastante exacta. Quizá podría completarse sumándole los maravillosos cuentos de surrealistas de Benjamin Péret; y el trabajo de Medardo Fraile, desde luego, que es una referencia constante en mi escritura, y hacia el que mantengo una deuda insaldable.

P: ¿El género del cuento está aflorando en España, debido a la calidad de los últimos autores que asoman y la apuesta de ciertas editoriales como Páginas de Espuma; o seguirá siendo un género marginal como la poesía?

R: Zizek, siguiendo a Lacan, ha dicho muy acertadamente que la verdad de una sociedad o de una época sólo puede enunciarse en sus márgenes. A fecha de hoy, el “centro” de la Institución literaria capitalista está ocupado por bagatelas comerciales, por tiburones de las finanzas y la mercadotecnia, por impostores de todo pelaje, así como por críticos y artistas que se han dejado reducir a la penosa condición de falderillos. Yo, francamente, no deseo para el cuento otro lugar que el margen. Entre otras cosas, porque no creo que el reconocimiento de una sociedad como esta haya que tomárselo demasiado en serio.

P: ¿Qué cuentos te han marcado como escritor o como formador de escritores?

R: Me vienen a la cabeza algunos cuentos de los de leer en el reclinatorio, como podrían ser Los muertos, de Joyce; El violín de Rotschild, de Anton Chéjov; El mar, de Medardo Fraile; Si me necesitas, llámame, de Raymond Carver, Nadie encendía las lámparas,  de Felisberto Hernández; Primer amor, de Samuel Beckett… o esa fiesta en el centro del vacío que es Mueran los cabrones y los campos del honor, de Benjamin Péret. La lista, desde luego, sería muy larga. Pero para mí hay sobre todo algunos libros memorables como En otros lugares, de Michaux; Historias de cronopios y de famas; de Julio Cortázar; Historias mínimas, de Javier Tomeo; El porqué de las cosas, de Quim Monzó; El aburrimiento, Lester, de Hipólito G. Navarro; o Velocidad de los jardines, de Eloy Tizón. Con todo, si de lo que hablamos es de una hipotética dieta de lecturas para el cuentista, yo señalaría la necesidad de leer ensayo, teoría literaria, filosofía, pensamiento en general, pues en esta dirección la literatura española ha padecido casi siempre una anemia terrible.

 
 

 

 
 

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