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PREGUNTA: Días de sol en Metrópolis quizás fija
el tono de casi todo tu reciente libro de cuentos, La vida ausente:
narras personajes “atrapados” en
situaciones cotidianas que parlamentan sobre cuestiones más
profundas. Parecen ser dos que no encuentran comunicación, por
ser uno y uno...
RESPUESTA:
Bueno. Es una forma de verlo. Pero
yo creo más bien que sólo puede darse comunicación donde hay
uno y uno. Si dos personas forman una sola, entonces lo que hay es
“comunión”… aparte de una formación psicológica aberrante
y tirando a contranatura. Yo me inclino a pensar que la comunión
de dos es más bien una catástrofe, precisamente porque excluye
la diferencia y —por lo tanto— el deseo.
PREGUNTA:
Entiendo que tu relato nos lleva de la mano en
una deriva hacia lo que tú, como autor, nos quieres contar, hacia
esas dos o tres frases que burbujean dentro del discurso
narrativo: “Elvira no es Lois Lane” / “Superman era
invulnerable. Yo no”. ¿Días de sol en
Metrópolis trata del miedo a nuestras limitaciones o de la caída
de nuestros mitos?
RESPUESTA:
Días de sol en Metrópolis pretende ser un
pequeño espejo de esta sociedad. Y, por eso, el texto dibuja un
mundo que poco a poco se va cayendo a pedazos, sobre un paisaje de
fondo dominado —del lado del Poder— por la extensión del
caos, de la violencia y de las prácticas de control totalitarias;
y, del lado, de la sociedad, por la pasividad, la apatía, la
inercia, la ignorancia, la estupidez y el miedo. No es el típico
cuento “de parejas”, tan en boga en nuestra última
literatura… O por lo menos no pretendía serlo. Dentro de él,
Supermán tiene una función de icono. Y representa esa dimensión
en alguna media “épica”, sin la cual son imposibles la
autoconciencia, la dignidad, el sentido y la lucha.
P: Hay también dos fragmentos en este cuento que me
impactan. “Pero llega el momento que los sueños se terminan”.
Y el segundo: “La gente tiene miedo de no sé sabe qué”...
R: Sí: quizá las dos frases se resumen en una sola
constatación, y me refiero al hecho de que las sociedades
europeas se hayan convertido en una especie de gigantescas
residencias de ancianos donde la gente ya no se atreve a desear.
Ahora es el Amo capitalista el que desea por nosotros. Y al Amo,
ya se sabe, no hay que llevarle la contraria, no vaya a ser que se
disguste.
P: En este cuento y en el resto de la colección utilizas
la ironía como bisturí para diseccionar la realidad (o la
ausencia en nuestra realidad). ¿Por qué esa apuesta por tocar
temas existenciales desde el lado humorístico?
R: Imagino que por higiene mental, por una cuestión
de pura supervivencia.
P: En tu libro se oye siempre la voz del narrador como partícipe
visible. Suena como algo así: Escuchad, nada de artificios; yo
narro y os cuento... No apuestas, por tanto, por esos narradores
que se ocultan tras una cámara o que se parapetan tras un
personaje...
R:
En Días de sol en Metrópolis el foco de la enunciación
está deliberadamente estallado, y con esto —una vez más— no
pretendía sino reflejar la sociedad que nos rodea: esa vasta
“pantalla” sostenida las 24 horas por los mass-media, y
construida por ruido, idioteces, mentiras, falsificaciones,
manipulaciones, cuentos para niños, estafas permanentes y
amenazas veladas. A estas alturas, el sentido está hecho trizas
en la sociedad capitalista. Entre otras razones, porque el capital
ya no necesita que haya “sentido”. Necesita que obedezcamos y
paguemos. Nada más.
Como escritor,
yo no puedo emplear un
narrador clásico por la sencilla razón de que esa perspectiva ya
no es verdad: la realidad la desmiente cada día. No puedo
contar algo desde la constancia del sentido, si el único sentido
real que hoy admite la sociedad en que vivo es el beneficio
contable de los bancos y las grandes empresas. Hoy cualquier cosa
puede tener sentido —el genocidio incluido— a condición de
que el Amo gane dinero con ello. Mis narradores parten de este
panorama, ya te digo. Nacen —inevitablemente— de lo que hay.
P: ¿Cómo nace para ti un cuento como éste?
¿De una idea, de una imagen? ¿Cómo eliges a esos dos
narradores: uno en primera y otro en tercera persona?
R:
Para mí el cuento arranca siempre de una primera frase. Y luego avanza a partir de ella, sin la menor idea del
lugar en que pueda desembocar. No concibo otro modo de
escribir que esta marcha de descubrimiento. La escritura ha de
suceder, ha de ser tiempo inscrito; y el tiempo es novedad
radical. Por lo que respecta a los dos narradores de Días de
sol…, yo diría que hay un único punto de vista fuertemente
digresivo articulado sobre dos focalizaciones; si bien el discurso
se ve entreverado constantemente por las voces de la multitud, los
titulares de los periódicos, diálogos, un sueño incluso… Como
antes te decía, buscaba muy adrede cierto efecto de videoclip:
una representación troceada y sincrónica, una papilla de imágenes,
ese continuo galimatías insensato con el que el Espectáculo
capitalista encubre día a día la realidad de la explotación, la
dominación y el crimen.
PREGUNTA:
Hipólito G. Navarro definió La vida ausente,
como un libro “con nariz” —en referencia a esa anécdota de
Picasso. ¿Es por eso que incluiste el cuento La vida ausente
como el primero de la colección del mismo nombre, para que
ciertos lectores vieran que tú también sabías “pintar
narices”?
RESPUESTA: La imagen de Poli tiene la sorpresa y el vigor
de todas sus cosas. Pero la verdad es que no escribí el cuento La vida
ausente como una especie de credencial para el resto de la
colección, por más que pueda funcionar así. Por otra parte, sería
una credencial ambigua, porque en el despliegue de estilismo y
prosa barroca al que me entrego en ese texto no deja de haber
cierto sesgo irónico. Lo que intenté en La vida ausente fue una
escritura flotante, asociativa, a corazón abierto, sobre la que
es posible que vuelva en alguna otra ocasión.
P:
Me sorprende del libro La vida ausente tu
tratamiento de los espacios. Narras a personajes que esperan no sé
sabe qué, están atrapados en lugares cotidianos —Toto se
aburre en casa durante el verano en el cuento Las otras vidas—,
en ciertos casos inhóspitos —Imaginad la estepa, en Mientras
dicen adiós—, y hostiles o surrealistas, en la mayoría. ¿Los
espacios son esa INSOPORTABLE REALIDAD?
R: La observación me parece muy interesante. Y quizá habría
que recurrir a Jung a fin de explicar que para los introvertidos
el espacio “existe poco”, y ese poco de una manera más bien
molesta: como límite, como condición, como impedimento, qué sé
yo. Bastaría recordar los espacios proustianos, de una
“exterioridad” bastante atenuada; y cuya verdadera sustancia
no es otra que el despliegue de sus cualidades en el tiempo. No me
importa decir que amo ese mito gnóstico donde se afirma que el
espíritu es extranjero en esta realidad, aun profesando el
materialismo histórico a pies juntillas.
No sé.
Yo utilizo en
mis cuentos un espacio muy estilizado, muy esquematizado; y es
verdad —tal como dices en la pregunta— que se trata siempre de
un espacio significante, y nunca de un espacio en bruto,
objetivo y demás. Aun así, estoy muy lejos de creer que la
realidad sea insoportable. La realidad consta de muchas
dimensiones. Es plural. Contiene, sobre todo, el deseo… Y lo que
sí resulta abiertamente insoportable, en cambio, es esta
apoteosis del Deseo del Amo a la que estamos asistiendo en las últimas
décadas: este desastre con mayúsculas que el capital quiere
imponernos como la única realidad.
P: He leído los
22 dogmas en torno al cuento breve de la
Llavedeloscampos, grupo surrealista al que perteneces. Uno de
ellos enuncia que un cuento “debe transparentar sus
influencias”. Como lector, intuyo las tuyas: el eco de Las
ninfas de Francisco Umbral (“Mi habitación era...”) en el
relato La vida ausente, pero también reverbera André Bretón o
Lewis Carol, o tuerces tu narrativa con ciertos giros de Julio
Cortázar, y muchas frases que se apoyan en el SENTIDO de Samuel
Beckett. ¿Me falta alguno más?
R: El “dogma” al que te refieres pretende denunciar
cierta tendencia en la última literatura española: la de los
supuestos escritores que presumen, en declaraciones públicas, de
no haber leído nada o casi nada. Este tipo de sujeto narcisista,
sin deuda simbólica, es una figura muy en boga hoy; y un síntoma
—qué duda cabe— de la lamentable degradación que la
literatura misma ha alcanzado. En lo que respecta a mis
influencias, creo que has hecho una radiografía bastante exacta.
Quizá podría completarse sumándole los maravillosos cuentos de
surrealistas de Benjamin Péret; y el trabajo de Medardo Fraile,
desde luego, que es una referencia constante en mi escritura, y
hacia el que mantengo una deuda insaldable.
P:
¿El género del cuento está aflorando en España,
debido a la calidad de los últimos autores que asoman y la
apuesta de ciertas editoriales como Páginas de Espuma; o seguirá
siendo un género marginal como la poesía?
R: Zizek, siguiendo a Lacan, ha dicho muy acertadamente que
la verdad de una sociedad o de una época sólo puede enunciarse
en sus márgenes. A fecha de hoy, el “centro” de la Institución
literaria capitalista está ocupado por bagatelas comerciales, por
tiburones de las finanzas y la mercadotecnia, por impostores de
todo pelaje, así como por críticos y artistas que se han dejado
reducir a la penosa condición de falderillos. Yo, francamente,
no deseo para el cuento otro lugar que el margen. Entre otras
cosas, porque no creo que el reconocimiento de una sociedad como
esta haya que tomárselo demasiado en serio.
P:
¿Qué cuentos te han marcado como escritor o como
formador de escritores?
R:
Me vienen a la cabeza algunos cuentos de los de leer en
el reclinatorio, como podrían ser Los muertos, de Joyce; El violín
de Rotschild, de Anton Chéjov; El mar, de Medardo Fraile;
Si me
necesitas, llámame, de Raymond
Carver, Nadie encendía las lámparas,
de Felisberto Hernández; Primer amor, de Samuel Beckett… o esa
fiesta en el centro del vacío que es Mueran los cabrones y los
campos del honor, de Benjamin Péret. La lista, desde luego, sería
muy larga. Pero para mí hay sobre todo algunos libros memorables
como En otros lugares, de Michaux; Historias de cronopios y de
famas; de Julio
Cortázar; Historias mínimas, de Javier Tomeo; El porqué
de las cosas, de Quim Monzó; El aburrimiento, Lester, de
Hipólito G.
Navarro; o Velocidad de los jardines, de Eloy Tizón. Con todo, si de
lo que hablamos es de una hipotética dieta de lecturas para el
cuentista, yo señalaría la necesidad de leer ensayo, teoría
literaria, filosofía, pensamiento en general, pues en esta
dirección la literatura española ha padecido casi siempre una
anemia terrible.
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